Capítulo 27
La trastienda estaba como siempre, aunque hacía semanas que Almudena no entraba allí. Cuando soltó aquella frase, su padre no dijo nada: leyó en su rostro la determinación y supo de qué quería hablar, y también que esa vez no le valdrían las excusas.
Le hizo un gesto con la cabeza y pasaron a ese pequeño espacio tan familiar para ella, anclado a los recuerdos de su niñez.
Domingo abrió la puerta que comunicaba con el patio interior: era media tarde, el calor apretaba y no había nadie todavía, pero la luz era un bálsamo para ambos, así que la dejaron abierta.
El hombre se sentó y señaló la silla frente a él para que Almudena también tomara asiento.
—Dime, hija —dijo tras un prolongado silencio—. ¿Qué quieres saber?
—¿Quién es Isabel? —preguntó Almudena.
Su padre la miró como si buscara la confirmación de que estaba preparada para la respuesta.
Indagó en sus ojos de forma tan profunda que se inclinó hacia delante, acortando la distancia que lo separaba de su hija.
Después se echó para atrás y apretó los párpados como si necesitara tranquilizarse, o como si lo que estaba a punto de confesar le doliera. Luego suspiró y, por fin, habló:
—Isabel era el nombre de tu madre.
Almudena se quedó rígida. De alguna manera, aquello no la sorprendía, pero tampoco le encontraba mucho sentido.
—Madre se llamaba María. ¿Es que acaso su nombre completo era María Isabel? ¿Qué tiene eso de extraño? No lo comprendo.
Su padre volvió a suspirar y sus ojos se llenaron de tristeza.
—No se llamaba María. Su nombre de nacimiento era Isabel. Se lo cambió por seguridad, para que nadie la reconociera cuando… cuando huyó.
El estómago de Almudena se encogió y la vista se le nubló.
—¿Cuando huyó? ¿De dónde? ¿De quién? ¿Por qué?
Su padre bajó la voz, a pesar de que el patio interior estaba desierto:
—Almudena, tu madre… tu madre era una noble.
No estaba preparada para esa confesión y no supo cómo reaccionar. Se quedó petrificada. No dijo nada, no sintió nada. Se limitó a mirar a su padre sin pestañear con sus enormes ojos color miel fijos en los de él.
—¿Que era qué? —preguntó al final.
—Tu madre era hija de un marqués. Con quince años decidieron casarla con un viejo conde al que su padre debía un favor.
Cuando vino con su dueña a la tienda para ver telas para su ajuar nos conocimos y nos enamoramos, aunque solo coincidimos unas pocas veces, y nunca a solas.
Pero lo que sentía por tu madre era profundo y muy fuerte, y lo que ella sentía por mí era igual de intenso.
Así que contactó con alguien dentro de palacio que la ayudó a huir.
Como su padre la vigilaba estrechamente acabaron por fingir su muerte.
Sé que no fue fácil, pero al final lo consiguieron y pudo salir de allí.
Ella se cambió el nombre y nos casamos. Te tuvimos a ti y fuimos felices unos años. El final ya lo conoces.
Almudena se quedó en silencio un rato largo, digiriendo lo que acababa de descubrir.
Después de tanto tiempo queriendo saber quién era Isabel, de perseguir la verdad, ahora resultaba que tenía sangre noble y que su madre no era quien había dicho ser durante gran parte de su vida.
Sus ojos se dirigieron al fondo de la trastienda y creyó ver, por un momento, una escena cotidiana de su niñez.
Su madre trasteaba entre los cajones de las estanterías buscando quién sabía qué.
«Madre, padre dice que salga a atender, que hay mucha gente».
Una versión más infantil e inocente de Almudena apareció en su campo de visión.
Su madre se giró y le revolvió el cabello en lo alto de la cabeza.
«Tu padre se agobia enseguida. Dile que ya voy».
La pequeña corrió de vuelta a la tienda, pero antes vio cómo su madre sacaba un pañuelo bordado con símbolos extraños, lo miraba con expresión indescifrable y se lo guardaba en la faltriquera antes de salir a la tienda.
«Hija». «Hija».
—¡Hija! ¿te encuentras bien?
Almudena parpadeó y volvió al presente. Miró a su padre, extrañada de su propia calma.
—Entonces ¿madre era una dama noble que huyó de un matrimonio no deseado y vivió el resto de su vida como la mujer de un tendero?
Domingo sonrió con nostalgia y sus ojos se humedecieron.
—Ya, hija, a veces yo también me pregunto qué vio en mí. Si tan malo era su destino como para rechazar una vida de comodidades. Pero supongo que las comodidades no valen de nada cuando vives en una jaula. Bonita pero cerrada.
—Y alguien la ayudó a escapar…
Su padre asintió, sin añadir nada más.
Almudena se removió en la silla: a pesar del calor que entraba por la puerta del patio, se había quedado helada.
—¿Y nunca tuvo miedo de que la reconocieran?
Domingo suspiró.
—Tampoco es que los caminos del pueblo llano y los de la corte se crucen a menudo, hija mía. Y, aunque así fuera, te sorprendería lo poco que nos ven cuando no estamos a su nivel. Tu madre podría haberse cruzado con su padre al poco de escapar y él ni siquiera le habría dirigido una mirada.
Almudena se levantó y se asomó a la puerta.
El patio, aunque en sombra, dejaba pasar un rayo de sol en el umbral y buscó su calor.
Necesitaba pensar, asimilar todo aquello, pero sabía que le llevaría tiempo.
El silencio del patio se rompió cuando los hijos de Vicenta salieron a la carrera de su casa y bajaron las escaleras saltando los escalones de dos en dos.
Su madre salió tras ellos y bajó con una cesta de ropa sucia.
Saludó a Almudena con un gesto que ella le devolvió, y luego la joven volvió a entrar en la trastienda y cerró la puerta.
Su padre no se había movido de donde estaba.
—Perdóname, hija mía —dijo con ojos tristes—. Nunca quise mentirte, pero era un secreto peligroso. Solo quería protegerte. Protegernos. Si se hubiera sabido la verdad…
Almudena hizo un gesto para detener a su padre y agarró una de sus nudosas manos, cubiertas de venas, pero suaves y blancas.
—Lo entiendo y le perdono, padre. Me habría gustado que hubiera confiado en mí antes, pero lo entiendo. Aunque hay algo más que necesito saber.
Su padre retiró la mano despacio.
—Los símbolos.
Almudena asintió.
—Necesito entender qué significan y por qué madre los llevaba encima.
—Tu madre nunca me lo contó todo —dijo, y se encogió de hombros—. Según ella, para protegerme.
—Pero la vio igual que yo con esa libreta. Y usted estaba en la tienda cuando venían a buscar sus piezas o a entregarle otras.
—Así es, pero ella no quiso desvelarme el misterio y yo no quise obligarla.
Solo sé que de vez en cuando, no muy a menudo, alguien le traía un pañuelo bordado y ella, a los pocos días, devolvía otro.
No me gustaba que se implicara en asuntos turbios, eso siempre es peligroso, pero me prometió que no pasaría nada, y lo cierto es que nunca sucedió, así que cumplió su palabra.
—Entonces ¿no sabe nada de eso? —Almudena suspiró, frustrada.
Domingo negó con la cabeza.
—No, y no será porque no se lo preguntase. Pero siempre se obstinó en el silencio. De todos modos, aunque las conversaciones con las mujeres con las que hacía el intercambio eran de lo más triviales, sí creí entender que en su mayoría venían de palacio.
Entonces Almudena supo lo que tenía que hacer.
A la mañana siguiente llegó más temprano de lo habitual.
La dejaron pasar sin preguntas. Al fin y al cabo, casi todos los guardias la conocían y sabían a dónde iba, aunque no fuese su hora.
Ese día, Juan estaba en la puerta del guardarropa.
Desde su pequeña conversación, aparecía por allí muy a menudo, y Almudena todas las mañanas intentaba anticipar con un pequeño nudo en el estómago si estaría o no.
Pero ese día, en concreto, no lo esperaba.
—¡Almudena! ¿Qué haces aquí tan temprano?
La joven les sonrió, a él y a su joven compañero, aunque hubiera preferido que fuera otro quien custodiara la entrada. No quería mentirle, pero tenía que disimular.
—Como ayer me tuve que ir tan pronto, hoy quería adelantar algunas cosas. ¿Ha llegado ya don Carlos?
Juan negó con la cabeza.
—Todavía no. Las que sí han llegado son las zurcidoras, como de costumbre.
La joven asintió. Contaba con ello. De hecho, era el motivo por el que estaba allí a esas horas.
Juan le abrió la puerta y no se apartó cuando ella entró.
Almudena le rozó al pasar y se puso colorada.
Un calor difuso se instaló en sus músculos y le costó dar el siguiente paso, que la alejaría de él.
—Me gustaría preguntarte algo, Almudena —dijo Juan en voz baja.
La calidez de su aliento le provocó un escalofrío. La joven se quedó quieta.
—Dime —contestó esforzándose para que la voz le saliera firme.
Él volvió a acercarse a su oreja, como si no quisiera que su compañero le oyera.
—A la tarde tengo turno de ronda, pero acabaré un poco antes que tú. ¿Te apetece que demos un paseo cuando termines?
Ahí estaba. Después de tanto tiempo, por fin se lanzaba. Saber que ella no había sentido nada por Ramón sin duda le había dado un empujoncito. Pero, aun así, Almudena quería ser precavida.
—Sí, me apetece —dijo, también en voz baja. Y añadió—: Pero no se lo cuentes a nadie, por favor.
Juan frunció el ceño como si no entendiera esa condición, pero asintió.
Cuando Almudena ya se alejaba de la puerta, oyó la risa del otro guardia a sus espaldas:
—¿Cortejando costureras en tus horas de trabajo, Juan?
La voz del joven salió seca y cortante.
—En absoluto.
—Hay que ver, cómo te pones —oyó que murmuraba el otro.
A la tarde hablaría con él, pero ahora… ahora tenía pendiente una conversación más importante.