La costurera de la reina Capítulo 39
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Capítulo 39

Tumbado en la cama de su residencia, el marqués miró con hartazgo y cierta decepción a su amante, Beatriz del Valle.

La había mantenido más tiempo de lo habitual en él, pues solía cansarse de sus conquistas a los pocos meses.

Sin embargo, la extraordinaria belleza de la joven había hecho que conservara su interés durante años.

También su carácter: las mosquitas muertas le aburrían, pero Beatriz tenía algo.

Apasionada en el lecho, pero calculadora fuera de él.

Inteligente y ambiciosa. Poco proclive a la dulzura.

Una curiosa mezcla que ya no le divertía tanto.

Su amante se había vuelto exigente. El marqués solía darle lo que le pedía, pues era parecido a acariciar a una gata cuando se acercaba a pedir comida: no le costaba un gran esfuerzo y la recompensa merecía la pena.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte le cansaban sus demandas.

Olvidaba quién tenía el poder y quién servía.

Y, por si fuera poco, ni siquiera le había resultado útil para descubrir nada sobre ese molesto grupo de mujeres que ayudaba a huir a las jóvenes.

La única información que habían conseguido provenía de otra fuente y había llegado a un punto muerto, nunca mejor dicho.

Soltó una pequeña risita y ella, que seguía tumbada en el lecho, se giró hacia él.

—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó.

—Pensaba en mis cosas —contestó, evasivo.

—Ya no me prestas apenas atención —dijo Beatriz, haciendo un mohín.

El marqués se incorporó y apoyó la espalda en el cabecero. Cogió la copa de vino de la mesilla y bebió en silencio. Ella se dio cuenta de que no tendría que haber dicho aquello, apoyó la cabeza en su pecho y comenzó a juguetear con la línea de vello que bajaba hacia su ombligo.

—Sé que estás muy ocupado —se excusó—, es solo que te he echado de menos cuando has estado en El Pardo. Este tiempo ha sido solitario para mí.

—¿Has descubierto algo de interés? —preguntó él, obviando sus demandas.

Ella se mordió el labio inferior, molesta.

—No. Olvidas que ya no soy parte del servicio de palacio y, cuando acudo allí con la excusa de un encargo de tu familia, las mujeres no hablan con libertad delante de mí.

—Pensaba que me ibas a ser más útil, la verdad —dijo el marqués, sin soltar la copa.

Beatriz levantó la cabeza, insultada.

—Hago lo que puedo. Estoy atenta. No estoy en el servicio y tampoco en la zona noble de palacio. Y en el barrio, ¿qué se va a decir que te interese? Tal vez, si tuviese una posición más alta, podría moverme por los pasillos de la zona noble y escuchar algo.

El marqués soltó una carcajada de pura diversión y apartó a la joven con una mano.

—O tal vez podría buscarte trabajo en las cocinas, donde sin duda se mueve información.

—¡No soy una cocinera, ni una friegaplatos! —se defendió ella.

El marqués suspiró.

—Ya lo sé. Eres una costurera que no cose, una esposa que no ama a su marido y una informante que no consigue nada.

Había tanto hielo en aquella frase que por un momento Beatriz se quedó sin palabras. Luego se dio cuenta de que debía reconducir aquella situación. Sonrió con dulzura y entornó los ojos.

—Solo soy una mujer que quiere hacerte feliz —dijo con voz suave, y de nuevo reptó hacia el cuerpo de su amante.

Esta vez, el marqués se dejó hacer.

—¡Ilustrísima, qué alegría verle! ¿Cuándo ha vuelto?

El marqués de Valdearenas saludó a su amigo el duque.

Había regresado a El Pardo después de escaparse un par de semanas a Madrid a finales de enero.

Pero su esposa se encontraba allí, en el campo, y también su hijo mayor y su hija pequeña, pues era una amiga muy querida de la infanta María Amalia.

Godoy iba y venía, pero pasaba mucho tiempo en El Pardo.

Sus amigos y socios estaban allí. El rey y la reina también, así que era donde el marqués debía estar.

Esa noche el rey celebraba una pequeña recepción.

Había música, velas por todas partes y vino en abundancia, aunque el entorno era más austero que en Madrid.

Sin embargo, su esposa se había puesto sus mejores galas.

Llevaba un vestido a la francesa de brocado grueso, adecuado para el frío del campo, entretejido con hilo de oro.

Lucía un espectacular collar de rubíes que había pertenecido a su abuela y llevaba el pelo recogido.

La suya no había sido una boda por amor, pero debía admitir que hacían buena pareja.

Ella era discreta y elegante, provenía de una familia que llevaba generaciones asentada en la corte y tenía buenas relaciones.

Tampoco era demasiado joven cuando se casaron, ni él muy mayor: se llevaban poco más diez años, así que la marquesa había acudido al altar de buena gana.

Por un momento se planteó que tal vez a su hija le hiciera feliz un enlace de ese tipo. Pero luego pensó en los beneficios que le reportaría el enlace con los Montelar y desechó la ocurrencia. Sonrió al duque.

—Hace apenas un par de días. No quería perderme este baile invernal por nada del mundo, y echaba de menos a mi esposa.

Marido y mujer se sonrieron como si su relación fuera perfecta, como si ella no supiera que él había ido a visitar a su amante y que todos en esa sala también lo sabían. El duque besó la mano de la marquesa, murmuró un «Después hablamos» a su amigo y se marchó en busca de otro de sus socios.

Sus Majestades estaban en el centro del salón recibiendo a los invitados. Los marqueses de Valdearenas se acercaron. El rey sonrió al marqués y le palmeó la espalda:

—¡Marqués, dichosos los ojos! Espero que se una a la partida de mañana por la mañana. Los guardabosques han avistado un precioso ejemplar de ciervo macho que pretendo traer como trofeo.

—Majestad, teniendo en cuenta su destreza con la escopeta, no hay duda de que lo conseguirá.

La reina miró a la marquesa de Valdearenas con un gesto inquisitivo, como si valorase la profundidad de su reverencia. Debió de quedar satisfecha, porque le tendió un brazo.

—Acompáñeme, marquesa, y entreténgame un poco. Cuando los hombres se ponen a hablar de caza pierdo el interés con rapidez.

María Luisa de Parma y María Ana, marquesa de Valdearenas, se alejaron tomadas del brazo.

A la marquesa, su reina no le caía bien, al igual que a casi la totalidad de la corte.

Era caprichosa, voluble, autoritaria y absorbente.

Además, encontraba un tanto vulgar esa afición suya a parir hijos uno tras otro.

Cierto que la Corona necesitaba herederos y que nunca eran pocos, dada la cantidad de niños que morían, como su pobre niña, que Dios la tuviera en su gloria.

Pero lo de aquella mujer se pasaba de la raya.

En aquel momento, sin ir más lejos, estaba embarazada otra vez, y no le quedaba demasiado para dar a luz, mes y medio como mucho.

Acababa de cumplir los cuarenta años y su cuerpo estaba destrozado por los embarazos, los abortos y los partos.

Doce hijos había tenido ya, y otros siete abortos.

Siete de sus hijos vivían, así que tener más solo confirmaba el carácter lujurioso que se le achacaba y el apego que su esposo le tenía.

Eso suponiendo que todos fueran de su esposo.

Que ella no quería dar pábulo a habladurías, pero era innegable que Godoy siempre la estaba rondando.

Justo pensaba en él cuando apareció por la puerta.

La reina soltó una risita como un cacareo y acudió a su encuentro.

La marquesa de Ayamonte se acercó a María Ana y se colocó a su lado.

Se abanicó con la mano. En aquella sala, el calor que desprendían las velas y los cuerpos se hacía insoportable en algunos momentos.

—¡Mírala! —dijo en un murmullo—. Corriendo como si él fuera el rey, y ella, una simple fregona.

La marquesa de Valdearenas rio por lo bajo.

—Es humillante cómo le persigue. Y el rey no se entera de nada.

La marquesa de Ayamonte se tapó la boca con la mano y se inclinó sobre el oído de su amiga.

—Según dicen, le tiene en tanta estima que conoce y aprueba la relación.

—¡María Ignacia! —María Ana le dio un golpe en el brazo con fingido escándalo. Luego volvió a mirar a la reina—. Aunque hay que admitir que es bien parecido.

—Y poderoso. Dicen que Floridablanca tiene los días contados.

—Lo sé —dijo María Ana—, y sé también que Godoy ansía ese puesto, pero los rumores dicen que será el conde de Aranda quien lo conseguirá.

La duquesa de Armunia se unió a ellas.

—¡Queridas mías! Qué velada tan agradable, ¿no es cierto?

Y las tres mujeres siguieron hablando de temas menos comprometidos.

En el transcurso de la fiesta, Godoy entretuvo a la reina y acudió en auxilio del rey cuando este se atragantó con una uva. Se paseó por los distintos corrillos que había y habló muy serio con el secretario de Estado, que parecía querer estar en cualquier otro lugar menos allí.

—Pero, querido Floridablanca, mantener en secreto lo que ocurre en Francia no nos beneficia en nada —dijo el guardia de corps.

El conde tragó saliva y sonrió, pero la sonrisa le salió temblorosa y poco convencida.

—Esa ha sido la línea que he seguido siempre, con el beneplácito de Su Majestad, y no tiene sentido cambiar a estas alturas. Lo principal es que las ideas francesas no se propaguen por nuestro país. ¡Sería un desastre!

—Ya es un desastre. La gente cruza la frontera: mercaderes, soldados… El secretismo solo sirve para aumentar la curiosidad. Y la cosa no va a mejorar.

—No diga eso, señor. —Floridablanca se santiguó—. Es cierto que Luis XVI y María Antonieta están enclaustrados en palacio…

—Desde su intento de fuga, estoy al tanto. También sé que escupieron al rey y que ya no se le guarda ningún respeto. Si no intervenimos, cuando queramos hacerlo quizá sea demasiado tarde.