La costurera de la reina Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—¡Ya está bien! —dijo Almudena—. Todo el mundo se calla lo que sabe, pero yo no soy tonta y no puedo seguir al margen. Esto me está comiendo por dentro. Necesito entender por qué mi madre tenía estos símbolos dibujados en una libreta.

—¿Tu madre?

La cara de Josefa había perdido el color y sus ojos se abrieron tanto por la sorpresa que Almudena intentó aprovechar la ocasión.

—Por favor, Josefa, por favor. Si sabes algo, dímelo. Necesito conocer en qué estaba metida mi madre, necesito comprender quién era.

La mujer abrió la boca, pero entonces se oyó una puerta y volvió a cerrarla.

—¿Qué pasa aquí?

La voz de don Carlos sonó alta y clara. Acababa de salir de su despacho, llevaba unos papeles en las manos y miraba a las dos mujeres con el ceño fruncido.

Josefa le respondió antes de dirigirse al cuarto de las zurcidoras.

—Disculpe, don Carlos. Almudena me transmitía el encargo de una muchacha con las medias rotas.

El jefe del guardarropa miró a Almudena, que disimuló la frustración que sentía y asintió con cara angelical.

Esta vez no iba a dejarlo pasar. Llevaba mucho tiempo detrás de aquello y estaba convencida de que lo que ocultaba su madre era algo serio.

Sabía que no iba a sacar nada de Josefa, y también que no podía presionar más a su padre.

Pensó en buscar apoyo en Teresa, pero algo le decía que era más seguro para todos que indagara sola.

Así pues, el domingo, después de misa, y tras el paseo que daba siempre con Teresa, Manuela y Luz, en que le recriminaron más de una vez lo distraída que estaba, dijo que no se encontraba bien y que prefería irse a casa.

Pero, en lugar de eso, al girar la esquina siguió recto y llegó hasta el taller de doña Eulalia, a la que hacía tiempo que no veía.

Entró por el portal al lado del taller y preguntó a una vecina dónde vivía la costurera. Llamó a la puerta de su vivienda.

—¡Almudena! Qué alegría verte, querida. ¡Pasa!

La joven nunca había estado allí, pero no era muy diferente de su propia casa: una sala que hacía las veces de cocina, comedor y sala de estar, y una puerta que comunicaba con lo que sin duda era el dormitorio.

Doña Eulalia tenía más canas que cuando Almudena acudía a su taller todos los días y también más arrugas alrededor de los ojos, pero seguía caminando erguida.

Le señaló una silla al lado de la ventana y ella se sentó en la silla de enfrente.

Tampoco había perdido su mirada inteligente.

—Puedo ofrecerte algo de beber y comenzar hablando del tiempo, pero algo me dice que esto no es una visita de cortesía.

Almudena sonrió.

—No. Estoy intentando descubrir algo y no sé a quién acudir. Se me ocurrió que tal vez usted podría ayudarme; al fin y al cabo, lleva años cosiendo y por sus manos han pasado miles de prendas.

Doña Eulalia esperó. Almudena sacó de su faltriquera la libreta, la abrió y se la mostró a su maestra, expectante. Sin embargo, la mujer observó los dibujos sin expresión alguna en la cara.

—¿Qué son estos símbolos?

Almudena sintió una ligera decepción, pero ya imaginaba que no iba a ser tan fácil llegar al fondo de aquel asunto.

—No lo sé. Esperaba que usted me lo pudiera decir.

—¿Me permites? —preguntó la maestra, y tras el asentimiento de Almudena tomó la libreta y estudió los dibujos con atención. Después se la devolvió—. Creo haber visto estos motivos en una ocasión, aunque fue hace mucho tiempo: no sé si te servirá de algo.

Almudena levantó la vista con rapidez.

—¿Cuándo? ¿Dónde?

Doña Eulalia habló con calma, como siempre, pese a la urgencia en la voz de su antigua alumna.

—Hace por lo menos veinte años. Yo ya estaba casada y cosía con mi marido, que en paz descanse.

En aquel entonces era la única forma de ser costurera.

Mi marido era sastre, como sabes, y para poder ayudarle quise aprender a coser mejor de lo que ya lo hacía.

Pedí ayuda a doña Jacinta, que vivía muy cerca de aquí.

Bueno, sigue viviendo calle arriba, aunque es muy mayor y ya no trabaja.

—¿Doña Jacinta? La recuerdo, a veces venía a la tienda a por telas. También era costurera, ¿verdad?

—Lo era, y muy buena, aunque se veían como trabajos menores.

El caso es que le pedí ayuda y fue mi maestra unos años.

Yo acudía a su casa y un par de veces la vi bordando motivos como estos, aunque nunca entendí por qué.

Ni ella era bordadora ni luego los vi en ninguna de las prendas de las clientas.

Almudena se levantó de un salto.

—Doña Eulalia, ¡muchas gracias! No sabe cuánto me ha ayudado. ¿Dónde vive doña Jacinta?

—¿De qué va todo esto, Almudena? —preguntó la mujer. A pesar de la discreción de su tono, se entreveía la preocupación.

Almudena hizo un gesto al aire.

—No lo sé. Quizá sea una tontería, pero por si acaso… —Hizo una pausa, y luego añadió—: Mejor no hable con nadie de esto. Solo por si acaso.

Doña Eulalia asintió y no hizo más comentarios. Acompañó a su antigua alumna a la puerta y le susurró la dirección de su maestra y un «Ten cuidado» cuando ya se marchaba.

Almudena se contuvo para no echar a correr por la calle.

Enseguida llegó a la casa, entró en el patio, subió las escaleras hasta la tercera planta, se detuvo frente a una desvencijada puerta de madera y llamó.

Entre el retumbar de los latidos de su corazón en los oídos oyó unos pasos y después la puerta se abrió.