La costurera de la reina Capítulo 44
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Capítulo 44

Almudena se incorporó con cuidado. No estaba lejos de casa, solo tenía que caminar unas cuantas calles, pero seguro que los guardias estarían buscando a la misteriosa pasajera del carruaje. Cuanto antes se alejara de allí, mejor.

Al dar un paso, ahogó un quejido: la rodilla le dolía horrores, pero podía andar, así que rogó por que fuera solo el golpe y volviera a la normalidad poco a poco.

Se acercó al extremo del callejón por el lado contrario al que había entrado y salió a la Cava Baja.

El jaleo se oía lejano. Se cubrió con el manto, aunque sabía que eso no le serviría de nada si la detenían, y echó a caminar tan rápido que casi corría.

En ese momento no importaban las formas, sino la discreción y evitar las calles principales.

Cruzó la calle Segovia, giró en una esquina hacia la calle de los Latoneros y avanzó pegada a la pared, atenta por si oía los pasos de sus perseguidores acercándose.

Salió de la zona de las tabernas y llegó hasta la plaza Mayor.

Percibió unas voces y se ocultó en un portal que daba a un patio interior.

Se quedó pegada a la pared, intentando no hacer ruido ni al respirar.

Luego no atravesó la plaza por el centro, sino que la rodeó por los soportales; convertida en una sombra, siguió por la calle de Postas y pasó al otro lado de la calle Mayor, pues prefería ir por callejas.

Se deslizó por el pasadizo de San Ginés y, cuando iba a salir a la calle del Arenal, oyó voces y el metal de una espada golpear una hebilla.

Dio un paso atrás y se metió en un portal, hundida en la sombra del arco.

Contuvo la respiración y cerró los ojos como si así pudiera evitar ser vista.

Los dos hombres pasaron por la boca del callejón sin volver la cabeza, hablando entre ellos.

Esperó hasta que sus pasos se perdieron y se asomó con cuidado.

Ya habían girado. Ella retomó su camino, casi corriendo, y no paró hasta llegar a su casa.

Cuando entró en el patio, se sentó en el suelo del pasillo.

El candil seguía encendido, aunque la llama ya se había debilitado y en breve el patio quedaría iluminado solo por la tenue luz de la luna que se colaba por arriba.

La gata se acercó curiosa y se frotó contra las faldas de Almudena, ronroneando.

Sus cachorritos se arrimaron también para recibir su ración de caricias.

Ella respiró hondo, consciente de lo cerca que había estado del desastre.

El ronroneo de los animales la ayudó a calmarse poco a poco. Entonces, por fin, pudo pensar.

Había sido una gran idea que María del Pilar y ella se montasen en carruajes diferentes.

Antes de que Almudena fuera al encuentro de su compañera frente al palacio, María del Carmen le indicó que la joven dama tenía que caminar sola un par de calles cuando saliera.

Debía cruzar la calle Mayor hasta la calle del Espejo.

Allí la esperaría el coche que la conduciría hasta Alcalá de Henares, desde donde otro coche la llevaría a Barcelona.

Como iba en dirección opuesta a la que tomaría Almudena, actuando como señuelo, eso le permitiría huir sin problemas.

No sabía si todo había salido bien, pero tenía la esperanza de que sí.

Aunque ahora lo que le preocupaba era su propia situación.

Si aquellos hombres, con el marqués a la cabeza, habían aparecido tan rápido era porque sospechaban una huida.

Podía ser casualidad, pero también podía ser que Beatriz hubiera acudido a palacio y la hubiese denunciado a su amante.

Tal vez ella no supiera qué significaban esos bordados y actuara movida por el afán de venganza, pero, de alguna manera, el marqués había descubierto su plan.

La pregunta era: ¿sabían que ella había participado?

No le habían visto la cara, de eso estaba segura.

Y si no habían relacionado el pañuelo bordado con el plan de escape, entonces no tenía nada que temer, salvo que Beatriz buscaba destruirla.

Pero si sabían que las dos cosas eran parte del mismo plan, estaba acabada.

Pensó en huir, pero lo descartó de inmediato.

Si se marchaba sin un motivo que lo justificase, su reputación acabaría por los suelos antes incluso de que nadie intentara comprometerla: se diría que había huido con un amante o que se había quedado embarazada, o cualquier cosa, cada una peor que la anterior.

Nunca podría regresar y, además, arruinaría la vida de su padre, pues también acabaría con su buen nombre.

Resopló, frustrada. De haber sido hombre podría irse a las Américas, hacer fortuna y volver.

Pero era una mujer, y ese camino le estaba vedado.

Se puso en pie con dificultad. La única salida posible era continuar como si nada.

Subir a su casa, acudir al día siguiente a palacio, parecer inocente.

Tal vez así tuviese una posibilidad. Y Juan.

¿Qué habría pasado con Juan? ¿Qué consecuencias tendría para él haberla ayudado?

Abandonar su puesto era una falta grave.

Se le encogió el corazón de miedo y amor.

Si lograba salir de aquello, se prometió hacerle el hombre más feliz del mundo.

Subió las escaleras. No sabía qué hora era, pero seguro que más de las dos: le había llevado un buen rato llegar a su casa.

Abrió la puerta con sigilo y entró. Entonces vio la luz del candil en la mesita junto a la ventana y a Domingo, muy serio, sentado en la butaca.

Cuando ella apareció, se levantó de un salto y acudió a su encuentro.

—¿Qué ha pasado? ¿Dónde estabas?

Con eso no contaba. Creía que su padre no se habría dado cuenta de su ausencia y seguiría durmiendo plácidamente. Pensó en mentirle, en inventar alguna historia, pero estaba cansada, muy cansada, le dolía todo y no tenía fuerzas. Se echó a llorar.

Su padre se quedó inmóvil un momento y luego la abrazó.

—¿Alguien te ha hecho daño? ¿Te ha pasado algo?

Almudena se aferró a él entre lágrimas.

—No podía quedarme al margen, padre —dijo con voz ahogada—. Estoy bien, es solo que la iban a casar, la iban a casar… Pensé en madre y en qué hubiera pasado si nadie la hubiera ayudado. No podía ignorarlo, padre, perdóneme.

Se vació sobre el pecho de su padre, el hombre que siempre la había protegido, que daría la vida por ella. Él la estrechó si decir nada, procesando lo que acababa de escuchar.

Cuando ella se calmó un poco, dio un paso atrás, sin retirar las manos de sus hombros.

—¿Estás en peligro?

Ella asintió.

—Es posible —dijo, y se lo contó todo.

—Vete de Madrid —le suplicó Domingo—. Vete ahora, esta noche, mientras estés a tiempo.

Ella negó con la cabeza, aún con espasmos de la llantina.

—No pienso huir. Eso acabaría con mi carrera y con la suya, con su buen nombre y con mi futuro. Y no solo eso: pueden tomar represalias contra usted. No, me quedo. Confiemos en que no me hayan descubierto.

Un rato después, Domingo acompañó a Almudena a la cama como cuando era una niña. La arropó y le dijo que no se preocupase por nada.

—Mañana será otro día. Nadie te ha visto: no pueden saber que has sido tú. Juraré que pasaste la noche en casa, de ser necesario. Además, don Carlos te protegerá.

Eso era justo lo que ella necesitaba: sentir que ya no era responsabilidad suya, que otra persona tomara las riendas y le prometiera que todo saldría bien. Y por un momento lo creyó.

Domingo, sin embargo, sabía que no sería tan fácil.

Si Beatriz había hablado con el marqués y a raíz de eso él había descubierto el plan de fuga, Almudena estaba en grave peligro.

Enfrentarse a la nobleza era casi una sentencia: los juicios podían ser sumarios si la acusación era lo bastante poderosa.

No durmió en toda la noche, pensando en qué podía hacer para solucionar aquel entuerto, para adelantarse a los acontecimientos.

Cuando llegó el alba, despertó a Almudena, que, agotada, no había reaccionado a las campanadas de la iglesia cercana. Tenía que acudir a palacio a su hora. Su única posibilidad era fingir normalidad: cualquier gesto sospechoso podía delatarla en caso de que la tuvieran vigilada.

Almudena fue a trabajar con el ánimo encogido de miedo.

La dejaron pasar como siempre, lo que le hizo albergar esperanzas de que nadie sabía nada de su implicación.

Además, la única que podía relacionarla con aquello era Beatriz, y todo el mundo sabía que la odiaba.

Cuando la jornada llegó a su fin, empezó a fantasear con que saldría indemne de aquella historia.

Sin embargo, la fantasía se rompió cuando, nada más cruzar la puerta exterior de palacio, cuatro hombres armados, vestidos con los colores de la casa Valdearenas, se acercaron a ella.

—Almudena Serrano —dijo el que iba en cabeza—, queda detenida por delitos contra el honor familiar, incitación a la desobediencia y complicidad en fuga de una joven bajo tutela familiar. Acompáñenos.

Almudena sintió que su mundo se venía abajo. Estuvo a punto de echar a correr: aquella no era una detención legal, pero ellos eran cuatro y se les veía ágiles y fuertes. No tenía escapatoria. Temblando, asintió y los acompañó.

La llevaron a la residencia familiar del marqués. El pensamiento del cuerpo torturado y quebrado de Mariana acudió a su mente y ya no se marchó. ¿Qué pretendían hacerle? Como costurera real tenía cierta protección, pero solo era una trabajadora de palacio. ¿Había sobrevalorado su importancia?