La costurera de la reina Capítulo 28
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Capítulo 28

El día avanzó con una lentitud desesperante, como un caballo que se abre paso a duras penas por un camino enfangado. Almudena alzaba la vista una y otra vez hacia el reloj, convencida de que se había estropeado: el tiempo parecía ajeno a su impaciencia.

Tenía demasiadas cosas aguardando al final de la jornada.

Demasiadas para una sola tarde. La conversación pendiente con la jefa de las zurcidoras, ese hilo del que por fin había conseguido tirar, y tal vez las respuestas que llevaba tanto tiempo persiguiendo.

Y, por si no bastara con eso, la promesa de un paseo con Juan que le latía en el pecho con una expectación casi infantil.

Se sorprendió al advertir cuánto lo deseaba.

Apoyó un instante las manos sobre la mesa de trabajo y respiró hondo. No era propio de ella sentir tanta agitación, siempre había sabido controlarse. Pero ahora la emoción ganaba a la prudencia.

Se reprendió en silencio. Tenía veinte años y era costurera de la reina. Había llegado hasta allí por méritos propios, sin atajos ni favores. Todo lo que estaba ocurriendo: el ascenso, las respuestas, incluso el interés de Juan, no era fruto del azar. Se lo había ganado.

«Solo vas a ir a escuchar, a entender quién era tu madre y en qué estaba metida. Por qué huyó, quién la ayudó. De qué va esto. Luego te irás a tu casa y seguirás con tu vida», se dijo para tranquilizarse. Pero en algún sitio de su interior, en algún recoveco, sabía que no iba a ser tan fácil.

El resto del día se comportó como una autómata.

Revisó el vestuario de Su Majestad junto a don Carlos, dio las indicaciones necesarias y escuchó sin enterarse demasiado.

Su mente regresaba una y otra vez al mismo punto, incapaz de centrarse.

Notaba los dedos torpes, rígidos, y la respiración superficial y acelerada.

Cuando por fin terminó la jornada, sintió un alivio físico, casi doloroso.

Dejó la labor en orden, se arregló con rapidez y abandonó el guardarropa.

Al cruzar la puerta exterior del palacio Juan la esperaba apoyado en un muro. Cuando la vio se incorporó y se acercó despacio, como si no quisiera llamar la atención. Ella sonrió, pero Juan no le correspondió, como de costumbre.

—Creo que nadie me ha visto salir —dijo él con un tono que pretendía ser natural, aunque no lo consiguió del todo—. Puedes estar tranquila.

Almudena ladeó un poco la cabeza al mirarlo.

—¿Crees que te he pedido discreción porque no quiero que me vean contigo?

Juan no respondió de inmediato, y ese silencio fue suficiente. Ella suspiró con suavidad y comenzó a caminar, obligándolo a acompañarla.

—No es por ti —aclaró mientras cruzaban la calle frente al palacio—. Es que Beatriz y Ramón aún no se han casado y…

Se interrumpió para buscar las palabras adecuadas. No le gustaba hablar mal de nadie, y menos aún justificar algo que, en el fondo, le resultaba desagradable.

Juan frunció el ceño, desconcertado.

—¿Y eso qué tiene que ver con nosotros? Dijiste que no sentías nada por él.

—No es eso —respondió ella—. Beatriz me odia. Ya te dije que se había acercado a Ramón para hacerme daño, y me preocupa que, si nos ve juntos…

Juan abrió los ojos al comprenderlo.

—Temes que anule el compromiso y comience a coquetear conmigo.

Almudena asintió sin añadir nada más.

—Eso es… —Juan negó con la cabeza, indignado—. Eso sería muy retorcido.

Ella esbozó una sonrisa breve, sin alegría.

—Eso no suele frenar a quien se siente herido.

—De todas maneras —se justificó él—, conmigo no conseguiría nada. Sé muy bien lo que quiero.

Sus palabras tranquilizaron a Almudena, pero no del todo. Juan no sabía lo seductora que podía llegar a resultar Beatriz.

Siguieron caminando, ya inmersos en el ruido de la ciudad. Almudena notó cómo el nudo que había tenido todo el día en el estómago se aflojaba un poco. No sabía qué ocurriría después, ni con Juan ni con lo que estaba a punto de descubrir esa noche. Pero sentía que avanzaba, y la sensación le gustó.

Al principio iban en silencio, cada uno inmerso en sus propios pensamientos. Pero Almudena se dio cuenta de que era un silencio cómodo, como si llevaran años compartiéndolo. Entonces Juan habló:

—¿Debería avisarle?

Ella giró la cabeza con sorpresa.

—¿A Ramón? Es un hombre adulto, Juan. Ha tomado una decisión, y supongo que Beatriz también habrá valorado otras cosas en él.

—A su mente vino el carruaje que la había recogido tiempo atrás en la Puerta del Sol, o la mirada que había compartido con el marqués de Valdearenas en la verbena—.

Quién sabe. No deberíamos entrometernos.

Juan emitió un pequeño sonido con la garganta, una especie de quejido, pero luego asintió.

—Tienes razón, dejémoslo así. Parece muy enamorado, y ya se sabe que los enamorados no suelen agradecer los consejos no solicitados.

Tomaron una calle más estrecha, donde el ruido se diluía y el aire parecía menos cargado.

El sol aún se colaba entre los tejados, tiñendo las fachadas de un tono dorado que duraría poco.

Esquivaron a una cuadrilla de niños que pasaron riendo y chillando, y con ellos y su barullo se desvaneció la seriedad del momento.

Juan sonrió, casi como si él también fuera un chiquillo.

—Espera aquí.

—¿Sola? —dijo ella—. No tardes, a ver si la gente va a pensar que soy una fresca.

Juan rio con una risa clara y limpia que ella nunca le había oído, y notó un pellizco en el pecho cuando se dio cuenta de que podría estar oyendo ese sonido toda su vida. Se quedó allí, pero no por mucho tiempo. Juan volvió enseguida con un cucurucho de papel repleto de rosquillas.

Se sentaron en el borde de una fuente y disfrutaron de lo que quedaba de tarde.

Vieron a los niños jugar al aro, a los trileros intentar captar a los pardillos y a los hombres y las mujeres del barrio volver a sus casas tras el trabajo o dar un paseo al aire libre.

Hablaron de todo y de nada, y Juan la hizo reír a menudo.

Incluso llegó a olvidarse un par de veces de la reunión a la que tenía que acudir más tarde.

En aquel momento Almudena se sintió feliz de estar allí.

—Hoy ha sido un día extraño —dijo.

—Ya —dijo Juan, que tragó el último bocado y frotó las palmas de las manos, la una contra la otra—. Te he notado un poco distraída esta tarde.

Ella asintió. Sabía que no podía contarle nada de lo que había descubierto ni de lo que estaba por descubrir, pero le gustaba hablar con él.

—Tal vez. Hoy me he dado cuenta de algunas cosas, pero me lo he pasado muy bien contigo.

El último rayo de sol se escurrió por una esquina y la plazuela quedó sumida en un ambiente un poco apagado. Todavía era de día, pero ya se barruntaba la noche. Almudena se levantó.

—Me gustaría quedarme más rato, pero debo regresar ya a casa. No quiero que mi padre se preocupe.

Juan dio un salto y se puso en pie.

—¡En marcha entonces! No quiero empezar con mal pie con tu señor padre.

Almudena reprimió una sonrisa. Con esa frase, Juan acababa de dejar claro que esperaba algo más que un paseo. Él también se dio cuenta y trató de arreglarlo.

—Quiero decir, no me interpretes mal… No quiero apremiarte, ni pedirte nada que no estés dispuesta a dar.

—Lo sé —dijo ella. Y tras un breve silencio, añadió—: Aunque tal vez yo esté lista para que apremies un poquito.

La sonrisa de Juan lo dijo todo. No podían tocarse, pero tampoco hizo falta. Se acercó a ella un poco más de lo permitido, solo un poco, y el vello del brazo de Almudena se erizó como si algo invisible le hubiera recorrido la piel.

Cuando llegaron a casa de Almudena, la tienda ya estaba cerrada. Se quedaron en silencio, uno frente al otro. Juan, de pronto, parecía un poco tímido.

—¿Te gustaría que repitiéramos mañana?

Ella asintió.

—Mañana —dijo, y se metió en el portal.

—Llegas muy tarde, hija.

Domingo estaba sentado al lado de la ventana y escribía algo con su pluma en un papel. Ella pensó en mentirle, en decirle que había tenido mucho trabajo, pero no quería engañarlo. Al menos, no con eso.

—Uno de los guardias de palacio me ha acompañado a casa.

Domingo levantó la vista y se fijó en Almudena, en el brillo de sus ojos, en la sonrisa que no podía disimular.

—Ya veo —dijo, y volvió a lo suyo.

Ya quedaba muy poco para el toque de ánimas y Almudena se excusó diciendo que estaba cansada, le dio un beso a su padre en la mejilla y se retiró a su alcoba, aunque dejó la puerta entornada.

No se quitó la basquiña, y cambió su manto fino, veraniego, por otro más grueso con el que ocultar su rostro y pasar desapercibida.

Se quedó quieta, esperando. Su padre se levantó poco después y fue a acostarse.

Lo oyó moverse por la habitación y cerrar el cajón de la cómoda; escuchó la leve tos que lo acompañaba siempre antes de dormir y, por fin, el suave crujido del colchón al notar el peso de su cuerpo.

Después, silencio.

Las campanas del Carmen dieron el toque de ánimas cuando el cielo ya perdía el último resto de color.

Las de la iglesia de San Luis Obispo compitieron con ellas enseguida.

El sonido se coló por la ventana abierta y se quedó suspendido en la casa.

Almudena no se movió hasta que el último tañido se apagó del todo.

Esperó.

Desde el cuarto de su padre no llegaba ningún ruido. Domingo ya habría cogido el sueño: siempre dormía como un tronco, algo que, en esos momentos, agradecía con toda su alma. La casa había entrado en el silencio de la noche recogida, cuando el día había tocado a su fin.

Entonces se levantó.

Se calzó con cuidado, intentando no hacer ningún ruido al apoyar el pie en el suelo.

Después se echó el manto sobre los hombros y se pasó la mano por el cabello con un gesto rápido, casi inconsciente.

Salió de su cuarto de puntillas. Se quedó quieta en mitad de la sala, escuchando.

El eco de la respiración profunda y acompasada de Domingo, que se filtraba por la puerta entreabierta, la tranquilizó.

Se acercó a la puerta de la casa, pero no la abrió todavía.