Capítulo 29
Cuando oyó la puerta cerrarse tras ella, Almudena alzó la vista al cielo oscuro de Madrid, como si el aire de la noche pudiera despejarle la mente.
Se ajustó el manto con dedos torpes y tragó saliva: debía volver de inmediato.
Miró a ambos lados de la calle, escrutó los portales y, sin ver sombras que le hicieran desconfiar, emprendió el camino con paso rápido, pero no tanto como para llamar la atención.
A esas horas, caminar sola bastaba para ser sospechosa.
Solo cuando cerró tras de sí la puerta del portal se permitió respirar.
Apoyó la espalda en la madera hasta que el pulso dejó de martillearle la garganta.
Luego se descalzó con cuidado y recogió el mantón que se le había escurrido de los hombros.
No quería despertar a su padre ni alertar a ninguna vecina.
Sabía bien lo que podían hacer los rumores con la reputación de una joven.
Cruzó el patio aún alumbrado por el farol, acarició a la gata que reinaba allí, la misma que, con sus crías, mantenía a raya a ratas y ratones, y subió las escaleras sin que el suelo crujiera bajo sus pies.
Empujó la puerta de casa con suavidad, retiró la tela que había dejado en el pestillo y la cerró despacio, conteniendo el aliento.
Solo entonces se obligó a escuchar. Desde el cuarto de su padre llegaba su respiración profunda, regular.
Almudena se quedó un instante inmóvil, agradecida.
Entró en su alcoba sin encender ninguna vela. La luna, colándose por la ventana, le dio luz suficiente para desvestirse y meterse en la cama. Y allí, a salvo entre las sábanas, fue consciente de lo que había sucedido esa noche.
No le habían respondido a todo, pero sí a lo esencial: su madre no solo huyó de un matrimonio impuesto, sino que quiso devolver el favor. Había trabajado con ellas. Había pertenecido al círculo.
Almudena apretó los dientes. No era que las mujeres del pueblo llano se casaran siempre por amor: muchas lo hacían por necesidad, por conveniencia, por miedo a quedarse sin pan.
Pero, aun así, el margen era distinto. Si trabajaban, como ella, la elección podía ser suya.
Sus matrimonios no estaban motivados por pactos, herencias, alianzas ni estrategias.
Las aristócratas tenían privilegios, sí, pero Almudena no las envidiaba.
La idea de vivir en una jaula dorada le resultaba insoportable.
Sintió un escalofrío al recordar la conversación que había escuchado en El Pardo: aquella frialdad, aquel desprecio con el que hablaban de las hijas como si fueran mercancía.
Y de pronto lo supo con una claridad que la sorprendió: si existía una forma de ayudar y de demostrarles a esos viejos que no todo valía para lograr sus fines, ella iba a estar ahí.
Cuando consiguió dormirse, cayó en un sueño desordenado: rostros masculinos con máscaras, manos que señalaban niñas como si fueran ganado, pasillos de palacio teñidos de sombra… Y su madre, tal y como la recordaba, caminando sin ruido. Luego, ella misma corriendo de noche por Madrid.
Se despertó antes del alba, sobresaltada. El cielo aún era negro, pero ya había jirones de rosa y escarlata en el horizonte. Se lavó la cara en la jofaina y fue a la cocina. Prendió una vela aprovechando un rescoldo tímido del brasero.
Domingo se levantó poco después, y a Almudena la culpa le cayó encima como una losa. Nunca le había ocultado nada. Casi esperó que su padre lo notara en cuanto la mirase, pero él le dio los buenos días como siempre, bostezó y se sentó a la mesa.
Por un instante, Almudena estuvo a punto de contárselo todo. Pero recordó la promesa que había hecho hacía apenas unas horas y bajó la vista.
—¿Te encuentras bien, hija?
—Sí, padre —respondió forzando una sonrisa—. Solo es que he dormido mal.
Aún no habían dado las siete cuando Domingo ya estaba en la tienda, ordenando y preparándose para la jornada. Almudena hizo lo propio en casa y luego fue al mercado. Allí, entre puestos y cestas, se encontró con Teresa, a la que hacía días que no veía.
—¿Cómo va todo por palacio? —preguntó su amiga después de abrazarla con fuerza.
Almudena se encogió de hombros, procurando que la voz le saliera natural.
—Como siempre. ¿Y tú? Te veo… contenta.
Teresa estaba radiante: un poco bronceada, las mejillas encendidas, el cabello castaño claro con destellos dorados incluso bajo aquella luz temprana. Entrecerró los ojos con una sonrisa enorme.
—Hay un chico.
—¡Teresa!
Almudena la cogió de los hombros, emocionada. Su amiga nunca había tenido a nadie que la cortejara y sabía que, ya cumplidos los veinte, lo echaba en falta.
—¿Quién es? ¿Cómo lo has conocido?
Caminaron hasta la tahona y siguieron hablando en la fila.
—Se llama Antonio, acaba de ascender a oficial de zapatero y quiere llegar a maestro para abrir su propio taller.
—Un zapatero, me gusta —dijo Almudena, sin perder la sonrisa.
Teresa miró a los lados y bajó la voz.
—Lo conocí al salir de misa hace un par de semanas. Se acercó, aunque yo iba con mi madre, y me dijo si quería dar un paseo. Es muy buen mozo —dijo con una risita traviesa—. Y como tiene trabajo y un sueldo fijo, a mi madre le gusta.
—¿Dos semanas? ¿Y ya estás hablando de él en casa? Sí que te gusta.
Teresa se puso colorada. Les llegó la vez, compraron el pan y salieron de vuelta a la plaza. Se acercaron al puesto de las verduras.
—Sí que me gusta, Almudena. Y yo le gusto a él. Y bueno, tengo veinte años y él veintitrés. Me ha dejado claro que lleva intenciones serias, y creo que estoy preparada para eso.
—Vaya, vaya. —Almudena volvió a reír y golpeó con suavidad el hombro de su amiga—. Me alegro mucho, Teresa, de verdad. Espero que me hagas la madrina de tu primer hijo. Lo que me recuerda que yo también tengo que contarte algo.
Y entonces le habló de Juan, del tiempo que llevaba fijándose en él y de que no había dejado que se le notara por miedo a Beatriz.
—Se casa en un par de días —comentó Teresa con voz más seria—. No nos ha invitado a ninguna.
—A mí no me sorprende —dijo Almudena—. En realidad, estoy deseando que se case de una vez para sentirme más cómoda con Juan.
Sigo teniendo miedo de que, si se entera de que no voy llorando por los rincones por Ramón, se eche atrás y ponga la mira en Juan.
Y, por otro lado, me da lástima Ramón. Creo que se merecería saber la verdad.
Teresa suspiró.
—A veces es complicado hacer lo mejor, ¿no es cierto? Pero estoy segura de que encontrarás la manera.
Caminaron sin prisa hacia casa.
—¿Cómo están las chicas? ¿Y doña Leonor?
—Manuela sigue con sus locuras, como siempre —rio Teresa—. Y doña Leonor ya parece una persona. Por fin tiene tiempo para dormir y no me extrañaría que nos diera una buena noticia cualquier día —dijo dibujando con las manos una barriga de embarazada—. Ven a vernos un día de estos.
—Lo haré. Además, es posible que necesite algo de ayuda en unas semanas y tendré una buena excusa para ir con frecuencia.
Cuando llegó a palacio, Juan estaba en la puerta lateral por la que entró Almudena.
—Hola —dijo, y una sonrisa tonta se extendió por su cara.
—Hola —le contestó él, con la misma expresión.
Su compañero la miró. Era nuevo y no la conocía.
—Guardarropa de la reina —le informó ella.
Cuando entró, oyó pasos a su espalda y Juan se situó a su lado. Era muy irregular que se ausentara de su puesto, pero a veces se cubrían unos a otros si era poco tiempo o, como en aquel caso, poca distancia.
—Quería comentarte algo —dijo Juan.
Almudena se detuvo. El joven carraspeó, algo incómodo.
—Verás, anoche, cuando volví al cuartel, Ramón estaba allí.
Aunque tras la boda pasará a vivir fuera, con su esposa, todavía no se ha ido.
El caso es que… No quiero que te enfades, Almudena.
Sé que te dije que no iba a decir nada, pero Ramón ha sido un buen compañero todos estos años y me parecía cruel…
—Se lo has dicho —resumió Almudena.
Juan asintió, sin atreverse a mirarla a los ojos. La joven le pasó la mano por el antebrazo, una caricia suave que nadie vio y que apenas se sintió a través de la tela del uniforme, pero que provocó un escalofrío en ambos.
—Me parece bien, de hecho venía pensando algo parecido por el camino.
Juan suspiró con evidente alivio.
—¿Y entonces? —preguntó Almudena—. ¿Qué te dijo?
El joven volvió a suspirar, pero esta vez de frustración.
—Intenté ser delicado para no herir sus sentimientos, pero se enfadó conmigo.
Me dijo que no era tonto, que conocía el motivo por el que Beatriz se había mostrado disponible al principio, porque ella misma se lo había confesado, pero que después todo había sido sincero y que él quería formar una familia y ella estaba dispuesta.
Almudena inspiró y soltó el aire con suavidad, y sintió cómo el peso difuso que notaba en el estómago se disolvía y se esfumaba.
—Me alegro si es así. Ojalá. Al menos, no nos quedaremos con la duda de si deberíamos haberle avisado.
Se miraron. Era curioso lo que le pasaba con Juan.
Cuando se miraban así, todo lo que había alrededor desaparecía: Beatriz, Ramón, María del Carmen, los misterios, las redes de apoyo femeninas, hasta las sociedades secretas masculinas pasaban a un lugar secundario al que no prestaba atención.
Si hubiera sabido que a él le pasaba lo mismo, que su mirada ambarina lo atraía como la luz a una polilla, que todo su ser le suplicaba que se acercase un paso más, dos pasos, y la estrechara contra su cuerpo…
Los dos dieron un respingo y parpadearon al mismo tiempo. Entonces Juan giró la cabeza, miró a su compañero y se despidió de ella de forma apresurada.
Almudena siguió su camino, llegó al guardarropa y se asomó, como de costumbre, a saludar a las zurcidoras, que siempre eran las primeras en llegar.
Actuó como si nada hubiera ocurrido la noche anterior, como si fuera un día como cualquier otro.
Le pareció leer el alivio en los ojos de María del Carmen.
Josefa se comportó como siempre, y tampoco pudo deducir de un vistazo si alguna de las mujeres encapuchadas se encontraba allí en ese momento.
«No hables de esto con nadie y sigue con tu vida».
Iba a ser una directriz difícil de seguir, pero no podía hacer otra cosa.
Si daba muestras de impaciencia, tal vez sus oportunidades de ayudar al círculo se esfumaran.
Acababa de quitarse la basquiña y el manto y de sujetarse las mangas cuando don Carlos entró en la sala de costura.
—Buenos días, Almudena. Venga a la sala principal, por favor. Repasemos el vestuario de hoy. Recuerde que hay baile esta noche y que, a media mañana, vendrá el maestro don Francisco de Goya para avanzar en el retrato de Su Majestad.
Almudena salió y saludó a madame Moulinier. Se tensó al comprobar que ese día sí la acompañaba Beatriz. Estaba tan hermosa como siempre, aunque quizá algo más delgada, pero su perfume flotaba a su alrededor como una nube de azahar y ámbar. Demasiado lujoso. Compuso una sonrisa correcta.
—Buenos días, madame. Buenos días, Beatriz. No esperaba verte por aquí hoy.
—¿Y por qué no? —respondió la joven, con una altivez que rozaba el desafío.
Fue la modista quien contestó, sin mirarla siquiera.
—Beatriz insistió en venir hoy a la corte…, quién sabe por qué. Tal vez contaba con cruzarse con cierto guardia. ¡Ah, los jóvenes y el amor!
Las palabras parecían inocentes, pero el tono no lo era: había una frialdad nueva entre ambas, una ironía afilada que antes no estaba allí.
Almudena desvió la vista y se acercó a don Carlos justo cuando la camarera mayor hizo su entrada seguida de tres mozas.
—Bien, comencemos —dijo la marquesa.
Sacaron los vestidos que la reina vestiría a lo largo del día: el del levantarse, el de media mañana para posar ante el aragonés, el del almuerzo con el rey y parte de la corte, el vestido ligero de la tarde y, por último, la espectacular pieza reservada para el baile.
Revisaron telas, costuras y forros. La modista eligió guantes, tocados y plumas para completar cada conjunto, mientras la marquesa de Bélgida anotaba las joyas correspondientes, que luego se recogerían en el joyero real.
Don Carlos fue apuntando cada pieza que salía del guardarropa, medias y camisas incluidas, y cuando todo estuvo dispuesto las mozas cargaron con los paquetes envueltos en lino blanco y se marcharon tambaleándose bajo su peso.
Más tarde, ya en el cuarto de costura, madame Moulinier explicó a Almudena el trabajo que debía realizar con unas piezas recién cortadas para un vestido de corte.
Beatriz permanecía a su lado, silenciosa, observando.
La tensión entre ambas era evidente: la modista apenas le dirigía la palabra y Beatriz parecía aún más altiva que de costumbre.
Cuando la modista terminó de dar las indicaciones, cambió de tema con un tono que pretendía ser ligero, aunque no lo logró del todo.
—Tengo entendido que Su Majestad estrenó ayer el vestido camisa que diseñó don Pedro.
Almudena asintió.
—Eso comentó la marquesa de Bélgida. Según le dijo a don Carlos, causó sensación.
María Moulinier rio entre dientes.
—No lo dudo. La reina ha sido atrevida…, aunque siempre ha tenido querencia por la moda francesa.
—Sí, pero esto es muy distinto. No se trata solo de faldas más cortas o de mangas con más volantes. ¿De verdad María Antonieta viste así a diario?
La modista miró a ambos lados y bajó la voz, como si fuera a compartir una confidencia. Beatriz resopló, impaciente por salir de allí.
—Mis contactos en Francia dicen que los reyes apenas pueden salir de palacio.
Son prisioneros en su propia casa. ¡Qué terrible desdicha!
Aun así, María Antonieta intenta mantener las formas.
Y sí, ma chérie , utiliza la chemise à la reine .
Aquí hay quien dice que ha perdido la dignidad al vestir, pero solo se ha adaptado a los tiempos.
El pueblo la odia, así que ella intenta parecer sencilla.
—Suspiró con teatralidad—. En París se lleva aún más ligera que aquí, más suelta… y más transparente.
—Indecoroso —sentenció Beatriz.
Madame Moulinier la miró de reojo.
—Para la mentalidad de Madrid, sin duda.
Por eso la reina María Luisa sabe lo que hace eligiendo una versión más contenida.
Es moderna, pero no ofende a la corte. —Hizo una breve pausa—.
Aunque, he de confesarlo, me habría gustado que me encargaran ese vestido a mí.
—Suspiró una vez más, se incorporó y volvió a alzar la voz—.
Muy bien, querida. Si tiene alguna duda sobre la estructura o la costura, hágame llegar un recado al taller. Au revoir .