Capítulo 37 #2
Su marido la metió en casa y la prima se quedó con ella.
Estuvo todo el día a su lado. Le sostuvo la mano, la aseó y le dio consuelo.
A primera hora de la tarde, cuando el marido fue a por agua limpia, Mariana dio muestras de recuperar la consciencia.
Pareció que intentaba abrir los ojos, aunque su prima, conocida en el círculo como Margarita, no podía asegurarlo de lo hinchados que tenía los párpados y los pómulos.
Su respiración salía en un silbido preocupante y, cuando hizo por hablar, la voz, áspera y baja, emergió entre borboteos extraños que ascendían de su pecho.
Tomó la mano de Margarita, que acercó la oreja a su boca al ver que intentaba decirle algo.
Abrió los ojos con horror al escuchar sus palabras, aunque procuró tranquilizar a Mariana.
Le pasó la mano por la frente y le dio un beso en la mejilla.
Mariana tosió, dejó escapar un suspiro y murió.
Margarita fue a buscar al marido y le dio la triste noticia.
Lo abrazó y lo consoló, pero después se escabulló y corrió a palacio, como si el trabajo fuera lo primero, como si tuviera que avisar de algo.
Y avisó a su superiora en las cocinas, sí.
Pero también murmuró algo al oído de una joven friegaplatos, que fue enseguida al cuarto de fregonas y transmitió el mensaje a una señora de mediana edad.
Esta se acercó a una criada, que a su vez interceptó a una moza del guardarropa, que corrió como alma que lleva al diablo hasta el cuarto de las zurcidoras.
Cuando María del Carmen vio la cara de la muchacha, se levantó de un salto y buscó un rincón discreto. Josefa, al contemplar aquello, comenzó a cantar una canción a la que se unieron el resto de las zurcidoras, para darles un poco más de cobertura.
María del Carmen se secó una lágrima fugitiva, cerró los ojos y apretó los párpados con fuerza. Luego los abrió, asintió y regresó como si nada hubiera pasado. Nada más sentarse, en cuanto terminó la canción, se dirigió a su compañera.
—Josefa, necesito que me hagas un recado —le dijo con total naturalidad.
Ella sabía que había ocurrido algo, pero no podían comunicarse a las claras. Asintió.
—Dígame.
—Me he dejado mi aguja de bordado en casa. Ve a por ella, por favor. Yo no puedo irme ahora, he de acabar este zurcido y tú estás más libre.
—¿Le corre prisa?
María del Carmen dudó antes de responder.
—Sí. No te pares a hablar con nadie, que nos conocemos y se te puede hacer de noche por el camino.
Lo dijo como algo anecdótico, como un aviso que, a oídos de las otras zurcidoras, podía parecer una chanza sin importancia. Sin embargo, Josefa lo entendió: «No te detengas, no te fíes, no dejes que nadie te intercepte». ¿Por qué? Eso era lo que aún no sabía.
—¿Dónde la guarda? —preguntó mientras se levantaba y se preparaba para salir a la calle.
—En el cajón de la cómoda del salón, mi marido sabe dónde es. Pero me extraña no haberla cogido yo esta mañana: espero que no se haya perdido. Esmérate por encontrarla, por favor. Solo me siento cómoda arreglando los bordados con esa aguja.
—¿Y si no la encuentro?
—¡No vuelvas! —dijo María del Carmen entre risas.
Las demás rieron también. Pero Josefa había captado el mensaje: «Refúgiate en mi casa. No salgas. No hables con nadie». El estómago se le subió a la garganta y tragó saliva. Estaba a punto de vomitar. Sin embargo, sonrió como si nada, asintió y se giró para marcharse.
—Ten cuidado —dijo María del Carmen justo antes de que saliera por la puerta.
Las zurcidoras se miraron unas a otras. Era raro que tuviera tanta prisa por recuperar su aguja; al fin y al cabo, apenas quedaban un par de horas de trabajo.
Lo más probable era que no le diera tiempo de hacer nada aunque Josefa fuese a la carrera.
Pero sabían que su jefa era perfeccionista y exigente, y que le gustaba hacer las cosas bien, así que siguieron a lo suyo sin prestar más atención.
Cuando vieron que Josefa no llegaba, aún hubo quien comentó, entre risas, que no la había encontrado y que le daba miedo volver con las manos vacías.
A la hora de salir, las costureras y las zurcidoras coincidieron. Se marcharon en grupitos y María del Carmen aceleró el paso:
—¡Almudena! Espera, quiero comentarte algo sobre la remesa de camisas para repasar que me han llegado. Creo que hay algunas que necesitan una costurera más que una zurcidora.
Almudena ralentizó el paso. Se despidieron de las compañeras, de don Carlos y de los guardias, y salieron de palacio charlando como cualquier día. Cuando María del Carmen se aseguró de que no había nadie cerca, bajó el tono, aunque mantuvo la expresión relajada en la cara.
—Mariana ha muerto.
Almudena se llevó la mano a la boca, horrorizada.
—Disimula, por Dios —dijo la zurcidora.
—¿Qué ha ocurrido?
—Margarita la encontró esta mañana. La habían torturado y estaba muy débil. Ha aguantado hasta la tarde.
Almudena recurrió a toda su fuerza de voluntad para no vomitar en aquel mismo instante, para no echarse a llorar o correr a casa y refugiarse en los brazos de su padre. ¿Dónde se había metido?
—¿Estamos en peligro?
María del Carmen se agarró de su brazo, como si le estuviera contando una confidencia amorosa.
—La obligaron a hablar. Dio un nombre, porque le prometieron que pararían si lo hacía. Josefa está en peligro. Ahora está en mi casa, escondida, pero ya no puede volver. Mañana por la mañana saldrá hacia Galicia: tengo allí familia que le puede dar trabajo.
—¿Y el resto?
—La pobre no dijo nada más, pero no nos reuniremos durante un tiempo. Haz tu vida normal, que nadie vea nada extraño. Cuando sea seguro, volveremos a hablar.
Llegaron a la esquina donde debían separarse. Se sonrieron como dos amigas que se despiden hasta el día siguiente y Almudena caminó hasta casa refrenando sus pasos para no correr. Al llegar no pasó por la tienda, subió las escaleras, se metió en su alcoba y rompió a llorar de miedo y de pena.