Capítulo 34
—Pasa, querida, te estaba esperando.
Una chimenea crujía y chisporroteaba, y esparcía calor y una luz acogedora por la sala. Beatriz cerró la puerta a su espalda, dejó el manto sobre una silla y avanzó hacia el fuego, extendiendo las manos para calentárselas.
—Hace un frío atroz —dijo sin mirarlo—. Si deseas verme, quizá deberías enviar tu coche a buscarme.
El hombre sentado en el sillón dejó escapar una risita malévola.
De mediana edad, poseía un rostro, si no atractivo, sí armónico, y una figura interrumpida por una pronunciada redondez a la altura del estómago.
El marqués observaba a su amante con satisfacción: era hermosa, muy hermosa, y también fogosa, con un punto impertinente y altivo que todavía no le había cansado.
—Temí que no te agradara que te vieran subir a un carruaje a estas horas.
Beatriz giró apenas el rostro.
—Tu nombre me protegería de murmuraciones. Y si no lo hiciera, siempre puedo decir que coso para tu casa.
Él soltó una leve risa. Había en ella una nota de advertencia.
—Siempre tan ingeniosa.
Beatriz se acercó despacio y se acomodó en la alfombra, a sus pies. Apoyó la mejilla en su rodilla, como si aquel gesto fuera espontáneo y no calculado.
—¿Has tenido problemas con tu marido? —preguntó el marqués, deslizando los dedos por su mejilla.
Ella resopló con desdén.
—Ramón trabaja más que nunca. Acepta todos los turnos que le ofrecen. Supongo que prefiere el frío de la guardia al calor de su casa.
El marqués la miró con atención. Un marido resentido podía ser un inconveniente. Beatriz continuó hablando:
—Es tan pusilánime que ni siquiera es capaz de echarme nada en cara, a pesar de que sospecho que lo sabe todo.
—Es una lástima, recién casada y ya así.
—Fue un error —dijo ella con furia—. Calculé mal. Pero ya está hecho.
Una criada entró con discreción. Bajó la mirada y dejó una copa sobre la mesa baja. Beatriz la tomó sin apartar los ojos del marqués.
Le gustaba que le sirvieran. Le gustaba sentir que el mundo podía inclinarse un poco ante ella.
Le gustaba que su amante la complaciera con bonitos vestidos, perfumes y hasta alguna joya.
Todo eso era un seguro que atesoraba, a espaldas de su marido, para cuando llegaran las vacas flacas.
Porque había comprendido que se había equivocado al casarse con Ramón.
Lo hizo por orgullo, por competir, por demostrar que podía arrebatarle algo a Almudena.
Pero Almudena paseaba ahora del brazo de Juan, y ella no soportaba esa imagen.
Se le pasó por la cabeza seducir a Juan, por supuesto, pero no quería enfurecer al marqués, y eso sería lo que ocurriría si la aventura llegaba a sus oídos.
No, mejor centrar sus esfuerzos en sacar el máximo provecho de esta relación.
Tal vez, incluso, un ascenso para Ramón que aumentara su prestigio y sus ingresos y, de paso, lo mantuviera lejos de casa.
Con un poco de inteligencia, tal vez pudiera conseguir una renta para ella.
Miró hacia arriba, hacia la cara del marqués, que la observaba como quien analiza un cuadro exquisito.
Sonrió. Sabía que, cuando sonreía, su rostro pasaba de hermoso a celestial.
Su mano comenzó a trazar círculos indolentes en la pierna del marqués, cada vez más arriba.
—¿Cómo está la marquesa?
Él frunció apenas el ceño.
—En su casa.
La respuesta fue seca. Beatriz notó el muro, pero no retrocedió. Sabía que era una provocación hablar de la esposa de su amante, pero no podía evitar la envidia. Esa mujer lo tenía todo solo por haber nacido en una cuna de oro.
—Ella en esa casa tan grande y yo en una chabola con un guardia. —Beatriz hizo un puchero encantador.
El noble suspiró para sus adentros. Le iba a salir cara, pero por el momento le compensaba.
—¿Hay algo que necesites, querida mía?
Beatriz alzó el rostro y su mano izquierda acompañó a la derecha.
—Seguridad. Y puesto que está en tu mano dármela, ¿qué tal una renta en concepto de trabajos de costurera para tu familia? Eso no quiere decir que deba trabajar en ello, claro. Pero con esa excusa podría acudir a palacio, o a tu casa, sin levantar sospechas.
El marqués sonrió y la miró con atención.
Ambiciosa, pero también inteligente. Práctica.
Nada sentimental. Y no le faltaba razón; una pequeña renta era para él calderilla, pero podía garantizar su lealtad.
Y, tal vez, incluso podría aprovechar esa perspicacia suya en su beneficio.
Dio un sorbo a la copa y cerró los ojos.
Sus delicadas manos sabían exactamente cómo tocarle.
Inspiró; quería prolongar el placer. Le hizo un gesto con la mano que ella comprendió a la primera.
Se levantó y comenzó a quitarse la ropa. A la luz del fuego del hogar, parecía una diosa.
—Podría hacerse, pero toda seguridad exige a cambio lealtad —dijo.
Beatriz sonrió, seductora.
—Lo que me pidas haré.
El marqués se incorporó un poco en el asiento. Su excitación iba en aumento, pero quería terminar esa conversación. Primero los negocios, luego el placer.
—Anoche desapareció la hija de un amigo.
Beatriz no pareció sorprendida.
—Mi marido ha oído rumores.
—Iba a casarse esta semana. Me temo que se ha fugado, aunque, por descontado, jamás se admitirá en público.
Beatriz se quedó en camisa interior. Se soltó el pelo, que cayó como una cascada rubia sobre el hombro que la camisa dejaba al descubierto. Era pura sensualidad.
—Eso sería una deshonra. ¿Qué excusa van a poner?
—La de siempre. Oficialmente, estará enferma. Después, morirá y habrá duelo.
Beatriz se puso las manos en la cintura. Las llamas de la chimenea danzaban a través de la fina tela de la camisa y marcaban la silueta de sus piernas.
—¿La de siempre? ¿Ha pasado más de una vez?
El marqués entrecerró los ojos.
—Demasiadas para ser casualidad. —Se inclinó hacia ella—. Alguien ayuda a esas muchachas, y necesito saber quién.
El silencio se tensó entre ambos. Beatriz sintió un escalofrío. No por miedo, sino por la magnitud del juego que se le ofrecía: indagar, mover información, ser útil.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó al fin.
Se acercó y se sentó a horcajadas en sus rodillas. Él agarró sus caderas. Incluso a través de la tela de la camisa la piel se percibía suave y firme. Levantó las manos, sujetando la tela, hasta dejarla desnuda.
—Quiero que estés atenta. Escucha. Observa. Conoces a gente que trabaja en palacio, y hay conversaciones que el servicio oye antes que los nobles. Si detectas algo inusual, me lo dirás.
Beatriz alzó la mirada, decidida.
—Seré tus ojos y tus oídos.
El marqués sonrió.
—Y yo sabré recompensarte.
Esta vez no habló de dinero. La atrajo hacia sí y la besó con una mezcla de posesión y deseo. Beatriz respondió con igual intensidad, pero en su mente el beso era secundario.
Había aceptado algo más que una renta: había cruzado una línea, y no tenía intención de retroceder.