Capítulo 44 #2
La metieron en un cuarto que apenas contenía un camastro, una silla y un orinal.
Un ventanuco en lo alto dejaba pasar algo de luz.
Le dejaron un vaso de agua y se marcharon.
El sonido de la llave echando el cerrojo sonó como una condena.
Sentada en el camastro, miró sus manos: no dejaban de temblar.
Entrelazó los dedos como si rezara e intentó ralentizar el ritmo de sus pensamientos.
Aunque estaban en abril y el tiempo ya era cálido, allí dentro hacía frío. O, al menos, ella estaba helada.
No dejaba de preguntarse si la iban a torturar, si Juan habría corrido la misma suerte, si avisarían a su padre o él esperaría su llegada hora tras hora sin saber qué le había ocurrido.
Se levantó, paseó por la estancia, se lamentó por su suerte y volvió a sentarse.
Luego anocheció y se quedó a oscuras. No le habían dejado ninguna vela, tampoco le llevaron nada de comer.
Se acurrucó en el camastro y trató de dormir.
Al día siguiente apareció el marqués seguido de dos criados. Entró, se sentó en la silla y la miró en silencio.
Ella le sostuvo la mirada y después preguntó:
—¿Qué hago aquí?
El marqués sonrió.
—Ya sabes por qué estás aquí, Almudena. Quiero que me digas dónde está mi hija.
La joven parpadeó.
—No conozco a su hija, ¿cómo voy a saber dónde está?
Él sacudió la cabeza.
—Cuanto antes acabe esto, mejor para todos. Dime dónde puedo encontrarla y no te pasará nada.
Ella mantuvo la mirada firme.
—No sé dónde está, y tampoco por qué debería saberlo, si no la conozco. ¿Por qué me han detenido? ¡Yo no he hecho nada!
El marqués resopló y se marchó. El resto del día transcurrió igual.
Solo un criado apareció con un vaso de agua.
Ni comida, ni contacto con nadie. Almudena intentó tranquilizarse.
Si buscaban hacerle pasar hambre y sed para quebrarla era porque no pensaban torturarla, ¿no?
Si no, ya habrían utilizado métodos más rápidos y expeditivos.
La franja de luz que se deslizaba por el suelo marcaba el paso de las horas. Anocheció.
Al día siguiente se repitió la escena. Almudena tenía hambre, pero sobre todo se estaba muriendo de sed. Sin embargo, cuando el marqués le preguntó, ella no varió su respuesta:
—No conozco a su hija, señor. —Se pasó la lengua por los labios cortados—. Agua, por favor.
—Dime algo y te daré de beber.
—No tengo nada que decir —respondió ella.
—No soy un hombre cruel, Almudena —dijo él, con una calma escalofriante—. Pero tampoco soy alguien a quien te convenga desafiar.
Al ver que se mantenía en silencio, el marqués se levantó, se marchó y la dejó allí de nuevo. Un criado le llevó un vaso de agua por la tarde, que ella bebió con avidez, aunque no calmó su sed.
Cuando amaneció un nuevo día, estaba tan desesperada por beber que se le ocurrió que podía inventarse algo, decirle cualquier cosa que le satisficiera lo suficiente como para darle agua como premio.
Pero pensó en su padre, pensó en Juan, pensó en la joven, que a esas alturas estaría camino de Barcelona, y decidió que podía aguantar un poco más.
—No pensarás testificar, ¿no?
Ramón miró a Beatriz con dureza. Ella le devolvió una mirada de desafío.
—Por supuesto que sí. ¿Me lo vas a impedir?
—Podría hacerlo, soy tu marido.
Ella levantó la barbilla.
—El marqués de Valdearenas me respalda.
Ramón dio un puñetazo sobre la mesa que hizo temblar los platos dispuestos para la comida, con una furia que le sorprendió tanto como a su mujer.
—¡Vas a traer la vergüenza a mi casa! Solo buscas hundir a Almudena, a quien todos respetan en el barrio, alguien decente que siempre se ha portado bien con todo el mundo, y además tu aventura quedará al descubierto. ¿Has pensado en qué lugar me deja eso a mí?
Beatriz se acercó a su esposo.
—La sigues queriendo, ¿no es eso? A la dulce Almudena, la mosquita muerta que jamás ha roto un plato —dijo entre dientes, con el veneno y la rabia destilándose en sus palabras—.
Pero ella participaba en un complot para secuestrar a jóvenes nobles.
¡La sosa de Almudena! Quién lo iba a decir, ¿verdad?
El mundo merece saberlo. Sí, voy a testificar, y disfrutaré de hundirla a ella y de herirte a ti.
No eres ni la mitad de hombre que el marqués.
Ramón se levantó y dio un paso hacia ella. Tuvo que apretar las manos contra su cuerpo con fuerza para no hacer algo de lo que más adelante pudiera arrepentirse.
Beatriz levantó la cara hasta que sus ojos se encontraron.
—¿Vas a pegarme, esposo? —En su rostro se dibujó una sonrisa sádica—. ¡Hazlo! Vamos, hazlo, demuéstrame que tienes sangre en las venas.
Ramón dio un paso atrás, con la mandíbula tan apretada que los dientes le chirriaron.
—Testifica y tendrás que asumir las consecuencias.
La tarde del cuarto día, después de negarse a hablar una vez más, Almudena ya no sabía ni en qué día estaba.
La noche de la fuga fue el domingo, así que debía de ser…
¿miércoles?, ¿jueves? No lo tenía claro.
Tampoco sabía qué hora era, aunque, si hubiera tenido fuerzas para fijarse, habría visto que la franja de luz cerca de la puerta indicaba que apenas pasaba del mediodía.
Estaba tumbada en el camastro, delirando a causa de la sed, cuando oyó la puerta abrirse.
Se giró, esperando ansiosa el vaso de agua diario.
Sin embargo, en esa ocasión el criado no iba solo.
Otros dos hombres entraron en el cuarto con él.
El criado le ofreció un vaso de agua que ella bebió con avidez.
—Más —suplicó, y, para su sorpresa, le alcanzó otro vaso y un trozo de pan.
—Despacio —le dijo—. Si no, te sentará mal.
Almudena pareció recuperar un poco las fuerzas. Se puso en pie con la ayuda de uno de los hombres y, después de un tercer vaso de agua que bebió a sorbitos, consiguió mantenerse firme y dar un par de pasos.
—Vamos —le dijo entonces aquel hombre—. Te esperan.