La costurera de la reina Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

Y en uno de esos paseos se cruzaron con Beatriz.

Iba sola, Ramón estaba de guardia de ronda, e hizo como que no los había visto.

Sin embargo, Almudena se dio cuenta de cómo se fijó en su mano posada en el brazo de Juan y, cuando siguieron caminando, sintió en la nuca la mirada ardiente de Beatriz.

Casi percibió su rabia al darse cuenta de que había fallado en el objetivo y sus ansias de vengarse.

Se estremeció, pero Juan le pasó la mano por el brazo, arriba y abajo.

Un gesto cariñoso, contenido y para nada escandaloso, que tuvo el poder de calmarla y hacer que olvidara todos sus temores.

Dos días después, María del Carmen apareció en la puerta del cuarto de costura. Llevaba en la mano una camisa.

—He recibido un trabajo que me gustaría que revisara una costurera —dijo, y miró a Almudena directamente.

Ella se levantó corriendo antes de que lo hiciera doña Paula.

—Yo me encargo. Dime, María del Carmen.

Salieron de la sala con naturalidad. La sala común estaba bastante tranquila.

Algunos mozos y mozas seguían organizando el guardarropa tras el regreso de El Pardo, pero ni sastres, ni modista, ni don Carlos andaban por allí.

Se situaron en el rincón junto a la ventana que tan discreto resultaba y que al mismo tiempo permitía vigilar si alguien se acercaba.

Almudena fingió mirar con atención la camisa mientras la zurcidora le hablaba en rápidos susurros.

—Elodia nos ha dicho que la boda está preparada para dentro de una semana.

Quiere huir ya, porque cree que su padre sospecha.

Tenemos un contacto en Nápoles, una dama noble, que la acogerá como su prima.

Podrá vivir como su acompañante y no le faltará de nada, pero para eso tiene que tomar dentro de unos días un barco que sale de Barcelona.

—¿Y cómo va a llegar hasta allí?

—Una de nosotras irá con ella. Se harán pasar por madre e hija en el carruaje. Pero primero tiene que salir de palacio. La sacaremos vestida de criada hoy mismo.

—¿Qué tengo que hacer?

—La esperarás fuera. Saldrá de palacio con una de las nuestras. Ella se quedará y seguirás tú. Tendrás que dejarla en casa de otra compañera. —Le dio la dirección y bajó aún más la voz—. No la llames por su nombre ni le digas el tuyo: cuanto menos sepa, mejor.

Almudena asintió. Una moza que cargaba con un pesado vestido pasó cerca de donde estaban.

—Esta pieza se puede arreglar, sí, pero habría que tocar el dobladillo —disimuló—. Yo me la quedo, tranquila. ¿A qué hora? —preguntó en un susurro cuando la criada se alejó.

María del Carmen sonrió y cogió la camisa como si hablaran de ese encargo.

—Cuando sea noche cerrada, justo cuando se haya ido la luz. Estate atenta.

Almudena asintió y volvió a la sala de costura.

Esa tarde, al terminar la jornada, Juan la estaba esperando.

Dieron un pequeño paseo por las calles cercanas al palacio, sin alejarse demasiado.

El sol se hundía tras las fachadas y la temperatura había bajado.

Almudena se sintió muy mal por no contarle lo que estaba pasando, pero sabía que ser discreta y no revelar nada era parte del compromiso que había adquirido.

Casi no escuchaba lo que él decía, pero de repente algo llamó su atención.

—… y por eso tenemos que vigilar todos los indicios de sociedades secretas que encontremos.

Almudena sacudió la cabeza.

—Perdona, ¿puedes repetir lo último que has dicho?

—Digo que al parecer están llegando ideas demasiado innovadoras de Francia.

No se sabe muy bien qué está pasando, excepto que los reyes son en esencia prisioneros en palacio, solo pueden salir para actos muy concretos y siempre vigilados.

Los ilustrados son cada vez más numerosos y las ideas de razón y fe en el progreso humano están cruzando la frontera.

—Supongo que eso no les conviene.

Juan negó con la cabeza.

—Desde luego que no. Y, por si fuera poco, el conde de Floridablanca, secretario de Estado, no se atreve a intervenir. Así que se sospecha que han surgido varios grupos masones en Madrid. De todas maneras, en la corte no tenemos nada que hacer.

Almudena se quedó parada.

—¿Por qué no les interesa saber si hay gente de esa en la corte?

Juan suspiró.

—Son nobles. Tendrían que hacer algo muy grave para que sus acciones tuvieran consecuencias.

Además, no hay riesgo de masonería en la corte, a la gente con tanto poder le encanta lo de las sociedades secretas…

siempre que convengan a sus intereses. ¿O acaso crees que ellos van a defender la libertad? ¿La igualdad de todos los hombres?

Ella se encogió de hombros.

—No lo creo, no.

—Lo que preocupa es que esas ideas se extiendan entre la gente del pueblo. Eso es lo que temen, pero estamos todos atentos.

Almudena intentó sonreír, pero sintió un leve tirón en el estómago.

—¿Y qué vais a hacer?

—Vigilar. Estar alerta por si aparecen papeles franceses, símbolos extraños, reuniones sospechosas… Esas cosas.

Almudena asintió y luego miró al cielo. El sol ya se había puesto, pero aún quedaba un rato para que fuese noche cerrada. Se le había hecho tarde para ir a casa y marcharse de nuevo, y tampoco quería dar explicaciones a su padre.

—¿Tienes tiempo para pasear un poco más? —le preguntó a Juan.

Una media hora más tarde, cuando Juan volvió al cuartel, Almudena se alejó de la entrada de palacio para que nadie pudiera reconocerla. Se quedó entre las sombras, observando, aunque no tenía muy claro por dónde aparecerían su compañera y la joven Elodia.

La noche había caído. No era tarde, todavía había gente por la calle, quienes volvían del trabajo a sus casas o los que se dirigían a las tabernas o a citas clandestinas, pero la zona estaba tranquila.

Nadie prestaba mucha atención a los demás, pero aun así Almudena estaba incómoda.

La sensación se acrecentó cuando un hombre se le acercó, aunque ella le dio la espalda y el otro entendió la indirecta.

Se removió dentro del manto, tensa. Se sentía nerviosa, clandestina y mentirosa. Pero había prometido ayudar y lo iba a cumplir.

Entonces las vio.

Dos criadas salieron primero. Detrás, tres mozos y otra mujer.

Todo normal. Todo cotidiano. Pero de las dos criadas, una caminaba demasiado rígida.

No se movía de forma natural, sino como alguien asustado.

La zona estaba iluminada y las vio salir por la puerta hacia el exterior.

Se pararon con los guardias, una habló con ellos y la otra, la temerosa, dio un paso atrás.

Almudena contuvo el aliento, sin embargo, la muchacha recuperó el ánimo y se situó junto a su compañera, y después salieron las dos.

Almudena se acercó.

—Soy Isabel —susurró.

La criada mayor la miró de arriba abajo, evaluándola.

—Bien, yo me quedo aquí, tú sigues. Buena suerte —dijo como si le diera un simple recado.

Se marchó en otra dirección y Almudena miró a Elodia.

Parecía más joven de lo que imaginaba y sus enormes ojos, cuyo color Almudena no podía distinguir bajo la escasa luz, se abrían asustados.

Sujetaba un hatillo con las dos manos, apretado contra su pecho como si fuera su mayor tesoro.

Y tal vez lo fuera, teniendo en cuenta que acababa de dejar todo su mundo atrás.

—Vamos —dijo Almudena—. No nos quedemos aquí paradas.

La muchacha la siguió pegada a ella, como si le diera miedo alejarse.

—¡Eh!

Una voz las detuvo. Apareció un guardia en la esquina opuesta.

—Vosotras dos, ¿de dónde salís?

La sangre abandonó el rostro de Almudena. Se giró despacio.

—De las cocinas de palacio, señor —respondió con fingida serenidad—. Nos han tenido hasta tarde preparando platos por el regreso de la corte.

El guardia las miró con recelo.

—No os he visto antes.

—Yo tampoco a usted —replicó ella—. ¿Es nuevo en esta ronda?

El hombre dudó.

Elodia apretó aún más el hatillo. Almudena notó el temblor a su lado.

—¿Y tú? —preguntó el guardia—. ¿Por qué tiemblas?

Elodia levantó la cabeza. Sus ojos brillaban demasiado.

—Estoy preocupada, señor. Mi madre está enferma —dijo con un hilo de voz—. Necesito llegar antes de que cierre el boticario.

El guardia frunció el ceño. Un hombre pasó por su lado con un saco, maldiciendo por el peso. El momento se rompió y el guardia dio un paso atrás.

—Bien, buenas noches.

Almudena echó a andar sin mirar atrás. Cuando giraron en la esquina, se paró, respiró hondo y miró a la joven.

—Lo has hecho muy bien —susurró.

Elodia tragó saliva.

—Pensé que… —No terminó la frase.

Siguieron caminando. Un hombre se acercó desde la otra acera.

—¿Estáis solas?

Almudena ni siquiera se detuvo.

—Mi marido nos espera más adelante. Es guardia del rey.

El hombre desapareció como si fuera humo entre las calles oscuras.

—¿Estás bien? —preguntó Almudena cuando ya habían recorrido varios metros.

La sombra a su lado asintió y la voz le salió quebrada.

—Lo estaré. No podía quedarme.

Continuaron en silencio y a paso rápido. Cuando llegaron a la dirección indicada, Almudena llamó. La puerta apenas se abrió un palmo.

—¿Quién se queda? —preguntó una voz desde dentro.

Almudena señaló a Elodia.

—Ella.

—Vamos, pasa —dijo la mujer.

Antes de cruzar el umbral, la joven se giró hacia Almudena y tomó su mano.

—Gracias —dijo, pálida y temblorosa, pero con la esperanza instalada en el fondo de sus enormes ojos—. Gracias por hacer esto. Ni siquiera sé su nombre, pero siempre la llevaré en el corazón.

Almudena asintió con un nudo en la garganta. Luego se dio la vuelta y se dirigió a su casa, con la certeza de que seguiría ayudando al círculo mientras una sola muchacha pudiera recuperar la esperanza gracias a ella.