Capítulo 42 #2
—He tenido un contratiempo —respondió Almudena, sin descubrir su rostro—. Temía que te hubieses marchado.
—Ha faltado poco, pero no quería dar por fracasada la misión sin esperar un rato más. Vamos —la urgió.
Caminaron hacia palacio como si fuera lo más normal del mundo.
Almudena se quedó un paso atrás, con la cabeza gacha.
Lo más arriesgado era la entrada. Los guardias tenían que verles la cara, lo que las dejaba expuestas.
Confiaban en que los trabajadores entraban y salían a lo largo de todo el día y, en menor medida, de la noche.
Se acercaron a una puerta por la que Almudena nunca había accedido, la que conducía a las cocinas y las despensas.
Era pequeña y estaba mal iluminada. Un guardia disimuló un bostezo al verlas.
La acompañante de Almudena se adelantó y levantó el paño con el que cubría el cesto que llevaba colgado del brazo.
—Somos panaderas. Nos han llamado de las cocinas.
El soldado acercó la nariz al cesto y después asintió.
Los panaderos trabajaban por la noche: no era algo inusual.
Si se quedaban sin masa suficiente, podían pedir que la llevaran del exterior.
Ni siquiera se fijó en la cara de la panadera, y mucho menos en la de quien supuso que era su aprendiza, que permaneció un paso por detrás.
—Ha sido fácil —susurró Almudena cuando accedieron al interior.
Su compañera esbozó una mueca parecida a una sonrisa.
—Nunca considerarán a dos mujeres una amenaza, esa es nuestra fuerza —dijo sin girar la cabeza.
Los pasillos estaban desiertos a esas horas.
De las cocinas salía luz y el sonido de gente trabajando: nunca se cerraban del todo.
Si había velada, les podían pedir algo en cualquier momento, y si no la había, bastante tarea tenían con dejarlo todo limpio y recogido y preparar el pan y la repostería del día siguiente.
Sin embargo, fuera del entorno de las cocinas todo estaba tranquilo.
La mujer giró con brusquedad en una esquina y subió por unas escaleras con los escalones desiguales. Después abrió una puerta pequeña, cogió lumbre del fuego que había allí mismo y le hizo un gesto a Almudena.
Penetraron en un corredor de servicio angosto y con olor a humedad.
El palacio estaba lleno de aquellos corredores.
Almudena los había usado para moverse por dentro del edificio sin tener que pasar por los pasillos reservados a gentes más principales, pero nunca había recorrido aquella red que conectaba todas las alas del palacio por detrás de las paredes cubiertas de tapices y cuadros.
No se cruzaron con nadie. Subieron, bajaron y giraron tantas veces que Almudena supo que no habría sido capaz de salir de allí por sus propios medios.
Entonces, cuando ya iba a preguntarle a su compañera si estaba segura de adónde iban, esta se detuvo ante una puerta de madera estrecha y no muy alta.
La abrió y, cuando se cercioró de que no había nadie, salió.
Almudena se encontró de pronto en un pasillo de la zona noble iluminado por lámparas. Sus pies pisaron mullidas alfombras y sus ojos vieron papeles pintados y escenas campestres enmarcadas. Estaban muy cerca de las habitaciones de las infantas.
Caminaron unos pasos y giraron en una esquina, y de pronto su acompañante se paró en seco y dio un paso atrás.
—¿Qué ocurre? —susurró Almudena.
—Hay un guardia en la puerta. Esto no estaba previsto y complica mucho la cosa.
—¿Y qué hacemos?
—Seguir es muy arriesgado.
Almudena inspiró y soltó el aire.
—Bueno, hemos llegado hasta aquí. No quiero darlo todo por perdido.
—Pero si nos reconocen…
—¿Quién va?
Las mujeres se miraron horrorizadas. El guardia las había oído, tal vez incluso las vio dar marcha atrás. Si reconocía las caras… Aunque, por otro lado, si no llevaban a cabo el rescate no tendrían nada de lo que acusarlas.
—¡Salgan de ahí detrás, es una orden!
Bien, todo había terminado. Ya no podrían ayudar a la joven María del Pilar, bastante tenían con salvarse ellas.
Estaban a punto de echar a correr cuando Almudena se dio cuenta de que conocía esa voz.
La oleada de alivio que la recorrió se notó incluso en su cara, y su compañera la miró sin entender por qué sonreía.
Tuvo apenas una fracción de segundo para pensar qué hacer a continuación, para decidir si podía confiar o si la herida de la traición aún seguía abierta.
Decidió. Cuando le hizo un gesto a su compañera y se dirigió hacia la voz, esta abrió mucho los ojos y negó con la cabeza.
—¿Juan? ¡Qué casualidad! ¿Esta era la guardia que tenías esta noche?
Él la miró como si fuera una aparición.
—¿Almudena? Pero ¿qué haces aquí a estas horas?
Luego miró a la otra mujer, que se adelantó y tomó la palabra, como estaba previsto en caso de que alguien preguntara.
—Soy una criada de la joven dama —dijo señalando la puerta—. Se casa mañana y ha tenido un problema con el ajuar. Necesita de una costurera con urgencia, y he ido a llamar a la que vivía más cerca.
Juan la observó con atención. Aquella historia no le encajaba. Nadie había salido de aquella habitación desde que comenzó su guardia hacía un par de horas, excepto una joven doncella que no se parecía a la mujer que tenía delante. Luego desvió la vista hacia Almudena.
Ella no quería engañarle, no de forma tan descarada. Sentía que estaba ante una encrucijada que podía decidir su futuro. Tal vez, incluso, su libertad o su vida. Inspiró. Soltó el aire con calma y se situó justo delante de Juan. Lo miró a los ojos.
—No puedo decirte qué hago aquí porque no es mi secreto, pero tampoco puedo mentirte. Te quiero y no deseo que esto que tenemos se base en mentiras.
Juan parpadeó, asimilando que la joven con la que se iba a casar, la Almudena luchadora, trabajadora, dulce y discreta que conocía, era mucho más de lo que él se había imaginado. Miró la puerta que le habían encargado custodiar. Luego volvió a mirarla a su prometida.
Ella esbozó una suave sonrisa.
—Solo te pido que confíes en mí. No vamos a hacer nada malo, pero la muchacha que está detrás de esa puerta nos necesita.
El silencio tras esa frase fue más atronador que un regimiento marchando a la guerra. Luego Juan asintió, solo una vez.
—De acuerdo. No quiero saber más…, por lo que pueda pasar.
Entonces dio un paso a la derecha para despejar la puerta. Almudena llamó con los nudillos y la hoja de madera se abrió. Una cara pálida, desencajada, pero joven y bonita, se asomó. Cuando vio a las dos mujeres, el alivio fue palpable en su expresión. Abrió un poco más y ellas entraron.
—Pensaba que no ibais a venir —dijo con lágrimas en los ojos.
La acompañante de Almudena miró a su alrededor.
—¿Y su doncella?
La joven señaló la puerta.
—Le he dicho que necesitaba estar sola, que quería rezar y prepararme. La he mandado a dormir a su cuarto, aunque ella contaba con quedarse aquí conmigo.
La mujer asintió.
—Muy bien. Deprisa —dijo, y comenzó a desvestirse.