Capítulo 18 #2
Ella y doña Paula bajaron a la sala común y desayunaron la sopa de ajo que solían tomar todas las mañanas para templarse.
—Hoy no hay encargos —dijo doña Paula—. Tras la recepción de ayer, solo tenemos que poner todo en orden y preparar lo del día, pero estaremos tranquilas. Empezaremos después de la misa.
Se echaron los mantos sobre la cabeza. Cuando doña Paula abrió la puerta, el aire se coló en el interior y les provocó escalofríos.
Salieron al patio con la cabeza gacha. Olía a humo y a nieve, y el aire estaba tan frío que quemaba en los pulmones al respirar, pero Almudena miró al cielo y lo vio limpio y claro, con la oscuridad de la noche retrocediendo ante el alba en una explosión de azules, naranjas y morados, y sintió una paz que hacía tiempo que no sentía.
—Deprisa —dijo doña Paula, que se subió la falda para que el bajo no se mojara—. Las campanas ya han tocado.
Cruzaron el patio con rapidez. Sus zapatos y los de otras como ellas crujían sobre la nieve a cada paso, rompiendo un silencio por lo demás absoluto.
Un guardia envuelto en su manto las saludó con un gesto.
Entraron en la capilla por la puerta lateral y se quedaron al fondo.
No era muy grande y, además, era modesta, o más modesta de lo que Almudena había imaginado para una capilla real.
El olor a cera las envolvió. Esa misa estaba destinada al personal de la casa de oficios: la familia real acudiría a la siguiente.
Josefa, María y Francisca, cuyo rango era más bajo, acudían a la iglesia del pueblo.
La bóveda semicircular sobre sus cabezas amplificaba el sonido de las voces, así que, poco a poco, todos fueron callando hasta que el silencio se adueñó del lugar.
El viernes era día de recogimiento: la familia real acudía a misa y después comía en privado. El rey salía al monte por la tarde, pero no había grandes celebraciones ni recepciones lujosas: solo tranquilidad.
Sin embargo, aunque con algo más de calma, el ritmo del guardarropa nunca paraba.
Siempre había barro que quitar de las prendas de caza, vestidos que calentar para que la tela no estuviera helada al tocar la piel de la reina, atuendos completos que montar.
Incluso en viernes, la reina se cambiaba de ropa varias veces al día.
Esa tarde acabaron su jornada agotadas y todas, incluidas las que se alojaban en el pueblo, acudieron al salón común de la casa de oficios.
El brasero ardía con fuerza y el olor del puchero se extendía por la estancia.
Allí les esperaba una sorpresa: un buen trozo de pan blanco, esponjoso y suave, traído de las cocinas de palacio como detalle de los reyes hacia el servicio.
—En Madrid no nos daban esto. —Almudena cerró los ojos con deleite al morder la miga del pan, tan distinto al pan negro que comía a diario.
—Ni a nosotras —dijo una de las lavanderas, sentada a su lado—. Ventajas de pasar el invierno fuera de casa.
Josefa llegó a la mesa con un plato rebosante de buñuelos.
—Cortesía de la cocinera —dijo con un guiño—. Es mi cumpleaños.
Brindaron y le desearon felicidad. Después de cenar muchos se retiraban a sus habitaciones, pero otros se quedaban allí, sacaban las cartas, cantaban sin armar alboroto o charlaban un rato antes de acostarse.
Almudena se quedó, y estaba concentrada en una partida de cartas cuando oyó que la puerta exterior se cerraba de un portazo.
No le dio importancia: seguro que era un mozo que había salido a fumar.
Sin embargo, enseguida entró una doncella en la sala.
—Busco a Carlos de la Ruta.
Almudena levantó la cabeza:
—Está en su habitación. Voy a avisarle —se ofreció.
Subió las escaleras hasta la planta principal, donde se alojaban los servidores de mayor rango. Llamó a la puerta y esperó a que don Carlos abriese. Este bajó de inmediato a la sala.
—Mi señora, la marquesa de Valdearenas, solicita que se le entregue ahora la camisa que llevó esta mañana al guardarropa. La necesita para mañana.
Don Carlos buscó a Josefa con la mirada.
—La dejé terminada —respondió esta—. Pero faltaba su aprobación, don Carlos. Contaba con entregarla mañana a primera hora.
El hombre asintió.
—Es el procedimiento habitual, se revisan y se entregan a la mañana siguiente.
—Pero es urgente —dijo la doncella. No tendría más de quince años y parecía asustada por si tenía que decirle a su señora que el encargo no estaba listo.
—Bien, lo solucionaremos ahora.
Don Carlos se giró para ir a buscar su capa a la habitación, pero Almudena se ofreció. Al igual que las suelas de madera que protegían sus zapatos, la suya estaba colgada en la entrada: la había dejado allí para que se secara al volver del palacio.
—Puedo ir yo, don Carlos. El suelo está resbaladizo y hace frío.
—Está resbaladizo también para usted, Almudena.
Ella sonrió.
—Lo sé, pero no me importa.
—Te acompaño —dijo doña Paula.
—¡Ni se le ocurra! —respondió Almudena—. Lo que le faltaba, un resbalón o un resfriado. Y tampoco hace falta que vengas tú, Josefa; sé dónde la has dejado.
Así que Almudena se abrigó y fue con la doncella al palacio principal a recoger el encargo.
Cuando salieron al patio, la muchacha se dirigió a la casa de Retamar, donde se alojaba su señora, y Almudena la acompañó un trecho porque le pillaba de camino.
El aliento formaba nubes de vaho y tenía la punta de la nariz, que asomaba bajo el manto, tan fría que se le había quedado insensible.
Se despidió de la doncella y, al encaminarse hacia la casa de oficios por el patio desierto, vio algo que llamó su atención.