La costurera de la reina Capítulo 18
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Capítulo 18

Almudena había vivido toda su vida como hija única, primero con sus padres y después, tras la muerte de su madre, con Domingo.

Y siempre había tenido alcoba propia. La experiencia de compartir habitación le resultó, por tanto, un poco extraña al principio.

Aunque no le importó: doña Paula era silenciosa y discreta, como ella misma, y no hacía ruido por las noches.

Algo más difícil fue acostumbrarse al jaleo continuo.

En la casa de oficios había gente a todas horas subiendo y bajando las escaleras, dando voces por los pasillos o en el comedor.

La cocina no descansaba porque, según los turnos de los trabajadores, comían a unas horas u otras, y en el patio principal, a pesar del frío que hacía, siempre había corrillos de doncellas, oficialas o ayudantas de cháchara o de jóvenes guardamuebles, lacayos o mozos fumando esos cigarrillos de papel que se empezaban a poner de moda e intentando coquetear con las mujeres.

Almudena se integró pronto en este bullicio y el caos controlado que la rodeaba la hacía sentir viva.

Al amanecer desayunaban una sopa de ajo que calentaba el cuerpo y un vaso de vino aguado, y corrían sobre la escarcha con sus suelas de madera, bien protegidas por gruesos mantos, hasta la capilla a oír misa; después, se dirigían a la casa principal, donde las mozas ya habían encendido los braseros.

Allí desplegaban todos los vestidos y complementos que se usarían en el día y los dejaban listos para revista.

Hacían los arreglos pertinentes en el vestuario del día anterior o preparaban los de los días siguientes.

Había mucho que hacer, puesto que la ropa de caza necesitaba limpiarse y repasarse a diario, además de las tareas habituales, y eran menos manos, así que el día pasaba volando.

Josefa era la que más trabajo tenía: las medias gruesas de invierno eran más resistentes, pero aun así se enganchaban bastante, al igual que las camisas interiores, que venían, día sí día también, con pequeños arreglos.

Se pasaba el día junto a la ventana con una gruesa manta por las rodillas y mitones de lana, sin parar de zurcir.

Una tarde, don Carlos apareció algo agobiado. No encontraban uno de los vestidos y tenía que averiguar qué había pasado con aquella caja.

—Almudena, necesito que le lleve a doña Florentina el traje de la cena de Su Majestad. Ella se encarga de todo, pero yo ahora mismo tengo que encontrar la caja perdida. ¿Dónde la habrán puesto esos inútiles?

—Cuente con ello, don Carlos.

Así que cogió el vestido, envuelto en lino blanco, y se dirigió a los aposentos de la reina. En El Pardo, al ser mucho más pequeño, todos se conocían. Aunque también tenía guardias en todas las puertas importantes y Almudena echó en falta a Ramón y a Juan.

Cuando llegó a la antecámara de la reina, los alabarderos que custodiaban la puerta la saludaron con una sonrisa y un guiño.

Almudena casi puso los ojos en blanco: de verdad que agradecía que los guardias tuvieran sus propios espacios, porque bastante tenía con torear a los trabajadores que se alojaban en la casa de oficios.

Los alabarderos y los guardias, como el resto, se tomaban la estancia en El Pardo como una especie de vacaciones.

El ujier abrió la puerta y le pidió que esperara a la camarera mayor. La presencia de más guardias en la puerta que comunicaba con la habitación real indicaba que Su Majestad estaba dentro. Poco después salió doña Florentina, que saludó a Almudena.

—¿Está todo?

—Por supuesto, señora —contestó ella—. ¿Necesita ayuda para vestirla?

La marquesa negó con la cabeza.

—Gracias, tengo a cinco damas ahí dentro, y a la camarista. Al menos no pasamos frío. Bien, mañana por la mañana la partida de caza sale antes y la reina los acompaña. Dígale a don Carlos que disponga el traje de campo con las botas a juego antes del amanecer.

—Así lo haré, señora.

Almudena se giró para marcharse y justo entonces las puertas se abrieron.

Un joven alto y bien formado, con una cara hermosa y labios llenos, entró en la sala con autoridad, como si supiera que no necesitaba permiso.

Iba impecablemente vestido con calzones y casaca azules, detalles y botones plateados, y un chaleco rojo cortado de manera exquisita.

Almudena supo quién era en cuanto vio la cruz de la Orden de Santiago bordada en el lado izquierdo de la casaca, sobre el corazón.

—Buenas tardes, señoras —saludó con extrema amabilidad y la mano en la empuñadura de su sable.

Ella hizo una reverencia. La marquesa le devolvió el saludo con una frialdad aristocrática que Almudena no podía permitirse.

—Don Manuel.

El ujier abrió la puerta de la habitación y anunció al recién llegado.

—El coronel don Manuel Godoy.

Almudena vio por el hueco de la hoja de madera a la reina, que se giraba y abría los brazos.

—¡Coronel! Qué alegría verle, le echábamos de menos. Pase, por favor. Queridas, si no les importa, déjennos a solas.

Almudena miró a la marquesa, que arrugó la nariz con desagrado pero disimuló con rapidez.

—Eso es todo —le dijo a Almudena, que seguía parada a mitad de camino hacia la puerta.

Cuando salió de la cámara y enfiló el pasillo, se encontró de frente con el mismísimo rey.

Carlos IV avanzaba hacia ella precedido de dos alabarderos.

Ni siquiera la miró al pasar por su lado, camino a los aposentos de la reina.

Ella hizo una reverencia y se apretó contra la pared como si fueran a echarle en cara que estaba en una zona de palacio que no le correspondía.

Después aceleró el paso de vuelta al guardarropa.

—Me he cruzado con el rey —dijo en voz baja, como si aún no se lo creyese.

Doña Paula y Josefa levantaron la vista de la labor.

—¿En serio?

—Aquí no son infrecuentes estos encuentros —aclaró doña Paula—. ¿Qué te ha parecido?

—Pues no me he atrevido a mirarlo mucho —respondió con una sonrisa nerviosa—. Y eso no es todo, en la cámara de la reina he saludado a Godoy.

Josefa soltó un suave silbido.

—Vaya, muchos encuentros para tan poco rato. ¿Estaba con la reina a solas?

Almudena titubeó.

—Su Majestad estaba acompañada, aunque ha pedido a las damas que salieran.

Josefa repitió el silbido. María y Francisca, que estaban planchando una camisa, se echaron a reír.

—De todas maneras, el rey iba camino de sus habitaciones, así que se habrán reunido enseguida —añadió Almudena.

Don Carlos entró en la sala. Era imposible que hubiera oído la conversación, pero ese hombre parecía tener un poder sobrenatural.

—¡Señoras, por favor! No quiero oír a nadie cotilleando —dijo intentando camuflar una ligera sonrisa—. ¿Alguna indicación de doña Florentina, Almudena?

Las partidas de caza eran casi diarias. Duraban horas y en ese tiempo, cuando las costureras acababan la tarea, antes de que volvieran los cazadores y tuvieran que empezar con los arreglos del día, a veces salían a pasear.

Pese al frío, los días soleados eran muy agradables.

Doña Paula caminaba cogida del brazo de Almudena, aunque ya parecía encontrarse mejor.

Dieron un par de vueltas al patio y se sentaron al lado de unas mozas que sacudían con fuerza unas mantas para orearlas.

—¡Vaya día para pasear, compañeras! —dijo una de ellas.

Doña Paula se acomodó con un resoplido.

—Hace frío, pero ahí dentro, con el humo de los braseros, la cabeza acaba por embotarse.

—La partida de caza estará a punto de regresar —dijo Almudena mirando hacia la puerta exterior, custodiada por la guardia valona.

En efecto, un rato después el carruaje real apareció por la vereda.

—¡Venga, vamos! —dijo doña Paula, que se levantó con dificultad—. La vuelta de los cazadores siempre trae trabajo.

Llegaron al guardarropa poco antes de que alguien llamara a la puerta.

—Don Manuel, ¿qué le trae por aquí? —preguntó don Carlos con voz tensa.

Josefa, doña Paula y Almudena se miraron. Si era el don Manuel que ellas creían, su visita al guardarropa no era habitual. Además, la guardia de corps disponía en su propia casa de maestros que arreglaban los desperfectos en los uniformes.

Enseguida vieron por la puerta entreabierta la casaca de Godoy. Ambos hombres se pararon a hablar al lado del brasero y el militar entregó un pequeño paquete al encargado del guardarropa.

—Me envía Su Majestad la reina —aclaró el coronel—. Mañana tiene una recepción importante y quiere una toquilla especial para la misa previa. La han enviado desde Madrid en cuanto ha llegado de Lyon, con retraso, claro, tal y como están las fronteras.

—Entiendo —dijo don Carlos—. La revisaremos y Su Majestad la tendrá a tiempo.

—Muy bien, gracias. ¡Ah! Y tengan en cuenta que los marqueses de Valdearenas acaban de llegar y se quedarán unas semanas. Traen su propio servicio, pero han pedido ayuda del guardarropa para algunos arreglos.

—Por supuesto, estamos a su disposición.

Manuel Godoy se giró hacia las costureras, que observaban con disimulo desde su sala, y las saludó con una inclinación.

—Señoras —dijo, y se marchó.

Don Carlos entró en la sala de costura y dejó el paquete en la mesa.

—Ya han oído, señoras. Lo quiero listo esta misma tarde. Mañana será un día para no improvisar.

Doña Paula y Almudena se levantaron y prepararon el conjunto que llevaría la reina al día siguiente.

Revisaron forros, costuras, medias, ajustaron encajes y volantes, plancharon bajos y dejaron tanto el vestuario de la reina como el de las infantas María Amalia y María Luisa listos para ser trasladados a las alcobas reales.

Cuando quisieron darse cuenta, el día había llegado a su fin.

La mañana del viernes amaneció silenciosa y blanca.

Había nevado y el patio estaba cubierto por una capa esponjosa y pura, aún no mancillada por las pisadas de las idas y venidas del personal.

Almudena se estremeció al salir de debajo de las mantas.

El brasero se había apagado y el frío aguijoneaba su piel con ansia. Se vistió con rapidez.