La costurera de la reina Capítulo 23
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Capítulo 23

Almudena estuvo a punto de comentarlo con sus amigas, pero decidió callarse porque no estaba segura de que Beatriz tuviera algo que ver con ese hombre, aunque, desde luego, parecía que se estaba adentrando en un terreno peligroso para una joven doncella.

Pero así era Beatriz, ambiciosa incluso por encima de la virtud.

Al rato, cuando descansaban después de bailar, quien pasó por delante de ella fue Juan. Iba con sus amigos del cuartel y estaba muy guapo con la chaquetilla azul brillante y un pañuelo anudado al pelo en lugar del aparatoso sombrero del uniforme.

—¡Almudena! —dijo cuando la vio—. ¡Qué sorpresa!

Con la cantidad de gente que había en la pradera, era una suerte encontrarse allí. Los brillantes ojos claros de Juan sonrieron al mismo tiempo que el resto de su cara, y entonces le tendió una mano. Parecía algo achispado y más lanzado que de costumbre.

—¿Bailas conmigo?

Almudena apenas dudó. Cogió su mano y bailó con él una seguidilla.

Juan bailaba muy bien y no se acercaba demasiado, aunque Almudena se encontró deseando más de una vez que lo hiciera.

Era divertido y amable, y no parecía el tipo de chico que fuera a traicionarla.

Se sentía a gusto con él, y no solo eso: no podía obviar el calor que le recorría el estómago y la espalda cuando él la miraba con esa fijeza y le sonreía.

Al terminar, Juan la acompañó de vuelta a donde estaban sus amigas. Por el camino se mostró un poco incómodo, como si estuviera haciendo algo malo.

—¿No has quedado hoy con Ramón? —preguntó.

Almudena se dio cuenta de que el joven suponía que su compañero la cortejaba.

—Pues no. Dimos una vuelta ayer, pero no estoy segura de querer quedar más veces… y juraría que él tampoco tiene las ideas claras.

—Hay esperanza, entonces —dijo Juan con un guiño que hizo que la respiración de Almudena se agitara.

Ella iba a contestar, pero vio a lo lejos el moño rubio de Beatriz y, por algún motivo, todo su cuerpo se rebeló ante la idea de que la viera con Juan. Así que aceleró el paso y cuando llegó a la manta donde estaban sentadas sus amigas se dejó caer.

—Ha sido agradable, Juan. Nos vemos mañana, si te toca el guardarropa.

Juan hizo un gesto extraño, como si no entendiera el porqué de aquella abrupta despedida. Pareció que iba a hablar, pero después cerró la boca, saludó con la mano en el pecho y se marchó, perdiéndose entre el gentío.

A la mañana siguiente, Almudena se encontró a Ramón en la puerta con otro guardia al que apenas conocía.

Juan también estaba allí con su compañero, pero se marchaba ya: le tocaba guardia en la puerta principal.

De hecho, el único motivo por el que se encontraba allí era que había hecho un turno de ronda y se las había apañado para llegar a tiempo a la entrada de las costureras.

Juan sonrió al verla, aunque en sus ojos asomó la duda.

Almudena se sentía un poco culpable por cómo se había despedido de él la tarde anterior.

Le habría gustado darle una explicación, pero no quería que Ramón se enterase, y mucho menos los guardias con los que no tenía confianza o, peor aún, Beatriz, que acababa de aparecer por la esquina.

—Buenos días, niña —saludó Ramón a Almudena—. Estás muy bonita hoy.

Cuando Beatriz llegó hasta ellos, sonrió a Ramón y le hizo una caída de ojos. Este le dio los buenos días con cordialidad pero con cierta distancia, así que la rubia levantó la barbilla, miró a Juan con indiferencia y entró en el guardarropa en cuanto abrieron la puerta.

Juan inclinó la cabeza y entrecerró los ojos al oír el cumplido de Ramón, pero no dijo nada.

Almudena supo lo que estaba pensando: que ella se dejaba cortejar por su compañero y eso le dejaba a él fuera de juego.

Algo en su interior se resistió, quería decirle que no era lo que sospechaba, que ella no quería nada con Ramón, que no dejara de mirarla con esos ojos amables, pero sabía que eso solo le traería problemas.

Así que calló y entró en el guardarropa.

Beatriz preparaba su espacio de trabajo sin decir nada. Don Carlos entró en la sala de costura justo detrás de Almudena.

—Buenos días, señoritas —dijo—. Doña Paula está enferma de nuevo y no podrá venir.

Hoy es un día tranquilo, por fortuna. Hay que seguir trabajando en las mangas y el forro del vestido de Su Majestad.

Don Pedro llegará a lo largo del día con el cuerpo y no será hasta mañana cuando madame Moulinier se pasará por aquí para supervisar el ensamblado de las piezas. ¿Dónde está doña Leonor?

—¡Estoy aquí!

La costurera entró casi a la carrera, quitándose la basquiña y el manto mientras hablaba. Almudena observó que sus ojeras se habían hecho más grandes y que estaba pálida, a pesar de que el sol ya brillaba en Madrid.

—Disculpe la tardanza, don Carlos. He tenido un imprevisto. ¿Puede ponerme al día?

El jefe del guardarropa hizo un gesto para restarle importancia al retraso.

—Acabábamos de empezar. Tranquila, Leonor, tómese su tiempo.

Decía que mañana se pasará madame Moulinier para supervisar el remate del vestido.

También tiene reunión con Su Majestad: va a encargar algunas piezas nuevas y, por lo que he escuchado, aunque no sé si será verdad, pretende modernizar su vestuario según las modas que llegan de Francia.

—Apenas usa ya el tontillo —apuntó Beatriz—. Y cuando lo usa, es mucho más pequeño que antes.

—Y las batas también las utiliza cada vez menos.

Don Carlos asintió.

—La robe à la française ya está obsoleta. No creo que veamos a la reina mucho tiempo más con ese tipo de vestido. Según madame Moulinier, ahora busca la ligereza.

—Serán vestidos más sencillos de confeccionar.

Doña Leonor sabía que menos tela implicaba menos trabajo, y por ende…

—Entonces hará falta menos personal —dedujo Beatriz, con voz fría.

Don Carlos la miró.

—Eso, señorita, es discutible. No sabemos lo que pasará. De hecho, pronto se incorporará una nueva bordadora de cámara, la señora Isabel Rubio, que trabajará aquí en el guardarropa.

—¿Una bordadora? —preguntó Beatriz—. Eso es muy inusual.

Don Carlos se encogió de hombros.

—Las cosas están cambiando. Eso no significa que el bordador principal, el señor López, deje de trabajar para Su Majestad.

Doña Isabel se ocupará de medias, camisas y prendas concretas.

También verán por aquí a un nuevo sastre.

Trabajará en su taller y bajo la supervisión de don Pedro, por supuesto, pero ya ven que aquí uno no se aburre.

Doña Leonor dio una palmada.

—Muy bien, ¡a trabajar! Don Carlos, le acompaño a su despacho, deseo comentarle una cosa.

Cuando la costurera regresó a la sala de costura encontró a Almudena y a Beatriz en silencio, cada una con su tarea. Carraspeó para llamar su atención y se sentó frente a ellas.

—Quiero deciros algo.

Las dos jóvenes dejaron lo que estaban haciendo y atendieron a su maestra.

—Ya sabéis que llevo una temporada que no llego a todo. Antes, cuando doña Paula solo nos reclamaba para encargos concretos, era más fácil. Pero ahora la corte, el taller… aunque allí tengo la ayuda de mis oficialas, no doy abasto. Y necesito supervisar el trabajo.

Almudena asintió. Era cierto que doña Leonor llevaba mucho tiempo al límite y, por su aspecto, aquello le estaba empezando a afectar a la salud.

—Además, doña Paula se ausenta a menudo por su enfermedad. Y eso no es todo. Mi novio me ha pedido matrimonio y le he dicho que sí, me estoy haciendo mayor para posponerlo más. En cuanto la familia crezca —dijo poniendo una mano sobre su vientre—, me será del todo imposible abarcarlo todo.

—Entonces nos abandona —concluyó Beatriz, sin dejar traslucir ninguna emoción en su tono.

Doña Leonor la miró en silencio.

—Es comprensible, doña Leonor —intervino Almudena—. No es un secreto para nadie que no llega a todo. ¿Qué piensa hacer?

Doña Leonor suspiró.

—La boda es dentro de dos semanas. Hasta entonces seguiré aquí, luego me dedicaré a mi taller y a mi familia. Colaboraré en algún encargo, como hacía antes, pero no trabajaré en palacio.

—¿Y qué va a pasar con nosotras? —preguntó Beatriz.

Hubo un pequeño silencio.

—Doña Paula sigue siendo la costurera principal. Ha trabajado sola mucho tiempo y puede volver a hacerlo. Sin embargo, tanto por vuestro buen hacer como por la salud de doña Paula, don Carlos cree que es mejor que vosotras os quedéis.

—¿En calidad de qué? —preguntó Almudena.

Allí eran oficialas, pero dependían de doña Leonor, que era la que figuraba como costurera para asistir a doña Paula.

En realidad, constaban como auxiliares, al igual que otras chicas que aparecían cuando eran necesarias en el guardarropa, aunque ellas, por comodidad, trabajasen en palacio.

—Una de vosotras ocupará mi puesto. Será costurera de la reina, aunque subordinada a doña Paula, por supuesto. La otra seguirá como costurera auxiliar.

—A las órdenes de la otra.

La voz de Beatriz sonó tan fría y cortante que produjo en Almudena la misma sensación que un tenedor rascando en un plato vacío.

Doña Leonor apretó los labios: sabía que eso causaría problemas.

—A las órdenes de la otra, sí —dijo al fin.

Beatriz dejó la labor sobre la mesa y se levantó. Caminó hasta la ventana y miró hacia el exterior, en silencio. Luego se volvió hacia doña Leonor.

—No trabajaré a sus órdenes —dijo, y señaló con la barbilla a Almudena—. Tomará la decisión que tenga que tomar, pero será hoy. Eso al menos nos lo debe.

Doña Leonor también se levantó.

—Muy bien. Antes de que termine la jornada tendréis mi decisión. Ahora, si me disculpáis, tengo cosas que organizar.

Cuando se marchó, en la sala se instaló un silencio gélido.

Beatriz cosía con la mandíbula tan apretada que se le marcaban los músculos.

Almudena, por su parte, tenía mucho que pensar.

El trabajo le gustaba, y sabía que era buena.

Pero Beatriz también lo era. En algunas cosas, incluso mejor.

¿Y si doña Leonor la elegía a ella? ¿Estaba dispuesta a trabajar bajo las órdenes de Beatriz?

A Almudena no le importaba seguir órdenes, pero sabía que su antigua amiga convertiría su vida en un infierno si se veía por encima de ella.

No sabía qué hacer. Podía volver con doña Leonor. Trabajar a sus órdenes y pasar el día con Manuela y Teresa le parecía una vida agradable y sencilla. Satisfactoria. Pero no sabía si su maestra necesitaría a alguien más en el taller cuando ella regresara.

También podía montar un taller propio. Tenía los conocimientos y la edad adecuada: con veinte años recién cumplidos y su experiencia en palacio, no le costaría crearse una clientela.

Se imaginó cosiendo en la trastienda de su padre y no le desagradó la idea.

Pero no terminaba de convencerla: ella quería más.

Le gustaba coser para la familia real, trabajar en palacio, y quería llegar más alto.

Suspiró y el sonido reverberó en la sala como si hubiera sido un trueno.

Levantó la mirada y se encontró con la de Beatriz.

Sus ojos azules la observaban con fijeza y una frialdad tan distante, tan lejana de la amistad que una vez compartieron, que Almudena sintió ganas de llorar, pero se contuvo.

No era una niña, y tampoco fue la culpable de que su amistad se rompiera.

La invadió un orgullo impropio en ella que le hizo mantener los ojos fijos en los de Beatriz.

En ese instante, doña Leonor regresó. No se sentó. Miró a las dos chicas y después al frente, con las manos unidas en el regazo.

—He tomado una decisión, y don Carlos la secunda. Almudena será propuesta como costurera de la reina, por su buen hacer, su discreción y su buena disposición. Mañana se le comunicará a doña Paula y, si ella acepta, se le propondrá a Su Majestad.

Almudena sintió un mareo. ¿Ella, costurera de la reina? Había trabajado mucho para conseguir ese puesto y, ahora que lo tenía al alcance de la mano, le daba miedo que se desvaneciera. Sonrió y agachó la cabeza, conteniendo las ganas de gritar.

—Gracias —logró decir.

Beatriz se levantó, pálida como una muerta. Sus ojos lanzaban destellos de furia.

—Entonces yo también he tomado una decisión. No trabajaré por debajo de ella. Si la reina ratifica su nombramiento, se acabó para mí.

Y, sin decir más, se marchó.