Capítulo 39 #3
Manuel Godoy era, como bien había deducido el marqués de Valdearenas, cualquier cosa menos tonto.
Sabía con absoluta certeza que lo habían invitado a su grupo, con ínfulas de club secreto, para tenerlo de su lado.
Creyeron mostrarse magnánimos por pasar tiempo con un guardia de corps que parecía ascender con rapidez, pero que podía ser desechado cuando les conviniera.
Así se cubrían las espaldas en caso de que el favor de Sus Majestades fuera mayor de lo que en un primer momento imaginaban.
Godoy les hizo creer que aceptaba su amistad, que la apreciaba y que no veía más allá de un grupo de nobles bien asentados que le tendían la mano a un advenedizo.
Pero odiaba a aquella gente: los privilegios que creían poseer solo por su cuna, su desprecio por todo aquel que no considerasen a su altura, la indiferencia que mostraban ante todo aquello que no fuera su propio beneficio.
Sabía que el primer ministro Floridablanca pronto quedaría fuera de la corte.
Y lo sabía porque fue él quien le sugirió a Su Majestad que ya era hora de aceptar su solicitud de dimisión.
Todos pensaban que él ansiaba ese puesto, pero no era así.
Al menos, no exactamente. El conde de Aranda se mostraba impaciente y también creía que había llegado su momento.
Que lo intentara: algunos hombres solo necesitaban una oportunidad para demostrar lo incapaces que eran.
En pocos meses, Carlos IV le rogaría a él que tomara la Secretaría de Estado, y entonces, por amistad con el rey y por el bien del pueblo, aceptaría el cargo con humildad.
Manuel Godoy lo tenía todo planeado. Y sus planes incluían limitar el poder de aquellos hombres que ahora veía regresar a la sala del baile cada uno por su lado, convencidos, como niños engreídos que no ven sus propios errores, de que nadie se había fijado en su falta.
Sonrió satisfecho. Para tenerlos controlados, no necesitaba acudir a sus aburridas reuniones.
—¡No lo dirás en serio!
Un par de horas más tarde, los marqueses de Valdearenas estaban en la salita que separaba los aposentos que les adjudicaban cuando acudían a El Pardo.
La marquesa ya se había quitado el vestido y su criada le estaba deshaciendo el peinado, pero ella la despachó con un gesto.
Se levantó indignada y comenzó a pasearse por la estancia.
—Ignacio, María del Pilar es una niña, no puedes casarla ya.
—Cumple catorce años en un par de semanas —contestó el marqués, impasible.
—Exacto. Sigue siendo una niña.
—No, querida. —Se sentó y tomó la copa de brandy que se acababa de servir—. Ya es una mujer. Joven, sin duda, pero no es escandaloso que se case a esta edad.
La marquesa se acercó a él y lo miró suplicante.
—Ignacio, por favor, no me arrebates a mi niña. Aún sigo llorando a Inés. A veces me pregunto si murió de pena al saber que iba a ser entregada a un marido tan pronto. ¡Tenía la misma edad!
El marqués suspiró. No era que no quisiera a su hija, pero la sensiblería femenina lo enervaba.
—Inés murió de fiebres, fue el propio médico quien lo certificó. —«¿Seguro?», preguntó una voz en su cabeza. Desechó la idea y miró a su mujer muy serio—. No te atrevas a echarme en cara su muerte.
María Ana sacudió la cabeza.
—No es eso lo que quería decir, esposo. Yo…
El marqués suavizó su tono.
—Yo también la perdí, querida. Y miro por el bien de María del Pilar: un enlace con los Montelar la auparía a lo alto de la jerarquía cortesana.
—¡Pero su pretendiente tiene sesenta años!
—Sí, así es. Pero mira el lado bueno: es posible que nuestra hija enviude pronto y se quede con el título y una buena renta.
—Demasiado sacrificio por un futuro hipotético.
Su marido dio un golpe en la mesa.
—¡No me hables de sacrificios cuando no sabes lo que está en juego! —exclamó, perdiendo la compostura.
Su mujer no se achantó y lo acusó con dureza.
—Dime, entonces ¿qué ganas tú con ello?
El marqués se levantó y se acercó a ella. Le puso las manos en los hombros y la miró a los ojos.
—Nosotros. Si gano yo, ganamos nosotros. Este matrimonio nos abrirá las puertas de un negocio tan grande que nos encumbrará. Confía en mí.
—No la estás casando, la estás vendiendo —atacó ella, a la desesperada.
Él retiró las manos de sus hombros y se sentó de nuevo.
—Así funciona el mundo —dijo sin mirarla.
La marquesa resopló. Se sentía herida y frustrada, pero su marido tenía razón en una cosa: así funcionaba el mundo. Ella no decidía. Solo le quedaba acatar las decisiones de su marido, poner buena cara e intentar llevarlo lo mejor posible.
—La pobre María del Pilar se sentirá muy desgraciada cuando se entere.
Su esposo volvió a tomar la copa.
—No quiero que lo sepa. No todavía. Se lo comunicaré cuando sea el momento, no antes. No le cuentes nada.
María Ana asintió, hundida. Su hija pequeña casada a esa edad…
No era escandaloso, pero tampoco habitual.
Su marido tenía que estar muy interesado en alcanzar ese acuerdo comercial si estaba dispuesto a cedérsela a un anciano.
Alegó un fuerte dolor de cabeza y se retiró a su alcoba, donde la doncella la estaría esperando para acabar de prepararla.
Aquella noche no pudo dormir, aunque hizo como que no oía los gemidos que provenían de la habitación al otro lado de la salita.
Que su marido la engañara con sirvientas, fregonas o rameras profesionales no le dolía tanto como que la ignorara sistemáticamente a la hora de tomar decisiones que afectaban a la familia.