Capítulo 43
—Marqués, pero ¿no se había marchado ya?
El marqués de Valdearenas miró a sus socios. Cogió aire para recuperar el aliento, pues había llegado a la carrera al salón donde estaban reunidos con otros nobles, dedicados a beber y jugar a las cartas.
—¿El rey se ha retirado ya? —preguntó.
Estos asintieron.
—Quería visitar a la reina y al recién nacido antes de acostarse.
El infante Felipe María había nacido el mes anterior y el rey parecía cada día más apegado a la reina y a su familia. En aquel momento les venía bien, porque podrían marcharse sin ceremonias ni permisos.
—Mi hija —dijo, aún jadeante.
—¿Qué le ocurre? —preguntó el conde.
—Creo que va a escaparse. He descubierto algo, pero no hay tiempo. Deben ayudarme, ¡vamos!
Se apresuraron detrás del marqués. A todos les interesaba que se celebrara aquel matrimonio: los acuerdos comerciales que conllevaba los beneficiaban a todos a nivel particular, y también al proyecto común que tenían.
Salieron de la zona reservada al rey y cruzaron pasillos y más pasillos hasta llegar a la habitación de María del Pilar, justo a tiempo de ver a dos figuras que giraban en la esquina. El marqués de Valdearenas supo, con absoluta seguridad, que se les habían adelantado.
—¡Eh! —gritó—. ¡María del Pilar, detente!
Cuando Almudena y la joven dama abrieron la puerta de sus aposentos, Juan no estaba a la vista.
Dejaron a la criada vestida con las ropas de María del Pilar, lista para escapar unos minutos después.
En cuanto se hubiera alejado unos metros de aquella puerta estaría a salvo, se metería de nuevo en los corredores de servicio y aparecería en las cocinas.
Ningún sirviente se atrevería a cortarle el paso a alguien tan bien vestido.
En un cuarto de fregonas había dejado ropas de repuesto: volvería a ser solo una criada, y después esperaría al amanecer para empezar su jornada como todos los días.
María del Pilar llevaba una pequeña bolsa con monedas, joyas y cosas que le pudieran servir en su periplo.
Ni ropa ni nada que ocupase demasiado. Solo una carta con el sello de la familia que le serviría de salvoconducto en el viaje.
Por lo demás, parecía una joven sirvienta que no llamaba la atención de asaltantes ni ladrones.
Si era discreta y no se significaba, alcanzaría su destino sin percances.
Almudena tuvo un pensamiento para Juan: que hubiera decidido ausentarse de su puesto les había permitido seguir con el plan, aunque no sabía cómo explicaría eso a sus superiores cuando se descubriera la desaparición.
Una ola de gratitud y amor la invadió, pero luego se centró.
Tenía que recordar con precisión el camino hasta la salida de servicio que no estaba vigilada, pues de ello dependía el éxito de la misión.
Las dos jóvenes salieron al pasillo y se dirigieron a la salida, siguiendo el mapa que Almudena había memorizado en su cabeza. Cuando giraron en la esquina, escucharon un «¡María del Pilar, detente!» a sus espaldas.
La muchacha se quedó blanca, abrió tanto los ojos que pareció que se le iban a salir y miró a Almudena aterrorizada.
—Es mi padre —dijo con voz ahogada—. Se acabó.
La sangre la golpeó en las sienes. Sacudió la cabeza para centrarse. Si las pillaban, María del Pilar sería obligada a casarse, pero todo se taparía para que su reputación quedara intacta. Ella, sin embargo, estaba acabada.
—De eso nada —dijo—. ¡Corre!
Se remangaron las faldas y volaron por los pasillos.
Oyeron los pasos detrás de ellas, pero no se detuvieron.
Sabían que un poco más adelante había unas escaleras y tal vez podrían despistarlos allí.
Pero, al girar en una de las esquinas, casi se chocaron con una señora mayor que había salido de uno de los aposentos de esa zona.
—Pero ¿qué demonios es este jaleo? —dijo cuando se topó con las fugitivas.
Las miró y después levantó la vista hacia el final del pasillo, donde las pisadas se oían cada vez más cercanas. Tardó una fracción de segundo en tomar una decisión. Dio un paso atrás y volvió a la habitación.
—Entrad —dijo, y cerró la puerta con cuidado tras ella.
Se quedaron las tres en silencio hasta que aquellos hombres pasaron a la carrera por delante de la puerta y sus pisadas se perdieron en la lejanía.
Entonces Almudena se percató de que la señora la miraba con una fijeza inusitada.
Cuando le devolvió la mirada, la reconoció.
Era la mujer que la había llamado Isabel hacía meses; la que, sin duda, había tenido alguna relación con su madre.
La señora separó la espalda de la puerta y se acercó a ella.
La tomó de la barbilla tal y como hizo la vez anterior, pero con más delicadeza.
Giró la cabeza a un lado y luego al otro, estudió su rostro como si reconociera en él detalles de otro más antiguo, miró a sus ojos como si quisiera leer a través de ellos y acarició su mejilla con el pulgar.
Entonces algo, tal vez la forma en que Almudena le sostuvo la mirada, tal vez otra cosa, la hizo estremecerse.
Cuando la soltó, tenía los ojos llenos de lágrimas sin derramar.
Después miró a María del Pilar. Si la reconoció, no hizo ningún gesto que lo demostrara. Tal vez vestida de criada no la ubicara, o tal vez quisiera ser discreta.
Almudena miró a la joven.
—¿Qué quieres hacer? —le preguntó.
Si había cambiado de idea, aún podía volver a su habitación y ella escapar por otro lado. Pero la joven noble soltó el aire que había estado reteniendo e irguió los hombros con decisión.
—Seguir adelante. Si me quedo, estaré muerta en vida. Me niego, no voy a dejar que decidan mi destino.
Ambas miraron a la mujer mayor. Ahora todo dependía de ella.
Esta volvió a mirar a Almudena, con el rostro conmovido.
—Mi Isabel… —dijo con voz entrecortada.
Almudena sintió sus ojos humedecerse. Supo que aquella mujer era su abuela. Se limpió una lágrima furtiva de la mejilla.
—Era mi madre —susurró.
La señora cerró los ojos, tal vez asumiendo en ese «era» la desaparición definitiva de quien creyó perder muchos años atrás.
—¿Fue feliz? —preguntó.
—La recuerdo siempre con una sonrisa —dijo Almudena.
La mujer asintió, como si aquello la consolara. Luego suspiró.
—A mí me hicieron lo mismo cuando tenía quince años —dijo con la vista fija en María del Pilar—.
No tuve el valor de rebelarme y obedecí.
Y me he arrepentido cada día de mi vida, aunque gracias a ello tuve a mis dos hijas, mis dos soles.
Una siguió mi camino. —Miró a Almudena—.
La otra no. Y no sabes cuánto me alegro de ello.
Hace solo un par de años que enviudé y me convertí por fin en dueña de mis decisiones. Os ayudaré.
Caminó hacia una puerta que comunicaba con la alcoba.
Las jóvenes la siguieron. Pasaron frente a una cama con dosel con las sábanas arrugadas, como si hubieran perturbado el sueño de su ocupante, y se detuvieron ante una pared cubierta con papel pintado.
En la penumbra apenas se veía nada, pero cuando la mujer asió una manivela y la giró, una puerta se abrió en la pared.
—Este pasillo lleva a los cuartos de los sirvientes, en la tercera planta. Es por donde mi criada entra por las mañanas. Desde allí podréis bajar por la escalera de servicio. Es todo cuanto puedo hacer por vosotras.
Ellas le agradecieron su ayuda y cogieron la palmatoria que les ofreció. Cuando Almudena hizo ademán de penetrar en el pasillo, la mujer le puso una mano en el brazo.
—Sé que no puedo admitir que existes, que no puedo nombrarte ni aceptar lo que significas para mí, pero quiero que sepas que me has hecho muy feliz.
Las dos corrieron por aquel pasillo y llegaron a la zona del servicio. Las paredes desnudas y los suelos sin pulir daban fe de ello. Todo estaba en silencio. Se detuvieron para recuperar el aliento y Almudena intentó ubicarse según el plano que tenía memorizado.
—¿Conoces a esa dama? —le preguntó María del Pilar.
Ella sacudió la cabeza.
—No exactamente. ¿Sabes quién es?
—Es la condesa viuda de Ribaescusa, dama de la reina. Supervisa a la infanta María Amalia, la he visto a menudo en su cuarto. Es casi como si fuera su tía, le tiene mucho cariño.
¿Condesa? ¿Su madre era hija de un conde? Almudena apartó este pensamiento a un lado: debía centrarse en salir de allí o esa vinculación recién descubierta no le serviría de nada. Se asomó a una ventana y comprobó que daba al patio central. Supo dónde se encontraba y cómo salir de allí.
—Vamos —le dijo a María del Pilar—. Salgamos de una vez.
El marqués de Valdearenas y sus cómplices siguieron con la búsqueda hasta que se dieron cuenta de que las habían perdido.
—Comprobemos las habitaciones de su hija —dijo el conde—. Solo por si acaso.
Cuando volvieron a la puerta, Juan estaba allí, erguido y con su bayoneta en la mano. Se cuadró antes los nobles.
—¿Dónde estaba, guardia? —preguntó el marqués cuando se paró frente a él.
Juan fue consciente de la rabia que ardía en los ojos de aquel hombre. Y también de que Almudena se había metido en algo peligroso y que afectaba a las altas esferas.
—Oí un ruido al otro lado del pasillo, señor —dijo con mirada firme—. Me acerqué para asegurarme de que no había intrusos.
—¿No ha visto nada extraño?
—No, señor. Pero oí jaleo y regresé de inmediato.
El marqués abrió la puerta y los tres hombres entraron.
La estancia estaba vacía. El marqués se dirigió a la alcoba, buscó por los rincones, abrió los armarios, miró debajo de la cama: ni rastro de su hija.
Aunque sabía que era ella a quien habían estado persiguiendo, el pequeño resquicio de esperanza que le quedaba desapareció y fue sustituido por una ira calmada y fría.
—Usted —dijo señalando a Juan con el dedo cuando salieron—. Hablaremos más tarde. Tiene mucho de lo que responder. Ahora haga algo útil y acompáñenos.
Salieron al exterior justo cuando, en una zona oscura y poco vigilada de palacio, una figura se subía a un carro que enseguida se puso en marcha.