La costurera de la reina Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

—El círculo lo componemos las mujeres que ves aquí y algunas más, aunque no siempre hay relación entre nosotras.

Conviene que sepas lo imprescindible. Hay zurcidoras, sí, pero también cocineras, lavanderas, planchadoras y alguna doncella.

Cuantas menos conozca cada una, menos peligrosa se vuelve una detención o una torpeza…

Almudena tragó saliva.

—¿Alguien sabe lo que estáis haciendo?

María del Carmen hizo un gesto impreciso.

—Hasta hace poco te habría dicho que no. Pero desde hace meses creemos que estamos bajo sospecha. Algunas fugas han frustrado acuerdos convenientes, y hay quien está haciendo preguntas.

—¿Quiénes?

—No lo sabemos aún. Solo que son hombres, se reúnen en sociedades discretas y se consideran intocables. Y que no están dispuestos a tolerar que sus hijas elijan. Se llaman a sí mismos guardianes de la moral, hablan de privilegios y de derechos, pero solo para ellos.

La imagen de la reunión que Almudena había espiado en El Pardo le cruzó la mente como una cuchillada. Titubeó.

—Creo que conozco, al menos, a uno de esos hombres.

María del Carmen la miró, animándola a explicarse.

—El marqués de Valdearenas. El invierno pasado, en El Pardo, descubrí sin pretenderlo una reunión.

Hablaban de sus hijas, de planes y alianzas.

Reconocí al marqués, pero a nadie más. También había un conde que mencionó a su hija y su matrimonio con un anciano dos veces viudo.

Dijo «en unos meses», y de eso hace casi un año, así que es posible que ya la hayan desposado.

Las mujeres se miraron.

—Elodia Fernández de Velasco —susurró una.

María del Carmen asintió con gesto grave.

—Elodia es hija del conde de Torreval. Nos pidió ayuda hace unas semanas. Su boda está prevista para dentro de dos meses, cuando la corte vuelva a Madrid. Tenemos ese tiempo para prepararlo todo.

—¿Cómo saben a quién tienen que pedir ayuda?

—Como te imaginarás, no operamos a la luz.

Nos protegemos con el silencio —le aclaró María del Carmen—.

Pero en palacio todo se oye, un comentario en el lugar adecuado llega donde tiene que llegar.

Si una muchacha muestra señales de desesperación o rebeldía, alguien lo menciona.

En cocinas, en las salas de servicio, en la lavandería…

—Pero las doncellas nobles nunca están solas.

María del Carmen esbozó una sonrisa.

—Ahí comienza el juego. Un tropiezo que distrae a la dueña, un recado urgente…

, hay muchas maneras de robar un minuto.

Porque ese es todo el tiempo que tenemos.

Solo hablamos una vez con ellas, lo justo para asegurarnos de que de verdad quieren hacerlo y, si están dispuestas, les damos lo imprescindible: la lista de símbolos, los puntos de entrega y algunas reglas básicas. Se lo aprenden de memoria y lo queman.

Almudena dio una vuelta a la mesa con la atención puesta en el mapa de palacio.

—¿Y cumplen?

—No todas —intervino Josefa, con voz dura.

María del Carmen asintió.

—Hace unos meses una joven no quemó el papel y lo encontró su dueña. Por suerte no nos delató, dijo que lo había hallado en un parque. Pero…

—¿Qué pasó con ella? —preguntó Almudena.

El silencio se hizo denso.

—Se casó —dijo una mujer al fin.

Un pellizco le retorció el corazón.

—Lo lamento —murmuró—. Seguid, por favor.

—A partir de ahí nos comunicamos solo con bordados. Es un sistema seguro: no importa quién esté escuchando. Además, muchas de las nuestras no saben leer, pero todas conocen el significado de las figuras. Si la huida es posible, esa es la primera opción. Si no…

Josefa tomó la palabra.

—Si están demasiado vigiladas, se finge su muerte.

Almudena giró la cabeza.

—¿Y cómo…?

Un carraspeo nervioso se escapó de alguna garganta. María del Carmen levantó una mano y se hizo el silencio de nuevo.

—No es algo frecuente, y solo se intenta cuando no hay otra alternativa. Es arriesgado y peligroso, pero siempre hay colaboradores que cierran los ojos cuando conviene y gente dispuesta a aceptar sobornos. Eso ayuda. Aunque otras veces, simplemente, no se puede.

Almudena inspiró despacio.

—¿Y son muchas las que recurren a vosotras?

—No muchas —admitió María del Carmen—. Casi todas obedecen. Algunas se resignan. Pero hay quien ama a otro, o quien prefiere la libertad a una vida triste.

—Como mi madre.

—Como tu madre, sí —dijo María del Carmen, y le apretó el brazo con afecto—. Isabel era especial. Demasiado sensible para soportar una vida que no había elegido. Le costó despedirse de su familia, pero eligió crear la suya propia.

—Fue feliz —murmuró Almudena, conmovida—, aunque no disfrutara de los lujos con los que había crecido. La recuerdo siempre sonriente.

Entonces otra duda le vino a la mente.

—¿Y qué hacen las jóvenes una vez que están fuera?

—Por ahora, solo te diré que suele haber alguien esperando al otro lado: un hombre al que aman, una amiga, una red. Algunas se refugian en un convento un tiempo. Otras se van lejos, a provincias, como acompañantes o damas de una casa burguesa. Siempre se encuentra un camino, si se sabe buscar.

Almudena se presionó las sienes. Tenía la cabeza a punto de estallar.

—Decidme qué debo hacer.

—Nada, de momento. Cuando sea preciso, tendrás que recoger, bordar o llevar mensajes, y, si es necesario, ayudarás en alguna salida.

—¿Qué hacía mi madre? —Almudena había intentado no hacer esa pregunta para no parecer demasiado curiosa, pero quería saber cuál era su papel.

—Solo era un apoyo —dijo María del Carmen, con una sonrisa nostálgica—. No podía dejarse ver: alguien podría haberla reconocido. A veces bordaba mensajes, y ya sabes que la tienda era un punto de intercambio.

—Se hace tarde —dijo una de las mujeres, inquieta.

Tenía razón, ya sería noche cerrada. María del Carmen asintió.

—Bien, a partir de aquí, solo nos reuniremos cuando haya que organizar una huida. Para lo demás, seré yo quien se comunique contigo, o alguien lo hará en mi nombre. —La miró con solemnidad—. Bienvenida a nuestro círculo, Almudena.

La joven se marchó sin ser consciente de que, en otro punto de la ciudad, un grupo de hombres movía sus piezas.