La costurera de la reina Capítulo 36
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Capítulo 36

El marqués leía con atención un documento. El ceño fruncido y los ojos entrecerrados mostraban bien a las claras que no le gustaba lo que estaba leyendo.

—¿Otra más?

Junto a él había un hombre de poco más de cincuenta años, el pelo oscuro y la anchura de un toro.

—Otra más, marqués.

—¿Está confirmado?

El hombre se rascó la cabeza.

—Es el propio conde quien lo confiesa. Desaparecida, como las anteriores.

El marqués no respondió de inmediato. Se levantó, caminó hasta la ventana y observó la ciudad bajo el cielo pardo de aquel atardecer de octubre.

La desaparición había tenido lugar en agosto y el conde no se había atrevido a contarlo hasta casi dos meses después.

Un fallo imperdonable que no podía justificarse con tratar de evitar la vergüenza.

Todos pensaban que la joven se estaba recuperando de unas fiebres en Burgos, ciudad de origen de la familia, y que volvería restablecida para su boda al mes siguiente.

No era casualidad. Estaba harto de organizar traslados a casas familiares en provincias, enfermedades y muertes.

Demasiados contratiempos. Eso sin contar las jovencitas fallecidas fuera de su círculo.

La familia nunca lo reconocería, pero ¿y si no habían sido la escarlatina, la fiebre o la tisis?

Estaba convencido de que alguien las ayudaba a huir, por eso le pidió a Beatriz que tuviera los ojos bien abiertos, pero las posibilidades ahora se ampliaban a esas muertes oportunas cuya verdad él no conocía.

Empezó a hacer cálculos, y no le gustó la conclusión a la que los hechos le llevaron.

—No son niñas desesperadas —murmuró al fin—. Yo tenía razón, alguien las ayuda.

—¿Una red?

El marqués hizo una mueca.

—Puede. De momento es solo una teoría, esta noche lo hablaremos.

Llegó la noche, y con ella una pequeña fiesta privada para el marqués y sus amigos.

El rey probablemente se pasaría por allí.

Y Godoy, sin duda alguna. Cada día acumulaba más honores y había quien decía que a Floridablanca no le quedaba mucho en el poder.

No gustaba su tibieza con respecto a Francia, y los reyes seguían añadiendo privilegios a la larga lista de distinciones de su favorito a una velocidad tal que pronto no quedaría nada que le satisficiera, salvo la Secretaría de Estado y un título de nobleza.

La pequeña hermandad que habían creado el marqués y sus amigos daba sus frutos.

Los beneficios de los negocios conjuntos y de las alianzas matrimoniales reportaban grandes alegrías a los implicados, que tenían un plan muy ambicioso en marcha.

Pero estas desapariciones suponían un contratiempo.

Al principio era algo puntual, que podía solventarse buscando una novia sustituta con rapidez.

Pero estaba empezando a ser preocupante.

Pensó en su hija mayor, Inés, que murió de forma trágica apenas un mes antes de su boda.

Un pálpito se alojó en su pecho. ¿Murió?

Movió una mano en el aire, como si quisiera espantar ese pensamiento.

Su hija no se había fugado, había muerto.

Aunque recordó el ataúd cerrado. Fue la recomendación del médico para evitar contagios: su enfermedad fue rápida, virulenta y destructiva, no había que correr riesgos.

Así que no vio el cuerpo. No pudo despedirse de ella.

Su esposa y su hija pequeña seguían llorando su muerte. Y sin embargo…

—Marqués. ¡Marqués!

Parpadeó y volvió al presente. Estaba en el palacio del conde de Aranda.

La sala, iluminada con multitud de velas que se reflejaban en los espejos de las paredes, estaba envuelta en un calor sofocante.

Solo había hombres. Alrededor de la mesa central se sentaban varias de las cabezas más importantes del reino, entre ellas la de Su Majestad, Carlos IV, y la de su favorito, Manuel Godoy.

El conde de Urquijo tenía la mirada puesta en el marqués de Valdearenas.

—Debo ausentarme. ¿Toma usted mi lugar en la mesa?

El rey soltó una carcajada.

—Marqués, está usted en Babia. ¿Tal vez esté pensando en los encantos de alguna joven moza?

El marqués de Valdearenas sonrió e hizo una inclinación de cabeza.

—Su majestad me conoce mejor que nadie. Disculpe mi distracción. Si le place, me sentaré a la mesa.

Carlos IV tenía los ojos de un azul desvaído y la piel blanca de los Borbones, una mirada que fluctuaba entre la bondad y la simpleza y un carácter poco proclive a los enfrentamientos. Sonrió a uno de sus nobles más cercanos.

—¡Por supuesto que me place! Por favor, siéntese a mi lado.

El conde que estaba situado a la izquierda del rey disimuló su decepción y se movió para dejarle el sitio a Valdearenas.

Un criado le sirvió una copa de coñac francés, que comenzaba a ser un lujo por los problemas fronterizos con el país vecino, y el marqués brindó por Su Majestad y dio un largo trago.

La partida duró más de lo previsto. Por suerte, cuando terminó, el rey comenzó a bostezar y Godoy dijo, como si hubiera sido idea suya:

—Es un poco tarde, tal vez deberíamos pensar en retirarnos.

—¡Magnífica idea, Manuel! —corroboró el rey—. Mañana tengo asuntos que atender y prefiero tener la cabeza despejada. Deberíamos volver ya a palacio.

El guardia de corps, que había sido ascendido a mariscal de campo a principios de año y a teniente general de los Reales Ejércitos hacía un par de meses, se levantó con gracia y tendió una mano al rey. Miró al marqués y le dedicó una sonrisa torcida.

—Me habría encantado departir con usted un rato, pero mis deberes me reclaman.

Este le respondió con una cortés inclinación de cabeza.

Seguían fingiendo que lo aceptaban como a uno de los suyos, pero nunca participaba en sus cónclaves secretos.

Eso estaba reservado para familias antiguas, arraigadas, con peso e historia.

Él no podría entenderlo, así que era mejor que no se enterara.

Por otra parte, era el objetivo principal de algunos de sus propósitos.

Lo toleraban en las reuniones en las que hablaban de política y de filosofía, pero no era bienvenido, y él lo sabía.

El encuentro terminó en cuanto el rey se levantó.

El marqués se reunió con sus colegas en el vestíbulo mientras esperaban a que llegaran sus coches.

Detrás de una columna, como si estuvieran hablando del tiempo, cinco hombres formaron un corro.

El sexto estaba avergonzado por la huida de su hija y todavía evitaba algunas reuniones sociales.

—Les digo que hay un patrón.

—¿Está seguro, Ignacio? Ya sabe que las fugas ocurren. No es habitual, pero tampoco extraordinario.

—Solo son niñas, duque. La mayoría apenas ha cumplido los quince. ¿Qué sabe una niña de huidas, del mundo exterior?

—Eso es cierto —dijo otro.

—Además, piénsenlo, en los últimos años se han frustrado varios de nuestros planes. Y eso de los que tenemos conocimiento. Sospecho que muchas de las desgraciadas muertes que tienen lugar en nuestro entorno son fugas encubiertas.

—No sé qué pensar.

Unos pasos los alertaron. Se quedaron en silencio hasta que quien fuera que se marchase a casa pasó de largo. Entonces el marqués tomó aire.

—Hace meses que sospecho que alguien ayuda a escapar a esas chicas. Pero después de la última creo que esto es más grande de lo que nos imaginamos, que no se trata de una o dos criadas ayudando a sus señoras.

—El conde fue muy tenaz en el interrogatorio de la doncella de su hija tras su desaparición, por lo que nos ha dicho. No creo que la pobre desgraciada vuelva a andar, y sin embargo no pudo sacarle nada. Juró y perjuró que no sabía qué había ocurrido.

—¿Ven? —señaló el marqués—. A eso me refiero. Hay un grupo, una red…, gente organizada que las ayuda.

—Si es así, debemos encontrarlos —dijo el duque, indignado. Su sobrina había muerto poco antes de su boda y ahora le corroía la duda de si había sido una muerte auténtica.

Otro hombre intervino con creciente enfado.

—Y acabar con ellos. No podemos permitir que interfieran en nuestros planes.

El marqués asintió con gesto grave.

—Por supuesto. Ya tengo a gente vigilando, pero dedicaré más recursos. Pronto sabremos algo.

—¿La boda de su hija sigue en marcha? —preguntó un quinto hombre.

—Ya está hablado —confirmó el marqués—. Pero esperaremos a que tenga catorce años. Los cumple en febrero, así que, cuando los reyes regresen de El Pardo, o de El Escorial, donde prefieran pasar el invierno este año, se anunciarán las amonestaciones y se casarán en primavera.

—¿La familia del novio está al tanto del plan? —preguntó el duque.

—Por supuesto, es una de las condiciones. Necesitamos su aportación para armar los barcos de la compañía y su influencia para conseguir el privilegio real.

—Quién iba a decirnos que la ley que nos permite trabajar iba a ser tan lucrativa —rio otro.

El marqués de Valdearenas lo miró con seriedad.

—Estamos de acuerdo en eso, pero no olvidemos el objetivo final.

—Impedir el ascenso de los advenedizos.

—Desplazar a los consejeros ilustrados de baja cuna que rodean al rey.

—Recordar a Su Majestad quién ha sostenido la corona durante siglos.

—Recuperar el orden —murmuraron todos, como una plegaria.

Se acercó un palafrenero.

—Ilustrísima, el coche está listo.

Aquellos hombres se despidieron como si solo hubieran jugado una inocente partida de cartas y se marcharon a sus casas con una sonrisa calculadora en el rostro.