Capítulo 39 #2
El conde de Floridablanca suspiró, agobiado, y buscó a su alrededor a alguien a quien saludar para alejarse de allí.
Manuel Godoy no se movió, se quedó en medio de la sala, sonriendo con satisfacción, como si supiera qué era lo que iba a pasar en cada momento y fuera justamente lo que él tenía planeado.
El marqués de Valdearenas y sus socios abandonaron la fiesta uno a uno, como quien no quiere la cosa. Se reunieron en una salita aparte y se sentaron en butacas en torno a una chimenea encendida.
—Por el restablecimiento del orden —dijo uno.
Los demás levantaron las copas.
—Por el orden.
—¿Qué novedades hay?
El marqués tomó la voz cantante.
—Nada nuevo, mi visita a Madrid ha sido infructuosa.
—Desde que mi hombre localizó a esa mujer, no hemos tenido más información —añadió otro.
—A tu hombre se le fue un poco la mano —dijo una voz grave, de alguien cuyo rostro permanecía en la sombra.
El aludido asintió.
—Es cierto, ya ha sido reconvenido por ello. Pero al menos sirvió para confirmar que esa organización femenina existe, que no eran imaginaciones nuestras. Y conseguimos un nombre.
—Para lo que sirvió… —dijo el marqués de Valdearenas—. Esa muchacha se evaporó. No ha habido manera de averiguar su paradero.
—¿Vigilasteis su casa?
—¡Por supuesto! —se indignó el marqués—. ¿Por quién me toma?
—Disculpe, ilustrísima, no quería poner en entredicho su perspicacia.
—El que había hablado, un viejo duque de enorme barriga y nariz bulbosa, levantó las manos a la defensiva—.
Pero esa chica era zurcidora, ¿no es cierto?
Y la que capturamos era cocinera. Tal vez deberíamos poner ojos y oídos en las cocinas y el guardarropa.
Puede que no fueran las únicas en esos puestos.
—Es una buena idea —dijo el marqués—. Veré a quién podemos colocar.
—Por favor, caballeros —insistió el hombre de voz grave—. No somos carniceros, no más muertes. Y no me gusta la idea de la tortura.
—Algo debemos hacer si se interponen en nuestros planes —respondió el marqués—. Han de saber que no pueden actuar como les venga en gana.
El hombre emitió un sonido de desacuerdo y después habló.
—Nuestro propósito es restaurar el orden, recuperar privilegios y llevar a cabo acuerdos comerciales. No me siento cómodo siendo parte del asesinato de muchachas trabajadoras.
El duque intervino con un tono ligero.
—Tampoco a mí me gusta, se lo aseguro. Y hemos de tener cuidado. Esta vez ha pasado desapercibido, pero, si sembramos Madrid de cadáveres de cocineras, podrían acabar relacionándolos con algo que no nos interesa.
—No volverá a pasar —prometió el marqués.
—Y no olvidemos que el marqués es quien más tiene que perder. Aquí, algunos se enriquecen más que el resto con estos acuerdos —dijo reticente otro, un conde con gran experiencia militar.
El marqués giró la cabeza hacia él y entrecerró los ojos.
—Somos socios en esto, conde. Todos ganamos si el orden prevalece, no lo olvide. Respecto a los interrogatorios, no más subordinados que no sepan controlar la mano. Se trata de asustar a los implicados, pero no nos conviene que el pueblo murmure ni que la guardia husmee.
Todos asintieron y un silencio incómodo se extendió por la reunión.
—¿Y Godoy? —preguntó entonces otro, mirando a su alrededor.
—El teniente general hace tiempo que no viene a nuestras reuniones —contestó el duque—. No creo que nuestros intereses comerciales le incumban, y tampoco tiene mucho que aportar.
—La cuestión no es lo que tiene que aportar —dijo otro—, sino que nos vea como aliados. No parece que su influencia vaya a mermar en breve y sería conveniente tenerlo de nuestro lado… de momento. Tal vez deberíamos recuperar su amistad.
El marqués se rascó la barbilla y tomó la palabra:
—Si algo tengo claro es que Manuel Godoy es un hombre muy inteligente.
Sabe que no lo aceptamos como uno de los nuestros, aunque finjamos que sí, y sabe que, en el fondo, lo que queremos es que retorne el orden natural de las cosas, donde sean los aristócratas de familias viejas y honorables quienes aconsejen a Su Majestad.
El viejo duque soltó una carcajada.
—Sin duda, lo sabe, pero no considera que necesite nuestro apoyo.
Es más, creo que en su fuero interno odia los privilegios de la nobleza a la que él mismo aspira a pertenecer.
Ahora no le interesa nuestra amistad, porque cree que no precisa saber siquiera qué tramamos, pero tal vez le demos una sorpresa.
Unas suaves risas se elevaron entre aquellos hombres.
—¿Y su hija, marqués?
—El mes que viene cumplirá catorce años —respondió con una sonrisa calculadora—. Anunciaremos su compromiso entonces y la boda tendrá lugar en abril. Montelar pasará a ser nuestro aliado y miembro del grupo. Deberíamos ir pensando en nuestro siguiente movimiento.
Se levantó, y el resto de sus socios con él. Formaron un círculo antes de marcharse.
—Recuperar el orden —susurraron.
Luego cada uno regresó por un camino diferente de vuelta a la fiesta.