Capítulo 38
Durante unos días Almudena vivió temiendo que en cualquier momento fueran a por ella. Su mente la llevaba sin cesar al recuerdo de la pobre Mariana. Solo la había visto una vez, no sabía su nombre real ni dónde trabajaba en palacio, pero era una compañera, una hermana, y ahora estaba muerta.
Josefa había tenido que huir, y Almudena rogaba a Dios por que lo hubiera conseguido.
Deseaba que tuviera la oportunidad de seguir adelante con su vida, pero, además, le causaba auténtico terror que la capturaran: al fin y al cabo, a ella sí la conocía, trabajaban juntas.
Si la interrogaban, todo habría acabado.
Entendió por qué María del Carmen controlaba tanto quién accedía al círculo.
Era mejor que sus integrantes no se conocieran entre sí.
Cuando pasó una semana y todo siguió igual, comenzó a respirar más tranquila.
Que Josefa no regresara fue un pequeño escándalo porque llevaba años trabajando en el guardarropa.
Tampoco era tan raro que la gente dejara de ir a trabajar de un día para otro: a veces las enfermedades familiares, las obligaciones domésticas o una mudanza repentina cambiaban los planes de cualquiera, pero no era normal en alguien serio y estable.
Cuando se supo, por sus padres, que se había mudado al pueblo, la gente dio por sentado que se había quedado embarazada y se había marchado por vergüenza.
El círculo no se pronunció durante semanas, ni se llevaron a cabo reuniones de ningún tipo.
Si María del Carmen se comunicó con María del Pilar, la hija del marqués de Valdearenas, no se lo dijo a nadie.
De todas maneras, su boda no estaba prevista hasta la primavera, así que tenían tiempo para ir organizando rutas, pasajes y excusas.
Aquella fue una Navidad extraña. Almudena no podía participar de la alegría de su entorno. Se sentía insegura, triste y abrumada. Al final de las fiestas tuvo que despedirse de Juan: lo habían convocado para El Pardo y lo más probable era que permaneciera allí hasta finales de febrero.
—Te voy a echar mucho de menos —dijo Juan—. Me pregunto si no podrías hablar con doña Paula para ser tú quien acudiera a El Pardo.
Caminaban por la explanada frente al palacio. Hacía frío y ya se había hecho de noche. La gente que cruzaba para entrar o salir de él caminaba envuelta en sus mantos y con la cabeza gacha. Almudena se paró delante de Juan y tomó sus manos.
—Me gustaría. Yo también lo he pensado y la semana pasada lo dejé caer, solo para saber cómo se lo tomarían. Pero no es algo que dependa de doña Paula o de mí. Es don Carlos quien decide, con el beneplácito de la camarera, y ya lo ha hecho.
Juan resopló, un poco frustrado.
—Hace un par de años estuvisteis las dos.
—Ya lo sé, Juan —suspiró Almudena—, pero entonces en el guardarropa estaban también doña Leonor y Beatriz. Ahora solo somos tres, el resto son colaboraciones externas. Doña Paula se lleva a María como auxiliar y yo me quedo aquí sola. Necesitan a alguien que sepa cómo funciona todo.
Juan sacudió la cabeza.
—Lo entiendo, no tienes que darme más explicaciones. Pero van a ser casi dos meses. ¡No quiero estar tanto tiempo sin verte! Además, allí podríamos pasar más tiempo juntos.
Almudena sonrió. A ella también le habría gustado. No porque en El Pardo tuvieran más tiempo libre, pero las normas eran más laxas y muchos guardias y personal del servicio aprovechaban para divertirse más que nunca.
—Tal vez, cuando estemos casados, intenten agruparnos en los desplazamientos.
Juan sonrió.
—Tal vez. Entonces sí que no seré capaz de despedirme de ti.
Esa tarde hubo lágrimas en la despedida. Se abrazaron con fuerza, y Juan besó a Almudena en los labios. Un beso suave, breve, que contenía todas las palabras que quería decirle y no podía por falta de tiempo.
Cuando Almudena llegó a casa, su padre, que sabía que era la última tarde que iba a estar con él, le había dejado rosquillas sobre la mesa de la cocina. Ella bajó por la escalera interior a la tienda y le dio un beso en la mejilla.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Domingo, que ya estaba recogiendo.
Almudena asintió, aunque sus ojos enrojecidos decían otra cosa.
—Espérame en casa, enseguida subo a cenar.
El invierno transcurrió sin sobresaltos.
No hubo más desapariciones ni más sustos.
La joven María del Pilar también se había trasladado a El Pardo, pues la infanta María Amalia no quería separarse de ella.
Sus padres, los marqueses de Valdearenas, iban y venían.
Ramón también estaba fuera de Madrid, y a veces Almudena se cruzaba con Beatriz en el mercado o por la calle.
Caminaba con la barbilla más erguida que nunca, con ropas buenas y joyas que difícilmente estaban a su alance.
Había abandonado el taller de madame Moulinier y, con él, la esperanza de ser modista.
Sin embargo, con su innegable buen gusto y su mano firme conseguía algunos encargos como costurera que le proporcionaban unos ingresos siempre bienvenidos.
Por lo que se rumoreaba en el barrio, al menos una familia noble la tenía como costurera de cabecera y en ocasiones la mandaba llamar a horas intempestivas para arreglos de última hora.
Seguía siendo muy bella, lo que provocaba que la gente se girase por la calle al verla pasar, aunque su expresión se había vuelto más dura.
Amarga. Tampoco había cambiado el odio que relucía en sus ojos cuando miraba a Almudena, como si ella hubiera acabado con todas sus esperanzas de una vida mejor.
La costurera sentía un escalofrío por la espalda cada vez que se encontraba con esa mirada, y después se pasaba un buen rato mirando por encima del hombro, como si presintiera que podían atacarla en cualquier momento.
La parte buena de quedarse sola en Madrid era que, cuando se acumulaba el trabajo, cosa que ocurrió desde el principio, porque el guardarropa aprovechó como siempre la ausencia real para modificar trajes y crear vestuarios nuevos para las infantas, pedía ayuda al taller de doña Leonor.
Acudió allí una mañana, poco después del día de Reyes. Se presentó sin avisar y, cuando entró, todas la saludaron como si hubieran pasado años, y no días, desde la última vez que se habían visto.
—¡Almudena, qué alegría verte! —gritó Manuela, que la abrazó con entusiasmo. Luego se giró hacia las demás con el brazo sobre sus hombros—. ¡Mirad quién ha venido! ¡Teresa!
Su amiga ya había dado a luz y estaba de vuelta en el taller, pero con un añadido. Apareció por la puerta de la sala de pruebas con el bebé fajado en brazos y se puso muy contenta al verla.
—¡Dime que vienes a llevarnos a palacio! —rio.
Doña Leonor miró a su oficiala con enfado fingido.
—¡Pero, vamos a ver, Teresa, si vas todo el día con la teta fuera! En palacio no podrías llevarte a la criatura, te lo aviso.
Almudena soltó una carcajada.
—Eso es cierto. Pero si vosotras no vais al palacio, el palacio viene a vosotras.
Doña Leonor se sentó a su lado.
—¿En qué podemos ayudarte?
La algarabía le recordó a Almudena los tiempos en el taller de doña Eulalia, cuando todas eran jóvenes e inocentes.
Y ahora allí estaban. Teresa había sido madre y Manuela, por lo que le contó, tenía un nuevo novio y esperaba casarse la primavera siguiente a más tardar.
Doña Leonor sonrió y, con las manos en la tripa, le confesó que por fin había quedado encinta.
Por un momento se sintió como si ella habitara en un mundo diferente.
Ni mejor, ni peor, pero sí que funcionaba a un ritmo distinto.
—Bueno, Almudena, llevas ya con tu guardia un montón de tiempo. ¿Cuándo pensáis formalizarlo? —indagó Teresa, como si le leyera la mente.
Ella sonrió.
—Pronto, espero. No queríamos correr, pero creo que ya va siendo hora.
—Ya estás asentada en el guardarropa, ahora mismo podrías ausentarte para formar una familia y volver sin que nadie te dijera nada —respondió doña Leonor.
—Lo sé —dijo ella—. Solo falta encontrar una casa con un alquiler asequible y cerca de mi padre. No me gusta la idea de que se quede solo.
—¿Por qué no os quedáis a vivir con él cuando os caséis? —preguntó Manuela.
—Sería una solución —concedió Almudena—. Lo cierto es que todavía no lo hemos hablado. Cuando Juan regrese, tendremos que tener esa conversación.
Pasó la mañana con sus amigas y su maestra. Cuando se despidió para irse, doña Leonor la acompañó a la puerta.
—Te veo bien, Almudena —dijo.
—Lo estoy.
—Has trabajado mucho para llegar a donde estás, pero no tengas miedo de seguir tu camino. Si deseas casarte ya, hazlo: en el guardarropa son bastante tolerantes con ese tema, si no faltas durante mucho tiempo.
—Gracias. Estoy donde quería estar, y en parte es gracias a usted. Nos vemos mañana, cuando traiga el material.
Se marchó con el corazón ligero. Por unas horas no existieron ni el círculo ni los planes de fuga, ni el peligro de ser descubiertas, ni el miedo a la tortura y la muerte, ni los nobles que acechaban a su alrededor, ni tampoco Beatriz.
Solo era una joven que había pasado la mañana con sus amigas y que echaba de menos a su novio.
Y esa sensación de normalidad era lo más peligroso, porque sabía que no debía acostumbrarse.