La costurera de la reina Capítulo 33
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Capítulo 33

Como ya venía siendo habitual, Almudena regresó a casa con paso ligero y el rostro cubierto.

Se cruzó con una pareja de hombres que la miraron de forma insistente.

Temió que se pusieran a seguirla, pero giró en una esquina y los perdió de vista.

Cuando llegó a casa, su padre la esperaba sentado en la mesita junto a la ventana.

Se levantó de un salto cuando entró, y Almudena se llevó un susto de muerte.

—¿Estás bien, hija?

—¡Padre, qué susto me ha dado! —dijo mientras se quitaba las prendas exteriores—. Estoy bien, ya le dije que no era peligroso.

Un pequeño gruñido salió de la garganta de su padre.

—Puedes decirme lo que quieras, pero una joven rondando las calles a estas horas sí es peligroso, además de poco decente. ¡Imagínate si alguien te reconociera!

—Iba tapada, padre.

—Estupendo, ahora mi hija es una tapada —dijo Domingo con el horror reflejado en los ojos.

Almudena se dio cuenta de que estaba así de gruñón por culpa del miedo. Se acercó a él y le dio un beso en la mejilla.

—No se preocupe, de verdad. Nadie me ha visto, y en ningún momento me he puesto en peligro.

Domingo la miró con suspicacia, pero después hundió los hombros y suspiró apesadumbrado.

—Dime al menos que estos correteos nocturnos no serán algo habitual.

—Le doy mi palabra, padre.

Y cumplió su promesa. Los primeros días iba a trabajar con una ilusión nueva, esperando que María del Carmen se comunicara con ella en cualquier momento.

Pero no llegaba ningún aviso y, poco a poco, Almudena se dio cuenta de que cuando dijeron que solo actuaban puntualmente era justo eso lo que querían decir.

Entonces la familia real regresó de El Pardo para la recta final del embarazo de la reina. Y eso trajo consigo un enorme regalo.

—¡Almudena!

La mañana que fue a trabajar y se encontró a Juan en la puerta tuvo que contenerse para no abrazarlo delante del otro guardia.

—¡Juan, por fin has vuelto!

Él se apartó un poco de su compañero.

—Te he echado mucho de menos, Almudena.

—Y yo a ti.

Se miraron con una sonrisa bobalicona en la cara. Entonces Juan se acercó un poco más.

—Termino mi guardia a media tarde. Tengo ronda nocturna, pero podemos dar un paseo. —Cambió el peso de un lado a otro, nervioso—. Y también podemos ir a hablar con tu padre, si te parece bien.

Almudena sintió esa calidez que la inundaba siempre que estaba con él.

—Lo estoy deseando. Ya sabes a qué hora salgo.

Entró exultante en el guardarropa. Don Carlos se encontraba en su despacho organizando unos inventarios.

—¡Ah, Almudena! —dijo casi sin levantar la vista—.

Me alegra verla con tanta energía. Hay que revisar y ordenar todos los baúles que han llegado de El Pardo, y Su Majestad querrá comprobar los avances en el vestuario de las infantas María Amalia y María Luisa en cuanto sea posible.

No hace falta que estén presentes don Pedro ni madame Moulinier, se trata de revisar los modelos finalizados.

Y, por lo que me han comentado, la infanta María Isabel ha crecido en estas semanas y también necesita renovar su vestuario.

Por no hablar del trabajo extra cuando nazca el bebé que espera la reina.

—Entiendo, don Carlos. Por suerte, he desayunado bien esta mañana.

La risa sorprendida del jefe del guardarropa la acompañó hasta la sala común. Saludó al personal como todas las mañanas y se metió en el cuarto de costura a prepararlo todo. Apenas se había sujetado las mangas cuando apareció doña Paula. Almudena se acercó a abrazarla.

—¡Qué alegría verla! ¿Qué tal ha ido?

La costurera tenía buen aspecto. Seguía muy delgada y pálida, pero caminaba más erguida y se movía con energía y, cuando le devolvió el abrazo, notó que había recuperado las fuerzas.

—Debo admitir que el aire del campo me ha sentado bien —dijo—. Me encuentro mucho mejor. Ponme al día de lo que habéis avanzado y nos organizamos.

Esa misma tarde, ambas acudieron a las habitaciones de la infanta María Amalia.

En su vestidor estaban ella y la infanta María Luisa, que ya tenía ocho años y empezaba a utilizar vestidos más estructurados.

No era la primera vez que entraba en el vestidor de la infanta para hacerle pruebas, pero no dejaba de sorprenderla el ambiente tranquilo y sereno que se respiraba allí, aunque hubiera dos niñas presentes.

Estaba decorado en tonos crema y amarillo cálido, y hasta los ramos de flores repartidos por las cómodas seguían la misma línea de color.

María Amalia estaba ya en camisa y enaguas, jugando de rodillas con Bijou.

María Luisa también estaba en ropa interior, sentada en el suelo, pero ella jugaba con una muñeca.

Tres damitas bordaban sentadas en sillas en torno a ellas, y una dama de avanzada edad las supervisaba a todas.

Cuando el aya las hizo pasar, María Amalia levantó la cabeza y sonrió a Almudena, por la que era evidente que sentía una simpatía instintiva.

—¡Hola, Almudena!

Le sorprendió que supiera su nombre, y mucho más que lo utilizara para dirigirse a ella. No estaba muy segura de cómo reaccionar, pero la simpatía era mutua, así que optó por responder con naturalidad:

—Buenas tardes, alteza —contestó, e hizo una reverencia.

Doña Paula la miró de reojo, pero no dijo nada.

Las dos mozas de cámara las ayudaron a sacar los vestidos.

Primero hicieron la prueba con un vestido de fiesta de María Amalia: la jovencita estaba muy tiesa y procuraba poner de su parte.

El perrito corría a su alrededor entrando y saliendo de debajo de la falda.

Almudena se tuvo que aguantar la risa cuando el animal rodó sobre el bajo del vestido, que arrastraba por el suelo.

—Bueno, es evidente que habrá que subir un poco más el bajo —dijo doña Paula.

María Amalia asintió, muy seria. Había contado con crecer unos centímetros aquel invierno, pero eso no había sucedido y parecía frustrada.

—Casi soy tan alta como tú —dijo María Luisa, poniéndose a su lado.

Y era cierto. Aunque solo tenía ocho años, a la pequeña le faltaba un dedo para alcanzar a su hermana.

Además, tenía toda la salud que a la otra le faltaba y, si algo así puede asomar ya a esa tierna edad, también un toque de malicia que destacaba frente a la inocencia de la mayor.

Las costureras no hicieron ningún comentario.

El aya se acercó y cogió en brazos al perrito.

—Alteza, cada cual crece a su ritmo. No debe preocuparse, seguro que dará el estirón cuando menos se lo espere.

La infanta sonrió con tristeza y asintió, como si no estuviera muy convencida. María Luisa se pavoneó por la sala con su vestido, que las mozas de cámara ya le habían puesto, aunque aún no estaba bien ajustado.

—Me gusta cómo me queda el azul —dijo frente al espejo. Giró a un lado y a otro, y jugó con los volantes de la manga y con la tela de la sobrefalda—. Me veo mayor y me gusta llevar corsé. Ya no soy una niña —dijo para que a todo el mundo le quedara claro.

Las damitas asintieron.

—Por supuesto que no, alteza —contestó el aya—. Es ya una mujercita y su madre desea que vista como tal.

Las costureras terminaron su trabajo. Ajustaron algunos cuerpos, marcaron los bajos y tomaron nota de los remates. Apuntaron también añadir algunos lazos que María Luisa había pedido para sus vestidos, mientras que María Amalia había optado por la mayor sencillez permitida.

Por el pasillo de vuelta al guardarropa, acompañadas por un ujier, las dos permanecieron en silencio. Ya en el cuarto de costura, doña Paula preguntó por Beatriz.

—Su marido, Ramón, ha pasado allí el invierno. Con los recién casados a veces se tienen deferencias y no se les destina fuera. Me pregunto por qué no habrá solicitado la exención.

Almudena se encogió de hombros, reacia a contar lo que había descubierto. Al fin y al cabo, aunque Beatriz no se mereciese su lealtad, sabía lo que podía significar para su reputación y la de su esposo que se corriera la voz, y no quería ser partícipe de aquello.

—No lo sé. Tal vez no quería significarse. Lo que sí sé es que, según me contó madame Moulinier la última vez que la vi, había abandonado su taller.

—Tiene sentido —dijo doña Paula—. Si van a formar una familia necesitará dinero. Como costurera puede ganarlo, pero no como aprendiza de modista. Aunque el sueldo de un guardia no es malo. Y hablando de guardias…

Almudena se sonrojó. Sabía que doña Paula se había percatado de la mirada que Juan y ella habían intercambiado cuando volvieron de las habitaciones de la infanta.

—Luego vamos a hablar con mi padre —confesó—. Quiere empezar a cortejarme en serio.

Esa tarde Almudena se marchó un poco antes.

Juan la esperaba en la puerta exterior vestido con el uniforme de gala, el sable al cinto, los zapatos brillantes y el cabello empolvado recogido en una coleta bajo el tricornio.

Estaba nervioso y trataba de disimularlo, pero era evidente el esmero con el que había cuidado su apariencia.

Cuando llegaron a la tienda, esperaron a que saliera la clienta que estaba dentro y Almudena fue la que habló primero con su padre.

—Padre, fuera está el guardia del que le hablé. Le gustaría presentarse.

Domingo miró a través del escaparate. Juan caminaba arriba y abajo sin parar. Una ligera sonrisa asomó a los labios del tendero.

—Muy bien, hija, que pase.

Y así fue como Almudena y Juan comenzaron a salir en serio. Sabían que no podrían casarse tan pronto como deseaban, tanto por la carrera de ella como por la de él, pero estar comprometidos les permitía salir a pasear y pasar tiempo juntos sin que nadie se escandalizase.