La costurera de la reina Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

La reina no cambió el gesto. Respondió con una inclinación y siguió observando a su hija.

María Amalia tenía diez años y no aparentaba más de siete.

Era muy bajita de estatura, y estaba delgada y muy pálida.

Todos habían oído hablar de su delicada salud y por los pasillos corría el rumor de que la reina cargaba con una maldición sobre ella y sobre su descendencia.

Al fin y al cabo, había tenido ya catorce embarazos de los que habían llegado a término solo diez.

Y, de los once vástagos que había parido, pues dos habían sido gemelos, solo seis seguían con vida, y algunos con evidentes problemas de salud.

Almudena miró de reojo a la reina mientras preparaba las cintas, agujas e hilo.

Parecía cansada y no se movió de la butaca.

La marquesa de Bélgida estaba muy pendiente de ella y le ofreció una copita de jerez.

La infanta, sin embargo, canturreaba y bailaba delante del espejo y miraba a las recién llegadas a través de la superficie plateada.

—María Amalia, estate quieta —dijo la reina—. Quiero que te prueben el nuevo traje.

—Sí, madre.

La pequeña se dejó hacer y mostró un carácter dulce y tranquilo. Sonreía a Almudena cada vez que sus ojos se cruzaban y hacía todo lo que le pedían. Pronto tuvo el vestido ajustado a su cuerpo. Entonces se miró en el espejo.

—Es precioso —dijo con los ojos brillantes.

La reina observó con la cabeza ladeada y los ojos entrecerrados.

—Le falta algo —dijo al fin.

Beatriz, aunque sabía que no debía hablar delante de la reina si no le preguntaban directamente, intervino:

—¿Puedo hacer una sugerencia, majestad?

La reina la miró. La modista se puso colorada por la impertinencia y dio un paso adelante. La marquesa de Bélgida estuvo a punto de decir algo, pero Su Majestad alzó una mano.

—No, está bien. A veces hay que tener arrestos para hablar cuando no se debe. Dime.

Beatriz agachó la mirada con humildad, pero sus mejillas se colorearon de orgullo. Doña Leonor no expresó ningún malestar, pero sus ojos se entrecerraron.

—Creo, majestad —dijo Beatriz—, que unos lazos de color contribuirían a aligerar el vestido, a darle un toque solo un poco más… juvenil, adaptado a Su Alteza.

—¡Me encantan los lazos! —aplaudió María Amalia.

Era una buena apreciación y Almudena lo sabía. La reina asintió.

—¿Y sugieres algún color?

—Verde, majestad —dijo Beatriz, aún sin levantar la vista—. Está de moda ahora mismo.

Almudena hizo un pequeño gesto con la boca. No creía que ese color fuera adecuado, pero no pensaba decir nada. Sin embargo, la reina era muy observadora y se dio cuenta.

—Tú, la otra joven —dijo—. ¿Qué opinas?

Almudena dio un paso adelante, hizo una pequeña reverencia y habló, también con la vista baja:

—Los lazos de color son una magnífica idea, majestad. No obstante, creo que el verde desentona con la piel de Su Alteza. Un rosa pálido resaltaría su dulzura y juventud.

Notó la mirada de Beatriz arder en su piel, pero no se movió. Hubo un silencio. Después la reina habló de nuevo.

—Sí, tienes razón. Rosa pues.

Cuando volvieron al guardarropa, doña Leonor estaba muy enfadada, y madame Moulinier no se quedaba atrás.

—¡Esta chica está loca! —dijo la modista señalando a Beatriz—. ¡Loca! Nos ha puesto en evidencia y afecta a su reputación, Leonor, puesto que es oficiala de su taller.

Doña Leonor asintió con los labios apretados. Luego abrió la boca.

—Beatriz, no vuelvas a hablar en presencia de la familia real si no te preguntan, ¿me has entendido?

Beatriz levantó la barbilla con orgullo.

—Era una buena idea, ¿por qué tengo que quedarme callada?

—Porque así son las cosas. Las costureras no hablamos, no nos significamos. Solo respondemos si nos preguntan, y para lo demás es la modista quien se comunica con Su Majestad.

—¡Pero no es justo!

—Es lo que es —respondió doña Leonor—. Con tu comportamiento avergüenzas a mi taller.

—¡Y tú! —gritó Beatriz, girándose hacia Almudena—. ¡Eres una víbora, una desgraciada! Me has hecho quedar mal delante de la reina cuando por fin me había visto.

Almudena levantó la mirada y se la sostuvo.

—Yo solo he respondido a una pregunta directa. Te has hecho quedar mal tú sola.

—Beatriz, coge tus cosas y vete a casa. Por hoy has terminado. Quiero que reflexiones sobre esto, y mañana vuelve solo si estás segura de que comprendes lo que es trabajar en la corte y estás dispuesta a seguir las normas. ¿Entendido?

Beatriz se marchó, no sin antes decirle entre dientes a Almudena:

—Esta me la pagarás, te lo juro.

Almudena se quedó paralizada. Una amenaza de Beatriz asustaba más que el cólera, y ella no había hecho otra cosa que contestar con sinceridad. Doña Leonor le puso una mano en el hombro.

—No te preocupes, mañana habrá cambiado de opinión.

Pero Almudena no lo tenía tan claro. Aquella noche tuvo pesadillas en las que unos ojos azules, fríos y calculadores descubrían un pañuelo bordado con ondas y soles en su escote cuando ella se encontraba en medio de las damas de la corte, que se reían de ella y la llamaban impostora.