Capítulo 43 #2
—¡Alto! —gritó el marqués, llamando la atención de los guardias que custodiaban las puertas—. ¡Detengan ese coche en nombre del marqués de Valdearenas!
Los guardias reales no estaban al servicio de los nobles, pero reaccionaron al llamamiento.
Primero, atajar aquella fuga o lo que fuese.
Después entrarían en otras consideraciones.
Los guardias montados se lanzaron al galope detrás de carro.
Los lacayos del marqués, que esperaban con su carruaje en el patio para llevarle a su residencia, se unieron a la persecución, al igual que los criados del duque y el conde.
En el silencio de la noche, las calles se llenaron del sonido de los cascos que golpeaban el empedrado y de gritos de «¡Alto en el nombre del rey! » que surcaban el aire.
Almudena se sujetaba a la cuerda del techo del carruaje para no verse zarandeada.
Volaban por las calles y el coche brincaba, saltaba y crujía como si fuera a partirse.
Oía los gritos cada vez más cerca: en cualquier momento los guardias los alcanzarían y sería el fin.
Si se quedaba, le esperaba la prisión. Si saltaba, tal vez se rompiese una pierna y la atrapasen igual.
No se lo pensó. Al tomar una curva el coche redujo la velocidad y saltó en marcha antes de que el carruaje acelerase de nuevo.
Apenas le dio tiempo de ponerse en pie y esconderse en un callejón oscuro cuando pasaron los caballos de la guardia.
Entonces oyó un estruendo: el coche había volcado.
Demasiado esfuerzo para una estructura pensada para paseos y viajes tranquilos.
Oyó los gritos de la guardia al llegar y dedicó un pensamiento al cochero: ojalá no tuviese muchos problemas.
Por suerte, era sordo. Cuando comprendieran que no había podido hacer caso a los requerimientos de la guardia debido a su sordera, tal vez se librase de ser interrogado con brutalidad.
Se adentró más en el callejón y se apoyó en la pared.
Apenas le llegaba el aire a los pulmones.
Le dolía el cuerpo entero tras el salto y la rodilla magullada enviaba oleadas de dolor punzante hacia su cadera y su tobillo, pero no parecía haberse roto nada.
Las piernas le fallaron y se dejó caer hasta el suelo.
Allí, hecha un ovillo, confió en no ser descubierta hasta que se calmase lo suficiente como para poder continuar.
El coche de caballos tomó la curva en la plaza de la Cebada hacia la calle de Toledo a tanta velocidad que dos de sus ruedas se despegaron del empedrado.
Por unos momentos, todo pareció ralentizarse.
Entonces, cuando casi parecía que se había estabilizado, el coche se ladeó y acabó volcando.
Los guardias llegaron enseguida. El cochero se levantó, aturdido, y corrió a calmar a los caballos, que tiraban del arnés intentando arrastrar el carruaje.
Después se giró hacia los guardias y levantó los brazos, confuso.
El marqués y sus secuaces llegaron a lomos de tres caballos que habían requisado a la guardia para no perder tiempo. Cuando uno de ellos se acercó amenazador al cochero, que estaba custodiado por los guardias, se dio cuenta de que no oía nada. Resopló de frustración.
Un guardia que se había encaramado al coche se asomó al interior por la puerta que había quedado arriba y luego se giró hacia el marqués:
—¡Está vacío, señor!
El marqués se apoyó en el eje de una de las ruedas y subió. Quería comprobarlo por sí mismo. Cuando vio que no había nadie rugió de rabia. Bajó de un salto.
—¡Tú! —gritó al cochero, que miraba a aquellos hombres con el temor instalado en el rostro—. ¿Para quién trabajas?
El duque se adelantó meneando la cabeza.
—Está sordo como una tapia, marqués. Insiste en que no ha oído los altos de la guardia. Jura que, de haberlo hecho, se habría detenido al momento.
—¿Quién te ha pagado para hacer esto? —le gritó, furibundo.
El cochero miraba sus labios con atención y frunció el ceño cuando captó el sentido de sus palabras. Entonces miró con servilismo al marqués e hizo una reverencia.
—No lo sé, señor —dijo con voz ronca y un tono demasiado alto—. Una mujer, una tapada, vino hace un rato a mi casa y despertó a mi mujer, que me sacó de la cama para un encargo bien pagado. Tenía que esperar aquí a una joven y llevarla más allá de la puerta de Toledo, donde esperaría otro coche.
—¿Una mujer? ¿Solo una? —preguntó el noble.
El hombre no apartaba la vista de sus labios. Asintió.
—Sí, señor, solo una. Lo siento mucho si he causado algún inconveniente. Yo solo hacía mi trabajo, señor.
El marqués estaba furioso, tanto que le cruzó la cara con un bofetón. Sin embargo, el cochero estaba tan asustado pensando en las consecuencias que todo aquello podía acarrearle que se inclinó de nuevo con la mayor humildad.
—Lo siento, señor. No entiendo qué pasa aquí, pero lamento haberles disgustado.
—¿Cómo era la mujer que se subió al carro? ¿Cómo iba vestida?
El hombre sujetaba su gorra entre las manos y la apretaba con tanta fuerza que sus dedos estaban blancos. Contrajo el rostro al intentar recordar.
—Iba tapada, señor. No le vi la cara. Era de estatura media, ni gorda ni flaca, aunque con tantas faldas y mantos es difícil estar seguro. Vestía como una mujer del pueblo.
—¿Y cuándo ha salido del coche esa mujer?
El cochero sacudió la cabeza, frustrado y aterrorizado.
—No lo sé. No lo he visto, iba concentrado en seguir las instrucciones: ir lo más rápido posible al destino. Me indicaron que forzara a los caballos hasta el límite, por eso hemos acabado así.
El marqués meditó unos instantes. Acercó su cara a la de aquel hombre para proyectar toda su autoridad y la sutil amenaza de terribles torturas si no colaboraba.
—¿Y cómo sé que dices la verdad, que no tienes nada que ver con este complot y no has visto la cara de la pasajera?
El cochero se puso de rodillas y suplicó.
—¡Se lo juro, señor! Que un rayo caiga del cielo y me fulmine aquí mismo si miento.
¿Por qué iba a mentir? No he hecho nada malo, solo acepté un encargo.
No me fijo mucho en los servicios nocturnos.
A estas horas se llevan a cabo negocios que precisan discreción, y eso ofrezco.
Muchos me contratan porque saben que no oigo nada.
Si hubiera oído a los guardias, habría frenado, ¡lo juro!
Soy un buen súbdito y un buen cristiano, no quiero meterme en líos.
El marqués inspiró hondo y trató de calmarse.
Estaba furioso, sí, pero no era tonto. Sabía reconocer a un mentiroso, y aquel conductor decía la verdad.
Lo importante era encontrar a su hija antes de que fuera demasiado tarde.
Pero no sabía si la que iba en el carro era ella: habían visto huir a dos figuras.
La puerta de Toledo… Allí se tomaba el camino hacia el sur.
¿Pretendía su hija escapar hacia Andalucía?
Si era así y había saltado del coche en marcha, estaría intentando llegar a su destino. Miró a los guardias.
—Ayuden a enderezar el carro. Si los anclajes y los arneses no están dañados, iremos a la puerta de Toledo a ver qué nos encontramos. Parte de la guardia que busque por estas calles: puede que no haya llegado muy lejos.
El guardia de mayor rango al mando, un sargento, carraspeó:
—Señor, hemos intervenido por respeto a su apellido y porque la huida en cuestión perturbaba el orden de los sitios reales, pero debemos volver a palacio. La guardia no puede patrullar las calles en busca de nadie.
El marqués apretó la mandíbula. Estuvo tentado de responder de manera autoritaria, pero sabía que no tenía que haberlos involucrado en esa persecución. Inspiró hondo.
—Está bien, sargento, le agradezco su ayuda. Si tienen la amabilidad de echar una mano a mis hombres a levantar el carruaje, no lo olvidaré. A partir de aquí, continuamos nosotros. Cuento con su discreción.
Se giró hacia sus lacayos y los criados de sus aliados. Algunos iban armados, y todos eran leales.
—Ya sabéis lo que tenéis que buscar —dijo—. En marcha.