Capítulo 28 #3
—De esto hace años ya. Mi padre nunca quiso decirme quién era esa Isabel y yo seguí con mi formación.
De ahí pasé al taller de doña Leonor y luego a la corte.
Volví a encontrarme con esos dibujos en dos ocasiones más, pero no logré desvelar su significado.
Cuando Josefa se negó a hablar conmigo de ellos, entendí que ocultaban algo importante.
Y ayer, cuando fui a una prueba con la reina, en la zona noble, una mujer me miró y me abordó como si me conociera.
Me llamó Isabel. Y supe que había llegado el momento de saber.
Todo el mundo dice que soy el vivo retrato de mi madre…
—Lo eres —dijo María del Carmen, con voz ahogada—. No me he dado cuenta hasta esta mañana, al verte con Josefa. Al fin y al cabo, solo coincidí con tu madre unas pocas veces, pero ahora ya no puedo dejar de apreciarlo.
Almudena sintió que sus ojos se nublaban.
—¿Conociste a mi madre?
La mujer asintió.
—Era más joven que tú cuando nos pidió ayuda. Su padre iba a casarla con un noble con fama de cruel que ya había perdido una esposa. No solo quería evitar ese matrimonio, además había conocido a tu padre y se habían enamorado. Así que la ayudamos a escapar… Porque eso es lo que hacemos.
—¿Ayudar a mujeres nobles a escapar?
—Proteger a jóvenes indefensas cuyas familias no miran por ellas.
—Las defendéis de matrimonios no deseados.
María del Carmen suspiró como si cargara el peso del mundo sobre sus hombros.
—La vida no es fácil para las mujeres. No lo es para nosotras, que nos deslomamos trabajando de sol a sol por una miseria, pariendo y criando a los hijos que Dios nos mande, atendiendo a nuestros esposos y cuidando de nuestros hogares.
No lo es cuando no nos dan el respeto que merecemos o no nos dejan heredar los negocios de nuestros maridos al enviudar, o nos maltratan o nos tienen por seres débiles sin un ápice de inteligencia.
Almudena la miraba inmóvil, absorta en sus palabras.
—Pero tampoco lo es para las jóvenes de la aristocracia —continuó la zurcidora—.
Sus jaulas son más grandes que las nuestras, y más lujosas, pero no por eso son libres.
Sus padres las utilizan como moneda de cambio, las venden para conseguir favores, las intercambian por viejas deudas, las usan para unir patrimonios y títulos.
Muchas aceptan entrar en ese juego para medrar y acumular influencia y poder.
Otras son víctimas que jamás sabrán lo que es ser amadas y se limitan a cumplir el papel para el que fueron criadas.
Pero las hay que no están dispuestas a aceptar el destino que les quieren imponer.
La costurera se irguió y sus ojos brillaron a la luz de las velas.
—Y esas son las que os piden ayuda.
María del Carmen asintió.
—Somos pocas y trabajamos en el anonimato, porque si llegaran a saber quiénes somos las represalias serían terribles.
Almudena se frotó la frente con la mano, confusa. Intentó poner orden en sus pensamientos, pero no era tan fácil. Tenía mil preguntas y poco tiempo.
—¿Y cómo se ponen en contacto con vosotras?
—Las zurcidoras que trabajamos en la corte lo sabemos casi todo —dijo bajando la voz—.
Las criadas vienen a hacernos encargos y hablan.
Y algunas de las nuestras son muy cercanas a esos círculos.
Cuando creen que alguna de esas muchachas necesita nuestra ayuda, dejan caer en el oído adecuado las palabras correctas…
y ya depende de lo que la joven decida que quiere en la vida.
—¿Y los símbolos?
—Son la manera más fácil de comunicarse con esas chicas que nunca están a solas y no disponen de privacidad. Al fin y al cabo, todas las doncellas saben bordar.
Entonces Almudena hizo la pregunta que la carcomía desde que había entrado allí.
—¿Mi madre era una de las vuestras?
María del Carmen se inclinó hacia delante y la miró a los ojos.
—Lo era. Tu madre pertenecía al círculo. Cuando la sacamos a ella, quiso ayudar a otras, y la tienda servía como punto franco de intercambio de mensajes.
Almudena sintió un orgullo inmenso que le inflamó el pecho.
—¿Quién iba a sospechar de que entraran y salieran telas en la tienda?
—Exacto. Llevamos con esto muchos años, Almudena, y si hemos sobrevivido hasta ahora es porque somos muy cuidadosas a la hora de desvelar lo que hacemos. Necesito que me prometas que nada de lo que te he contado aquí saldrá jamás de tu boca.
La joven se puso la mano sobre el corazón.
—Lo prometo —dijo.
—Bien, pues ya tienes las respuestas que venías a buscar —dijo María del Carmen al tiempo que se levantaba.
Las mujeres que se habían retirado a las sombras se acercaron de nuevo. Almudena entendió que la reunión había terminado. Se levantó también. La zurcidora la acompañó a la puerta, pero, antes de que la abriera, Almudena se giró hacia ella.
—Quiero participar.
María del Carmen asintió como si no le sorprendiera. Esbozó una sonrisa.
—Eres igual que ella, es cierto. Pero no es tan sencillo. Cuanta más gente, más riesgos. —Suspiró—. Hablaré con mis hermanas. Si decidimos que es prudente abrir el círculo para ti, te lo haré saber. Hasta entonces, demuestra que sabes lo que es la paciencia y el disimulo.
—Gracias —dijo Almudena, casi sin voz—. Gracias —repitió, y notó que las lágrimas se acumulaban en sus ojos y pugnaban por salir.
La zurcidora le puso una mano, grande y cálida, en la espalda, como si quisiera darle consuelo.
—Vuelve a casa. No hables de esto con nadie y actúa como si nada hubiera pasado. Sigue con tu vida y espera mi señal, si es que llega. Adiós, Almudena.