La costurera de la reina Capítulo 35
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Capítulo 35

Al llegar a casa esa noche, aún alterada, Almudena se encontró a su padre esperándola.

—Es muy tarde —dijo muy serio.

Ella le quitó importancia con un gesto.

—Teníamos que terminar un encargo, padre, y no es tan tarde. Las calles están llenas de los que salen del último turno.

Otra mentira. A ese paso, se iba a acostumbrar muy rápido a mentir a la gente que le importaba.

Domingo la miró a los ojos. Almudena no supo si la había creído o solo había decidido que no quería saber más. Sea como fuere, al final parpadeó y asintió.

—Está bien. Venga, vamos a cenar.

Al día siguiente, cuando entró en palacio, lo hizo casi de forma furtiva.

Temía que el guardia que las había parado la noche anterior la reconociera y se diera cuenta de que no era personal de cocinas.

Aunque había poca luz y el frío había propiciado que llevara el manto tan ajustado que sus rasgos apenas se distinguían, el miedo estaba ahí, agarrado a su pecho con uñas y dientes.

Sin embargo, pasó sin problema. Vio más guardias de lo normal, y también algunas personas cuchicheando por los rincones.

Pero cuando se internó en los pasillos de servicio y accedió al guardarropa, el silencio volvió a reinar.

María del Carmen le dedicó un saludo tan cordial como siempre y Josefa, tal vez, sonrió más que de costumbre, pero nada hizo sospechar que compartían algo entre ellas, excepto el trabajo.

El día transcurrió lento, tan plomizo como el cielo con el que Madrid había amanecido.

A media mañana, se corrió la voz de que la reina se había puesto de parto.

A media tarde, el repique de campanas anunció que una nueva vida había venido al mundo y luego llegaron las salvas, que hicieron temblar los cristales.

Poco después, don Carlos entró en el cuarto de costura.

—Ha sido niña: María Teresa.

—Otra niña. —María se santiguó.

—Que venga con salud —deseó Almudena.

Doña Paula fue más práctica:

—Habrá que preparar faldones nuevos.

Don Carlos asintió.

—Así es. Mantillas de cristianar, faldones, ustedes lo saben mejor que nadie. Lo dejo en sus manos. Hoy es un día feliz.

En esos momentos, con tres infantas más el bebé, el vestuario de las pequeñas suponía más tiempo y esfuerzo que el de Su Majestad.

Pero, por otra parte, era muy entretenido.

Hasta los ocho años, las costureras tenían la potestad de hacer y deshacer sin que sastres y modistas metieran baza.

Ellas dibujaban, cortaban y cosían. Podían incluso dejarse llevar y hacer algo más atrevido, siempre que contara con la aprobación de don Carlos.

Así que se pusieron a organizar el vestidor de la nueva infanta con toda la ilusión.

Uno de los vestidos de cristianar diseñado para el bautizo llevaba gran profusión de bordados, así que Almudena acudió a la sala de zurcidoras con él.

Ellas tenían mucha mano con los bordados y además eran expertas en reutilizar los de otras piezas.

María del Carmen se levantó cuando la vio entrar en la sala y se acercó a la mesa.

Almudena sabía que no debía preguntar, pero le estaba costando un esfuerzo enorme explicar lo que debían coser en el faldón y no indagar en cómo había ido todo la noche anterior.

La mujer se dio cuenta porque, en un momento dado, giró la cabeza para asegurarse de que nadie la escuchaba y bajó la voz.

—Enhorabuena, salió todo tal y como estaba planeado. La joven ya va camino a su nueva vida.

Almudena sintió que un enorme alivio recorría su cuerpo.

—Gracias —dijo.

Luego dejó el faldón y volvió a su puesto.

Cuando acabó la jornada, Juan la estaba esperando a la salida.

Almudena era consciente de que cambiaba muchos turnos para poder estar con ella un rato por las tardes.

No sabía qué le costaba eso, puesto que él no quería decírselo.

Tal vez hacía más rondas nocturnas de lo habitual.

Sea como fuere, se alegraba de verlo, aunque tenía un semblante más serio que de costumbre.

—¿Va todo bien? —le preguntó Almudena.

Él asintió, aunque no pareció muy convencido.

—Está el palacio un poco revolucionado. Me ha costado escaparme para verte.

—¿Qué ha ocurrido? —se interesó Almudena, aunque en su fuero interno sabía la respuesta.

Juan miró a un lado y a otro antes de hablar.

—Una joven ha desaparecido: la hija del conde de Torreval. Al parecer, su padre la trajo a la corte para que hiciera compañía a la infanta María Amalia, y se iba a casar la semana que viene.

Almudena se sintió una impostora, pues tuvo que fingir y seguir la conversación como si no supiera nada.

—¿Y ha desaparecido a pocos días de la boda? ¿Qué creen que ha pasado?

—Bueno —dijo Juan, algo incómodo—, como comprenderás, esto no es algo de lo que se pueda hablar a las claras.

Nos han ordenado la máxima discreción. Casi nadie lo sabe, y no quieren que se corra la voz entre los cortesanos.

¡Imagina el escándalo! Por lo que tengo entendido, han dicho que la muchacha estaba enferma y que la habían mandado con la familia de la madre a Zaragoza.

—Entiendo —dijo Almudena, que buscaba el término medio entre parecer sorprendida y no actuar con exageración—. ¿Qué órdenes tenéis?

—No podemos hacer gran cosa, es un tema privado de la familia del conde. Pero ha solicitado ayuda, así que se está encargando la guardia de corps, aunque nos han encomendado hacer registros aleatorios. También han interrogado a los que hicieron guardia anoche. Imagino que ya estará lejos.

Almudena sintió un pequeño mareo. ¿Y si alguien hablaba? ¿Y si el guardia que las había detenido la reconocía? Juan se dio cuenta de que algo pasaba.

—¿Te encuentras bien?

Almudena se forzó a esbozar una sonrisa.

—Sí. Solo pensaba en lo desesperada que tenía que estar para tomar esa decisión. Pobre muchacha.

Juan la miró.

—¿Por qué?

Almudena estuvo a punto de morderse la lengua. ¿Cómo podía ser tan torpe? Pero, por otro lado, le venía bien saber qué opinaba Juan de todo aquello. Suspiró.

—Iba a casarse, dices. Imagina lo que esa boda suponía para ella para desaparecer así, sin más. Una joven que ha vivido toda su vida en la corte, que no sabe hacer nada, que no puede ganarse la vida. Y, aun así, ha preferido huir. No sé, me da pena.

Juan sonrió y acarició la mejilla de Almudena.

—Eres muy buena persona, es una de las cosas que me gustan de ti. Pero supongo que su padre no pensará lo mismo. Tendrán que compensar al novio y su honor quedará manchado, aunque busquen una excusa.

Almudena negó con la cabeza.

—Ningún honor debería estar por encima del derecho a elegir. Son niñas, Juan. ¡Niñas! Y las casan con ancianos, las venden como si fueran yeguas, piezas en sus tableros de ajedrez. Lo siento, pero si esa joven ha conseguido escapar, su padre no me da ninguna pena.

Juan la miró con una sonrisa en los labios, irónica pero cálida.

—A ver si vas a ser tú una de esas afrancesadas a las que tenemos que perseguir.

Almudena sintió que las rodillas se le doblaban, pero mantuvo el rostro sereno y le devolvió la sonrisa.

—No me meto en esas cosas, ya lo sabes, pero una no puede evitar sentir compasión a veces. ¡Oh, mira! —dijo en un intento de cambiar de tema—. Castañas asadas. Tengo las manos heladas, ¿te apetecen?

Juan se acercó a por un cucurucho y Almudena supo que no le daría más vueltas al asunto.

Ella, sin embargo, no olvidaría esa conversación con facilidad.

Ante ella se abrían dos caminos: mentir a Juan y llevar una doble vida, o alejarse de él para protegerlo y no tener que engañarlo.

Pero esa tarde no tenía fuerzas para tomar una decisión. Decidió dejarlo para más adelante.

Esa semana se celebró la boda de Teresa, su amiga del alma.

La iglesia estaba iluminada por una fría luz de invierno.

La novia entró del brazo de su padre con una sonrisa que no cabía en su rostro.

Almudena observó a la pareja arrodillarse frente al altar y sintió algo que le apretó el pecho.

Tal vez las ganas de ser ella quien estuviera pronto en esa posición, y también, un poco de envidia por la vida sencilla que les esperaba.

Cuando el sacerdote pronunció las palabras del sacramento, Teresa y su ya marido se miraron como si no hubiera nadie más en el templo, ni familia, ni vecinos, nadie en el mundo salvo ellos dos.

Almudena pensó en Juan, en su mano buscándola en la oscuridad. También en la orden que había recibido días atrás de vigilar indicios de sociedades secretas y en que estaba metido en la investigación de la desaparición de Elodia. Y se preguntó cuánto tardaría el amor en convertirse en un obstáculo.

La risa de sus amigas la trajo al mundo real, a un mundo que no suele pensar en fugas y sociedades secretas.

—Está preciosa —dijo Luz, emocionada.

Ya era una jovencita en edad de fijarse en los chicos y, aunque no tenía mucho que ofrecer, pues carecía de dote, era tierna y divertida, y deseaba formar una familia. Sus ojos oscuros miraban a la feliz pareja y suspiraba cada dos por tres.

Manuela estaba un poco más seria de lo habitual.

Había roto con su novio. Al parecer, los majos eran apuestos y hacían locuras por amor, pero también eran volubles y repartían sus encantos entre cuantas mozas los aceptaran.

Al menos, ese era el argumento de la joven, que, a pesar de todo, no parecía demasiado afectada y miraba a su alrededor para observar a los chicos que habían acudido a la ceremonia.

—Qué bonito es el amor —dijo con ironía desencantada.

Almudena le dio un codazo.

—No seas descreída, mujer. Encontrarás un buen hombre, ya lo verás.

Manuela suspiró.

—Eso espero, no quiero quedarme para vestir santos. Además, una empieza a tener ya una edad respetable.

—Si no recuerdo mal, tenemos los mismos años.

—Pues eso —zanjó Manuela con una media sonrisa.

Almudena consiguió dejar de lado los sombríos pensamientos que la habían atacado y disfrutar del resto del día. Al salir, Teresa, radiante, la abrazó con fuerza.

—Te voy a echar de menos.