Capítulo 22
—Niña, ¿dónde vas tan rápido?
—¿Adónde voy a ir? ¡Todo Madrid está en la calle!
Ramón titubeó.
—Termino mi turno en una hora. ¿Quieres dar un paseo conmigo y ver el ambiente?
Almudena sintió un pellizco en el estómago.
¿Por qué se lo pedía a ella? ¿No estaba cortejando a Beatriz?
Pensó en declinar la invitación, pero luego otra sensación se apoderó de ella.
Algo que no solía sentir, una sensación de triunfo, de ser la elegida, de estar, y querer estar, por encima de Beatriz.
Sin tener claro si lo deseaba de verdad, aceptó.
Ese día Ramón tenía un compañero al que Almudena apenas conocía. La joven se alegró de que no fuera Juan: no quería enfrentarse a sus ojos tras decirle que sí a Ramón. Sacudió la cabeza y mantuvo la sonrisa, y quedaron en la plaza de la Cebada.
Una hora después, la plaza ya estaba llena de gente.
Los puestos comenzaban a encender los candiles y el olor a buñuelos y vino dulce se mezclaba con el polvo que levantaban los pies al caminar.
Almudena llegó con Manuela y Teresa, pero se despidió de ellas en cuanto vio a Ramón apoyado en la fuente, con los brazos cruzados y la expresión expectante.
—Por un momento he pensado que no vendrías —dijo él, enderezándose al verla.
Era la primera vez que se encontraban fuera de palacio.
Se había quitado la casaca blanca y vestía como lo que era, un soldado que no estaba de servicio.
Con el sencillo chaleco azul con mangas y los zapatos con hebillas, sin polainas, una capa corta y un sombrero más pequeño que el habitual tricornio, parecía más joven.
—Dije que vendría —respondió Almudena con sencillez.
Comenzaron a caminar, dejaron atrás la plaza y tomaron una calle menos concurrida, en donde la música y las voces de la gente se oían lejanas.
Ramón parecía nervioso; hablaba de cualquier cosa, del gentío, del buen tiempo, de lo animada que estaba la ciudad la víspera de la verbena.
Almudena lo escuchaba a medias, absorta en aquel pellizco en el estómago que todavía no la había abandonado.
Fue ella quien se detuvo.
—Ramón —dijo de pronto—. Antes de seguir, quiero decirte algo.
Él la miró.
—Te escucho.
Almudena respiró hondo. Habló con voz suave porque no quería parecer acusatoria.
—Te vi con Beatriz el otro día. Os vi juntos.
Ramón desvió la vista.
—Yo…
—No te lo digo como reproche —añadió ella enseguida—. Ya sé que no tengo ningún derecho. Solo quiero saber a qué atenerme.
Él se pasó una mano por la nuca, incómodo.
—Beatriz es… No sé cómo explicarlo —empezó, sin demasiada convicción—. Me pareció que tenía interés en mí, y yo no supe decir que no.
—¿Y ahora? ¿Vas a seguir invitándola? —preguntó ella, mirándolo a los ojos.
Ramón dudó.
—Ahora estoy aquí contigo.
Almudena sostuvo su mirada unos segundos.
—Eso no responde a lo que te he preguntado —dijo con calma.
Ramón apretó los labios.
—Ya lo sé —admitió—. Supongo que me dejé llevar. Beatriz es bonita, segura… Que te preste atención te hace sentir el rey del mundo. Pero tú eres… —Se interrumpió, torpe—. Tú eres diferente.
Ambos guardaron silencio. La música llegó hasta ellos con más fuerza, y una pareja pasó riendo a su lado.
—Si has quedado conmigo solo para darle celos a ella —dijo Almudena al fin—, prefiero que me lo digas ahora.
—No, no es eso —respondió él con rapidez—. Quería verte, de verdad.
Almudena asintió, satisfecha.
—Entonces paseemos.
En cuanto se sacó esa espinita con Ramón, se sintió mejor.
Volvió a pensar que tal vez podría dejarse cortejar por él.
Sí, Beatriz podía ser deslumbrante, pero Ramón parecía sincero.
Y ella estaba preparada, era más adulta y echaba de menos sentir que alguien la apreciaba de esa manera.
Ramón era una buena compañía, divertido y ocurrente, y tenía una conversación agradable.
Todo habría sido perfecto… de no haber sido por unos ojos verdes que no se apartaban de su mente.
Caminaron hasta la pradera de San Isidro, aunque no se detuvieron allí. Aquella tarde el ambiente se encontraba en el entramado de calles de La Latina, repleto de puestos, gente paseando, música y vida, mucha vida. Almudena se sentía muy cómoda con Ramón, tanto que le sacó un tema comprometido.
—Me gustaría preguntarte algo —dijo con tacto.
—Lo que quieras.
Almudena cogió aire.
—¿Qué sabes de las sociedades secretas?
Ramón la miró con sorpresa.
—¿A qué viene esa pregunta?
Ella se encogió de hombros.
—Curiosidad —dijo—. He oído hablar de ellas últimamente, nada más.
Ramón frunció el ceño.
—No es un asunto del que convenga hablar en voz alta —respondió—. Y menos en una verbena.
—No te lo pregunto para que me cuentes secretos —replicó Almudena—. Solo es curiosidad, me gustaría saber qué se dice.
Ramón carraspeó, como si el tema lo incomodara.
—Lo que se dice es poco y confuso —contestó bajando la voz—. Que hay hombres importantes metidos en ellas: militares, comerciantes, algún noble incluso. Gente que se reúne a puerta cerrada.
—¿Y para qué? —preguntó ella con aire inocente.
—A saber —respondió él con un gesto ambiguo—. Para hablar de ideas nuevas, de política… De todo lo que no se puede decir a cara descubierta.
—¿Eso es malo?
Ramón se encogió de hombros, incómodo.
—Depende de a quién le preguntes. A nosotros nos dicen que estemos atentos: no están prohibidas, pero tampoco gustan. Los masones son los peores, la Inquisición les tiene el ojo echado desde hace años.
—¿Los persiguen?
—A veces —admitió—. No siempre, va por temporadas. Casi nunca pasa nada, pero si alguien habla más de la cuenta, o se mete con la persona equivocada… —dejó la frase en el aire—. Mejor no destacar.
Almudena se acercó a un puesto callejero, como si eso no le interesara demasiado.
—¿Tú has visto a alguno? —preguntó con aparente despreocupación.
—¿A algún masón? —Ramón soltó una carcajada sorprendida—. No, al menos que yo sepa; no llevan un letrero colgado. Son hombres normales, pero, según se dice, saben reconocerse entre ellos con palabras, símbolos…
Almudena sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
—¿Símbolos? —repitió, procurando que no se notara nada en su voz.
—Eso dicen. Yo no sé más, y tampoco quiero —añadió con una media sonrisa—. Bastante tengo con cumplir mi turno y no buscarme líos.
Ella soltó una pequeña risa, aliviando el tono.
—Haces bien.
Caminaron un poco más entre los puestos y se detuvieron a mirar unas cintas de colores, y luego fueron a escuchar la música que llegaba desde una plazuela cercana. El tema quedó atrás, como quedan atrás tantas cosas en una conversación: sin cerrarse del todo, pero guardado en un rincón.
Sin embargo, mientras Ramón hablaba de trivialidades, Almudena no podía dejar de pensar en aquella palabra. «Símbolos». Y, sin querer, la imagen de la libreta de su madre volvió a su mente, tan nítida como esos ojos aceituna que seguían sin abandonarla.
El día 15, festividad de San Isidro, Almudena no tenía que ir a trabajar. Tampoco sus amigas. Doña Paula se había quedado de guardia en el guardarropa y las demás podían disfrutar de la fiesta y el jolgorio.
—¡Venga, cuenta! ¿Has visto más veces a los reyes? —le preguntó Manuela.
La acompañaba su novio, un muchacho tan apuesto como ella, que también vestía al estilo castizo. Llevaba los pulgares metidos en la faja roja y caminaba con la barbilla bien levantada, aunque en sus ojos se veía que bebía los vientos por la joven.
—Qué va —respondió Almudena—. En realidad, el trabajo es más aburrido de lo que parece. No difiere mucho de lo que se hace en el taller de doña Leonor, solo que las telas son más ricas.
—Dudo que se parezca al taller —dijo Teresa.
Sus amigas iban poco a poco encontrando su sitio. A no mucho tardar se casarían y formarían su propia familia, excepto Luz, que aún era muy joven y se contentaba con mirar a los chicos con picardía. Almudena sintió que el tiempo pasaba muy rápido.
—Parece que fue ayer cuando nos encontramos todas en el taller de doña Eulalia y fijaos ahora: todas trabajando, y tú —añadió señalando a Manuela—, seguro que acabas casada y con un hijo en brazos antes de que nos demos cuenta.
—¡Eh, eh! —dijo Manuela al tiempo que se recolocaba el clavel y el pañuelo sobre la cabeza—. No corras tanto, que José y yo apenas nos estamos conociendo.
Sin embargo, la mirada que se echaron ambos le indicó que no iba desencaminada.
Teresa se agarró de su brazo.
—Qué locura, ¿verdad? ¡Mírate! Y tú trabajando para la familia real.
—Os echo de menos —confesó ella—. A veces me siento sola sin amigas en el trabajo.
Luz se colgó de su otro brazo.
—Nosotras también te echamos de menos —dijo con su voz dulce, casi infantil—, pero estás viviendo el sueño de todas. Disfrútalo.
Ella asintió y la conversación siguió por otros derroteros, con Manuela hablando alto y Teresa sonriendo en silencio, como casi siempre. Era afortunada de tenerlas, aunque no las viera a diario. Se prometió no olvidar la suerte que tenía.
—¡Oh, mirad! —dijo Luz, que apretó el brazo de Almudena—. Allí está Beatriz.
Estaba deslumbrante. Sus padres la seguían a varios metros de distancia.
La pradera estaba llena de gente, pero llamaba tanto la atención por su belleza y su cabello rubio que era imposible no fijarse en ella.
Paseaban justo por delante de la zona de la pradera donde las familias nobles se sentaban en sábanas blancas sobre la hierba.
Aunque acudían en sus coches y con sus criados, iban vestidos como la gente del pueblo, para verlos bailar y disfrutar.
A veces Almudena se sentía como un bufón con la misión de divertirlos, pero otras creía que, en el fondo, la aristocracia envidiaba esa libertad y esa forma de reír a carcajadas que ellos no podían permitirse por decoro y educación.
Una familia de un estatus claramente elevado ocupaba una enorme sábana en la zona noble.
La criada sujetaba una sombrilla sobre su señora y el marido bebía un vaso de vino observando con atención el gentío.
Almudena los reconoció porque habían estado en El Pardo aquel invierno: eran los marqueses de Valdearenas.
Beatriz miró hacia la misma zona con disimulo, sonrió y después ocultó su bello rostro tras su abanico. El marqués bebió de la copa como si no se hubiera dado cuenta, pero Almudena vio con total claridad cómo le guiñaba un ojo a Beatriz.