La costurera de la reina Capítulo 21
40%

Capítulo 21

—¿Qué se le ofrece?

La mujer que abrió la puerta rondaría los cuarenta años y unas profundas ojeras evidenciaban una vida complicada. Llevaba el pelo cubierto con una toca y sus ojos entrecerrados observaban a Almudena con desconfianza.

—¿Vive aquí doña Jacinta, la costurera?

La mujer entrecerró aún más los ojos, como si eso le ayudara a aguzar la vista.

—¿Quién lo pregunta?

—Me llamo Almudena Serrano. Fui alumna de Eulalia Gómez, que a su vez aprendió con ella. Me gustaría conocerla y preguntarle por un tema importante.

Hubo un pequeño silencio, hasta que la cara de aquella mujer se relajó un poco y Almudena se percató de que tenía unos preciosos ojos color ámbar que le habían pasado desapercibidos.

—Soy su hija. Pase, por favor.

La vivienda era muy austera. El brasero, sobre el que colgaba un puchero del que salía un olor que reconoció como sopas de ajo, desprendía bastante humo: estaba claro que usaban leña barata.

Los muebles eran toscos y sin pulir, y lo que parecía ser la zona de dormir estaba separada de la pieza principal por una cortina, sin puerta.

Sentada en un sillón frente a la ventana había una anciana.

—Mi madre está mayor y a veces se le va la cabeza. No tarde mucho, por favor; se cansa enseguida.

Almudena arrastró una silla desde la mesa y la colocó enfrente del sillón.

La anciana la miró. Su cara estaba arrugada como una pasa, pero la piel parecía suave.

El azul de sus ojos se veía apagado, como si algo matara su brillo, pero un relámpago los atravesó cuando se posaron en la cara de su visitante.

—¿Tú? —preguntó. Luego parpadeó y perdió el interés. Volvió a mirar por la ventana.

Almudena se sentó y se inclinó hacia delante para captar su atención.

—Me llamo Almudena, doña Jacinta. Me envía doña Eulalia, que fue alumna suya, ¿la recuerda?

Una sonrisa apareció en el rostro de la mujer.

—Eulalia, sí, la recuerdo. Tenía mucho talento, más que su marido, desde luego. ¿También eres costurera?

La joven asintió.

—Lo soy. Y me he encontrado con algunos bordados cuyo significado desconozco. Doña Eulalia me ha dicho que la vio a usted bordar estos motivos, hace mucho tiempo.

Entonces sacó la libreta y la puso de cara a doña Jacinta. La mujer se acercó, y entonces sus ojos se abrieron mucho y se echó para atrás de golpe.

—¿De dónde has sacado esos dibujos? Hacía años que no los veía… No sabía que aún se utilizaban, pero me alegro, me alegro mucho de que sigan ayudando a quien lo necesita.

—¿A quién ayudan? ¿Qué significan? Por favor, necesito averiguar qué es esto.

La anciana volvió a mirar a Almudena y un pequeño espasmo recorrió su rostro, como si se hubiera quemado con el asa caliente de un farol.

—¿Por qué has venido? ¿Todavía sigues metida en esto? Supongo que es normal, después de lo que hicieron por ti. ¡Cuánto me alegro de que pudieras huir! Ni te lo imaginas.

Almudena se dio cuenta de que la mujer estaba desvariando.

—Doña Jacinta, se lo ruego, preste atención. Necesito saber más sobre esto, necesito su ayuda. ¿De qué está hablando?

La costurera se removió en el asiento, luego extendió una mano temblorosa y acarició la mejilla de Almudena.

—Me tranquiliza saber que esas pobres niñas cuentan con tu ayuda, que tú apoyas a quien te salvó. Me alegro tanto de verte, Isabel…

Almudena sintió como si le hubiera caído un rayo. «Isabel», el nombre de la carta.

—¿Cómo me ha llamado?

Doña Jacinta retiró la mano y su mirada volvió a perder el brillo.

—¡Hija! —gritó por encima de su hombro—. Tengo hambre, ¿queda mucho?

La mujer, que removía el puchero entre toses, lo retiró del brasero y lo puso sobre la mesa.

—Ya está listo, madre.

—Por favor, doña Jacinta —le rogó Almudena, que cogió sus viejas manos entre las suyas—. Por favor, ¿quién es Isabel?

Ella levantó la vista, pero no varió la expresión.

—¿Qué? No sé de quién me hablas, muchacha.

—¡Por favor! —Almudena levantó la voz al tiempo que apretaba sus manos. La anciana se quejó y su hija acudió con rapidez a su lado.

—¡Eh, eh! Nada de gritarle a mi madre. Bastante mal lo ha pasado en la vida…

Almudena estaba al borde de las lágrimas.

—Tiene que contarme lo que sabe, no puede dejarme así. ¡Haga el esfuerzo, doña Jacinta! Recuerde, ¿quién es Isabel? ¿Qué son esos dibujos?

La hija suspiró, cogió a su madre del brazo, la ayudó a levantarse y habló con tono firme, aunque algo triste:

—Mire, señorita, no sé qué quiere usted saber, pero mi madre no decide lo que recuerda y lo que no. Y ya la ha alterado bastante, ¡mire cómo tiembla! La visita ha terminado. Si nos disculpa, es hora de comer.

Almudena hizo un último intento.

—Se lo ruego, tal vez pueda usted ayudarme. Su madre ha reconocido lo que le he enseñado, quizá usted oyó algo cuando era joven. Hablo de hace unos veinte años.

La mujer llevó a su madre hasta la mesa y la sentó. Después se giró hacia Almudena. Ella le enseñó los dibujos. Tras observarlos con atención, negó con la cabeza.

—No, lo siento. No recuerdo haberlos visto nunca. Pero no me interesaba mucho la costura cuando era joven y no reparaba en el trabajo de mi madre. Lo lamento.

Almudena tragó saliva. No se sentía capaz de hablar sin que se le quebrara la voz.

Le dio las gracias como pudo y se marchó.

Ya en las escaleras, se sentó en uno de los escalones y rompió a llorar.

¡Había estado tan cerca! Haber vislumbrado respuestas para que luego esa puerta se le cerrara en las narices era demasiado cruel.

Volvió a casa, le dijo a su padre que no tenía hambre y se metió en su alcoba.

A él no podía sonsacarle nada porque no tenía con qué presionarlo.

Seguía con más preguntas que respuestas y estaba en un callejón sin salida.

Ya empezaba a caer el sol cuando se levantó, se calzó, se puso la basquiña y un manto ligero por si refrescaba, y salió a que le diera el aire.

Tenía los ojos hinchados de llorar. Pensaba quedarse en el patio, pero Rosa, la vecina de enfrente, estaba allí cotilleando con Vicenta y no le apetecía hablar.

Así que salió a la calle y comenzó a caminar.

No solía pasear sola y se le ocurrió ir en busca de Teresa, pero lo descartó al instante.

Necesitaba pensar. Se dirigió hacia la Puerta del Sol.

Los domingos por la tarde la plaza estaba muy concurrida: grupos de mujeres del brazo, mozos con gorra, faja y chaleco que se pavoneaban delante de las muchachas, floristas vendiendo claveles, lirios, dalias y calas, parejas que paseaban todo lo arrimadas que el decoro les permitía y vendedores en sus puestos ofreciendo la mercancía a gritos se mezclaban en un caos vibrante y dorado a la luz del atardecer.

Entonces, delante del escaparate de una confitería, vio a Beatriz.

Como siempre, estaba preciosa, con un vestido azul que hacía juego con sus ojos y el pelo rubio en un moño suelto.

A su lado había alguien, un hombre, un soldado, aunque Beatriz lo tapaba y Almudena no podía verlo bien.

Se quedó quieta. No le apetecía cruzarse con ella y tener que fingir cortesía, y mucho menos montar una escena.

En ese momento se acercó al escaparate y su acompañante quedó a la vista.

Ramón la llevaba del brazo como un trofeo y sonreía cada vez que ella lo miraba.

Almudena suspiró: no le dolía, aunque estaba un poquito decepcionada.

Sí, decepción: eso era lo que sentía. Había estado muy cerca de volver a confiar, pero su instinto le dijo que no lo hiciera y era evidente que tenía razón.

Se pegó contra la pared. Ahora sí que no quería ser descubierta.

Pensó en dar media vuelta, pero no podía dejar de mirarlos.

Era como si algo en su interior necesitara grabarse esa imagen a fuego en el cerebro para no olvidarla jamás.

Ramón entró en la confitería y salió con un cucurucho de lo que parecían frutas escarchadas.

Se lo ofreció a Beatriz, que sonrió y se arrimó más a él.

Entonces él hizo un gesto, una despedida, y se marchó en dirección a palacio, sin duda de vuelta al cuartel, dejando a Beatriz sola.

Ella se quedó allí, comiendo fruta escarchada, hasta que llegó un carruaje negro, lujoso e impecable, y se detuvo a su altura.

El lacayo no bajó de la parte trasera ni el cochero se movió.

La puerta se abrió y Almudena vio una mano grande, masculina, con un sello de oro que destelló con uno de los últimos rayos de sol.

Beatriz miró de manera fugaz a izquierda y derecha, se agarró a la mano y subió al coche.