Capítulo 42
—¿Y tiene el pañuelo?
Almudena asintió, mortificada. Había acudido a casa de María del Carmen.
Vivía cerca de allí y era la única a la que podía pedir ayuda.
Cuando llamó a la puerta, abrió su marido con los ojos medio cerrados.
Luego fue a llamar a su esposa, que apareció en ropa de cama, con el pelo en una trenza y envuelta en un chal.
—¿Estás segura de que no sabe lo que es?
Almudena se mordió el labio hasta casi hacerse sangre.
—No veo cómo habría podido enterarse de su significado: ni siquiera de que son algo más que simples bordados.
—Pero es la amante del marqués de Valdearenas.
—Eso creo, pero es más una sospecha que algo confirmado —matizó Almudena.
María del Carmen guardó silencio unos instantes.
—La boda es mañana —dijo al fin.
Ella no contestó. No era necesario.
—¿Puedes caminar? —quiso saber la zurcidora.
Se tocó la rodilla. El dolor había bajado. Le molestaba, pero podía caminar sin problema, incluso correr si era necesario. Sabía lo que María del Carmen le estaba preguntando en realidad.
—Iré —dijo.
La mujer le puso una mano en el hombro.
—¿Estás segura?
Ella asintió.
—Si no acudo, la casarán mañana. ¿Estará nuestra hermana en su puesto?
María del Carmen levantó la cabeza, como si su mirada pudiera atravesar los edificios y divisar el reloj de la torre.
—Aún no han sonado las once. Llegarás tarde, pero no lo bastante como para que se preocupe y se marche. Si te apresuras, todo puede continuar. Pero, Almudena…
La miró con intensidad. Ella entendió.
—Sé que es peligroso. Pero yo no soy una moza de cocina: si desaparezco, don Carlos preguntará por mí. La marquesa de Bélgida preguntará por mí. No digo que esté a salvo, porque nadie lo está con esta gente, pero…
María del Carmen también se jugaba mucho. Si capturaban a Almudena, ella quedaría expuesta, y también toda su familia. Aun así, sonrió, como si quisiera transmitirle toda la confianza que ella se esforzaba en sentir.
—Saldrá bien. Beatriz no sabe que lo que te ha arrebatado no es la prenda de un amante.
Almudena asintió y se giró para marcharse, pero notó la mano de María del Carmen en el hombro. La zurcidora se inclinó y le dio un beso en la mejilla.
—Suerte, y que Dios te acompañe.
Entonces la joven se tapó el rostro con el manto y se dirigió a palacio.
El marqués se acercó a Beatriz, la cogió por la cintura, acercó la nariz a su cuello y aspiró el dulce aroma de azahar y ámbar. Qué caro era ese perfume, pero qué bien olía en su piel.
—No me gusta que me reclames tan tarde —le espetó Beatriz.
—Cené con Su Majestad, querida. Deseaba agasajarme por la boda de mi hija mañana. Como comprenderás, no pude decirle que no.
—Todos tenemos a alguien a quien obedecer —sonrió ella, irónica.
El marqués se sirvió una copa de vino y se sentó en su butaca favorita, al lado de la chimenea, que estaba apagada porque las noches ya eran más cálidas.
Decenas de velas y candiles iluminaban la estancia.
Le hizo un gesto a Beatriz, un gesto que ella sabía interpretar a la perfección.
Sin embargo, aquella noche decidió hablar antes de quitarse la ropa.
—Hay algo que me gustaría pedirte —dijo.
El marqués suspiró. Estuvo a punto de pedirle que se marchara en aquel mismo instante, pues en verdad estaba cansado de sus exigencias, pero la promesa de volver a tener aquel hermoso cuerpo a su merced una vez más le hizo tener paciencia.
—Te escucho.
—Hay una mujer, una costurera —comenzó Beatriz—. Me ha ofendido de todas las maneras posibles, y quiero que me ayudes a arrastrar su reputación por el barro.
—¿Una costurera de palacio?
—Así es. Se encarga del guardarropa de la reina junto con Paula Pandeavenas.
El marqués levantó las manos.
—Si es una trabajadora cualificada a sueldo del guardarropa no puedo hacer nada. Está dentro de la estructura palaciega y no es tan fácil hacer y deshacer.
Beatriz sonrió como una serpiente y se acercó a él.
—Pero es que he descubierto algo. —Sacó del escote de su vestido el pañuelo que le había arrebatado a Almudena—. Mira esta prenda.
—No lo entiendo. Es solo un pañuelo —dijo el marqués tras examinarlo.
Beatriz hizo un gesto con la barbilla.
—Cómo se nota que siempre has vivido rodeado de lujos.
Una costurera nunca tendría un pañuelo de esta calidad.
Incluso aunque hubiera conseguido la seda porque su padre es comerciante de telas, no habría perdido el tiempo en bordarla con tanta profusión.
No —dijo al ver la cara de escepticismo del marqués—, te digo que es la prenda de un amante.
—Muy bien —concedió él, hastiado—. ¿Y qué? Tú también tienes un amante, querida.
—Pero yo estoy casada —dijo con una sonrisa que enseñaba demasiado los dientes—.
Ella es soltera y se casará en uno o dos meses.
Si esto sale a la luz, no solo su novio romperá el compromiso, sino que la despedirán.
Al fin y al cabo, una costurera de palacio debe ser discreta y cumplir con la moral.
Es uno de los motivos por los que la eligieron a ella.
El marqués la miró con una admiración teñida de recelo. ¿Tanto odiaba a aquella muchacha que quería arrebatarle todo lo que le importaba a una mujer? Reputación, marido y trabajo. La convertiría en una paria. Encogió los hombros.
—¿Y qué quieres que haga yo? Te bastas tú sola para hacer correr rumores.
—Cierto, pero mi alcance es limitado. Quiero que hables con Carlos de la Ruta, el encargado del guardarropa, que exijas un escarmiento para quien no ostenta la decencia debida, que asegures que sabes de buena tinta que Almudena tiene un amante.
Si eres tú quien lo pide, ella no tiene ninguna posibilidad.
El marqués acarició el pañuelo y pasó las yemas de los dedos por los bordes abultados de los bordados.
Bajó la vista. Los observó de manera distraída, pero luego algo llamó su atención.
Se acercó el pañuelo a los ojos. Aquellas volutas, esa espiral…
, le recordaron algo que nunca pensó que tuviera importancia.
Incorporó la espalda y se giró para que la luz de un candil incidiera sobre el pañuelo.
Hizo memoria. Años atrás, poco antes de que muriese Inés, su hija mayor, fue a verla para dejarle claro que no consentiría que rechazase el matrimonio que había dispuesto para ella.
Su hija lloró, suplicó y, por fin, solicitó que la dejaran ingresar en un convento antes que ser entregada al hombre elegido por su padre.
Pero él, tras fingir durante unos días que meditaba su petición para tranquilizarla, acudió a sus aposentos dos semanas antes del enlace para decirle que se olvidara de aquella fantasía, que su deber como hija era obedecer a su padre y asumir su destino con la dignidad que su apellido exigía.
Llegó sin avisar y la encontró leyendo los Evangelios.
Ella se puso en pie sobresaltada y de entre las páginas de la Biblia cayó un pedazo de tela con los mismos motivos que ahora tenía entre las manos.
Al día siguiente cayó enferma y a los siete días murió.
Y ahora, cuando la semana anterior entró por sorpresa en las habitaciones de María del Pilar, su hija estaba bordando. Los dibujos eran parecidos a estos. Se acordó del otro pedazo de tela, pero pensó que era algo que estaba de moda entre las jóvenes. Sin embargo…
Poco a poco, los recuerdos comenzaron a ordenarse en su cabeza, y detalles que había ignorado durante años encajaron con una claridad pasmosa.
Su hija no murió. A su hija la ayudaron a huir.
Sintió un mareo repentino. Ella fingió su muerte para escapar de sus designios y, de alguna manera, aquellos símbolos era el nexo.
Se levantó de un salto. Beatriz se había aproximado a él y se colgó de su cuello, seductora.
—¿Me ayudarás?
Él se deshizo de su abrazo. Apenas podía reaccionar, la revelación que acababa de tener lo había dejado helado. Cuanto más lo pensaba, más sentido tenía. Las rodillas le fallaron y se dejó caer de nuevo en la butaca.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Beatriz.
Él la mandó callar levantando una mano. No sabía qué era lo que más le enfurecía: que su hija hubiera decidido abandonar a su familia, su vida y, sobre todo, desobedecerle, o que lo hubiese hecho tan bien que durante todos esos años no hubiera sospechado nada.
Lo habían engañado. Aquellas mujeres, pues estaba seguro de que eran mujeres, se habían arrogado el derecho de tomar decisiones en contra de sus deseos y los de otros hombres como él.
Y su otra hija se casaba al día siguiente.
Su hija. Se levantó otra vez y caminó hacia la puerta como un autómata.
¿Esto no tendría que ver con ella? Era poco probable; al fin y al cabo, se había enterado de su enlace hacía pocos días.
Él lo quiso así para que no tuviera tiempo de asimilarlo y oponerse, pero eso también imposibilitaba que hubieran urdido un plan para sacarla de allí.
Sin embargo, ¿con quién más podría estar relacionado?
Por fortuna era un hombre previsor y, como su hija dormía en palacio, había apostado un guardia en su puerta, solo por si acaso.
Había intentado que esa noche la pasara en casa con su madre, que fueran sus hombres quienes la custodiaran, pero María Amalia fue inflexible: quería que su amiga pasara con ella esa última noche, que cenaran juntas y durmiera en una habitación cercana para verla al levantarse, pues después de la boda su marido se la llevaría a sus tierras de Toledo y quién sabía cuándo volvería a verla.
—Vete a casa —le dijo a Beatriz, sin mirarla—. Tengo cosas más importantes que hacer.
No la oyó protestar a sus espaldas. Le daba igual. Una terrible sospecha se había instalado en su mente y quería asegurarse de que todo iba bien, así que caminó a toda prisa por los pasillos rumbo a la reunión que había abandonado poco antes: necesitaba la ayuda de su gente.
—Pensé que no vendrías.
La voz sobresaltó a Almudena.
Una sombra salió de una esquina y acudió a su encuentro.
—Hola, hermana —dijo una joven—. Llegas tarde.