Capítulo 17
Al día siguiente, Beatriz regresó al guardarropa como si no hubiera pasado nada.
Pero Almudena no se sentía segura con Beatriz a sus espaldas porque temía que su trabajo apareciera destrozado cualquier mañana.
Beatriz era lista y sabía que podía ser ella la que quedase en evidencia, pero estaba furiosa y, a veces, la ira la hacía actuar sin pensar.
—En una semana salimos para El Pardo —dijo con la vista fija en ninguna parte.
Esto era habitual: la familia real se trasladaba siempre allí después de Reyes y no volvía hasta finales de febrero o primeros de marzo.
Durante esos meses respiraban el aire del campo y el rey se dedicaba a la caza, una de sus pasiones, sin restricciones.
Pero que la familia real se trasladase no implicaba que el guardarropa al completo lo hiciera: debía continuar en funcionamiento en palacio.
Así que Almudena no esperaba que nada fuese distinto aquella vez. Hasta que don Carlos habló de nuevo.
—Paula, ¿se ve con fuerzas?
Ella dejó la basquiña cuyo bajo estaba cosiendo y miró al jefe del guardarropa.
—Quiero ir, como todos los años. Es mi trabajo y deseo hacerlo bien, pero aún estoy débil. Tal vez si llevara algo de ayuda me sentiría más tranquila.
Don Carlos asintió, meditó unos momentos y luego miró a doña Leonor.
—Leonor, creo que es mejor que usted se quede aquí al cargo por si surge algún imprevisto. Almudena podría acompañar a doña Paula y Beatriz la asistirá a usted.
Todas asintieron. Doña Paula sabía que necesitaba ayuda.
Doña Leonor, que su lugar estaba en Madrid.
Y Almudena, que el honor que acababa de recibir tenía más que ver con castigar a Beatriz por su falta que con un reconocimiento directo.
Por supuesto, Beatriz también lo sabía. Por eso le ponía tan nerviosa la calma con la que Beatriz se tomó la noticia y la frialdad de su mirada, como si Almudena fuera un mueble, como si no le importase lo más mínimo no ser la elegida para ir con el séquito de Su Majestad.
Al acabar su jornada, Almudena fue corriendo a casa de Teresa.
—Al menos no estaréis juntas —le dijo su amiga.
Necesitaba comprar carbón antes de subir a su casa y sabía que Teresa la acompañaría. Además, se moría de ganas de contarle las nuevas noticias.
—En El Pardo no se trabaja como en palacio —le explicó Almudena—. Dicen que es fácil cruzarse con la reina, o con el rey, y que todo es más íntimo.
—Lo mismo te corteja un noble —dijo Teresa, que le dio un codazo y se rio.
—¡Teresa! —Almudena soltó una carcajada—. De verdad que cada día te pareces más a Manuela.
—Puede que pasar tiempo con esa descerebrada me esté afectando —respondió entre risas.
Las dos jóvenes se ajustaron los gruesos mantos y caminaron cogidas del brazo para protegerse del frío.
Todavía no había helado, pero el aire olía a nieve y las temperaturas habían bajado mucho.
Aunque había anochecido y los faroles iluminaban las calles, estas seguían llenas de gente, y las puertas de las tahonas y las tabernas se abrían como bocas de luz a la acera.
Al llegar a la plaza del Carmen, el olor a humo de encina de los braseros de los puestos llegó hasta ellas. Los vendedores ambulantes apuraban la tarde para servir a los que salían de los talleres a esa hora. Las dos muchachas se acercaron a un carbonero.
—Póngame media espuerta de carbón de haya, por favor —pidió Almudena.
Una vez servidas, las dos se arrimaron un momento a uno de los braseros para continuar la conversación.
—¿Qué tal en el taller? —preguntó Almudena.
—Se trabaja bien —dijo Teresa—. Rita es la que manda, que por algo es la que lleva más tiempo.
Águeda ya ha vuelto y a veces se trae a la pequeña, que es una preciosidad.
Y como doña Leonor y vosotras dos os pasáis el día en palacio, nosotras cuatro no paramos de trabajar, pero con más alegría que en casa de doña Eulalia, si he de ser sincera.
Almudena soltó una carcajada.
—Es que eso era una escuela, Teresa. Ahora somos oficialas, nos ganamos la vida con esto.
Se quedaron en silencio. Oficialas. No hacía tanto que se les había permitido trabajar con la aguja y ahora eran costureras. Parecía mentira lo que había cambiado todo.
—Y Manuela, ¿cómo está?
—Uy, esa —dijo Teresa—. Tremenda, como siempre. Ya la conoces. Ahora tiene novio formal, un muchacho bien plantao y echao p’alante que no le tiene miedo.
—No sé si darle la enhorabuena o el pésame.
A carcajada limpia, iniciaron el camino de regreso. Se pararon en la puerta de casa de Teresa.
—No te veré hasta mi vuelta —dijo Almudena, un poco triste—. Nunca hemos estado tanto tiempo separadas.
—Es que nunca te habías ido de la ciudad con la familia real —dijo su amiga, que le guiñó un ojo.
Se abrazaron y se despidieron. Almudena entró en la tienda, donde su padre terminaba de limpiar, y subieron juntos a casa. Domingo no se alegró tanto como la joven pensaba cuando le contó las buenas nuevas.
—Padre, pero ¿qué le pasa? ¡Es una noticia magnífica! Confían en mí para asistir a la reina durante estos meses.
Domingo trató de sonreír, pero no le salió muy bien.
—No me gusta la idea de tenerte lejos tanto tiempo.
—Solo serán unos meses, padre, y estaré bien acompañada. Doña Paula velará por mí, descuide.
—¿Puedes negarte? —preguntó él.
Almudena lo miró como si no lo entendiese.
—Pero ¿por qué me iba a negar? ¡Es una gran oportunidad! Espere, esto no tendrá que ver con…
Domingo se levantó de la silla y alzó la mano, cortando a Almudena.
—Esto solo tiene que ver con que no me gusta que estés allí sola, entre tanto guardia y criado y gente que a saber qué quiere de ti.
—Padre, tengo diecinueve años ya. No soy una niña.
Domingo suspiró, se volvió a sentar y cogió la mano de su hija.
—Lo sé. Pero para mí siempre serás mi pequeña y no quiero que te pase nada malo. Prométeme que tendrás cuidado.
—Lo prometo. Y antes de que se dé cuenta habré vuelto, ya lo verá.
El amanecer apenas había despuntado cuando el Patio Grande del Palacio Real despertó con el ruido de carros, relinchos y voces contenidas. El frío era tan intenso que cada palabra salía envuelta en vaho.
Almudena se ajustó el manto y siguió a doña Paula entre los grupos de portamuebles, ayudantes y mozos que cargaban baúles marcados con cintas de colores.
La tarde anterior, el guardarropa estuvo empaquetando ropa de día, de tarde, de caza, de viaje, mantones, capas gruesas y la ropa blanca necesaria para varias semanas.
—No te separes, Almudena —le indicó doña Paula—. El carro del guardarropa va detrás del de las damas.
Paula Pandeavenas se apoyó en un bastón que le daba estabilidad. Aún estaba convaleciente, pero sonreía: en El Pardo la etiqueta era más amable y los días pasaban más tranquilos. Además, el aire del campo le sentaría bien y confiaba en volver más repuesta de sus dolencias.
La caravana se puso en marcha cuando las campanas tocaron a prima. Las carrozas reales salieron primero, seguidas por los carruajes de las damas y la larga fila de carros de servicio. La guardia de corps los escoltaba a ambos lados, montada a caballo, vigilante.
Avanzaban en silencio. La llanura invernal se extendía en tonos pardos y azulados, y el olor a humo de las chimeneas de los pueblos cercanos les llegó al cruzar Fuencarral. La corte parecía una larga serpiente de ruedas y cascos que se deslizaba por los campos.
El palacio de El Pardo apareció entre los pinos, más pequeño que el Palacio Real, con los tejados cubiertos por una escarcha muy fina.
La comitiva avanzó despacio por el camino irregular; las herraduras de los caballos emitían un sonido hueco sobre la tierra helada.
Almudena, encajada en el carro de servicio entre baúles y cestas, al lado de doña Paula y con Josefa, la zurcidora, y dos mozas de apoyo apiñadas enfrente, se aferró a su manto mientras el aire frío le enrojecía las mejillas.
Cuando por fin atravesaron la verja del sitio real, vieron que bullía de actividad: mozos descargando equipajes, guardias dirigiendo carros, lacayos corriendo entre el patio y la entrada principal. A diferencia de Madrid, donde todo parecía silencioso, en El Pardo había más alboroto, más vida.
Don Carlos descendió del caballo con gesto firme, envuelto en su casaca oscura.
—¡Guardarropa de Su Majestad la reina! —anunció al guardia.
El soldado asintió y permitió el paso.
Doña Paula bajó con cuidado, apoyándose en Almudena.
—¿Lista? —murmuró la costurera.
—Eso creo, aunque me tiemblan las manos —respondió la joven.
Doña Paula sonrió.
—¿Solo las manos? A mí me tiembla el cuerpo entero.
Josefa se frotó los brazos con las manos.
—Bienvenidas al invierno. Aquí se nos van a congelar hasta las agujas.
En el patio, un camarista señaló la casa de oficios, donde se encontraban los cuartos del personal.
Las trabajadoras descargaron sus pertenencias mientras los mozos llevaban los grandes baúles y los muebles que se habían llevado desde Madrid.
Almudena inspiró fuerte y el aire helado y puro inundó sus pulmones y le proporcionó una descarga de energía.
«Vamos allá», dijo para sus adentros.
El cuarto que tenían asignado no era muy grande, pero bastaba para ella y para doña Paula.
Ambas, como adjuntas al guardarropa de la reina, se hospedaban en la casa de oficios anexa a palacio.
Josefa y las mozas, al ser de rango inferior, deberían caminar un poco hasta el pueblo, donde dormían en una habitación de una casa alquilada.
Dejaron allí sus bolsas y se dirigieron sin tardanza hacia el guardarropa, donde se reunieron con todo el equipo.
El guardarropa provisional ocupaba tres salas bajas cerca de los aposentos de la reina. Estaba lleno de cajas, sedas plegadas y mantas. Don Carlos entró primero, se llevó una mano al pecho en un saludo rápido y empezó a organizar los inventarios.
—Escuchen —dijo con voz clara—. Aquí trabajaremos con menos manos, pero con el mismo cuidado que en palacio.
Doña Paula enderezó la espalda.
—Paula —continuó él—, ordene los baúles y clasifique las prendas por días según la planificación de la modista. Ya cuenta con el plan que elaboramos junto con la camarera mayor, pero puede discutir conmigo modificaciones si hay algún imprevisto.
Doña Paula asintió con profesionalidad.
—Almudena —siguió don Carlos—, revise la ropa blanca. Camisones, puntillas, enaguas. Los repasamos antes de meterlos en los baúles, pero no podemos dejar nada al azar. Preste especial atención a las camisas de la infanta María Amalia, suele romper las puntillas de las mangas.
Almudena inclinó la cabeza.
—Y usted, Josefa, me temo que ya tiene trabajo. La reina se enganchó el manto con la puerta del carruaje y ha sufrido un pequeño desgarrón. Lo tiene esperando en la sala.
—Sí, señor —respondió ella.
Don Carlos cerró el cuaderno que llevaba en la mano.
—Si necesitan más braseros, pídanlos antes del anochecer. Y cuidado con el fuego: este palacio tiene corrientes peligrosas.
Salió con paso firme rumbo a los aposentos de la reina, donde debía entregar los inventarios a la marquesa de Bélgida en calidad de camarera mayor.
María y Francisca, las mozas auxiliares, comenzaron a sacar la ropa de los baúles y a guardarla en armarios y cómodas.
La etiqueta en el campo era más relajada y primaba, sobre todo, el abrigo, así que había gruesos mantos y cálidos trajes de caza con los que combatir las gélidas temperaturas del invierno.
Anexo a la sala principal, un pequeño despacho para don Carlos y la sala de costura.
Esta era estrecha, pero había dos braseros que ya chisporroteaban, extendiendo un agradable calor por la estancia.
Las paredes encaladas desprendían un ligero olor a humedad y la mesa alargada dispuesta en un extremo estaba llena de marcas y arañazos.
La luz entraba con dificultad. Almudena notó que las sombras se amontonaban en los rincones, obligándolas a trabajar cerca de la ventana o del brasero.
El cuarto era pequeño, sí. También más austero y oscuro que su habitual espacio en palacio. Pero sería su taller ese invierno y Almudena sintió un pellizco de expectación en el estómago. Doña Paula se volvió hacia ella con una sonrisa.
—Ya lo has oído. A trabajar.