La costurera de la reina Capítulo 35 #2
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Capítulo 35 #2

—No exageres —rio Almudena—. Ni que te cambiaras de barrio, que te mudas dos casas más allá.

Pero mientras reía se dio cuenta de cuánto la necesitaba a su lado y se prometió no perderla.

Pasaron los días, y el guardarropa estaba sumergido en mantillas, faldones y cintas, en los vestidos de las infantas y en las nuevas modas que la reina quería adoptar.

Se celebró el bautizo de la nueva infanta con toda la pompa debida.

Juan ahorraba para una casa. Las pesquisas sobre Elodia terminaron.

La familia comunicó su muerte y guardaron luto.

Almudena cumplió un año más, veintiuno. Pasó la época de verbenas, y en agosto desapareció otra muchacha.

Almudena no había tenido nada que ver, y tampoco había sido en palacio, puesto que la joven vivía en la casa familiar, pero se enteró porque Josefa se lo susurró un día que coincidieron al salir del trabajo.

Otra enfermedad de cara a la galería, otra muchacha enviada a provincias para que sanase de la que nunca más se sabría nada.

Y entonces llegó octubre. Las hojas de los árboles comenzaron a amarillear y los días se acortaron, y ella recibió otro mensaje.

Esa tarde, cuando pasó por la tienda antes de subir a casa, la mirada con la que su padre la recibió, tensa y preocupada, le indicó que la aguardaba algo importante.

—¿Qué ocurre, padre?

En la tienda no había ninguna clienta en ese momento.

—Alguien ha venido preguntando por ti. Quería hacerte un encargo particular. Ha dicho que volvería después.

Almudena solo trabajaba en palacio y no recibía encargos particulares, no porque lo tuviera prohibido, sino porque no necesitaba más dinero y su tiempo era escaso.

Sabía lo que significaba eso. Y su padre, a juzgar por su expresión, también.

Así que se quedó en la tienda y le ayudó a recoger hasta que lo oyó carraspear justo cuando una mujer cruzaba el umbral.

—¿Qué desea?

Por su apariencia no era rica, pero tampoco una criada. Almudena no la había visto nunca, ni por el barrio ni en palacio, pero la atendió como si en verdad recibiera encargos.

—Me han hablado muy bien de sus manos y su precisión en la costura. Sé que no es habitual, pero me gustaría encargarle una camisa nueva.

Almudena asintió.

—¿Qué tenía en mente?

La mujer sacó un trozo de tela. Actuaba de manera muy natural, pero no pudo evitar echar un vistazo a la calle a través del cristal antes de alargar la mano.

—Algo sencillo, pero con algún adorno. Parecido a esto, ¿podría hacerlo?

Almudena miró el pañuelo y no cambió el gesto, aunque por dentro tembló todo su cuerpo. Lo cogió y lo miró como si lo estuviera estudiando. Había memorizado el código, sabía lo que le estaban pidiendo. «Esta tarde, a las seis, con mucho cuidado». Devolvió el pañuelo a la mujer.

—Sí, puedo hacerlo. ¿Es urgente?

—Bastante —respondió la mujer.

—De acuerdo. Cuente conmigo.

La mujer sonrió.

—Estupendo. Mañana volveré para hablar de los detalles.

Cuando la señora se marchó, se giró hacia su padre y esbozó una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora, aunque sabía que él notaba que la consumían los nervios.

—Está todo controlado, padre. Por favor, no se preocupe. Iré al mercado y tal vez me demore un poco, pero no se me hará tarde.

Hizo caso omiso de sus murmullos de descontento y subió a casa a por la cesta para ir al mercado.

Aún no era de noche y convenía disimular.

Habría bastante gente por la calle y nadie tenía por qué sospechar de una joven que hacía sus tareas después del trabajo.

Bajó por el patio: no le apetecía enfrentarse de nuevo a la mirada de su padre.

Vicenta recogía la ropa tendida y Brígida le daba conversación mientras sacaba agua del pozo.

No hacía frío y los últimos rayos de sol se colaban en el patio.

La gata estaba dormida sobre el borde del pozo y un cachorro de la última camada descansaba pegado a su vientre.

Se respiraba una paz que le vino muy bien, así que decidió quedarse un rato con sus vecinas: tenía tiempo y tampoco quería llegar la primera a la reunión.

—¡Almudena! —la saludó Vicenta con una gran sonrisa. Quería mucho a la costurera y no lo ocultaba—. Hace días que no te veo, dichosos los ojos.

—El trabajo, Vicenta, que me tiene absorbida.

Se sentó en un taburete al lado del pozo y acarició a la gata, que se puso a ronronear sin abrir los ojos.

—¿Cuándo vas a darnos una buena noticia, jovencita? —dijo Brígida—. Ese guardia tuyo ya lleva tiempo cortejándote.

Almudena soltó una carcajada.

—Nadie tiene más ganas que yo, señora Brígida, pero todo a su tiempo. Él quiere ahorrar un poco y mi trabajo es importante: quiero estar bien asentada antes de dar el paso.

—Pero si ya estás más que asentada. Tu padre dice que la reina te tiene en alta estima —dijo Vicenta.

—La reina no conoce ni mi nombre —se carcajeó—. Pero es cierto, me siento muy valorada. Y si creo una familia ahora, tal vez eso me perjudique.

Brígida la miró y habló con el dedo en alto, como si fuera poseedora de la verdad absoluta:

—Crear una familia es lo primero —sentenció—. Lo demás son fantasías.

Lo primero.

Almudena pensó en Elodia, en su padre y su madre, en el marqués, en el círculo. A veces, lo primero para unos no lo era para otros.

—Lo tendré en cuenta, se lo prometo.

El hijo pequeño de Vicenta, que ya era un muchachito que había entrado como aprendiz en la barbería de al lado, apareció por el portal y saludó a las mujeres.

—¡Almudena! —dijo en cuanto la vio—. ¿Has visto a los reyes esta semana?

Ella se rio.

—Pues no, pero ¿sabes a quién he visto? A las infantas María Amalia y María Luisa. La mayor es de tu edad, más o menos, y tiene un perrito al que le caigo muy bien. Quiere jugar conmigo cada vez que me ve.

La boca de Manuel se abrió llena de admiración. Tener en el edificio a alguien que se codeaba con la familia real lo convertía en alguien especial, o eso creía él.

Almudena se incorporó y cogió la cesta.

—Bueno, señoras, voy al mercado.

La gata levantó la cabeza y abrió los ojos para dejar claro que le parecía indignante no recibir más caricias. Por detrás de una columna otro de sus hijos, un gato ya adulto, apareció persiguiendo a un ratón, al que por fin capturó.

Almudena suspiró. Había quien nacía gato y quien nacía ratón, y luego estaban los que creían que podían elegir. ¿Estaba haciendo lo correcto? Sacudió la cabeza. Había tomado sus decisiones, y no se arrepentía.

Se marchó y, cuando salió a la calle, notó una mirada clavada en su espalda. Se giró pero no vio a nadie. No obstante, la sensación persistió. No pertenecía a sus vecinas y, desde luego, no era amable.