Capítulo 19
La ventana iluminada resaltaba en la oscuridad de la noche como un faro.
No tenía nada de raro, al fin y al cabo las veladas solían alargarse en la zona noble y aún era pronto para que todo el mundo se hubiera ido a descansar.
Pero algo le llamó la atención. Tal vez que en esa planta solo las cocinas deberían estar encendidas, o tal vez que la luz de los candiles del interior iluminaba una serie de figuras dispuestas de manera extraña, como si estuvieran en semicírculo, que se mantenían muy quietas para ser una reunión festiva.
Almudena no era cotilla: quizá por eso no terminaba de entender por qué una ventana iluminada la había atraído de ese modo, pero sabía que aquello no era normal.
Fuera como fuese, casi sin darse cuenta, se encontró pegada a la pared, intentando vislumbrar algo de lo que sucedía en el interior al mismo tiempo que trataba de no ser vista.
Tres golpes secos llegaron hasta ella, como si hubieran golpeado el suelo con una vara de madera.
Cuando se asomó antes de camuflarse entre las sombras, entrevió a un grupo de cinco hombres de pie, en semicírculo, de espaldas a la ventana.
Otro estaba de frente, de espaldas a la chimenea.
Los cristales amortiguaban el sonido, pero el silencio que rodeaba a Almudena facilitaba que las voces llegaran hasta ella, bajas aunque audibles.
—Buenas noches, caballeros. Bienvenidos a la Junta de los Seis, para restablecer el orden —dijo una de las voces.
—Para restablecer el orden —respondieron los otros cinco, a la vez.
Almudena contuvo el aliento. Sabía lo que eso significaba, sabía que lo que estaba escuchando era peligroso.
Una sociedad secreta. En El Pardo. Respiró hondo muy despacio.
Necesitaba controlar el furioso golpeteo del corazón en su pecho.
Sacudió la cabeza. Las sociedades secretas estaban prohibidas en España y eran perseguidas con dureza.
Desde la llegada de la masonería, se temía que los ideales librepensadores penetraran en el país: eran una amenaza para el orden social.
Almudena no era noble ni estaba dentro de la corte, pero tampoco era tonta.
Escuchaba y absorbía, y no era la primera vez que oía hablar de las medidas contra los masones y el resto de las sociedades, al igual que oía también los rumores sobre altas personalidades de la corte que, a pesar de ello, seguían estas ideas.
—Hermanos, esta será una reunión breve —dijo uno de aquellos hombres—. No estamos en la mejor de las circunstancias, pero debemos tratar algunos temas.
—Falta uno de nosotros —dijo otro.
Almudena intentaba ver algo, pero las sombras que proyectaban los candiles no le permitían distinguir las caras y tenía miedo de ser descubierta. Una risa seca llegó del interior.
—El coronel está ganando influencia, y su ascendencia sobre Sus Majestades, en especial sobre la reina, no puede ser ignorada. Muchos lo desprecian por su origen, pero conviene estar preparados.
—Él cree que lo hemos aceptado como uno de los nuestros —apuntó otro.
—En efecto —respondió el que llevaba la voz cantante—.
Lo hemos invitado a alguna reunión porque conviene ganarse su favor, pero eso no significa que lo reconozcamos como un igual.
Somos la Junta de los Seis, y él es el séptimo.
No olvidemos nuestro propósito. No trataremos los temas realmente importantes en su presencia.
Un murmullo de asentimiento recorrió la sala.
—Bien, hermanos, debemos prever los próximos movimientos. La alianza entre los Mendoza del Río y los Montelar no pudo llevarse a cabo por la desgraciada muerte de Mercedes de Mendoza, la muchacha elegida para desposarse.
Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Almudena. ¿Mercedes? ¿Dónde había oído ese nombre?
—Fue un desgraciado contratiempo, duque. Lo lamento —dijo otro hombre.
Una figura algo más corpulenta, situada en la esquina del semicírculo, hizo un gesto con la cabeza.
—Gracias. Era sobrina de mi esposa. Ella aún no se ha repuesto del disgusto, pero me pregunto si no habrá sido una bendición.
Mercedes era reacia por completo a ese matrimonio.
Intentó huir, de hecho, lo que habría sido una tremenda vergüenza para toda la familia.
Era una joven prometedora, es una lástima.
¡Claro! La sobrina de la camarera mayor. Y no solo eso. ¿No se llamaba Mercedes la muchacha aquella que dejó caer el pañuelo en la Puerta del Sol hacía unos meses? Juraría que así la había llamado su madre. ¿Murió? ¡Qué desgracia! Almudena se persignó con discreción.
—Las muchachas de ahora leen demasiadas novelas románticas. Creen que pueden casarse por amor.
El líder soltó una carcajada amarga.
—La pérdida de una vida siempre es una desgracia, y más si con ella se va un activo valioso. Pero necesitamos a los Montelar de nuestro lado para los proyectos futuros.
—Mi hija mayor tiene apenas doce años —dijo otro, a quien Almudena creyó reconocer como el recién llegado marqués de Valdearenas—. En un par de años podrá servir a nuestros intereses.
Un silencio se extendió por la sala.
—No hay otra candidata mejor. ¿Obedecerá?
—Por supuesto —dijo el marqués—. La he criado bien. Sabe que su papel es unir linajes y servir a nuestros intereses. Que el futuro exige su sacrificio.
—Bien, entonces será la elegida —dijo el líder—. Consiga que se pliegue a nuestros deseos. Esa es la única finalidad de una hija.
—¡Dos años! Eso alarga el plazo para ver nuestros proyectos convertidos en realidad. Aunque tenemos entre manos otro acuerdo —dijo otro con voz aflautada—. ¿Cuándo está previsto el enlace de su hija, conde?
—En unos meses —dijo el aludido—, un año a lo sumo. Aún tengo que domarla un poco, a veces veo rebeldía en sus ojos. Pero siempre ha sido buena hija. Cumplirá.
—Su futuro esposo es dos veces viudo y tiene sesenta años. Yo tampoco iría feliz al tálamo —dijo otro.
—Por fortuna —indicó el padre—, usted y yo nacimos varones y solo debemos preocuparnos de negociar alianzas, no de sufrirlas.
—¿Alguna noticia de palacio? Nosotros vinimos hace semanas —preguntó otro.
—Está todo tranquilo, al menos hasta hace dos días. —Aquello terminó de confirmarle a Almudena que aquel hombre era el marqués—. Aburrido, diría yo. Aunque tuve un encuentro interesante…
La voz se oía distorsionada a través del cristal, pero Almudena percibió con claridad la lujuria que escondía aquella frase. Y no fue la única.
—¿Vuelve a las andadas, marqués? ¡Vive Dios que no sé de dónde saca la energía!
El hombre rio.
—Pasaba por la zona cercana al guardarropa y me crucé con una beldad que salía de allí.
No miento si os digo que es de las jóvenes más hermosas que he visto, si obviamos que su sangre no es noble.
Una belleza dorada, delicada y elegante.
Tiene algo, cierta altivez que me llamó la atención.
Me devolvió la mirada con descaro. No pareció indiferente.
—Además, Catalina acaba de ingresar en un convento, ¿no es así?
—Así es. Se ha hecho un poco mayor para mi gusto. Pero estoy deseando volver a Madrid, tal vez en un par de días necesite regresar por algún asunto urgente.
Todos rieron como si hubiera contado un chiste muy gracioso, pero Almudena sintió que la bilis se le acumulaba en la garganta.
¿Cómo podían hablar con ese desprecio y esa indiferencia de sus propias hijas, sangre de su sangre?
¿Verlas como simples activos en sus planes políticos, sin contar con sus sentimientos?
Sabía cómo funcionaban las cosas y que las jóvenes nobles, aunque tuvieran una educación esmerada y riquezas, y vestidos bonitos y joyas, y vivieran entre algodones, servían para negociar alianzas entre familias poderosas por la vía del matrimonio, pero nunca pensó que aquello fuera tan frío.
Entonces la puerta chirrió y Almudena se pegó tanto a la pared que casi se fundió con ella.
Hasta contuvo el aliento para que el vaho que salía de su boca no la delatara.
—¡Coronel! Le estábamos esperando.
Los pasos sonaron hasta situarse en medio del semicírculo, de espaldas a la ventana. Almudena reconoció la silueta.
—La reina requería mi presencia. Y bien, ya estoy aquí. ¿Algo de interés?
Hubo un pequeño silencio.
—Solo unos pequeños planes matrimoniales.
—Ya sabe, las alianzas de las jóvenes de nuestros linajes deben sellarse pronto.
—Claro —dijo Godoy, con un tono irónico que no pasó desapercibido para nadie, ni siquiera para Almudena—. Defendamos nuestros derechos, pero no para nuestras hijas.
—Don Manuel, ¿no pensará, como algunos de nuestros revolucionarios vecinos, que el hombre y la mujer nacen iguales en libertad y derechos?
—No me interesan demasiado los ideales, pero sí la estabilidad del reino. Y en eso, caballeros, ustedes pueden ayudarme. No todas las alianzas requieren de sacrificios femeninos.
—Bien —dijo el líder—. Hablemos de los temas que tenemos pendientes.
En ese momento, Almudena, que tenía que estar casi de puntillas para mirar por la ventana, sintió que la suela de madera se soltaba y caía al suelo. Las voces pararon de golpe.
—¿Qué ha sido eso?
—La nieve no cruje sola.
Almudena se levantó todo lo rápido que sus pies congelados le permitieron y echó a correr sin mirar atrás.
Con los finos zapatos sin protección, el frío cortante golpeando sus mejillas y el corazón en un puño.
Tuvo el tino de correr bordeando el muro y rogó a los cielos para que la noche sin luna y su manto y su basquiña negros la confundieran con una sombra.
Se detuvo poco antes de llegar a la casa de oficios y aguzó el oído.
El sonido atronador de sus latidos zumbándole en los oídos le dificultó la tarea, pero pronto dedujo que nadie se había lanzado en su persecución.
Estaban en mitad del campo; además, ¿quién iba a sospechar que los había escuchado?
Y a lo largo del día la nieve se había fundido bajo cientos de pisadas, así que ningún rastro podía llevarlos hasta ella.
Se calmó justo antes de entrar en la casa de oficios y subió las escaleras sin detenerse. Dejó las ropas húmedas y frías en el respaldo de la silla de su habitación y se masajeó los pies intentando que entraran en calor.
Con la respiración acelerada, aguzó el oído, casi esperando oír pisadas en la nieve, golpes en la puerta, unas botas subiendo a la carrera por las escaleras para tirar su puerta abajo y llevársela quién sabía dónde.
Entonces supo que no podía contarle a nadie lo que había visto y un escalofrío le recorrió la espalda cuando se dio cuenta de que estaba sola.