La costurera de la reina Capítulo 25
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Capítulo 25

Al día siguiente se despidieron de doña Leonor.

Los ojos se le humedecieron cuando todas y cada una de las personas que trabajaban en el guardarropa de la reina María Luisa le dijeron que la echarían de menos y que había hecho un gran trabajo.

Almudena le dio un fuerte abrazo y le prometió que iría a visitarla siempre que sus obligaciones en palacio se lo permitieran.

—Sabes que puedes contar conmigo —dijo su antigua maestra—.

Si alguna vez necesitas manos extras, mi taller estará a tu disposición.

Estoy muy orgullosa de ti, Almudena. Te has convertido en una mujer increíble y en una gran profesional.

Eres una de las mejores costureras que conozco y me alegro de haber sido partícipe de tu educación, aunque ahora me superes.

Ese mes de junio doña Paula volvió a caer enferma y Almudena tuvo que tomar las riendas del guardarropa.

El personal en palacio se había reducido al mínimo: Almudena y una costurera auxiliar llamada María, que acudía cuando había mucho trabajo y doña Paula no estaba disponible, eran las únicas que ocupaban ahora la sala de costura.

A veces la joven oía las risas o los cantos en el cuarto de las zurcidoras y sonreía: aquellas mujeres desprendían una alegría que se colaba por las rendijas de las puertas y ponía de buen humor incluso a don Carlos.

Tal y como estaban las cosas, no le sorprendió que Pedro Alcántara, el sastre de Su Majestad, la llamara una mañana a la sala principal.

Allí estaban también el jefe del guardarropa y la camarera mayor.

Don Pedro tenía delante unos papeles llenos de dibujos y anotaciones, y apenas levantó la vista cuando Almudena se colocó a su lado.

—Qué bien que esté aquí. Departía con su ilustrísima sobre una petición del todo inusual de Su Majestad.

Almudena se acercó más a los bocetos. Ya no le impresionaba estar en presencia de la marquesa de Bélgida.

Desde que era la encargada de las costureras, casi a diario cruzaba palabras con ella cuando iba a por el vestuario de la jornada de la reina o a revisar algún encargo.

Era una mujer seria y devota, tal vez un poco altiva, pero siempre cortés y educada.

Se apartó un poco para dejar sitio a la costurera.

Cuando Almudena vio los dibujos, levantó la cabeza y miró al sastre con el ceño fruncido.

La camarera mayor esbozó una mueca que podía ser una sonrisa, o quizá no.

—Su Majestad quiere probar algo nuevo —dijo.

—¿Qué es exactamente, señora? —preguntó Almudena.

La marquesa no respondió, pero el sastre levantó la barbilla con dignidad.

—Esto, amiga mía, es una chemise à l’anglaise.

—Pero ¿y la estructura?

El sastre frunció los labios, como si aún no hubiera decidido si aquello le parecía una audacia o una imprudencia.

—No tiene estructura. Eso es lo novedoso: es más simple, más libre, más… suelta.

—En Francia hace furor. María Antonieta las viste siempre que tiene ocasión —dijo la camarera, con tono seco.

La referencia a la reina francesa llamó la atención de Almudena.

—No pretendo ser descortés, don Pedro, pero me pregunto por qué no se lo ha encargado a madame Moulinier. Sin duda, ella tiene más experiencia en esto.

Don Carlos fue el que respondió.

—Con la complicada situación que atraviesa el país vecino en estos momentos, no era la mejor idea que una francesa hiciera un vestido tan… francés. No conviene mandar el mensaje de que se apoya lo que está ocurriendo.

—Entiendo.

Observaron los dibujos.

—El escote más arriba —indicó la marquesa, encargada de velar por la modestia y las buenas costumbres, a pesar de la novedad.

Don Pedro asintió y modificó el boceto.

—Tendré las piezas en unos días. Almudena, cuando estén listas, esto deberá ser su prioridad.

La muchacha asintió.

—Cuente con ello.

Tal y como acordaron, Almudena comenzó a coser aquel vestido en cuanto llegó el paquete con las telas cortadas del taller del sastre.

La joven debía admitir que esa pieza era una hermosura: capas de tela que caían en libertad, con un escote generoso, aunque sin saltarse el decoro, que Su Majestad cubriría con un pañuelo.

Las mangas tenían unos frunces que requerían una complejidad técnica a la que Almudena nunca se había enfrentado, pero las llevó a cabo con una solvencia que incluso a ella, con lo exigente que era con su trabajo, la dejó satisfecha.

El conjunto se ceñía a la cintura natural con una cinta de raso.

Almudena chasqueó la lengua: sin duda, aquel vestido desataría encendidos comentarios.

Justo entonces oyó la voz de madame Moulinier en la sala principal.

—Traigo las piezas de la renovación del vestido lavanda, el de gala.

Como siempre que oía la voz de la modista desde hacía semanas, Almudena se tensó ante la idea de cruzarse con Beatriz.

Sin embargo, cuando entró en la sala de costura, quien acompañaba a la modista era una criada jovencita que apenas podía con el fardo que llevaba en los brazos.

Madame Moulinier se detuvo en seco cuando vio lo que estaba cosiendo Almudena.

—¿Eso es una chemise à l’anglaise ? —preguntó como si lo que había encima de la mesa fuera un cadáver abierto con las entrañas al aire.

Almudena asintió.

—Me pregunto por qué se lo habrán encargado a ese sastre, si yo conozco esos vestidos tan bien como mi mano.

La modista intentaba ocultar su indignación, puesto que se podría tomar como un reproche directo a la reina, o a su camarera, que era quien en última instancia hacía los encargos y tomaba las decisiones, pero sus mejillas coloradas y la respiración agitada dejaban bien claro que lo consideraba un tremendo error. Se acercó a la mesa y tocó el tejido.

—Has hecho un trabajo increíble con estas mangas, ma chérie .

—Gracias, madame. ¿No ha venido Beatriz con usted? —preguntó Almudena con cuidado.

—No —respondió María Moulinier sin mirarla—. No tiene por qué estar siempre. Esa joven tiene talento, pero debe aprender a comportarse.

No añadió nada más, pero su tono era elocuente.

Terminaron de cerrar los detalles de la modificación del otro vestido y madame Moulinier se despidió. Sin embargo, justo antes de salir por la puerta, se giró y miró a Almudena con una mirada extraña, casi de pena.

—No me lo ha dicho ella directamente, pero la he oído hablar con la oficiala de mi taller. Creo que se ha comprometido. Con un guardia.

Almudena parpadeó. No era que no se lo esperase, pero le dolió la rapidez.

—Gracias por decírmelo, madame —dijo con voz neutra.

La mujer hizo un ademán, como si quisiera ir a consolarla. A saber lo que había oído de boca de Beatriz. Sin embargo, todo acabó en una extraña mueca y un giro de cabeza. Luego se marchó.

Habían corrido mucho. Hacía apenas unas semanas de la conversación que habían mantenido Ramón y Almudena, y no había vuelto a verlo desde entonces. Y tampoco a Juan, a quien había echado de menos en la puerta del guardarropa, con su cálida sonrisa y sus bonitos ojos.

Almudena abandonó el palacio cuando el cielo comenzaba a oscurecer. La jornada se había alargado más de la cuenta y sentía las piernas cansadas, la cabeza embotada y el ánimo extrañamente sereno.

Al cruzar la puerta exterior, Juan la esperaba apoyado junto al muro, vestido con el uniforme sencillo, sin levita. Al verla, acudió a su encuentro. El corazón de la joven dio un salto emocionado.

—Sales tarde —dijo él.

—Ha sido un día de mucho trabajo —respondió ella—. Hoy había novedades.

Caminaron unos pasos en silencio, alejándose de la entrada. Al final, Juan habló:

—Ramón se ha comprometido.

—Con Beatriz. Lo sé, me lo ha dicho madame Moulinier. Supuse que ya lo sabías.

—Sí —confirmó él—. Nos lo ha contado hoy. Parecía contento.

Almudena se detuvo.

—Me alegro por ellos, espero que sean felices. —Y en cuanto pronunció esas palabras se dio cuenta de que lo decía en serio.

—Lo lamento, Almudena —dijo Juan, sin apenas mirarla.

Ella buscó sus ojos.

—¿Por qué?

—Bueno… —Titubeó y miró por encima del hombro de ella—. Él y tú… ya sabes.

Almudena respiró hondo.

—Yo no lo lamento. No sentía nada por Ramón. Desde luego, nada serio. Solo pensé que debía intentarlo, que era el momento adecuado. Pero él iba más en serio que yo.

—Entonces ¿no le correspondías?

Ella negó con la cabeza.

—No. Y creo que él se dio cuenta. Por eso me pidió que eligiera.

Juan la miraba sin decir nada. Ella continuó.

—La que no se dio cuenta fue Beatriz. Se acercó a él porque pensó que así me hacía daño, y yo dejé que lo creyera porque así no se fijaba en… en nadie más. Me sentía culpable por callar, pero… —Se encogió de hombros—. Todo el mundo debe tomar sus propias decisiones.

—Ya veo —dijo Juan.

Caminaron un poco más por una plaza cerca de palacio. El bullicio de la ciudad se oía a lo lejos.

—Hace semanas que no te veo —dijo entonces ella.

Él bajó la mirada.

—He estado cambiando turnos.

Almudena se detuvo en seco.

—¿Eso puede hacerse?

—Si no quieres coincidir con alguien y tienes compañeros dispuestos a cubrirte, sí.

La respuesta cayó como una pieza que encajaba por fin, y lo entendió todo. Por eso coincidían con tanta frecuencia antes. Y por eso Juan había desaparecido justo después de la conversación con Ramón.

—Así que no era casualidad —murmuró.

—No —admitió él—. Pensé que estarías triste y decepcionada porque Ramón estaba cortejando a Beatriz.

Quise quitarme de en medio primero, y después…

no sé, creo que, en cierta manera, estaba enfadado porque lo preferías a él.

Pero cuando Ramón me ha contado la noticia esta mañana, antes del turno, he querido verte.

Decirte que lo sentía, si es que estabas dolida.

¿Eso significaba que sentía algo por ella, después de todo? Almudena decidió que no iba a dejar pasar esa oportunidad. Cogió aire y lo miró a lo más profundo de sus ojos verdes.

—Pues ya ves que no lo estoy.

Entonces sí, entonces Juan sonrió.

—Debo volver al cuartel, pero me gustaría saber una cosa. Si retomo las guardias en el guardarropa, ¿seré bienvenido?

Almudena le devolvió la sonrisa.

—Lo serás.

Juan hizo un ademán, como si fuese a poner la mano sobre el brazo de Almudena, pero luego la dejó en el aire y, por fin, la recogió.

—Debo volver. Te veo pronto.

La joven se quedó añorando un contacto que no había llegado a producirse. Pero estaba feliz. De alguna manera, sentía que las cosas empezaban a encajar. Y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió dispuesta a dejarse llevar. Sin miedos. Sin dudas.