La costurera de la reina Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

El guardarropa estaba muy tranquilo a esas horas.

Acostumbrada a la actividad desbordante, le sorprendió.

Ya había amanecido, pero la luz que entraba por las ventanas todavía era escasa.

La sala principal, sin sastres, modistas, mozos ni ayudantes parecía más grande, y Almudena paseó la vista por las paredes cubiertas de armarios y estantes.

La paz que se respiraba allí le proporcionó la calma que necesitaba para enfrentarse a lo que tenía que hacer.

Las risitas en el cuarto de las zurcidoras atrajeron su atención.

Encaminó sus pasos en esa dirección y se asomó a la puerta.

Allí estaba Josefa, preparando el trabajo del día, y otras dos chicas cuyos nombres no recordaba porque apenas las había tratado.

Las tres la miraron con sorpresa y dejaron de reír.

—¡Almudena! Buenos días nos dé Dios. ¿No es muy pronto para ti?

La joven ni siquiera saludó:

—Me gustaría hablar contigo en la sala, Josefa. ¿Me acompañas, por favor?

La zurcidora apretó los labios. Sin duda sabía de qué quería hablar Almudena, pero no podía levantar sospechas entre sus compañeras, así que asintió, dejó la labor en la silla y salió detrás de ella.

Almudena se dirigió al rincón de la sala principal que estaba junto a los ventanales. Quería apreciar bien el rostro de la mujer cuando contestara a sus preguntas, y aquel era el mejor lugar. Ambas se miraron en silencio, hasta que Josefa lo rompió con una voz alegre que desmentía su rostro grave.

—Pues tú dirás. ¿De qué querías hablar?

—Sabes de qué quiero hablar, Josefa. Creo que es el momento de que me cuentes qué está pasando aquí.

Josefa hizo un gesto de exasperación, como si no pudiera creerse que no hubiera olvidado ya ese tema.

—¿A qué te refieres? Mira, me caes bien, pero tengo mucho trabajo y no puedo permitirme…

—Es suficiente, Josefa —le dijo sin levantar la voz—. Sé que hay algo oculto detrás de esos símbolos. Los he visto varias veces, y también sé que mi madre tenía algo que ver con ellos. Solo quiero entender.

Josefa abrió la boca, sin duda para inventar una excusa, pero vio en el rostro de la costurera que eso no la iba a frenar. Miró a todos lados buscando una escapatoria.

—Almudena, yo… No es que quiera mentirte, es que… No sé…

Entonces se oyeron voces en la puerta y entró María del Carmen. Al verlas allí se quedó parada. Entrecerró los ojos. Después pareció atar cabos y se acercó con la cara inexpresiva como una piedra.

—¿Qué hacéis aquí?

La mirada de Josefa era una clara petición de ayuda y María del Carmen suspiró.

—Vete dentro, Josefa. Ya me quedo yo.

La zurcidora volvió a su puesto casi corriendo.

María del Carmen miró a Almudena: aquella joven era tenaz, desde luego, demasiado para su propio bien.

Llevaba treinta años trabajando en palacio y sabía leer a las personas mejor que la mayoría.

Y su instinto le decía que esa chica tenía algo especial.

No se iba a conformar con cualquier historieta inventada para quitársela de encima.

Se repeinó el pulcro moño oscuro y la miró con sus ojos del color del musgo.

—Muy bien. ¿Qué quieres saber?

Si Almudena se quedó sorprendida de que fuera tan fácil, no lo demostró.

Tampoco se extrañó de que la jefa de las zurcidoras pareciera saber de qué estaban hablando.

Con la mirada que le echó Josefa pidiendo ayuda, quedó claro que ambas estaban metidas en aquello.

Así que aprovechó la ocasión y lanzó su pregunta:

—Los símbolos. Aquellos que vi en el pañuelo de la joven dama hace un tiempo, seguro que Josefa se lo ha contado. Los he visto otras veces, y quiero saber qué significan.

La cara de María del Carmen no mostró ninguna expresión.

—¿Dónde los has visto antes?

—Los vi en otro pañuelo que una joven dejó caer en la calle hace ya un par de años, se los vi a la joven dama… y también los tenía mi madre, dibujados en una libreta que encontré tras su muerte.

María del Carmen asintió sin cambiar el gesto.

—¿Quién era tu madre?

—Se llamaba María. —Temía revelar el secreto de su madre, pero sabía que solo conseguiría sinceridad si era sinceridad lo que ofrecía—. No, mi madre se llamaba Isabel.

Ahí sí, algo cambió en el gesto de la jefa de las zurcidoras.

—¿Isabel? ¿Qué más?

—No lo sé. —Almudena sacudió la cabeza—. Acabo de enterarme de su verdadero nombre. Solo sé que vivió en la corte de joven… antes de escapar.

María del Carmen abrió los ojos con sorpresa y dejó de disimular. Se acercó mucho a Almudena y observó su cara con atención.

—¡Pues claro! ¿Cómo no me di cuenta?

Almudena se irguió.

—¿Me va a decir lo que quiero saber?

La jefa de zurcidoras dio un paso atrás y la máscara indescifrable cubrió de nuevo su rostro.

—Aquí no, es peligroso. Acude esta noche a —se acercó a su oído y susurró una dirección, no demasiado lejos de su casa—. Después del toque de ánimas, cuando ya sea noche cerrada. No llegues muy tarde, ven sola y, sobre todo —bajó aún más la voz—, asegúrate de que nadie te sigue.

Almudena sintió frío, a pesar del calor que ya comenzaba a saturar la estancia. Se dio cuenta de que estaba a punto de meterse en algo peligroso. En algo que, sin duda, sería mejor no conocer. Sin embargo, no podía echarse atrás. Ya no.

Por fin asintió, y María del Carmen le contestó con una inclinación de cabeza antes de girarse y volver a su sala.

Almudena se quedó allí, quieta, con la vista fija en el patio desierto, preguntándose si había hecho lo correcto. Luego suspiró, echó los hombros atrás y levantó la barbilla. Había hecho lo que tenía que hacer. Ya valoraría las consecuencias más tarde.

Se encaminó hacia la sala de costura con la respiración agitada, la mente dando vueltas y el alma esperanzada.