La costurera de la reina Capítulo 40
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Capítulo 40

—¡Almudena!

—¡Juan!

Se fundieron en un abrazo que duró hasta que Domingo carraspeó. Juan acababa de volver de El Pardo y en el cuartel les habían dado el día libre para ir a visitar a la familia. Sin pensarlo, él acudió a casa de Almudena. Se encontraron justo cuando su padre y ella salían camino a la iglesia.

Se separaron un poco, pero sus miradas quedaron prendidas. No podían apartar los ojos el uno del otro y la sonrisa que mostraban sus labios hizo que Domingo decidiera adelantarse unos pasos para darles intimidad.

—Contaba las horas para volver a verte —dijo Juan cuando echaron a andar.

Almudena estaba radiante, ahora que volvía a tener a su novio a su lado.

—Sabía que la corte regresaba hoy, pero no cuándo. A la tarde tengo que ir a palacio a ayudar a organizarlo todo.

Tenían tantas cosas que decirse que, de pronto, las palabras sobraban. Se quedaron en silencio, hasta que lo rompieron a la vez.

—Juan, yo…

—Almudena, quería decirte…

Se echaron a reír.

—Tú primero —dijo ella, e hizo un gesto con la mano.

Juan tragó saliva.

—En estas semanas me he dado cuenta de que no quiero esperar más. Quiero que nos casemos ya, si es lo que tú deseas.

Ella lo miró con una sonrisa que no le cabía en la cara.

—¡Sí! Claro que lo deseo. Eso es lo que te iba a decir, que me da igual todo, solo quiero tenerte a mi lado como mi marido.

Se pararon y se cogieron de las manos. Domingo, que se dio cuenta de que no lo seguían, se giró y, cuando los vio así, tan felices, supo lo que había ocurrido. Se acercó para que su presencia evitase las murmuraciones.

Juan soltó a Almudena y se dirigió a él:

—Señor, quiero pedirle formalmente la mano de su hija.

Domingo soltó una carcajada y tomó al joven por los hombros.

—Menos mal que me caes bien, muchacho, porque me da que ella ya te la ha concedido.

Después de misa, Almudena se reunió con sus amigas, pues todas vivían cerca y acudían a la misma iglesia.

Formaron un corrillo y las chicas se pusieron a gritar alborozadas cuando Almudena les dio la noticia.

El marido de Teresa esperaba un poco más atrás, con Domingo y con Juan, y se miraron entre ellos con los ojos en blanco y las cejas levantadas.

Alguien más escuchó el jaleo: Beatriz, que giró la cara con rapidez. Almudena advirtió la mirada que le echó a Juan, fría y calculadora. En aquel momento, el sol de invierno que había asomado por entre las nubes pareció apagarse de nuevo.

—¿Ya has vuelto?

Beatriz ya sabía que Ramón había regresado de El Pardo.

Había visto a Juan con Almudena en la iglesia, y eso solo significaba que su marido también estaba en Madrid, pero que había preferido no correr a casa con su esposa.

Lo cierto era que le daba igual, aunque no dejaba de molestarle que su falta de amor fuera tan evidente.

Ramón la miró casi con miedo.

—Esta mañana. Pero hemos tenido mucho jaleo en el cuartel hasta ahora. ¿Cómo has estado?

—Como si te importara —respondió Beatriz, que se ajustó el manto con el que se protegía del frío de febrero, que se colaba en las casas casi tan cruel como en la calle. Se arrimó al brasero—. La cena estará lista enseguida.

Ramón avanzó un paso hacia ella.

—¿No vas a darme un beso?

Beatriz lo miró con esos ojos azul hielo que tan bien podían calentar como helar. En esta ocasión, eligió la indiferencia.

—Si eso te hace feliz… —Se acercó y besó a su marido.

Fue un beso profundo, que habría parecido apasionado a ojos de un observador externo, pero en el que Ramón leyó la burla de una esposa despechada. Se separó de ella y dio un paso atrás.

—¿No te gustan mis besos, esposo? —preguntó ella, y se pasó el dorso de la mano por la boca como para borrar su contacto.

Ramón parpadeó, herido.

—Lo que habría dado por tener esos besos solo para mí, Beatriz. Podríamos haber sido felices.

Ella soltó una carcajada amarga.

—¿Felices? ¿Con un esposo que gana lo justo para no considerarme pobre y que me quería como un premio, no como se debe querer a una mujer? No soy tonta, Ramón, sé que tu corazón nunca me ha pertenecido por entero.

Ramón retrocedió otro paso, atónito.

—¿Me acusas a mí de no amarte? Me tenías fascinado. Comía de tu mano. A poco que hubieras tenido la intención de que nuestro matrimonio fuera bien, de serme fiel y ser una esposa cariñosa, habría luchado por darte lo que necesitas.

La voz le tembló, pero Beatriz lo observó con esa expresión burlona que él conocía tan bien.

—Tú no puedes darme lo que necesito. Pero al menos no me echarás en cara que no te haya sido sincera. —La sopa ya se había calentado en el puchero, así que llenó un cuenco y lo puso sobre la mesa—. Cena, esposo, seguro que vienes cansado. Yo me voy a dormir ya.

Y Ramón se quedó allí, cenando solo, herido, pensando que tal vez, solo tal vez, su esposa tenía algo de razón en una cosa: se dejó seducir por su belleza, pero nunca había dejado de amar a Almudena.

Almudena pasó esa tarde de domingo en palacio, pues don Carlos quería adelantar la organización de los equipajes, y después se fue a casa y se acostó feliz: Juan había vuelto, se habían prometido y, con un poco de suerte, la vida sería más sencilla.

Pronto ayudarían a escapar a María del Pilar y, aunque le daba miedo después de lo sucedido con Mariana, ya habían pasado meses de aquello, todo estaba tranquilo y ella deseaba ayudar a esas jóvenes. Con cuidado, seguro que todo iría bien.

La mañana siguiente la despertaron las campanadas del convento del Carmen y saltó de la cama llena de energía.

Llegó a palacio temprano y se encontró a María del Carmen con dos compañeras.

Don Carlos ya estaba allí y le trasladó las tareas del día: terminar de organizarlo todo, revisar las prendas que habían vuelto del campo y arreglar lo que fuera necesario antes de seguir con el vestido que estaba montando según las indicaciones de don Pedro, el sastre.

Almudena entró en la sala de costura: ni María ni doña Paula habían llegado aún. María del Carmen apareció detrás de ella, entró y dejó la puerta entreabierta, lo suficiente para tener discreción pero ver si alguien se acercaba.

—Esta noche nos reunimos —susurró.

Almudena asintió como si le estuviera hablando de algún trabajo de costura.

—¿Dónde?

María del Carmen bajó aún más la voz y le dio la nueva dirección.

—Al acabar el turno. Asegúrate de que nadie te siga.

La costurera tragó saliva y volvió a asentir.

El día transcurrió tranquilo, en contraste con los nervios que siempre se apoderaban de ella cuando iba a tener lugar una reunión del círculo.

Cuando terminó la jornada y salió por fin, Juan la estaba esperando fuera.

—¿Damos un paseo? —preguntó él, con una sonrisa.

Almudena sintió un nudo en la boca del estómago.

—Lo siento, Juan, pero hoy no puedo. Tengo una cosa que hacer.

Nunca había rechazado una cita con él, y el guardia se quedó confuso.

—Pero ya has acabado de trabajar, ¿no puedes quedarte un rato?

Ella sacudió la cabeza.

—Tengo que pasarme por el taller de doña Leonor para revisar un encargo.

—Te acompaño. —Juan le ofreció el brazo, contento de que solo fuera eso.

—Lo siento, Juan. —Almudena dio un paso atrás—. Hoy no puedo, de verdad. Nos vemos mañana —dijo, y echó a caminar a toda prisa.

La expresión afligida de Juan al sentirse rechazado provocó que el nudo del estómago de Almudena se hiciera más grande y comenzara a doler como si se hubiera tragado una piedra. No se giró, así que no vio cómo él se quedaba quieto en mitad de la calle, mirando cómo ella se alejaba.

Le gustaba sentir que servía para algo, que esas jóvenes desesperadas podrían comenzar una nueva vida en parte gracias a ella y que desbarataba los planes de unos viejos sin escrúpulos.

Pero lo que no soportaba era el precio a pagar: mentir a Juan, la tensión, el mirar por encima del hombro y escabullirse por las callejas como una ladrona para asegurarse de que nadie la seguía.

Tarde o temprano tendría que confiar en él y contarle en qué estaba metida.

Pronto, se prometió. Cuando se casaran.

Llamó a la puerta y se deslizó dentro en cuanto se abrió.

—¿Te han seguido? —preguntó María del Carmen.

Almudena sacudió la cabeza.

—No.

—Bien, acompáñame.

Entraron en una salita en la que había una mesa con el plano desplegado que ya conocía. Solo estaban ellas dos.

—¿No va a venir nadie más? —preguntó.

—No —dijo la zurcidora—. Después de lo de Mariana, prefiero que no os veáis las caras si no es necesario.

Se acercaron al plano del palacio.

—María del Pilar nos ha hecho llegar un mensaje. Ha escuchado una conversación entre sus padres y sabe qué día es la boda, pero nadie se lo ha comunicado. Esto es una ventaja, porque creen que no lo sabe y por tanto no concebirán que haya pedido ayuda.

—¿Cómo lo vamos a hacer?

—La noche antes del enlace acudirás a sus habitaciones. Aquí. —Señaló un punto en el plano.

—¿Duerme en palacio? ¿Y sus padres?

—Sí, en unos aposentos cercanos a los de la infanta María Amalia. Sus padres residen en la casa familiar. A veces el marqués pasa la noche en palacio, donde tiene asignadas unas habitaciones por si el rey solicita su compañía o cuando no quiere que su esposa se entere de lo que hace.

—¿Está vigilada? —preguntó Almudena.

—Duerme en el ala noble, no tiene guardias en la puerta ni está encerrada, pero la guardia de ronda recorre la zona con asiduidad. Hay que tener cuidado con esto.

—Bien. Pero ¿cómo lo haremos? Yo no tengo acceso a la zona noble.

—Una de nuestras hermanas es limpiadora y puede circular por todo el palacio.

Es invisible y necesaria, así que nadie se fija en ella.

Te esperará la víspera del enlace para conducirte hasta su puerta.

Después la joven dama y ella se cambiarán la ropa y tú saldrás con María del Pilar, a la que llevarás a esta salida.

—La señaló en el plano con precisión—. No está vigilada: allí os esperará un carruaje.

Era un plan bien trazado y apenas habría interacción entre las participantes.

Si caía una antes del día señalado, solo María del Carmen quedaba expuesta.

Y, por lo que parecía, estaba dispuesta a llegar hasta el final.

Almudena respiró hondo. Era fácil: entrar en palacio, sacar a la muchacha, montarla en un coche, entregarla y volver a casa.

Nadie sabía que la joven había pedido ayuda, nadie podía sospechar.

Tragó saliva y esbozó una sonrisa que le costó esfuerzo mantener.

—Muy bien. Cuenta conmigo.

María del Carmen le explicó algunos puntos sueltos, pero lo importante era que Almudena memorizara bien el plano para saber por dónde tenían que salir una vez que sacaran a la joven de sus habitaciones.

Quedaba más de un mes. Si recibía las instrucciones con tanto margen de tiempo, con la corte recién regresada, era por su protección, pero ahora debía guardar en su memoria toda aquella información durante semanas y esperar la señal.

Quedaron en que María del Carmen la avisaría cuando llegara el momento.

También le haría llegar a la joven un mensaje bordado ese mismo día para que estuviera lista por la noche a la hora acordada.

Si había comunicaciones en ese intervalo de tiempo, sería la zurcidora la que se encargase.

Almudena se quedaría al margen hasta entonces.

Entonces Almudena se marchó por una puerta lateral que daba a un patio interior.

Allí cruzó un pasillo hasta una puerta trasera y salió a la calle.

Decidió, ya que estaba cerca del taller de doña Leonor, pasarse por allí.

Ya había cerrado, pero ella no llamó a la puerta: si alguien la veía en esa zona, pensaría que había visitado un taller colaborador. Nunca se sabía.

Las semanas pasaron rápido. Juan hablaba emocionado de la boda.

Almudena compartía su entusiasmo, pero los nervios que se habían instalado en su estómago desde que se había reunido con María del Carmen no la dejaban soltarse del todo.

A veces pasaba un crío gritando y ella se sobresaltaba, y un día una exclamación escapó de su boca antes de que pudiera frenarla, solo porque un pájaro dejó caer una ramita que llevaba en las patas justo a su lado.

—Pero ¿qué te pasa? —le preguntó Juan—. Estás muy rara estos últimos días.

—Lo siento mucho —dijo, y soltó un largo suspiro—. Estoy nerviosa con lo de la boda, la cantidad de trabajo que hay y esas cosas.

Él le sonrió con ternura.

—Yo también estoy nervioso por la boda. Me muero de ganas de tenerte entre mis brazos.

El calor que le produjeron esas palabras disipó un poco la angustia que la acompañaba, aunque no por mucho tiempo.

A finales de marzo, cuando los días se iban haciendo más largos, el frío parecía querer marcharse y el sol tomaba fuerza de nuevo, Eusebio y Brígida, los vecinos que vivían en el último piso, anunciaron que en cosa de un mes se marcharían de vuelta a su pueblo.

Los padres de ella estaban muy mayores y necesitaban la ayuda del matrimonio para cultivar su campo.

Cuando Almudena se lo contó a Juan, fueron a hablar con el propietario y apalabraron el alquiler a partir de mayo.

Además, debido a que Juan era militar y los caseros, por ley, tenían que destinar una parte de sus viviendas al alojamiento de militares y guardias, consiguieron un muy buen precio.

Era un espacio pequeño. Tenía una salita con una mesa de madera, un hogar para el brasero y una ventana a la calle.

Detrás de una puerta, una sola alcoba. Eso era todo, pero no necesitaban más, al menos de momento.

Estaba cerca de palacio, y saber que tendría a su padre tan cerca y que seguiría en su barrio llenaba a Almudena de felicidad.

—Pensaba que viviríais aquí conmigo —dijo Domingo, con un deje de pena.

Almudena le puso una mano en el brazo.

—Estaremos en el piso de arriba, padre. Cenaremos juntos y seguiremos yendo a la iglesia juntos. Y también puedo cocinar para usted.

—Es cierto —suspiró su padre—. Y lo entiendo, los casados casa quieren. Pero, aun así, siempre podéis contar conmigo si cambiáis de opinión. Juan, ¿y a tu madre no le importa?

Juan sacudió la cabeza, sonriente. Su padre había muerto hacía años y su madre vivía en San Sebastián de los Reyes, no demasiado lejos.

—Mi hermana se la ha llevado a vivir con ella y su familia, así que está muy contenta. Y sabe que puede venir a visitarnos cuando quiera.

Y por fuera, la vida siguió igual: trabajo, misa, planes de boda. Por dentro, sin embargo, todo era una cuenta atrás, hasta que a mediados de abril, ya pasada la Cuaresma y la Semana Santa, María del Carmen pasó por su lado una mañana de sábado y se detuvo solo un segundo a la altura de su oreja.

—Ha llegado el momento —dijo sin girarse.