Capítulo 24
—¡Enhorabuena, hija mía!
Domingo tenía la mirada vidriosa y parpadeó mirando al techo, en un intento de contener las lágrimas. Almudena se acercó a él y le puso la mano en el brazo.
—Padre, todavía es pronto. Ni siquiera doña Paula se ha pronunciado, y después tiene que ratificarlo la reina.
Él le dio un abrazo.
—Eres la mejor elección y ellas lo saben. Y no voy a decir que la corte me guste: está llena de víboras, pero estoy muy orgulloso de ti. Eres muy buena en lo que haces y es de justicia que se te reconozca.
—Gracias, padre.
Esa tarde Domingo cerró la tienda en cuanto Almudena salió de palacio. Padre e hija fueron a dar un paseo aprovechando que la tarde se alargaba y hacía buen tiempo. Domingo compró dos buñuelos en la esquina de Sol y tendió el cucurucho a Almudena como si fuera algo solemne.
—Para celebrarlo —dijo.
Se sentaron en un banco, con el sol bajo entre la frondosidad de los árboles. Almudena mordió y notó el crujido dulce entre los dientes.
—Tu madre estaría orgullosa —añadió él, mirando al frente.
Almudena no respondió. Apoyó la cabeza en el hombro todavía fuerte de su padre y se quedaron así, en silencio, hasta que el sol se ocultó.
Al día siguiente, cuando llegó a palacio, vio a Ramón en una de las puertas exteriores.
Beatriz estaba con él. Reía de algo que el guardia le había dicho y se tocaba el pelo con coquetería.
Almudena no conocía mucho de las cosas mundanas, pero sabía que ella estaba flirteando con él, y que lo hacía por un solo motivo: porque creía que a Almudena le interesaba. Se acercó a la puerta.
—¡Buenos días, Almudena! Hoy luce un sol magnífico —dijo Ramón con una sonrisa resplandeciente.
El otro guardia, un joven al que Almudena había visto algunas veces, la saludó también. Beatriz hizo como si no la viera y Almudena no se detuvo.
—Buenos días. Entro ya, que no quiero llegar tarde.
Juan estaba en la puerta del guardarropa. Cuando la vio, sus ojos brillaron.
—He oído que hay buenas noticias para ti.
Almudena asintió.
—Eso parece, aunque no hay nada seguro.
—Es algo que celebrar, sin duda.
Por un momento, Almudena creyó que iba a proponerle dar un paseo al final de la jornada, pero Juan calló y ella se dio cuenta de que tal vez pensara que deseaba celebrarlo con Ramón. Iba a decir algo al respecto, lo que fuera, cuando oyó pasos a su espalda y cerró la boca de nuevo.
Beatriz llegó a la par que doña Paula. Su palidez era notoria y caminaba un poco encorvada, pero sonrió con calidez a Almudena.
Esa misma mañana, doña Leonor y don Carlos hablaron con ella, y se mostró conforme con la decisión.
Siempre había trabajado muy a gusto con la joven y le parecía que estaba lista para asumir el reto.
Así que don Carlos se lo comunicó a la camarera mayor cuando esta acudió al guardarropa para recoger los vestidos de ese día.
La camarera mayor lo consultó con la reina y, apenas dos días después de que doña Leonor dejara clara su decisión, Almudena fue llamada al despacho de don Carlos.
—Lleva aquí ya un tiempo y siempre se ha desempeñado adecuadamente —comenzó el jefe del guardarropa—.
No solo es buena en su trabajo, sino que su actitud es impecable: es discreta, decente y bien dispuesta.
Doña Paula falta a menudo por sus problemas de salud y necesita a alguien en quien apoyarse y que sepa tomar las decisiones correctas cuando ella no esté.
No soy muy dado a los sentimentalismos, Almudena, pero me alegro de que haya recibido este ascenso.
Se lo merece, y sé que hará un buen trabajo.
—Se lo agradezco mucho, don Carlos. Mi único objetivo todo este tiempo ha sido llevar a cabo mi labor de la mejor manera posible.
—Lo sé —asintió él—, y es uno de los motivos por los que estamos aquí ahora.
Le informaré del sueldo que conlleva este puesto, y también de las obligaciones: es posible que, a partir de ahora, deba acompañar a las modistas o incluso a la camarera mayor para hacer alguna prueba o arreglos en presencia de la reina o de la infanta.
Tengo plena confianza en usted y en su capacidad para desenvolverse con la corrección precisa.
Y así, con veinte años recién cumplidos, Almudena fue nombrada costurera de la reina.
Esa misma tarde, Beatriz abandonó el guardarropa.
Ni siquiera esperó a que doña Leonor se marchase: recogió sus cosas y se fue casi sin despedirse.
Pero no tardaron mucho en volver a verla: la siguiente vez que madame Moulinier acudió a la corte, ella la acompañaba en calidad de aprendiza.
A Almudena casi se le cae la aguja de la mano cuando la vio.
Entró como si fuera la reina y miró por encima del hombro a la que hasta hacía apenas unos días había sido su maestra.
—Beatriz, me alegro de verte y de comprobar que has sabido labrarte un futuro.
—Doña Leonor sonrió de forma sincera. Le quedaban pocos días en el guardarropa y la consolaba saber que su oficiala había encontrado una alternativa, aunque también tenía dudas de que su carácter le permitiera estar bajo la sombra de la modista mucho tiempo.
—Estoy en ello —respondió Beatriz—. Madame Moulinier ve en mí un potencial que estaba desaprovechado como simple costurera.
La modista la miró con una ligera sonrisa.
— Ma chérie es impetuosa y un poco altanera, sin duda —dijo—, pero ambas cosas pueden convertirse en fortalezas si se trabajan bien. Y tiene buen ojo para las novedades.
Aquello podía traerle problemas a Almudena.
Si Beatriz se convertía en modista y trabajaba para la reina, tendría que hacer uso de toda su paciencia para colaborar con ella.
Pero aún quedaba mucho para eso: primero tenía que formarse y, solo después de demostrar que era lo bastante buena, tal vez conseguir algún encargo de la familia real.
La reina empleaba los servicios de distintas modistas, pero todas eran profesionales con años de experiencia a sus espaldas.
Respiró hondo, forzó una sonrisa y trató de eliminar esa preocupación de su mente.
Al fin y al cabo, no le afectaba en ese momento.
Lo que sí le afectó fue encontrarse, a la salida, a Beatriz hablando con Ramón en el patio, donde el guardia estaba destinado ese día.
Ella coqueteaba con él sin ningún reparo e incluso le ponía la mano en el brazo.
Ramón sonreía, cautivado por la belleza y el descaro de la joven.
Sin embargo, cuando vio a Almudena, se alejó un paso de Beatriz y la saludó con apuro, como si fuera consciente de que había hecho algo mal.
Ella pasó por delante y saludó intentando no dejar traslucir que aquello la había molestado, aunque sin éxito.
Sabía que no tenía derecho a enfadarse: a fin de cuentas, aunque Ramón había dejado claro que su interés estaba en Almudena, ella no le había prometido nada.
Sin embargo, la bilis subió por su garganta cuando percibió la expresión en la cara de Beatriz, que irradiaba la satisfacción de quien arrebata a un enemigo algo que anhela.
Dos días después, Ramón y Juan se encontraban en la puerta del guardarropa. Ramón quiso explicarse, pero entonces la modista y Beatriz aparecieron por el fondo del corredor y la rubia saludó al guardia con una caída de ojos y un gesto que lo desarmó. Almudena suspiró:
—No tienes que darme explicaciones, Ramón. Tú y yo no tenemos ningún compromiso.
Al pasar entre ellos, sintió la caricia de la mirada de Juan.
No había pasado una semana cuando, al salir del guardarropa en compañía de doña Leonor, Ramón, que volvía a estar en puerta, carraspeó y le pidió hablar un momento.
Su maestra se despidió de ella y la dejó allí.
Ramón miró de reojo a su compañero, al que Almudena conocía de vista, y se alejó unos pasos para que no le escuchara.
El guardia miró a todas partes, incómodo, antes de fijar los ojos en la costurera, que esperaba con parsimonia a que comenzara a hablar.
—Verás… —Carraspeó y tragó saliva—. No es un secreto que siento algo por ti, Almudena, y desde hace tiempo. Pero Beatriz muestra interés por mí desde hace unas semanas, y lo cierto es que tengo ganas de formar una familia. Voy a cumplir treinta años y creo que va siendo hora…
—¿Qué me estás preguntando, Ramón?
El guardia tragó saliva de nuevo.
—Lo que quiero decirte es que tú eres mi prioridad. Si me dices que sientes lo mismo, me alejaré de Beatriz y no volverás a verme hablando con ella.
Almudena respiró hondo.
—No quiero formar una familia en este momento. Soy muy joven todavía y acabo de convertirme en costurera de la reina: no arriesgaré mi puesto ahora.
Ramón pasó el peso de un pie al otro.
—Estoy dispuesto a esperar uno o dos años, si hay un interés por tu parte. Un cortejo sin prisa, pero con un objetivo claro. Sé que seríamos felices juntos, Almudena.
La joven se quedó en silencio. Sintió un incómodo pellizco en el estómago.
No le gustaba que la pusieran entre la espada y la pared, y tampoco le gustaba que el afecto de Ramón estuviera dividido.
Por unos instantes, valoró aceptar su propuesta: el guardia le gustaba lo suficiente como para saber que seguramente serían felices juntos, sí, aunque también era consciente de que no lo amaba y, con toda probabilidad, eso no cambiaría en el futuro.
No era a él a quien deseaba ver por las mañanas cuando acudía a palacio.
No obstante, la idea de arrebatarle a Beatriz un trofeo tiraba de ella y tuvo que recordarse que, si decidía casarse solo para prevalecer sobre su rival, estaba basando su futuro en un sentimiento erróneo.
Y, en ese momento, Juan cruzó por el fondo del pasillo en la ronda vespertina.
La miró desde lejos y ella sintió que el pellizco se aligeraba. Tomó una decisión.
—Eres libre, Ramón, y puede que lo que siento no sea suficiente para ti. Actúa como consideres, pero yo no puedo comprometerme ahora.
El guardia asintió sin decir nada, pero sus ojos se inundaron de pena. Se acercó, inclinó la cabeza con la mano en el corazón y luego se giró para volver a su puesto, donde su compañero lo observaba ya con el ceño fruncido por la impaciencia.
Almudena respiró hondo y se marchó sin saber cómo sentirse.
Cuando salió al exterior, levantó la cara hacia el sol de la tarde, cerró los ojos y disfrutó de su calidez.
Durante un breve tiempo había llegado a ilusionarse con Ramón, pero fue consciente de que no era más que una reacción al interés del guardia, a la satisfacción de verse de nuevo rondada.
Nunca llegó a sentirse del todo atraída por él, no de verdad, no como por…
Abrió los ojos y decidió que jamás estaría con nadie que no le provocase en los huesos el mismo calor que sentía al mirar al sol de frente. Echó a caminar con el corazón ligero y salió de palacio.