La costurera de la reina Capítulo 32
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Capítulo 32

Se sentó en la mesita, al lado de la ventana, con la libreta de su madre a mano. Sacó el pañuelo. Un árbol bordado mostraba entre sus ramas una flor, un corazón y aquellas olas que tan bien conocía. Lo miró hasta que le escocieron los ojos.

¿Y ahora qué? ¿Cómo se suponía que iba a descifrar el mensaje?

Entonces cayó en lo evidente. Su madre no había dibujado aquellos símbolos en una libreta por capricho, sino para no olvidarlos.

Eso era un código, y todo código necesitaba una clave.

El significado de aquellos dibujos debía estar en algún sitio.

¿Cómo no lo había pensado antes? Almudena se incorporó de golpe, como si le hubieran hablado al oído.

Supo con certeza que la clave no podía estar cerca de la libreta, tenía que estar en otro sitio.

Comenzó a pasearse por la estancia, con la cabeza gacha y el cerebro convertido en un torbellino.

«Piensa», se dijo. Solo por si acaso, cogió la caja donde había encontrado la libreta.

Abrió el doble fondo, palpó paredes, bisagras y esquinas, por si saltaba un resorte invisible.

La vació, la volteó, la zarandeó. Ni un papel. Nada.

Pensó en bajar a la tienda y registrar las cajas de material, pero su madre trabajaba sobre todo arriba, junto al fogón, en la mesa de la casa. Además, abajo todo estaba al alcance de su padre. No tenía sentido esconder algo delicado donde podía ser descubierto en cualquier momento.

Se asomó a su alcoba, miró las paredes, la cómoda, el espejo. No rebuscó: sabía que no encontraría nada allí. En todo caso, estaría en el dormitorio de su padre, el que había compartido con su madre. Era el lugar más lógico, y el único al que ella no solía entrar.

Miró por la escalera que comunicaba con la tienda y después oteó por la ventana. Aún había luz y conocía a su padre: tenía tiempo. Abrió la vieja puerta de madera y vaciló. «Vamos, Almudena, el mundo es de los valientes», se dijo para darse ánimos. Cogió una bocanada de aire y dio un paso.

El cuarto de su padre era sencillo, austero.

La cama tenía un cabecero metálico poco elaborado y sobre él pendía un crucifijo de madera.

A un lado, un taburete hacía las veces de mesilla.

Bajo la ventana, una pequeña mesa con una palmatoria, una jofaina y una jarra.

Eso y un baúl a los pies de la cama conformaba todo el mobiliario: Domingo no tenía mucho que guardar.

La joven se dirigió al baúl, dispuesta a llevar su investigación hasta las últimas consecuencias, pero entonces vio algo.

Un pequeño cofre, de madera poco tratada y sin ninguna ornamentación.

Estaba en una repisa en la pared frente a la ventana, al lado de una estampa de la Virgen de la Almudena y de un rosario de semillas que había sido de su madre.

El nudo en la garganta volvió. La echaba de menos, la echaba tanto de menos…

Y, sin embargo, casi podía sentirla a su lado, hablándole al oído, mostrándole la respuesta.

Porque en esa sencilla caja de madera, Almudena lo recordaba bien, se guardaba la biblia de la familia.

Se acercó, sacó el libro envuelto en un lienzo blanco y dejó la caja en su sitio.

Se fue a su habitación. Sabía que su padre no la echaría en falta: al fin y al cabo, no era algo que usaran a diario.

Le vino el recuerdo de su padre leyendo en una silla cuando su madre ya parecía casi un fantasma, desdibujada contra las sábanas de lino.

Con el paquete apretado contra su pecho, se sentó en la cama.

Lo desenvolvió con cuidado. Era una edición muy lujosa del Nuevo Testamento, con tapas de piel.

Incluso antes de abrirlo, se dio cuenta de que no encajaba del todo en una casa como la suya: demasiada calidad en el papel, demasiada pulcritud en el cosido, demasiados detalles y adornos.

Con lo que ahora sabía de su madre, entendió que sería una de las pocas cosas que se había llevado consigo de su vida anterior.

Acarició el lomo. Pasó la mano por la tapa como si el gesto pudiera acercarla a ella.

Entonces lo abrió. Estaba escrito en castellano, algo que años atrás podría haberles causado problemas de haber llegado a oídos de determinadas personas.

Era, sin duda alguna, una edición para gente adinerada.

Pero no era eso lo que estaba buscando. Pasó las hojas despacio, una tras otra, en busca de algo que, estaba segura, reconocería en cuanto lo viera.

Sin embargo, nada le llamó la atención. Ninguna hoja suelta, ninguna anotación en los márgenes.

Resopló, frustrada. Y entonces, al cerrar el libro con lentitud, notó algo.

La tapa posterior se notaba distinta. Menos firme, como si no estuviera bien adherida al lomo.

Se quedó inmóvil y una sacudida le atravesó el cuerpo.

Corrió a la cocina, buscó la navaja y volvió casi sin tocar el suelo. Se obligó a calmarse antes de acercar la hoja. Tenía las manos temblorosas.

Con extremo cuidado, levantó la guarda que unía la tapa al lomo.

Le pareció que asomaba algo que no tendría que estar ahí: un trozo de cartón que abarcaba toda la tapa posterior apareció en cuanto hurgó un poco.

Parecía pegado con resina. La lámina cedió con facilidad, como si estuviera floja, y al despegarse dejó a la vista un papel doblado, amarillento y manoseado.

Almudena dejó a un lado la biblia y tomó el papel entre las manos. Por un momento dudó: «¿Querrías esto para mí, madre?». Cerró los ojos como si rezara. Respiró hondo una, dos veces. Y entonces abrió los ojos y desplegó el papel.

Ante ella, la letra de su madre desvelaba los misterios del código.

No había dibujos, sino una palabra en cada línea.

Almudena puso el papel al lado de la libreta y comprendió que cada palabra correspondía a una figura.

Y así, uno tras otro, los símbolos que tan bien conocía revelaron su significado.

Los ojos de Almudena se llenaron de lágrimas. Lo había conseguido.

Cogió el pañuelo bordado y lo miró de nuevo, con el papel al lado.

Flor: «Comienza».

Olas: «Urgente».

Corazón: «Esta noche».

Almudena se llevó dos dedos al entrecejo y masajeó en círculos. ¿Qué comenzaba esa noche? ¿Qué era urgente? Se habían puesto en contacto con ella por algo…, pero no podían saber que ella encontraría la clave ni que llegaría a interpretarlo. Así que solo podía ser una prueba. Otra prueba.

No se indicaba la hora. Pero tampoco tenía sentido reunirse muy tarde, una mujer por la calle de noche se exponía a habladurías o a algo peor. Estaba anocheciendo y aún no había sonado el toque de ánimas. Decidió acudir al mismo lugar que la vez anterior. No tenía nada que perder.

Se ajustó bien el manto y la basquiña, que ni siquiera se había quitado, y salió de su alcoba. Justo en ese momento, Domingo subía de la tienda. La miró.

—¿Adónde vas?

Almudena se acercó, le dio un beso en la mejilla y se dirigió a la puerta.

—No puedo decírselo, padre. No es peligroso, se lo prometo.

Salió a la calle. Caminó deprisa, sin correr, y se obligó a no llamar la atención.

Dio un par de rodeos por las calles cercanas, buscando figuras en las esquinas y sombras en los portales.

No la seguían. Estaba muy cerca de su casa, pero prefería complicar el camino.

Cuando se encontró frente a la puerta, llamó.

Tenía preparada la contraseña por si se la pedían, pero no fue necesario.

La puerta se abrió, pero no había nadie al otro lado.

Entró con paso cauteloso. El interior estaba oscuro por la falta de ventanas.

Se iluminaba solo con tres velas sobre la mesa de madera que ya conocía.

Cerró la puerta, ahogó un estremecimiento y se acercó a la luz.

Allí vio una tira de lino blanco, aguja e hilo, y un papel con un mensaje:

Si quieres entrar en el círculo, borda aquí el nombre con el que te conoceremos. Si te echas atrás, nadie te juzgará.

La aceptaban. La estaban aceptando. Apoyó las manos en la mesa y agachó la cabeza.

También le daban la opción de echarse atrás.

¿Estaba de verdad dispuesta a seguir adelante?

Lo que hacían era ilegal. Podía enfadar a gente poderosa.

Podía costarle su trabajo, su reputación, la vida.

¿Quería correr el riesgo? Cogió aire hasta que los pulmones se llenaron al máximo.

Luego lo soltó despacio. Levantó la cabeza, se sentó, cogió la aguja y la tira de lino y bordó un nombre: «Isabel».

Cuando terminó, no sabía muy bien qué debía hacer.

Dejó la tira sobre la mesa y se levantó.

Estaba a punto de marcharse cuando oyó un sonido que provenía de una esquina.

El de las palmas de dos manos, chocando una contra la otra.

Aplausos. Luego otras manos se sumaron a las primeras, y después otras, y de las sombras surgieron varias figuras, esta vez con la cara descubierta.

María del Carmen, Josefa y otras mujeres que no conocía de nada la rodearon, la llamaron «hermana» y la abrazaron.

María del Carmen la miró con los ojos brillantes, como si percibiera todos los sentimientos que albergaba su pecho en esos momentos. Echó un vistazo a la pieza de tela y asintió, como si no esperara otra cosa.

—Enhorabuena, hermana. A partir de ahora, tu nombre clave será Isabel.

Después la condujeron a una pequeña sala anexa. Allí había una mesa con un plano desplegado. Era el plano del palacio, y varias marcas en rojo señalaban puntos concretos.

—Son salidas, rutas de escape y escondites —dijo María del Carmen—. Creo que ya es hora de que entiendas cómo funciona todo.

—Sí, eso me gustaría —respondió Almudena con una sonrisa tímida.

María del Carmen señaló el plano.