Capítulo 41
—La boda es en dos días —susurró la zurcidora.
Estaban en un rincón de la sala común del guardarropa, pero había demasiado trajín.
Con la llegada de la primavera, la reina quería renovar sus vestidos y también había que adaptar los de las infantas.
María Amalia, para su disgusto, apenas había crecido, pero María Luisa había pegado un estirón.
Don Pedro le estaba explicando a doña Paula unos diseños para ella.
Y las pequeñas también necesitaban ropa nueva.
Demasiado trabajo, demasiado jaleo para conspirar en aquel lugar.
—¡Almudena! —la llamó el sastre—. ¿Le importa venir un momento? Quiero explicarles a las dos unas peculiaridades de esta falda que he diseñado.
Almudena miró a María del Carmen con agobio. Ella frunció el ceño, luego se sacó un pedazo de tela del bolsillo y se lo entregó a Almudena con disimulo.
—Mañana por la noche. Aquí tienes las indicaciones.
Entonces se marchó y Almudena fingió normalidad cuando se lo guardó.
Sabía muy bien que no debía mirar el pañuelo allí.
No porque no se fiara de doña Paula y de María, pero no eran bordados normales, llamaban la atención y no convenía que nadie se fijara en ellos.
Así que estuvo todo el día sintiendo el peso de ese pañuelo escondido en su corpiño, a buen recaudo.
Era de seda de gran calidad, pero en lugar de suave y fresco lo notaba como si llevara una piedra ardiente encima.
Varias veces tuvo que contenerse, cuando se vio a solas por un momento, para no sacarlo y leer el mensaje.
«Todavía no. Paciencia», se repitió en cada una de esas ocasiones.
Almudena no sabía cómo, pero Juan conseguía cambiar los turnos casi todos los días para salir a la vez que ella, y cuando la interceptó esa tarde, ella sintió un poso de impaciencia en el pecho. Él lo notó. Dio un paso atrás y la sonrisa que siempre mostraba al verla se borró de su rostro.
—Almudena, desde que volví de El Pardo estás cambiada. Insistes en que no te pasa nada, pero yo sé que sí. ¿Hay algo que quieras contarme?
Ella trató de respirar con normalidad. La culpabilidad, los engaños y el miedo pasaron por encima de todo lo demás y estuvo a punto de confesarle la causa de su inquietud.
Sin embargo, en el último momento retuvo su lengua.
Se fiaba de él, pero era un guardia. Si se enteraba de que estaba metida en algo ilegal, ¿pondría su amor por delante del deber?
No sería la primera vez que la traicionaran y, aunque sabía con certeza que Juan no era como Tomás, ¿y si fallaba en su juicio?
¿Y si se equivocaba? Además, aun en el caso de que Juan no la delatara, no le hacía ningún favor revelándole la verdad.
Lo colocaría en una posición incómoda y tendría que vivir con aquel peso encima, como ahora le pasaba a ella.
No, era mejor mantener el secreto, al menos de momento.
Suspiró y compuso una sonrisa.
—Lo siento, Juan, de verdad. Estoy nerviosa porque hay mucha presión en el guardarropa. Estamos cosiendo piezas nuevas y tenemos que modificar o arreglar muchas prendas. Es agotador y don Carlos, además, está de un humor de perros. Lamento pagarlo contigo.
Juan le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Cuando nos casemos podrás elegir: si esto no te gusta, no tendrás que hacerlo.
Ella lo miró a los ojos e intentó ser firme.
—Me gusta mi trabajo, es por lo que he luchado durante años. No quiero dejarlo y confío en que ese no sea tu deseo.
Juan sonrió de nuevo, calmado.
—Yo quiero lo que tú quieras. Lo que digo es que voy a cuidar de ti, y si decides no seguir, por mí estará bien.
Almudena asintió en silencio y suspiró de nuevo.
—Venga, demos un paseo rápido. Luego tengo que ir al mercado y hacer cosas en casa.
Almudena llegó a casa cuando ya atardecía.
Su padre seguía en la tienda, así que se sentó junto a la ventana y sacó, por fin, el pañuelo que llevaba queriendo ver todo el día.
Unas volutas, una espiral, una hoja tachada, un corazón y varios palos: al día siguiente por la noche, a las once.
Debía tener cuidado, pero hasta el momento nadie sospechaba, o al menos eso creía la persona que había bordado ese mensaje.
Tendría estar atenta al reloj de la iglesia del Buen Suceso, en la Puerta del Sol.
Era la más cercana que daba las horas exactas, pero las campanadas no se oían desde su casa, así que saldría con tiempo y esperaría.
Entre las integrantes del círculo no solían comunicarse con bordados, puesto que ellas sí podían cuchichear por las esquinas: María del Carmen había sido muy previsora, o tal vez era algo que llevaba haciendo desde la captura de Mariana meses atrás.
Sea como fuere, cuantas menos palabras, menos riesgo.
Esa noche apenas durmió. Dio vueltas en la cama hasta que el cielo se empezó a teñir de claridad. Entonces se levantó y se puso a hacer cosas en la casa, ya que los domingos apenas había puestos en el mercado. Necesitaba hacer algo o se volvería loca.
Juan fue a verla muy temprano, montado a caballo.
—¿No trabajas? —le preguntó Almudena.
Él negó con la cabeza.
—No, esta noche tengo una guardia especial y me han dado el día libre. Voy a visitar a mi madre y mi familia. Solo quería avisarte de que hoy no nos veremos y traerte algo para hacerte el día más ameno.
Le tendió un cucurucho de papel.
—¡Almendras garrapiñadas! Me encantan, muchas gracias. —Contuvo la necesidad de darle un beso allí, en mitad de la calle—. Es justo lo que necesitaba hoy —añadió con una enorme sonrisa.
Juan se pasó la mano por la cara.
—Eso pensaba. Bien, me voy ya, no quiero que se me haga tarde.
Se despidieron con la esperanza de verse al día siguiente. Almudena rezaba por que esa noche pasara pronto, llegara el nuevo día y pudiera quitarse de encima la angustia que llevaba pegada al cuerpo como si fuera un vestido muy pesado.
Fue a misa con su padre, dio un paseo con sus amigas y volvió a casa para comer. Estaba agotada, así que a media tarde se sentó en la butaca frente a la ventana y se quedó dormida sin apenas darse cuenta. Un rato después, cuando Domingo llegó de su paseo vespertino, la despertó.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó.
La joven asintió.
—Estaba cansada, pero ya me encuentro mejor. Vamos, padre, cenemos.
Después de la cena, Almudena se excusó y se retiró a su alcoba.
No se sentía con ánimos de mantener una conversación con su padre.
Para no quedarse dormida otra vez se dedicó a leer, se mojó las sienes con agua fría y dio buena cuenta de las almendras garrapiñadas.
Calculó el tiempo desde el toque de ánimas, porque no quería estar demasiado rato sola en la calle a esas horas.
Leyó la Biblia, releyó la carta de su madre, que se sabía de memoria, pero le hacía sentirse más cercana a ella.
Pensó en cómo habría sido su vida de haber nacido en la nobleza.
¿Aquella señora con la que se cruzó volviendo del tocador de la reina sería su abuela?
¿Y la niña, tal vez su sobrina? Habría sido bonito tener más familia que la quisiera.
Aunque luego se dio cuenta de que, si fuese una dama, tal vez a esas alturas de su vida estaría casada con un anciano al que le habría dado ya varios hijos, sin poder opinar porque su matrimonio no habría sido por elección sino un negocio.
Y tampoco su padre habría sido su padre, así que se alegraba de que su madre hubiera huido.
Y esa noche iba a darle la misma oportunidad de rehacer su vida a otra joven.
Hacía rato que su padre se había acostado.
Cuando la vela se consumió, supo que era el momento de irse.
Escuchó con atención y, cuando llegó a sus oídos la respiración pesada y acompasada de Domingo, se echó el manto sobre la cabeza y salió de casa, sin olvidar colocar el pedazo de tela en la cerradura.
Se sentó en las escaleras del patio para calzarse.
Estaba desierto a esas horas, así que su presencia fue recibida con alborozo por la gata y su familia.
Jugó un poco con ellos, lo que la ayudó a calmar los nervios que mordían su estómago sin piedad, y después respiró hondo, se cubrió la cara y se lanzó a la calle.
Caminó con la cabeza gacha. Todos los vecinos deberían estar durmiendo, pero no quería arriesgarse.
Pasó por delante de la puerta de una taberna y apretó el paso: los borrachos nunca eran buena compañía.
Cuando llegó a la iglesia del Buen Suceso, las manecillas del reloj marcaban las diez y media.
Apenas un minuto después, las campanadas lo confirmaron.
Esperaría un cuarto de hora: al siguiente toque, se dirigiría a palacio.
Se metió en el portal de una casa para pasar desapercibida.
Un poco para mantenerse entretenida y un poco para asegurarse, por enésima vez, de que había descifrado bien el mensaje, volvió a sacar el pañuelo.
Beatriz estaba asomada a la ventana, mirando la luna que iluminaba la noche madrileña.
Esperaba el coche de su amante, que le había pedido que acudiera esa noche un poco más tarde de las once, pues tenía cena con Su Majestad.
Ramón, como era habitual, había aceptado la guardia nocturna, así que no tenía ningún impedimento para ir.
Resopló, frustrada: era consciente de que el marqués empezaba a cansarse de ella.
Necesitaba sacarle algo más, porque cuando la pensión que le pasaba se acabara, cuando sus regalos caros terminasen, ella volvería a ser una simple costurera casada con un guardia del rey, y eso no satisfacía sus aspiraciones, por no hablar de que despreciaba a su marido tanto como él la odiaba a ella.