La costurera de la reina Capítulo 20
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Capítulo 20

A la mañana siguiente Almudena se levantó con el cuerpo rígido, como si le hubieran dado una paliza.

El resto de su estancia en El Pardo lo pasó de su habitación al guardarropa y vuelta.

Intentaba excusarse si había que hacer algún recado que implicara caminar por los pasillos de palacio y tampoco salía de noche una vez que había acabado su jornada.

Poco a poco, su miedo y su estado de perpetua vigilancia se fueron diluyendo y, cuando regresó a Madrid, casi estaba como siempre.

La vuelta al Palacio Real fue abrupta: la esperaban sorpresas desagradables. Ramón y Juan estaban de guardia, como sucedía a menudo. Juan la saludó con una gran sonrisa y ella se sintió ligera y alegre al verlo.

—¿Cómo te ha ido por el campo? —preguntó inclinando un poco el cuerpo hacia ella, como si también se alegrara de verla.

—He pasado mucho frío —dijo Almudena—. Parece mentira que estemos tan cerca y al mismo tiempo se sienta tan lejos. ¿Qué tal por aquí?

Juan miró de reojo a Ramón y este carraspeó.

—Echándote de menos, niña —dijo con menos entusiasmo que de costumbre—. Aunque hemos estado entretenidos.

Entonces oyeron pasos que se acercaban y Beatriz apareció por la esquina. Una mueca que no llegaba a ser sonrisa se dibujó en su cara cuando vio a la que había sido su amiga.

—Ah, ya habéis vuelto —dijo, seca y fría, sin dejar traslucir nada.

Almudena asintió, igual de seca.

En cambio, Ramón sonrió y se le iluminó la mirada.

—Buenos días, rubia. Dichosos los ojos.

Beatriz esbozó una sonrisa y agachó la cabeza como si se ruborizara.

—Ramón, ¡qué zalamero! Yo también me alegro de verte.

Luego lanzó una mirada a Almudena y llamó a la puerta.

Don Carlos abrió para que pasaran y Beatriz lo hizo sin girar la cabeza.

Almudena dudó. No sabía muy bien lo que acababa de pasar.

¿Ramón estaba coqueteando con Beatriz? ¿O era al contrario?

Una ligera desazón, provocada más por su desconfianza que por sus sentimientos, se alojó en la boca de su estómago.

Entonces vio que Ramón se comportaba como si no hubiera pasado nada, y que Juan tenía una chispa de lástima en la mirada.

Así que sonrió como si estuviera feliz, saludó al jefe del guardarropa y entró en la sala.

Esto se repitió en los días siguientes, y no solo esto, sino que Beatriz en ocasiones se quedaba a charlar un rato con Ramón a la salida.

Al principio Almudena también se quedaba, al fin y al cabo ya lo hacía antes, pero pronto descubrió que no le gustaba estar allí mientras Beatriz coqueteaba con el hombre que ella misma había valorado dejar que la cortejara.

Y no era que le doliera: nunca creyó estar enamorada de Ramón, pero sabía que la que fue su amiga usaba sus armas para hacerle daño con el único fin de vengarse por las afrentas que consideraba que Almudena le había infligido.

Juan no hablaba mucho, pero en esos apartes participaba como si quisiera consolar a la joven.

Ella, sin embargo, se encontró con que la bienvenida que sus ojos verdes le daban era más importante según pasaban los días.

Por las mañanas se descubría pensando si ese día tendría guardia en el guardarropa y podría arañar unos minutos para estar con él, pero no se dejó llevar por el sentimiento, ni mucho menos dejó que se le notara, porque sabía que entonces Beatriz cambiaría de estrategia.

Además, seguía pensando que era pronto para comenzar una relación.

El invierno se fue. Con la llegada del buen tiempo, las jornadas de trabajo se alargaron y una de esas tardes de mayo Almudena presenció una escena singular cuando fue a recoger unos encajes reparados al cuarto de las zurcidoras.

Una joven, noble a juzgar por su vestimenta, estaba hablando con una de las chicas. Preguntaba por Josefa y se negaba a hablar con nadie más. Miraba por encima del hombro sin parar, como si no debiera estar allí y en cualquier momento alguien pudiera entrar y llevársela a rastras.

—Necesito entregarle este pañuelo a ella —insistía.

María del Carmen ese día no había acudido al trabajo por estar con fiebres y las zurcidoras no sabían bien cómo actuar ante una noble sola y, a todas luces, desesperada por haber estropeado un pañuelo que tenía fácil solución.

—Pero, señora, nosotras podemos arreglar su pañuelo.

—¡No! —repitió ella, al borde de las lágrimas—. Tiene que ser Josefa.

Almudena la miró. Tendría quince años, no más, y no le sonaba haberla visto con la reina. Tal vez con la infanta, pero no estaba segura.

—Josefa está en el cuarto de costura, señora —le dijo—. Ahora mismo está ayudando a doña Paula y no puede salir, pero, si quiere dejarme su pañuelo, se lo daré en mano enseguida.

—Pero…

La angustia en la cara de la joven le dio pena.

—Yo me dirijo al cuarto de las costureras. Soy una de ellas. Si me lo entrega, le aseguro que de mi mano pasará a la suya, si es tan importante.

La joven dudó y miró a Almudena a la cara, valorando su sinceridad. Sus dedos apretaron el pañuelo como si le costara desprenderse de él, pero al final cedió y alargó el brazo.

—Está bien. Confío en usted, gracias.

Se marchó deprisa y con la cabeza gacha.

—Pero ¿qué le pasa a esa chica? Está claro que no es una doncella —preguntó una de las zurcidoras.

—Y si es noble, ¿qué hace que no la acompaña una dueña o su doncella?

Almudena miró hacia la puerta por la que había salido la muchacha de manera tan apresurada, como si temiera que alguien la reconociera.

—Quién sabe. Bueno, vengo a llevarme los encajes reparados del vestido de Su Majestad, ¿están ya?

Cuando Almudena salió del cuarto de las zurcidoras y atravesó la sala principal, se detuvo un momento frente a los ventanales que daban al patio central.

La sala estaba extrañamente tranquila, pues don Pedro se había marchado a mediodía para revisar unos cuerpos y no volvería hasta el día siguiente con el trabajo terminado, y ninguna de las modistas andaba por allí en aquel momento.

Don Carlos debía de estar con el papeleo en su despacho, y ni las mozas de apoyo ni los mozos de recados estaban a la vista.

El sol de la tarde aún calentaba y la habitación había adquirido un tono dorado y cálido con sus rayos.

Almudena rozó el pañuelo con los dedos, de una seda tan suave y exquisita que parecía una caricia.

Miró por la ventana al patio: las damas paseaban con otras mujeres de su alcurnia y se reían con la mano enguantada frente a la boca.

El carruaje de la reina aguardaba, tal vez para llevarla de visita a alguno de los conventos que patrocinaba la familia real.

Levantó los ojos para sentir la calidez del sol y entonces sus dedos, que no habían dejado de acariciar el pañuelo de seda, detectaron algo.

Abrió los ojos y bajó la vista: en una esquina, pequeños y un poco deformes, pero inconfundibles, vio bordados dos de los símbolos que tan bien conocía.

Se acercó el pañuelo para asegurarse y, en cuanto comprobó que su vista no la había engañado, lo dobló a toda prisa y lo ocultó en su faltriquera.

Entró en la sala de costura y se quedó en el dintel muy quieta.

Estudió a Josefa. ¿Por qué aquella joven pedía con tanta insistencia que fuera ella quien la atendiera?

La zurcidora terminaba de arreglar unos encajes que doña Paula cosía en la parte delantera de una falda de raso labrado amarillo.

Beatriz remataba la costura del forro y doña Leonor estaba con las mangas que al día siguiente coserían sobre el cuerpo que don Pedro traería listo de su taller.

Era una escena pacífica. Acogedora, un poco inocente incluso. Pero Almudena sabía que había algo más allí, bullendo bajo la superficie. Beatriz alzó la mirada.

—¿Piensas quedarte ahí toda la tarde? Aún no hemos terminado el trabajo.

Almudena no respondió. Ocupó su sitio y cogió su tarea, pero apenas pudo concentrarse.

De vez en cuando miraba a Josefa, que en un par de ocasiones le preguntó si se encontraba bien.

No dijo nada, pero cuando la luz ya indicaba que faltaba poco para dar por terminada la jornada y Josefa acabó con el encaje y volvió a su sala, ella se levantó de golpe, como si hubiera olvidado algo importante.

—¡Qué tonta! —dijo—. Tenía un recado para ella.

Salió corriendo detrás de la zurcidora y la alcanzó, tal y como esperaba, en la sala principal, que seguía desierta. La mujer la oyó y se giró.

—¿Te pasa algo, Almudena? Estás muy rara.

Ella miró a ambos lados, la agarró del codo y la llevó al lado de la ventana, donde había más luz y también un poco más de discreción. Le mostró el pañuelo.

—Una joven noble ha venido preguntando por ti. Se ha negado a dejarle este pañuelo a nadie más, parecía muy importante que fueras tú, y solo tú, quien se encargara de este trabajo.

Josefa hizo un gesto de alarma, pero enseguida se controló.

—Bien, pues dámelo. Ya me has entregado el recado.

Alargó la mano para coger el pañuelo, pero Almudena lo apartó. Se acercó a la zurcidora y la miró a los ojos.

—¿En qué estás metida, Josefa? Esto no es normal.

La mujer sonrió y trató de quitarle hierro al asunto.

—No te entiendo. Habré hecho algún encargo para esa joven y le gusta cómo trabajo, nada más. ¿Me lo das ya?

Almudena negó con la cabeza.

—Sé que hay algo que no me cuentas. No es la primera vez que veo estos símbolos —dijo, y le enseñó los bordados.

Josefa cogió el pañuelo. Se lo guardó con rapidez y miró hacia la sala con precaución.

—Creo que tienes mucha imaginación. ¿Dónde los has visto antes?

—Josefa, no sé qué ocultas, pero quiero saberlo. Por favor. No soy tu enemiga, nos conocemos hace años. Hay algo detrás de estos dibujos y necesito averiguarlo.

La zurcidora miró por encima del hombro de Almudena. La tensión de su cuerpo indicaba que estaba incómoda. Alerta. Quería salir de allí, pero no sabía cómo hacerlo sin resultar descortés.

—No sé de qué me hablas.