Capítulo 30 #2
Los meses de invierno eran muy atareados, puesto que todo este trabajo de renovación, adecuación y puesta a punto de los vestuarios de Su Majestad y de las infantas alcanzaba su punto álgido.
Por suerte, Almudena contaba con la ayuda de María, la otra costurera, y planeaba ya la colaboración del taller de doña Leonor.
Lo único que lamentaba era que Juan también había sido destinado a El Pardo, así que estarían sin verse dos meses que se les iban a hacer muy muy largos.
La tarde antes del traslado, él insistió en acompañarla a casa. Hacía frío y se metieron en el portal anterior a su casa para no pasar por delante de la tienda de Domingo.
—Te voy a echar de menos —le dijo Juan—. El invierno se me va a hacer eterno sin ti.
—Yo también te echaré de menos.
Almudena se acercó un poco más. Se miraron a los ojos y la atención de Juan se desvió hacia su boca.
Almudena notó un estremecimiento, el estómago se le contrajo y sintió un ansia que no supo de dónde venía ni cómo calmar.
Juan puso la mano en la cintura de Almudena.
Se acercaron aún más y entonces los labios de Juan se posaron, suaves y fríos, sobre los de ella.
Sintió que las rodillas le temblaban y tuvo que sujetarse a los fuertes hombros de Juan.
Un escalofrío recorrió su espalda y el calor la invadió, a pesar de las bajas temperaturas.
Se apretó contra él, pero entonces Juan recobró el sentido común y se separó.
—Esto no está bien —dijo con la respiración acelerada y la voz entrecortada—. Lo siento.
Almudena se quedó un poco confusa.
—¿Por qué lo sientes? ¿No te ha gustado?
Juan sonrió con un brillo en los ojos que volvió a provocarle un estremecimiento.
—Ya lo creo que me ha gustado. Y me gustaría besarte más, mucho más. Pero imagina que alguien nos ve.
Miraron hacia la calle. Había anochecido y la gente que pasaba no les prestaba atención, pero Juan tenía razón. Era peligroso que los vieran. Él, un guardia del rey, y ella, una costurera de la reina. Un escándalo podía acabar con sus carreras. Y sin embargo…
—En cuanto regrese, hablaré con tu padre —dijo Juan—. Llevamos unos meses viéndonos y quiero pedirle permiso para cortejarte en serio, si es lo que deseas.
—¡Pues claro! —Se lanzó hacia él y le dio un abrazo que deshizo enseguida. Dio un paso atrás—. No hay nada que desee más.
—Soy consciente de que no podremos casarnos enseguida. Tú tienes un trabajo importante y yo aún no he ahorrado lo suficiente para poder alquilar una casa que merezca la pena. Pero quiero que todos sepan que vamos en serio, que quiero pasar el resto de mi vida contigo.
Almudena suspiró, de nuevo perdida en sus ojos.
—Juan —le advirtió—, o dejas de decirme esas cosas o te besaré hasta que alguien nos vea y tengamos que casarnos en este mismo momento.
Él soltó una carcajada, le tomó la mano, la apretó y luego la dejó ir.
—Venga, vete a casa o no respondo de mis actos. Nos veremos en unas semanas.
Y así, con la sangre alborotada y el corazón dividido entre la felicidad y la pena por la despedida, Almudena se marchó.
Cuando llegó a palacio a la mañana siguiente, la comitiva casi estaba lista para partir.
Aunque ya habían inventariado y empaquetado todo lo necesario para la estancia, madame Moulinier se encontraba en el guardarropa, organizando los últimos detalles con la camarera mayor.
Se le había ocurrido una idea para tocados y guantes un poco atrevida y ambas lo estaban discutiendo.
—¿Añadir más plumas? —dijo la marquesa de Bélgida—. Tal vez resulte algo excesivo.
—En El Pardo hará mucho frío, ilustrísima. Con tanta capa y tanta piel es difícil destacar. Sin embargo, aunque sea una corte reducida, Su Majestad tiene que seguir brillando. Estos tocados permitirán que siga siendo el faro de elegancia que es.
La camarera meditó un momento y luego asintió.
—Nos llevaremos las plumas. Doña Paula las añadirá a los complementos según sus indicaciones. ¡Ah! Buenos días, Almudena —dijo al verla entrar en la sala principal—. La echaremos de menos este año en El Pardo.
Almudena hizo una reverencia.
—Sin duda doña Paula hará que se olviden de mí enseguida —dijo con una sonrisa—. Y yo me encargaré de que aquí todo siga funcionando como es debido, señora.
La marquesa se marchó, seguida por una criada que cargaba con los nuevos paquetes, y la modista sacó unos bocetos con algunas de las modificaciones previstas para esos meses.
—Su Majestad me ha pedido que convierta uno de sus vestidos favoritos de noche, que ha usado ya varias veces, en un vestido de tarde de primavera. Don Pedro tendrá que coser el cuerpo, y esta es mi idea para reutilizar la tela casi al completo.
—¿Beatriz se encuentra bien? —preguntó Almudena de pasada mientras miraba los dibujos de madame Moulinier.
Esta resopló y dejó asomar su indignación.
—Nunca sé cómo se encuentra Beatriz, y menos si no viene al taller cuando tiene que venir. Han destinado a su guardia a El Pardo, pero ella, en lugar de una recién casada apenada, parece contenta de librarse de su marido unos meses.
Almudena iba a contestar, pero sabía que, si no decía nada, la modista seguiría hablando. Y así fue:
—Tiene talento, podría ser modista si quisiera, pero está despistada.
Es como si hubiera perdido el interés. Entiendo que son más años de estudio y trabajo, y que tal vez lo que necesite sea ganar dinero rápido como costurera, pero últimamente alega estar enferma demasiado a menudo, llega tarde o se marcha antes.
—Querrá disfrutar de su marido —dijo Almudena, sin creérselo del todo.
La modista dejó clara su opinión con un bufido muy poco sutil.
—Lo dudo. He oído rumores.
—¿Rumores?
—Sí, rumores. Algo sobre un noble que está siendo muy generoso a cambio de ciertos… favores. Y a veces, querida, Beatriz llega al taller con algunos tocados, guantes o incluso joyas a los que ella no puede acceder con el sueldo de su marido.
La imagen de Beatriz subiendo a un carruaje o sonriendo al marqués de Valdearenas en la pradera de San Isidro regresó a su mente, al igual que el perfume que desprendía la última vez que la vio, o la conversación del año anterior en El Pardo en la que aquel hombre hablaba de la belleza rubia que había visto en la zona del guardarropa. Sacudió la cabeza.
—Los rumores son solo eso. No se les puede dar crédito como a la verdad.
—Claro, ma chérie , claro. Y, sin embargo…
Almudena sabía que no había nada que se interpusiera entre Beatriz y su objetivo.
Podía haber estado jugando a dos bandas: Ramón era el juguete que le arrebataba a Almudena y su cobertura para una vida honrada de cara a la galería.
Y tal vez, solo tal vez, el marqués era quien le proporcionaba cosas bonitas, regalos caros y, quién sabía, influencia en la corte.
Una joven que supiera jugar bien sus cartas podía llegar lejos, y eso a Beatriz se le daba bien.
Aunque, por lo poco que conocía del marqués, no parecía el tipo de persona que se dejara manipular.
Hacía dos días que la corte se había trasladado cuando, una mañana, María del Carmen salió del cuarto de las zurcidoras y le hizo un gesto para que la siguiera. Se dirigieron al rincón de la sala principal, junto a la ventana: la sala estaba desierta y desde allí podían ver si se acercaba alguien.
—¿Sigues queriendo colaborar con el círculo de mujeres?
Almudena sintió un violento latido en el pecho y respiró hondo.
—Sí.
María del Carmen miró hacia los lados y le tendió con discreción una tira de tela que Almudena guardó de inmediato en su manga.
—Borda en esa tela algunos de los símbolos de la libreta de tu madre, aunque no sepas qué significan. No lo hagas aquí: es peligroso. Nunca, jamás, se borda en palacio. Cose la tela en el interior de la manga de una camisa y mañana déjala encima de mi puesto antes del amanecer.
—Acudir al guardarropa antes del amanecer se podría ver como sospechoso —dijo Almudena, inquieta.
—No, si sabes buscar la excusa correcta. Tenemos que ver cómo te desenvuelves y lo comprometida que estás.
Se giró para volver al cuarto de las zurcidoras, pero se detuvo y añadió:
—¡Ah! Que hagas esto no significa que te vayamos a admitir. Es solo una prueba. Ya sabes, ni una palabra a nadie y, por supuesto, compórtate como si nada hasta que nos pongamos en contacto contigo de nuevo.
Almudena asintió y no dijo nada más. Regresó a su sala de trabajo, consciente en todo momento de la tela que camuflaba en la manga.
Como si fuera de plomo, la sentía en cada movimiento, no solo como una oportunidad, sino también como un recordatorio de que, desde ese instante, cada paso podía tener consecuencias.