Capítulo 37
Almudena fue al mercado tal y como tenía previsto.
En cada puesto, casi a cada paso, vigilaba de forma discreta sus espaldas.
La sensación de que alguien la seguía no la había abandonado.
Pero no era más que una costurera que acudía al mercado después del trabajo.
¿Quién la iba a seguir? Solo alguien que sospechara que era más de lo que decía.
Respiró hondo. Solo había participado en un rescate, era imposible que alguien lo supiera.
Pero ¿y si habían seguido a la mujer que le mostró el mensaje en la tienda?
Respiró hondo otra vez para calmar los nervios.
Terminó la compra y, como aquella desagradable sensación persistía, decidió ir a ver a Teresa.
Vivían ahora al lado de la plaza y, con su embarazo tan avanzado, ya habría salido de trabajar.
Compró un par de rosquillas que le llevó como presente.
Teresa se alegró mucho de verla. Se comió las rosquillas con avidez y estuvo tan ocupada contándole su vida de casada que apenas se dio cuenta de lo ausente que se mostraba su amiga.
Cuando pasó un rato y el sol ya casi había caído, Almudena dijo que se le había hecho tarde y tenía que marcharse.
Salió por la puerta trasera del edificio, pues su patio daba a dos calles.
Se asomó a la calleja trasera, pequeña y maloliente, y no vio a nadie en ninguna dirección.
Se escabulló a toda velocidad y giró al azar en varias esquinas. Entonces, cuando se aseguró de que nadie la seguía, se dirigió a la dirección de siempre. Llamó con urgencia y se coló dentro en cuanto la puerta mostró un resquicio.
—¿Qué te ocurre? —preguntó la muchacha que había abierto.
Almudena apoyó la espalda en la puerta y cerró los ojos. Esperó hasta que su respiración se acompasó.
—Creo que me seguían —dijo entonces, avanzando hasta la mesa.
María del Carmen se adelantó y la miró con ojos duros.
—¿No los habrás traído hasta aquí?
Ella sacudió la cabeza.
—¡Por supuesto que no! Por eso llego más tarde de lo debido. Tampoco he visto nada, solo ha sido una sensación. De todos modos, no he venido hasta cerciorarme de que estaba sola.
La mujer asintió, pero la duda no abandonó su cara.
—Yo he visto a un hombre observarme desde una esquina al salir de trabajar. Después ha desaparecido —dijo otra joven.
La zurcidora se giró.
—¿Y por qué no nos lo has dicho?
La joven se dio cuenta de que había cometido un error.
—Pensé que le interesaba yo. Como mujer, me refiero.
María del Carmen suspiró.
—Esto que hacemos es arriesgado, señoras. Hay que tener cuidado, observar y, sobre todo, asegurarnos de que nadie nos sigue hasta aquí. Por si acaso, buscaremos otra sede y la próxima reunión será en otro sitio. ¿Alguien más ha notado algo raro?
Nadie dijo nada.
—Bien, en ese caso, vamos a lo nuestro: se ha puesto en contacto con nosotras María del Pilar, hija del marqués de Valdearenas.
Almudena sintió un vacío en el estómago. No se le ocurría nadie peor a quien agraviar. No dijo nada y esperó a que María del Carmen terminara las explicaciones.
—Tiene trece años y acaba de recibir la noticia de que su padre la ha prometido con el heredero de los Montelar, de sesenta años.
—¿Trece años? ¡Es solo una niña!
La mujer asintió.
—Lo sé. El compromiso no se hará oficial hasta febrero, cuando cumpla los catorce.
Ella no debería saber nada todavía, pero oyó a su padre dictar una carta a su secretario al respecto.
Es una jovencita valiente y con las ideas muy claras.
Dijo que prefería morir a casarse con alguien tan mayor a quien ni siquiera conocía.
—¿Está dispuesta a dejar su vida atrás? —preguntó Josefa.
—Solo hemos hablado un momento, cuando la intercepté al salir de misa, pero sí, está muy segura —afirmó María del Carmen—. Dice que su tía Catalina, que vive en Sicilia, la acogerá sin hacer preguntas y sin avisar a su padre.
—Es arriesgado. Si la tía habla, o si llega a oídos del marqués que su hija está en Sicilia…
—No podrá hacer nada —dijo la zurcidora—. Para cuando se entere, ya habrá tenido que idear una excusa para justificar la desaparición. Después, solo le quedará aceptar la hospitalidad de su cuñada para evitar el escándalo.
—Bien. Contamos con la ventaja de que nadie sabe que la joven conoce los planes de su padre y, por otro lado, duerme en palacio, pues es dama de compañía de la infanta María Amalia. De hecho, es una de sus mejores amigas y la infanta quiere tenerla cerca.
—¿Cuándo actuaremos? —preguntó Almudena.
—Hay que planearlo bien —respondió María del Carmen—.
Lo mejor es esperar a que la corte vuelva del retiro de invierno.
Si lo hacemos ahora, le damos demasiado margen al marqués para reaccionar, que la busque y la traiga de vuelta.
Para desbaratar la boda tiene que ser un poco antes de que se celebre.
Estaremos atentas a las señales y la sacaremos en el momento oportuno.
—Habrá que buscarle un pasaje a Sicilia —dijo otra.
—Así es —corroboró María del Carmen—. Ella es consciente y nos hará llegar alguna joya que podamos vender para pagar el pasaje.
¿Alguna duda? Bien —dijo cuando ninguna respondió—.
Tenemos margen para buscar otro lugar de reunión y para intentar no llamar la atención, a ver si se olvidan de nosotras.
Aun así, tened mucho cuidado. Salid de una en una y con rapidez, por favor.
Cuando salieron ya era de noche, aunque aún había vida por la calle.
Almudena se tapó el rostro hasta que giró en la primera esquina.
Después se descubrió: solo era una moza a la que se le había hecho tarde en el mercado.
Cuando llegó a casa, su padre no hizo ningún comentario, se limitó a apretar los dientes y a mirar hacia otro lado.
Pocos días después, un terrible suceso sacudió al círculo.
Mariana, como conocían a la joven que en la última reunión dijo haber visto a alguien que iba tras ella, desapareció.
Su prima, que vivía al lado y trabajaba con ella en las cocinas, fue a buscarla, como todas las mañanas, pero no había pasado la noche en casa.
Durante dos días no supieron nada. Su marido, desesperado, pidió ayuda a la guardia, pero raras veces los problemas que afectaban a las clases bajas movilizaban los recursos adecuados.
Insinuaron que tal vez se había fugado con un amante y no hicieron nada.
El rumor fue pasando de boca en boca y todas vivían en un estado de alteración permanente.
Almudena daba un respingo cada vez que escuchaba una puerta en el guardarropa. Cuando un portazo hizo que pegara un grito, doña Paula le preguntó si se encontraba bien.
—Lo siento —respondió ella—. Estos días apenas duermo y me está pasando factura.
Hasta Juan se dio cuenta cuando, la segunda tarde, la esperó a la salida.
—¿Estás bien? —le preguntó al verla—. Tienes cara de cansada.
—Es que lo estoy —dijo ella, intentando quitarle importancia al asunto—. Ya sabes, mucho trabajo, y cada vez se hace de noche antes. Trabajar a la luz de las velas es incómodo, me da dolor de cabeza y luego no puedo dormir.
Juan le hizo una leve caricia en la mejilla.
Por primera vez, Almudena no sintió la calidez de su contacto, sino la necesidad de dar un paso atrás.
Apretó los dientes y miró hacia abajo. ¿Qué le estaba pasando?
Tenía que controlar esos nervios. Juan se quedó con la mano suspendida en el aire durante un instante, sin saber si su gesto le había molestado.
—Venga, te acompaño a casa —dijo al fin—. Necesitas descansar, y además hace fresco.
Era cierto. La familia real llevaba unas semanas en Madrid, tras su retiro estival, y era probable que pasaran una temporada en El Escorial antes de Navidad.
Después se trasladarían a El Pardo, aunque se rumoreaba que el rey estaba cansado de ese sitio y tenía pensado cambiar de costumbres.
Esto significaba que Almudena, Juan, o ambos podían ser llamados a acompañar a la corte en sus desplazamientos.
Nada con lo que no contaran, pero que en aquellos momentos podía ser un impedimento.
—¿Has recibido noticias de que la corte vaya a viajar?
Juan negó con la cabeza.
—No sé nada aún. No quisiera irme si tú te quedas, pero ya sabes que no depende de mí.
Almudena asintió. La salud de doña Paula no se había resentido desde hacía meses y, por ello, acompañaba a la familia real como costurera de cámara cuando viajaban.
Esto suponía que Almudena se quedara en Madrid a cargo del guardarropa.
Esperaba que todo siguiese igual, al menos hasta el regreso de El Pardo.
No quería dejar al círculo en esas circunstancias.
—El que se presenta voluntario siempre es Ramón —dijo entonces Juan.
—Lamento oír eso. ¿Sabes si tiene problemas con Beatriz?
Almudena omitió que esta era amante de un noble y que casi con seguridad se trataba del marqués de Valdearenas. Juan se encogió de hombros.
—No habla mucho últimamente, y a mí me parece poco prudente preguntarle —confesó—. Pero ha perdido la alegría. Siempre se le ve triste, enfadado y frustrado.
—Lo siento —dijo Almudena, y lo sentía de veras.
Juan asintió.
—Yo también. Pero intentamos avisarle, así que ya no es asunto nuestro. Además, —añadió en tono ligero—, si él va voluntario, hay menos posibilidades de que me toque a mí.
A la mañana siguiente, la prima de Mariana, que también pertenecía al círculo, salió para ir al trabajo y se la encontró tirada en la calle frente a la puerta de su casa, que le pillaba de paso.
Aún no había amanecido, pues el servicio de cocinas empezaba al alba, y su grito despertó a todo el barrio.
La joven estaba sobre la acera boca arriba, con las piernas y los brazos en posiciones extrañas, como si la hubieran lanzado desde una altura considerable.
Tenía la ropa hecha jirones y manchada de sangre, y la cara, apenas reconocible, era un amasijo de sangre y carne inflamada.