Capítulo 26
Avanzado el mes de julio, apenas dos días después de terminar y entregar el vestido camisa de la reina, la camarera mayor la mandó llamar al vestidor de Su Majestad para la prueba final.
Juan, que tras su conversación había vuelto a aparecer con regularidad en la puerta del guardarropa y alegraba sus días con su sonrisa y su buen carácter, le deseó suerte.
Almudena, precedida por la moza de cámara que había ido a buscarla, caminó por los pasillos de servicio en silencio, concentrada en sus pensamientos. No era la primera vez que vería a la reina, pero sí la primera en que sería la cara visible del guardarropa.
La decoración de la zona cercana a las habitaciones de Su Majestad, como siempre, la impresionó: caminar por aquellas alfombras tan gruesas era muy agradable y tenía que hacer verdaderos esfuerzos para no detenerse delante de las obras de arte que adornaban las paredes.
En los corredores mixtos no había más remedio que compartir las zonas de paso nobles, puesto que era el único acceso a las estancias de la reina.
Unos alabarderos les franquearon el paso.
Cruzó por delante de aposentos donde residían algunas damas y aristócratas próximas a la reina, más cerca físicamente de Su Majestad cuanto más arriba en la escala jerárquica.
Junto a una de aquellas puertas se topó con Ramón.
Estaba solo: tal vez tenía instrucciones de llevar algún recado, o venía de una ronda.
Él se puso rojo al verla, pero ella se detuvo y lo saludó con naturalidad:
—Me alegro de verte, Ramón. Quería darte la enhorabuena por tu boda.
Él parecía incómodo, pero luego inclinó la cabeza en un asentimiento mudo.
—Te lo agradezco, Almudena. Eres muy generosa.
—Dime, ¿cuándo os casáis?
—Las amonestaciones ya se han publicado, así que la semana que viene, si Dios quiere.
Almudena sonrió con dulzura.
—Espero que seas feliz.
Ramón, sin embargo, la miró con cierta pena en los ojos.
—Gracias, yo te deseo lo mismo.
La moza de cámara lanzó una mirada impaciente a Almudena y reanudaron su camino.
Giraron en una esquina para acceder al vestidor de la reina por una puerta lateral: una costurera no soñaría con atravesar la antecámara ni la cámara de Su Majestad.
En palacio, cada uno tenía su sitio asignado, del que no se podía salir.
Su acompañante se paró delante de los alabarderos que guardaban esa puerta y esperó a que la abriesen.
Entraron en un gabinete de paso decorado con gusto, pero nada recargado.
Era obvio que no estaba pensado para exponerse a la vista de la corte.
Continuaron hasta la siguiente puerta y la joven llamó con los nudillos.
Les abrió una dama, que aguardó a que Almudena entrase y volvió a cerrar la puerta.
La estancia rebosaba de claridad, con un sol brillante que entraba por el enorme ventanal que había al frente.
El suelo encerado devolvía la luz de las ventanas altas, y el aire estaba perfumado por los ramos de gardenias y fresias que llenaban los jarrones.
La camarera mayor ya estaba allí, de pie, con las manos cruzadas a la altura del vientre.
Dos damas conversaban en voz baja junto a una consola.
Cuando Almudena entró, el murmullo se apagó como si nunca hubiera existido.
La reina estaba de espaldas. Una dama ajustaba la espalda del vestido con cuidado, alisando la tela con las palmas abiertas.
La tela caía en capas sin transparencias, la cintura se veía ceñida en el lugar correcto, y esas mangas de las que tan orgullosa estaba Almudena descendían limpias hasta el codo.
No había exceso ni alarde, y sin embargo llamaba la atención.
—Ya puede girarse, majestad —dijo la camarera mayor.
La reina se volvió despacio. Caminó unos pasos, se detuvo, se sentó. Se levantó de nuevo.
Almudena no alzó la vista más de lo necesario. Estudiaba la leve tirantez en el talle, que a primera vista no había apreciado, el modo en que la tela cedía al sentarse, el movimiento del tejido, el largo exacto, rozando el empeine sin arrastrar.
—Me gusta —dijo la reina al fin, con voz neutra, sin énfasis—. Pero aquí… —se llevó dos dedos a la cintura—, lo quiero un poco más amplio.
La camarera mayor asintió y miró a Almudena.
—¿Hay margen?
—Sí, señora —respondió ella sin dudar—. Puedo ampliarlo un dedo sin problema.
La reina dio un paso hacia el espejo. Inclinó la cabeza, examinándose con atención.
—No es una prenda de corte, pero tampoco es indecorosa.
Las damas intercambiaron una mirada. La camarera mayor guardó silencio, sin saber si debía responder.
—Habrá quien se escandalice —continuó la reina mientras observaba los detalles del vestido—. Esta corte es tan mojigata…
—Majestad… —empezó la camarera mayor.
—Que hablen —la interrumpió la reina—. Estoy harta de esta aburrida moda española. —Se volvió hacia la marquesa de Bélgida—. Que se ajuste un poco la cintura. Nada más.
El asunto estaba zanjado. Una ayudante envolvió el vestido camisa y acompañó a Almudena de regreso al guardarropa.
Pero cuando iban por el mismo pasillo por el que habían llegado, al pasar por delante de una puerta, esta se abrió y salió una jovencita a toda carrera que se estampó contra las faldas de Almudena.
Ella bajó la vista y se echó a reír. La pequeña aristócrata no tendría más de cuatro o cinco años y la miraba con los labios apretados, como si no le correspondiera a ella pedir disculpas sino a Almudena, por haberse puesto en su camino.
Antes de que pudiera decir nada, una niñera salió apresurada y cogió a la niña.
—María de las Mercedes, ¿qué te tengo dicho? ¡No puedes correr por los pasillos! Le has dado un susto a tu abuela, por no hablar de esta pobre mujer a la que has atropellado.
—No ha sido nada —dijo Almudena.
Entonces apareció una dama de unos sesenta años, seguramente la abuela de la pequeña, de pelo blanco y porte elegante. Abrió la boca con cierta altivez, sin duda para reprocharle a la niñera que no hubiera cumplido con su deber, cuando vio a Almudena y se puso pálida.
—Lo lamento, señora marquesa —dijo la niñera—. No volveré a despistarme.
Pero aquella mujer ya no prestaba atención a su nieta ni a su acompañante. Tenía la mirada fija en Almudena y sus ojos se veían redondos y saltones de tan abiertos como estaban. Parecía una estatua, inmóvil y pálida.
Almudena hizo una pequeña reverencia y mantuvo la mirada baja.
¿Qué demonios le pasaba a esa señora? Entonces ella se acercó y, con mano temblorosa, la agarró de la barbilla y la obligó a levantar la cara.
Almudena se encontró con los ojos ámbar de aquella mujer, muy parecidos, de hecho, a los suyos.
—¿Isabel?
Almudena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Dio un paso atrás.
—¿Cómo dice, señora?
La mujer avanzó ese paso de distancia y volvió a observar su cara con atención.
—¡Isabel! No, no, no puede ser —dijo, como hablando consigo misma—. Pero mira la edad de esta joven. Sin embargo… ¡es asombroso! ¿Cómo te llamas, muchacha, y de dónde vienes?
—Me llamo Almudena, señora, y soy costurera de Su Majestad. Volvía del vestidor de la reina.
—¿Una costurera? Entonces me he equivocado, no hay duda. Lo lamento, joven.
Almudena vaciló.
—¿Puedo preguntar con quién me ha confundido su ilustrísima?
La mujer la miró como si no mereciera explicaciones.
Sin embargo, seguía blanca como una muerta, todavía escudriñaba el rostro de Almudena como si buscase la respuesta a algún misterio y, sobre todo, mantenía la barbilla de la joven sujeta.
Cuando se dio cuenta, la soltó y dio un paso atrás. Suspiró.
—Con un fantasma del pasado. No tiene importancia, continúe.
Almudena regresó al guardarropa como en una nube.
El vestido había pasado a un segundo plano, la satisfacción por el trabajo bien hecho ya estaba olvidada.
«Isabel». Otra vez ese nombre, otra vez el misterio.
No podía dejar pasar aquello. Cuando llegó a la puerta, Juan le preguntó cómo había ido, pero ella apenas lo oyó, no contestó y tampoco se fijó en la mirada preocupada del joven.
Colocó el vestido sobre la mesa de trabajo. Tenía que arreglarlo, pero, cuando intentó soltar la costura, sus dedos temblaban demasiado para usar la tijera sin arriesgar la tela. Llamó a María y le pidió que descosiera la pieza.
Ella, mientras tanto, intentó tranquilizarse.
Salió, cruzó la sala principal y se asomó al cuarto de las zurcidoras.
Allí estaba Josefa, y también María del Carmen.
Reían hablando entre ellas y con las compañeras, sin dejar de zurcir las piezas que tenían sobre las rodillas.
María del Carmen levantó la cabeza y la vio en la puerta.
—¡Almudena! Parece que has visto a un muerto, ¿te encuentras bien?
Ella negó con la cabeza y se marchó sin decir nada.
No vio la mirada que se cruzaron las dos zurcidoras.
A Josefa no se le había olvidado su insistencia en saber más sobre aquellos símbolos ni la referencia a que su madre los usaba, y se preguntó si aquello tenía algo que ver con su extraño comportamiento.
No se lo había mencionado más, pero sabía que era cuestión de tiempo que volviera a la carga.
La joven se acercó a los ventanales que daban al patio y miró al exterior. Respiró hondo para intentar calmarse.
«Isabel». Un nombre común, pero no tanto. Sabía que tenía algo que ver con ella, algo más importante de lo que en un primer momento había podido imaginar, pero esta vez llegaría al fondo del asunto. Su padre no podría escabullirse. No en esta ocasión.
—¡Almudena!
Se giró sobresaltada y vio a don Carlos detrás de ella, con expresión preocupada.
—¿Se encuentra bien? La he llamado tres veces.
Ella lo miró y entonces tomó una decisión. Parpadeó.
—Lo lamento, don Carlos. Es un tema personal. Tengo que sacar un poco la cintura del vestido de Su Majestad, pero me gustaría marcharme después. Solo por hoy. ¿Cree que podría prescindir de mí unas horas?
Don Carlos suspiró.
—Pues claro, querida. Ya es casi mediodía, termine el vestido y váyase a arreglar lo que quiera que necesite ser arreglado. Nunca la había visto tan alterada —dijo sin apartar la vista de sus manos, que retorcía sin ser consciente de ello.
Almudena se lo agradeció con un gesto de cabeza y volvió al cuarto de costura. María ya había terminado de soltar la cintura. También había enhebrado la aguja.
—Me pareció que hoy no tenía el pulso como siempre, doña Almudena —dijo—. Me he permitido adelantarle el trabajo.
«Doña» Almudena. Esa palabra le hizo ver lo mucho que había crecido, hasta dónde había llegado. Respiró hondo una vez más.
—Gracias, María, ahora mismo me pongo con ello. Por favor, termina el forro del vestido lavanda.
Se sentó y cerró los ojos. Poco a poco, su corazón volvió a latir a un ritmo normal y los dedos, aunque todavía temblorosos, recuperaron su firmeza. Sacó el talle un dedo justo. Ni un poco más, ni un poco menos.
Después llevó el vestido a don Carlos y se marchó.
No había parado ni para comer, pero no sentía hambre: solo quería llegar cuanto antes a casa.
Cruzó por las calles de Madrid sin disfrutar del trajín, del movimiento, de los olores y los colores de esa ciudad vibrante.
Llegó a su casa y entró en la tienda. No había nadie, salvo su padre sentado detrás del mostrador.
Echó la llave y colocó el cartel de cerrado .
Domingo levantó la vista y frunció el ceño.
—Almudena, ¿qué haces aquí? Es muy temprano.
La joven tomó aire y dijo, con la voz tan firme que no admitía réplica:
—Padre, tenemos que hablar.