La costurera de la reina Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Unas voces pasaron bajo su ventana. Risas breves y el ruido lejano de un carro sobre el empedrado.

Más allá, alguien llamó a otra persona por su nombre.

En cuanto se oyó el traqueteo de otro carro, Almudena apoyó la mano en la madera y abrió lo justo para pasar.

La puerta protestó con un crujido leve que quedó ahogado por los pasos que cruzaban la calle en ese mismo instante.

Salió de lado y entornó la puerta con la misma lentitud con la que había abierto, pero antes colocó un trozo de tela en la cerradura para que el pestillo no llegara a encajar.

Así, parecería cerrada para cualquiera, pero ella podría volver a entrar sin hacer ruido.

Dejó la palma apoyada un segundo más de lo necesario, como si aquel contacto le diera seguridad.

Luego bajó las escaleras, cruzó el patio, iluminado por el farol que se mantenía encendido las primeras horas de la noche, y salió al exterior con el corazón galopando en su pecho.

Era la primera vez en su vida que engañaba a su padre.

En la calle aún se respiraba el calor del día. Algunos faroles empezaban a encenderse, y las sombras se alargaban sin llegar a confundirse del todo. Todavía había movimiento: gente que volvía a casa, puertas que se cerraban, pasos que se alejaban.

Almudena se cubrió el rostro con el manto, dejando apenas un ojo a la vista.

No miró atrás, pero tampoco apresuró el paso más de lo razonable.

Caminar demasiado deprisa habría sido delatarse, demostrar que iba a algún lugar indebido.

Ya llamaba bastante la atención que fuese cubierta con el manto: eso indicaba con claridad que no quería ser reconocida, y nadie con un destino legítimo evitaba que se le viera la cara.

Las pocas personas con las que se cruzaba la miraban de reojo, tal vez preguntándose si acudía a una cita clandestina o algo peor.

No le gustaba la sensación, pero, en aquel momento, le preocupaba más coincidir con alguien conocido.

Con un nudo en la garganta, giró en la esquina y localizó la puerta a la que debía llamar.

Frenó y miró a su alrededor. «Asegúrate de que nadie te siga», le habían dicho.

Al final de esa calle, un hombre solitario cambió de acera y se perdió tras la puerta de una taberna.

De la calle que acababa de dejar atrás le llegaron los pasos apresurados y las risas de tres jóvenes que regresaban a sus casas.

No había nadie más. Solo un enorme gato pardo que se lamía una pata sentado en un portal y que miraba a Almudena con sus ojos amarillos, como si también él sospechase de sus intenciones.

Cogió aire, lo soltó despacio y caminó hasta la puerta. Golpeó tres veces con el puño y esperó.

—¿Quién va?

Almudena susurró la palabra que le había indicado María del Carmen y la puerta se abrió.

Una mujer con el rostro cubierto le hizo un gesto con la mano para que pasara.

Ella lo pensó un momento, con el pie levantado, antes de cruzar el umbral.

Pero luego la determinación se instaló en su rostro, irguió los hombros, dio el paso y entró. La puerta se cerró tras ella.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, pues en la estancia solo había un par de velas en las esquinas de una mesa que estaba en el centro, vio a María del Carmen de pie, esperándola. A su espalda, cuatro figuras encapuchadas.

—Hola, Almudena.

La joven se acercó hasta quedar frente a ella. Las figuras se movieron un poco, como si se reubicasen para poder responder a una amenaza con rapidez. Miró a la jefa de las zurcidoras muy seria.

—¿Vas a responder a mis preguntas?

La mujer examinó su rostro con tanta concentración que Almudena pensó que podía leer hasta sus recuerdos más lejanos. Entonces esbozó una media sonrisa e hizo un gesto con la cabeza.

—Lo haré. Ven, sentémonos. —Luego se dirigió a las figuras encapuchadas—. Podéis estar tranquilas, hermanas.

Aquellas mujeres, que en ningún momento habían mostrado su rostro, se miraron una a otras como si dudaran, pero al final se retiraron a una esquina. A la vista, pero dándoles cierta intimidad.

—Antes de nada —dijo María del Carmen—, me gustaría saber cómo has llegado hasta nosotras. Corremos un gran riesgo al haberte permitido entrar aquí, sabes quién soy y podría acabar muerta si hablas de esto con quien no debes. Necesito conocer tus motivaciones, ¿lo entiendes?

Almudena asintió. Tuvo la sensación de que estaba a punto de rasgar el velo y asomarse a una realidad muy diferente. Una que podía acercarla más a su madre. Tragó saliva para disipar el nudo que se había instalado en su garganta.

—Lo entiendo —dijo. Luego tomó aire y siguió hablando—.

Siempre creí que mi madre se llamaba María, que era costurera y bordadora, y esposa de un mercader de telas, mi padre.

Pero la noche antes de entrar como aprendiza en el taller de mi maestra, doña Eulalia, mi padre me dio la caja de útiles de mi madre y allí, entre dedales y tijeras, en un falso fondo, encontré una carta dirigida a una tal Isabel y una libreta con unos símbolos dibujados, unos símbolos que, recordé, había visto antes en pañuelos y medias que le llevaban a la tienda o que ella entregaba a algunas clientas concretas.

María del Carmen la miró en silencio, instándola a continuar. Sin embargo, Almudena percibió que un brillo de emoción había acudido a sus ojos.