La costurera de la reina Capítulo 31
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Capítulo 31

Almudena se retiró pronto aquella noche.

Dio las buenas noches a su padre y se encerró en su alcoba.

Esperó hasta oír que él se iba a acostar y entonces sacó la tira de tela, la aguja y el hilo de bordar.

También la libreta de su madre. La acarició con suavidad antes de abrirla.

Ahora que sabía qué representaban esos símbolos, aunque no conociera su significado exacto, los miraba de otra manera.

«¿Qué querías decir con estos bordados, madre?

¿A cuántas muchachas ayudaste como te ayudaron a ti? ».

Los observó con atención: ondas como las que se formaban en el agua de las fuentes los días de viento; una espiral, casi como un caracol muy esquemático; una línea simple, corta, vertical; un cisne hecho con un solo trazo y, al lado, otro al que habían añadido la cola; un corazón, una hoja, una flor sencilla, como una margarita dibujada por un niño…

Había también una especie de sol con rayos curvos formados por puntos y algo que se asemejaba a una rama con bayas.

Dibujos que conocía ya como la palma de su mano, pero que se mantenían herméticos para ella.

¿Cuáles elegir? Le habían dicho que daba igual, pero quería hacerlo bien.

En el pañuelo que recogió aquella vez de la calle no estaban bordados uno detrás de otro, eso habría sido raro.

Habían dibujado un motivo floral sencillo y, entre las ramas, aparecían los símbolos.

Decidió hacer algo parecido. Bordó el cisne, la flor y el sol de puntos en un solo conjunto, unidos con ramas y motivos que no pudieran confundirse con ninguno de los símbolos. Cuando terminó, la vela casi se había consumido. Aún era de noche, pero tenía que estar en palacio antes de lo normal.

El toque de maitines llegó hasta ella amortiguado por el cristal de la ventana.

Agotada, suspiró, se frotó los ojos, dejó una nota a su padre diciendo que tenía que trabajar temprano, se abrigó bien para protegerse de la helada y se marchó.

Aún quedaban un par de horas para el amanecer y las calles estaban desiertas.

Sin embargo, en esta ocasión, Almudena no ocultó su rostro con el manto: iba a palacio, su lugar de trabajo, y habría sido sospechoso taparse.

Caminó con cuidado por las calles de Madrid, resbaladizas por el relente de enero. Cruzó por delante de obradores donde ya se horneaba el pan. Cuando llegó a palacio, no conocía a ninguno de los guardias de la puerta.

—Costurera del guardarropa de la reina —dijo con convicción.

—Es un poco pronto, ¿no? —preguntó uno de los guardias, receloso.

Almudena asintió con cara de fastidio.

—Dígamelo a mí, que apenas he dormido. Pero hoy se tienen que terminar unos encargos importantes y quiero asegurarme de que estén listos.

—¿Cuál es su nombre? —dijo él, desconfiado.

—Almudena, señor.

El otro guardia se acercó a su compañero y le murmuró algo al oído. Le pareció escuchar el nombre de Juan, pero no estaba segura. Entonces se apartaron.

—Muy bien, adelante. Que pase un buen día.

Almudena avanzó unos pasos hasta la portería. Allí ardía una lámpara de aceite, fija y silenciosa. Cogió una palmatoria y encendió la vela con cuidado. La llama parpadeó un instante antes de afirmarse.

Subió por la escalera de servicio, despacio, protegiendo la luz con la mano.

A esas horas, el palacio parecía más grande y más frío.

La piedra devolvía el eco apagado de sus pasos.

A mitad del primer tramo oyó pisadas que se acercaban en sentido contrario, desde la planta superior.

Un perfume llegó hasta ella, delicado, profundo…

y caro. Azahar con un fondo ambarino. Alzó la vista.

Una figura descendía envuelta en un manto oscuro que le cubría la cabeza.

No llevaba luz y bajaba con la seguridad de quien conoce el camino.

Al cruzarse, el perfume ganó en intensidad, cercano, inconfundible.

No necesitó verle el rostro. Le bastó ese aroma, que ya había percibido la última vez que acudió al guardarropa.

Un perfume demasiado caro para una recién casada sin fortuna, pero no para un noble que quisiera agasajar a su amante.

No hubo saludos, aunque un rizo rubio que escapaba del manto le confirmó lo que ya sabía.

El manto rozó apenas la barandilla y la figura siguió su camino escaleras abajo.

Almudena continuó subiendo, algo aturdida. Cuando alcanzó el rellano y volvió la cabeza, la figura se había detenido al pie de la escalera. Desde la penumbra, Beatriz la observaba. Un instante después, se dio la vuelta y desapareció por el corredor lateral.

Almudena siguió adelante. En el corredor se cruzó con la guardia de ronda y se acercó a ellos.

—La llave del guardarropa, por favor —pidió en voz baja—. Vengo a adelantar trabajo.

Uno de los guardias la miró un instante y asintió al reconocerla. La acompañó a la puerta y sacó la llave. El metal sonó seco al girar en la cerradura y la puerta cedió.

—Gracias.

—Buen día —dijo el guardia antes de regresar a su ronda.

Almudena entró en la sala principal. Tomó lumbre de la palmatoria, encendió dos velas más y las colocó con cuidado: una junto a la mesa larga, otra en la repisa.

La sala cobró vida en claroscuros de telas plegadas, sombras suaves y el brillo apagado de las tijeras.

Fue al cuarto de las zurcidoras y dejó la camisa destinada a María del Carmen en su lugar.

Luego cruzó a la sala de costura. Se sentó un momento, apoyó la espalda y cerró los ojos.

—Almudena.

Abrió los ojos sobresaltada. La luz había cambiado. Ya era de día y María, la costurera auxiliar, la miraba desde el umbral.

—¿Desde qué hora llevas aquí? —preguntó—. Te has quedado dormida.

Almudena se incorporó, todavía con el perfume ajeno flotándole en la memoria, como una presencia que no se disipaba del todo.

—Quería adelantar trabajo, pero ya ves cómo he acabado —disimuló.

Y el día comenzó. María del Carmen la saludó con un gesto de cabeza cuando se cruzaron en la sala principal, pero no dijo nada.

Tampoco Josefa, que acudió a la sala de costura a petición de don Carlos para arreglar un bordado.

Almudena ahogó un bostezo tras otro y mantuvo la compostura como pudo, pero, al acabar la jornada, solo pensaba en desplomarse sobre su cama antes del toque de ánimas.

—Saliste muy pronto esta mañana —le dijo Domingo cuando entró en la tienda.

Ella bostezó antes de contestar.

—Tenía mucho trabajo, pero ahora no puedo con mi alma. Prepararé la cena para usted, padre, y después me voy a la cama.

Domingo la miró con la preocupación asomando por los ojos.

—¿Seguro que te encuentras bien? Llevas unos días un poco nerviosa. Entiendo que enterarte de lo de tu madre… —Carraspeó como si no quisiera seguir por ahí—. Entiendo que pudo ser una sorpresa, pero no cambia nada para nosotros.

La joven ahogó el conato de remordimiento que pugnaba por desbocarse y sonrió.

—No cambia nada, padre, ya lo sé. Solo estoy cansada, con la corte en El Pardo tenemos mucho que adelantar y queremos que esté todo listo para cuando regrese la reina. Solo es eso, le doy mi palabra.

Se acercó y le dio un beso en la mejilla. Él puso la mano en el hombro de su hija.

—No te preocupes por la cena, sobró algo del guiso del mediodía y queda pan y queso. Anda, sube y acuéstate.

Y eso hizo Almudena. Salió al patio, desierto a esas horas, salvo por la gata y dos de sus cachorros, que se enredaron entre sus faldas cuando la vieron aparecer.

Ella les hizo unas carantoñas, pero subió enseguida y se preparó para irse a dormir.

Cuando se metió entre las sábanas, casi con más ropa que en la calle y temblando de frío, pensó en Beatriz.

Encontrársela al amanecer era la confirmación de que los rumores eran más bien certezas.

Acababa de casarse, pero era la amante de un noble.

Y, por las señales que había visto antes, no era algo nuevo.

Pobre Ramón. Pero ya intentaron advertirle, y cada uno decide lo que quiere aceptar.

Tal vez, si era lista, y lo era, podía sacar de su marqués algo más que perfumes y joyas.

Quizá un ascenso para Ramón estuviera incluido en el trato.

No le gustó la idea de que su antigua amiga tuviera influencia sobre un noble poderoso: Beatriz la odiaba de forma visceral y sabía lo peligrosa que podía llegar a ser.

No tuvo tiempo de preocuparse: el cansancio la venció y la sumió en un sueño sin imágenes.

A la mañana siguiente se despertó al alba, descansada y con la mente despejada.

Se echó una toquilla por los hombros y salió a la cocina.

El aire estaba helado y quieto. Su padre aún no había asomado, así que reavivó el brasero y puso el caldero con agua, un hueso seco y legumbres a cocer mientras ella se iba a la compra.

Volvió con pan y cebollas. Luego bajó a por agua del pozo para el día.

En el patio se encontró con Vicenta, que también se abastecía del pozo, y con Brígida, que salía a comprar bien abrigada.

—¡Buenos días, vecinas! —dijo—. Almudena, sí que has madrugado hoy.

—Anoche me dormí temprano, así que me he levantado con energía.

—¿Hay buen género en el mercado hoy?

—Algo hay, pero con este tiempo tampoco se puede pedir mucho.

Brígida se echó a reír.

—¡Pues no te falta razón! Vicenta, mujer, si puedes échale un ojo a Rosa, que ayer estaba pachucha y su marido no se va a acordar de nosotras para decirnos qué tal se encuentra.

Uno de los hijos de Vicenta, Manuel, bajó las escaleras de dos en dos y comenzó a aporrear la puerta de la letrina.

—¡Pedro! ¡Por Dios, acelera, que no me aguanto!

La puerta se abrió y apareció Pedro, con el pelo despeinado y los ojos medio cerrados, aún dormido. Manuel lo apartó de un empujón, entró y cerró la puerta. Las tres mujeres estallaron en carcajadas, y Brígida se fue, sin parar de reír y de secarse las lágrimas con un dedo.

—Vicenta, me subo ya, que tengo que adecentar la casa antes de marcharme al taller.

La mujer se despidió, no sin antes recordarle a Almudena que, si su padre necesitaba cualquier cosa, ella estaba disponible para recados y ayuda.

Cuando subía las escaleras, la puerta de la vivienda de Rosa se abrió y apareció su marido, bien vestido, aunque un poco delgado, y pasó por su lado después de concederle un breve y seco saludo y ninguna opción de preguntarle por su esposa.

Cuando entró en casa, su padre ya se había levantado. Ella barrió, sacudió el polvo en la puerta, dejó el agua preparada y recogió la mesa. Luego comió un trozo de pan con cebolla y bebió un vaso de vino aguado.

—Nos vemos a la tarde, padre —le dijo mientras se ajustaba el manto—. Que pase buen día.

Le dio un beso en la mejilla y salió por la puerta.

El día transcurrió con total normalidad.

Al entrar en el guardarropa, Almudena pasó por el cuarto de las zurcidoras, que la saludaron con educación y no hicieron ni un gesto fuera de lo habitual.

¿Estarían todas en el círculo? ¿Sabrían quién era y que quería entrar?

Creía que no, pero no podía estar segura.

¿Cuánto tardarían en comunicarse con ella?

Pronto la tarea que tenía por delante absorbió toda su energía y no volvió a pensar en ello.

Sin embargo, el círculo regresó a su mente cuando volvió a casa.

Entró en la tienda a saludar a su padre y este la miró con las cejas juntas.

Almudena no supo si estaba enfadado o preocupado, pero no estaba como siempre.

Le pidió que colgara el cartel de cerrado en la puerta y luego le hizo una seña para que pasara al otro lado del mostrador.

—Almudena —le dijo con voz grave—. No sé qué te traes entre manos, pero no me gusta.

—¿De qué habla, padre?

Domingo miró hacia la puerta de manera furtiva, luego sacó un pañuelo de su chaqueta y se lo mostró por debajo del mostrador.

—Sé lo que es esto. Sé que es peligroso y también sé que te estás metiendo en algo que te puede traer disgustos. Tu madre…

Almudena lo cogió con rapidez y se lo guardó sin mirarlo. No le había dado tiempo a captar nada, pero sabía que era un mensaje. Respiró hondo.

—Padre, usted apoyó a madre aun sin saber muy bien qué estaba haciendo.

Le pido por favor que tenga esa misma confianza conmigo.

Sí, llegué a esto al averiguar quién era madre, pero si sigo en ello es por mí misma, por lo que creo, por lo que puedo aportar.

Tendré cuidado, no me expondré más de lo necesario y no pondré en peligro nuestro apellido. ¿Puedo contar con usted?

Domingo suspiró, la miró con intensidad un buen rato, y al final le puso la mano en el hombro y apretó, como si ese gesto valiera más que las palabras.

—No es tu reputación lo que me preocupa, Almudena, sino tu bienestar. No me gusta, temo por ti y creía que ya lo habíamos dejado atrás, pero, si es tu decisión, te apoyaré. Prefiero no saber mucho, pero quiero tu promesa de que no te arriesgarás más de lo necesario. ¿La tengo?

—La tiene, padre.

Y sí, en la mirada de su padre había pesar y miedo, pero también algo que alivió a Almudena: orgullo por haber criado a una mujer capaz de arriesgarse por los demás.

Tragó saliva para disolver el nudo que se le había hecho en la garganta, parpadeó para aclarar la vista y, con el pañuelo bien oculto en su ropa, subió a casa a leer el mensaje.