Capítulo 41 #2
¡Qué error había cometido! Estaba furiosa, despechada porque Almudena le había quitado la posibilidad de ascender en palacio.
Ese puesto era suyo, lo merecía; había trabajado duro y sabía que era, al menos, tan buena como ella en su trabajo.
Pero no decía a todo que sí, no callaba ni aceptaba todo lo que le pedían.
La habían castigado por no ser tan discreta como ellos pretendían que fuera.
¿Y qué iba a hacer si Dios le había dado esa cara, ese cuerpo y ese temperamento?
¿Esconderlos, desdibujarlos hasta ser como cualquier otra mujer de su entorno?
Ella había nacido para brillar, no para ser ocultada.
Decidió arrebatarle a Almudena lo que creyó que la hacía feliz, ya que ella le había arrebatado lo que más ansiaba.
Ramón fue un objetivo fácil. Demasiado fácil, pero en aquel momento no pensó que tal vez se debía a que no tenía un compromiso real con su rival.
Y cuando descubrió que a ella no le interesaba Ramón, que el objeto de sus suspiros era el otro guardia, ya era demasiado tarde.
Se le pasó por la cabeza seducir a Juan, solo por diversión, para herir a aquella arpía disfrazada de mosquita muerta por habérsela jugado de aquel modo.
Pero empezaba a estar cansada. Mejor reservar sus energías y sus encantos para alguien que le rentara más cuando el marqués la despidiera: otro noble, o tal vez un burgués adinerado.
Entonces vio pasar una figura por delante de su ventana, una tapada con la cabeza gacha.
A la luz de la luna, atisbó un ojo color miel de espesas pestañas y una nariz fina.
Se acercó un poco más al cristal. Conocía esa forma de caminar.
Vaya si la conocía. Así que la pequeña Almudena tenía cosas que hacer a esas horas indecentes de la noche.
Una suave risa surgió de su garganta y, sin pensarlo, cogió al vuelo el manto que tenía en el respaldo de la silla y salió tras ella.
Seguro que la muy zorra tenía un amante.
Llevaba años saliendo con aquel guardia y aún no estaban casados: o quedaba a escondidas con él o, mejor aún, con otro.
Sea como fuere, ahí estaba su oportunidad de hundirla de una vez por todas.
Almudena oyó pasos por la calle. Dos jóvenes pasaron por delante de ella agarrados del brazo, muy borrachos, entonando una canción militar.
Luego silencio, hasta que otros pasos, solitarios y más delicados, entraron en su campo auditivo.
Agachó la cabeza y fijó la vista en el pañuelo que sostenía en la mano.
Entonces los pasos se detuvieron. Almudena levantó la vista poco a poco.
Una sombra se desprendió del portal contiguo.
—Vaya, vaya, así que la dulce y discreta Almudena tiene negocios turbios esta noche.
Almudena sintió que se le congelaba la sangre.
Reconocía muy bien esa voz que le provocaba escalofríos.
La expresión de triunfo y alegría que había en el rostro de Beatriz, cuyos ojos azules destacaban con nitidez en la oscuridad, le dio más miedo que si todo el cónclave de nobles la hubiera descubierto.
—¿Qué haces aquí, Beatriz?
La rubia se encogió de hombros con una sonrisa siniestra.
—Te vi pasar por delante de mi ventana y, como a estas horas las mujeres decentes están dormidas, decidí salir en tu busca.
¿Quién sabe? Quizá necesites mi ayuda. —Sus ojos se desviaron un instante hacia el pañuelo que Almudena tenía en la mano y después regresaron a su rostro—.
¿A quién esperas, Almudena? No creo que tu dulce guardia se preste a estas intrigas.
Esto huele a algo más grande. ¿Un amante noble, tal vez?
Almudena sintió la sangre tronar en sus oídos. La embargó el temor, pero también la furia. Que Beatriz la hubiera descubierto ponía en peligro todo el plan, pero, dentro de lo malo, prefería que pensara que tenía una aventura, aunque eso pudiera destruir su reputación.
—Lo de entregarse a un noble es más tu estrategia. Y lo que haga a estas horas fuera de casa no es de tu incumbencia. Aparta de mi camino.
Intentó rodearla y regresar a su casa para despistarla, pero ella la interceptó con su cuerpo.
—¡Ah, no, de eso nada! A tu guardia le va a encantar saber a qué se dedica su guapa novia por las noches. Tal vez se replantee lo de casarse contigo.
—Métete en tus asuntos, Beatriz.
Almudena intentó pasar de nuevo, pero Beatriz la agarró del brazo para quitarle el pañuelo.
—Una prenda de un amante, ¡qué emoción! Seguro que a Juan le encanta verlo.
Almudena se revolvió para defenderse y aferró el pañuelo con las dos manos.
Forcejearon, pero Beatriz tenía más fuerza de lo que esperaba y tiró de la tela con brusquedad, arrastrando a Almudena hasta el centro de la acera.
Esta quiso zafarse clavándole un codo en el brazo, pero no fue suficiente.
Beatriz había enganchado el pañuelo como un perro y no estaba dispuesta a dejar escapar su presa.
—¡Suéltalo! —gritó Almudena.
—¡Ni lo sueñes, arpía! —exclamó Beatriz.
La campana de la torre marcó las once menos cuarto. Beatriz pisó la falda de Almudena, pegó su cuerpo al de ella y la empujó con saña. Almudena sintió un horrible dolor cuando se le dobló la rodilla y cayó al suelo. Beatriz dio un paso atrás, con el pañuelo en alto como trofeo.
—Seda fina y bordada. Demasiado caro para una costurera como tú. Estás acabada, Almudena. Por fin me vas a pagar todas tus afrentas.
Se alejó mientras Almudena intentaba recuperar el aliento.
Sentía las lágrimas acumularse detrás de sus párpados: la rodilla le dolía, pero aún le dolía más ver el pañuelo en manos de su enemiga.
Beatriz tenía ahora una prueba de los bordados.
No sabía qué significaban, pero eso no la hacía menos peligrosa.
Se levantó y acudió renqueante al único sitio que se le ocurrió, dadas las circunstancias.