Capítulo 30
Los días siguieron su curso. Beatriz y Ramón se casaron y Juan y Almudena continuaron viéndose, con más confianza por parte de ella.
María del Carmen y Josefa actuaban como si la reunión de aquella noche no hubiera existido, y eso mismo intentaba hacer Almudena, aunque no lograba apartar de su mente lo que había descubierto.
Incluso llegó a plantearse averiguar quién era su familia, cuál era el apellido de su madre.
Pero lo desechó con rapidez. Nunca podría darse a conocer, así que mejor no crearse enemigos en la corte.
Su familia era su padre y no necesitaba más.
Entonces, una mañana, cerca de la Navidad, una doncella de la reina entró en el guardarropa. Almudena, concentrada en ajustar un cuerpo a una falda, apenas oyó los murmullos de la conversación de la mujer con don Carlos. Instantes después, este apareció en la puerta de la sala de costura.
—Almudena, Su Majestad la requiere ahora.
Ella asintió, se levantó, cogió los útiles que podían serle necesarios y siguió a la doncella por los pasillos, a los que cada vez estaba más habituada.
—Don Francisco de Goya está pintando a Su Majestad de nuevo —dijo la criada, una mujer madura del gabinete de la reina.
—¿Y qué ocurre para que se me requiera con tanta premura?
—Me temo que hay un pliegue en la tela, algo que no termina de encajar en la pintura.
Cuando entraron en la sala, lo primero que percibió Almudena fue el olor punzante de la trementina y el barniz.
Intentó no hacer ruido, pero aquel olor se le pegó a la garganta y tuvo que toser con discreción.
La reina estaba muy erguida, con los brazos un poco separados y un abanico en la mano derecha.
Vestía un traje a la francesa en seda clara que se ensanchaba para dejar espacio a su barriga de embarazada, y llevaba un aparatoso tocado con encajes, plumas y seda sobre su cabello rizado.
Almudena observó su vestido y reconoció, orgullosa, los volantes que remataban las mangas.
Ella los había cosido y ahora estaban allí, a punto de ser inmortalizados por el pintor.
Bajó la mirada: no quería parecer impertinente.
La luz inundaba la estancia, repleta de alfombras y cuadros, y habían dispuesto un rico cortinaje de terciopelo tras la reina como acompañamiento del cuadro.
Los ojos de Almudena se posaron en el caballete que sostenía el lienzo.
Francisco de Goya ni la miró: toda su concentración estaba puesta en un detalle.
Mantenía el pincel en alto como un arma, pero no lo usaba: solo meditaba y calculaba.
Era un hombre un poco regordete y no muy alto, con la nariz bulbosa y cara de enfado.
—El pliegue ese —dijo, y señaló la cadera de la reina—. Arréglelo, por favor.
La camarera mayor acompañaba, como siempre, a la reina. Saludó a Almudena con un gesto de cabeza y del mismo modo le indicó que se acercara a Su Majestad.
La joven hizo una reverencia que pasó inadvertida. La reina se mantenía hierática, aunque algo en su expresión le indicó a Almudena que estaba de mal humor. Observó el vestido. Estaba bien cosido, no veía el problema. Miró a la marquesa con la duda en los ojos.
—Don Francisco —terció ella—, ¿podría indicarnos qué es exactamente lo que no le gusta?
El aragonés sacudió la cabeza, frustrado.
—Es la cadera. El vestido hace un pliegue extraño que estropea el conjunto.
La reina resopló:
—¿Y no puede tan solo pintarlo como sea de su gusto? Igual que hace con esto —dijo señalando su evidente embarazo, que no aparecería en el cuadro.
Entonces se movió un poco en el sitio y el pliegue desapareció. Goya lo observó de nuevo y emitió un pequeño sonido.
—¡Ah! Era la postura. Aunque este ángulo no me convence.
María Luisa intercambió una mirada con su camarera, algo exasperada.
—Espero salir favorecida en este cuadro, don Francisco. Si tengo que posar a la pata coja para conseguirlo, lo haré.
El hombre hizo una inclinación de cabeza.
—Majestad, si me permitís el consejo, la posición anterior os favorecía más. Os hacía aún más regia de lo que ya sois.
Almudena no tuvo claro si había un matiz de ironía en sus palabras, pero la reina se lo tomó en serio y rectificó la posición. Y de nuevo, ahí estaba el pliegue. Una vez localizado, Almudena no podía dejar de verlo. Asintió y pidió permiso para acercarse.
—Don Francisco…
—Majestad, no puedo obviarlo. Cambia la forma de la tela, las sombras, las luces.
—¡Oh, por el amor de Dios, de acuerdo! ¿Puedes arreglarlo, muchacha?
Almudena hizo una nueva reverencia.
—Por supuesto, majestad. No me llevará mucho tiempo.
Almudena se colocó detrás de la reina para modificar la tela sobre la marcha. Ella continuó posando y Francisco de Goya siguió con los pinceles.
—Mucho mejor —lo oyó murmurar cuando ella cogió el pliegue entre los dedos para sujetarlo.
—Esa mujer es horrible. —La reina se dirigió a la marquesa de Bélgida, como si retomara una conversación que había interrumpido antes de que llegara Almudena.
—Sí, majestad.
—¡Lo digo en serio, Florentina! Esa humillación a la que me sometió cuando vistió a sus criadas con el mismo diseño exclusivo que me habían traído de Francia…
Una tos parecida a una risa que intentaba ser contenida salió de la boca del pintor. Almudena lo miró, horrorizada. Don Francisco, sin embargo, siguió tosiendo en un ataque que rozaba lo irreverente.
—Mis disculpas, majestad. Esta salud mía cada día es peor.
La reina lo miró con suspicacia, pero luego se dirigió de nuevo a su camarera sin mover apenas la cabeza.
—Fue tan vergonzoso, tan execrable… Aún no he encontrado cómo hacérselo pagar, pero lo haré.
—Sin duda, una terrible impertinencia, majestad —dijo la marquesa en un intento de aplacar a la reina.
Pero esta no parecía dispuesta a calmarse.
—Eso por no hablar de su afán por ser siempre el centro de atención en la corte. ¡Qué mujer horrenda!
La marquesa suspiró y habló como quien le habla a un niño.
—La duquesa de Alba está acostumbrada a acaparar el protagonismo, majestad. Debe aprender que, estando presente la reina, no hay nadie más importante.
María Luisa de Parma hizo un puchero, pero enseguida su cara volvió a la inexpresividad más absoluta.
—Florentina, por favor, envíe a buscar a Manuel. Necesito consultarle un tema de agenda.
La camarera mayor le dio indicaciones a una de las doncellas. Escribió un par de líneas en un papel y se lo entregó. La muchacha salió a toda velocidad en busca de Godoy, cada día más presente en el entorno de la reina.
La infanta María Amalia apareció en ese momento por la puerta con dos de sus damas y su perrito blanco en brazos. Se acercó al pintor y observó el lienzo.
—Es muy bonito.
—Gracias, alteza —dijo Goya con una sonrisa en la cara.
Almudena había visto a María Amalia en algunas ocasiones, igual que a su hermana María Luisa, pues se encargaba de su vestuario, y ya se había dado cuenta de que era una niña que despertaba las simpatías de la gente.
Menuda y delicada, de temple tranquilo y salud enfermiza, sonreía a todo el mundo como si no fuera consciente de su posición.
—María Amalia, deja trabajar a don Francisco —le dijo su madre.
La infanta, que en apenas un mes cumpliría doce años, se giró hacia ella y se acercó para hacerle una tierna reverencia. Entonces descubrió a Almudena detrás de la reina.
—Hola —le dijo con inocencia.
Almudena hizo una reverencia con la cabeza gacha.
—Alteza.
Una mirada de su madre le indicó que se comportara: no podía hablar con el servicio como si fueran sus amigos.
A sugerencia de la camarera mayor, se sentó en un diván cercano y se puso a leer.
El perrito, al que había colocado en un cojín a sus pies, se levantó y fue directo hacia la falda de la reina.
—Hija, controla a tu perro —dijo Su Majestad sin agachar la cabeza.
—¡Bijou, ven aquí! —lo llamó la infanta.
Almudena retiró el pie con cuidado y luego movió la tela.
Había terminado. Sin darse cuenta, sonrió al observar al pequeño animal olisqueando el pie de Su Majestad.
La infanta acudió a rescatar a su compañero antes de que la mirada de fastidio de su madre se convirtiera en una regañina o el pintor, que daba un poco de miedo aunque siempre era amable con ella, refunfuñara porque dificultaba su trabajo.
—No te preocupes —le dijo a Almudena—, no te hará daño.
—Seguro que no, alteza —dijo esta—. Ya he terminado —anunció.
La marquesa dio una palmada, satisfecha, y la acompañó a la puerta.
Antes de marcharse, la joven no pudo evitar mirar atrás.
María Amalia jugaba con su cachorro, pero aún tuvo tiempo de dedicarle una sonrisa.
La reina miraba al infinito sin mover ni un músculo y Francisco de Goya, con el ceño fruncido por la concentración, levantó un momento la vista para despedirse de ella con una inclinación de cabeza.
Después de Reyes, la corte se trasladó como todos los inviernos a El Pardo. En esta ocasión, se organizó todo con cierta prisa porque el embarazo de la reina los obligaría a regresar antes y el rey quería aprovechar la temporada de caza.
Doña Paula había experimentado una notable mejoría y fue ella, como costurera principal, quien acompañó esa temporada a la familia real.
Almudena se quedó, pues, en Madrid, con un guardarropa más tranquilo, pero cuya actividad no decaía.
Habían recibido instrucciones precisas para transformar y renovar varios vestidos de la reina.
También tenían que renovar y alargar otros de la infanta María Amalia y preparar el vestuario de la infanta María Luisa, que había cumplido en verano ocho años y debía comenzar a utilizar prendas más estructuradas que requerían de la intervención del sastre.
En cuanto a la infanta María Isabel, que tenía un año y medio, su vestuario seguía recayendo sobre todo en doña Paula y Almudena, que dibujaban, cortaban y cosían los trajes sin intervención de nadie más.