Capítulo 16 #2
Doña Leonor levantó la vista. Se la veía consumida, puesto que, cuando salía de palacio, seguía cosiendo en su taller para llegar a los encargos particulares.
Además, desde que trabajaba para la reina ese prestigio había provocado un aumento de la clientela.
Ella misma era consciente de que estaba desbordada.
—No me gusta admitirlo, pero puede que tengas razón.
Beatriz levantó la cabeza como un resorte del forro que estaba cosiendo.
Josefa, ajena a la conversación, tomó el encaje que le entregó Almudena y comenzó a marcarlo con puntadas finas.
Una ayudante del guardarropa asomó la cabeza para preguntar si necesitaban de sus servicios y, al recibir una respuesta negativa, fue en busca de don Carlos para clasificar unas telas según los mandatos de don Pedro, el sastre.
Beatriz y Almudena siguieron mirando a doña Leonor.
—Tal vez deba hacer algunos cambios.
—Puede que necesite más ayuda —dijo Almudena—.
Rita está sola en el taller. Alguna oficiala más podría sacarle trabajo adelante y, por lo que tengo entendido, Manuela y Teresa, nuestras antiguas compañeras, ya han acabado su formación.
Como doña Eulalia tiene a Luz y a María Antonia, no necesita a nadie más, y pronto comenzará la formación de nuevas chicas.
Beatriz miró a Almudena con los ojos entrecerrados, calculadores, pero no dijo nada. Doña Leonor desvió un momento la mirada hacia la ventana y luego retomó la costura que tenía entre manos.
—Es una posibilidad. Lo pensaré.
Y así fue como las chicas volvieron a coser en el mismo taller. No se veían como antes, porque Almudena se pasaba el día en palacio, pero todo su tiempo libre estaban juntas y la joven las sentía más cerca.
Apenas un mes más tarde, la camarera mayor llegó al guardarropa con un nuevo encargo: un vestido de tarde de la reina que había decidido adaptar para la infanta María Amalia.
Era habitual que se reutilizaran los vestidos, se transformaran o se adaptaran para otros miembros de la familia, pero en esta ocasión era un trabajo complicado porque la infanta tenía diez años y además era muy bajita para su edad.
Es decir, había que convertir el vestido de día de una mujer adulta en uno apto para una niña.
El vestido, en un color marfil precioso con detalles dorados, debía desarmarse y montarse de nuevo.
Doña Leonor desmontó el cuerpo y don Pedro se lo llevó a su taller para hacer uno nuevo, con el escote más alto y menos rígido, ajustado a las medidas de la infanta.
Las mangas podían acortarse y la falda también.
Eso implicaba descoser todos los encajes y los volantes para cortarlos en proporción y coserlos otra vez cuando la falda estuviese adaptada a la altura de María Amalia y al volumen discreto de su tontillo infantil.
Era un trabajo que implicaba a todo el guardarropa: sastre, modista, costureras, zurcidoras y bordadoras pusieron todo de su parte para que la prenda estuviera lista antes de que la familia real se trasladara al palacio de El Pardo a pasar el invierno, como acostumbraba a hacer todos los años.
Y lo consiguieron: a primeros de diciembre estaba terminado.
Cuando las costureras acabaron de ensamblar el vestido, bajo las atentas miradas de madame Moulinier, que se había quedado en Madrid, diciendo a todo aquel que quisiera escucharla que apoyaría siempre a la monarquía y que renegaba del pueblo francés, de don Pedro y de doña Paula, que se encontraba mejor y había retomado sus funciones en los últimos días, hasta Beatriz y Almudena se sonrieron, olvidando por un momento sus diferencias: el vestido era una maravilla.
—Enhorabuena, queridas —dijo madame Moulinier, que se llevó las manos al corazón—. La infanta María Amalia estará preciosa.
Hasta don Pedro, que solía ser parco en palabras, asintió. Entonces don Carlos apareció por la puerta.
—¡Magnífico! —dijo al ver el vestido—. Pero en esta ocasión no es suficiente con la modelo. La reina quiere que se le pruebe a la infanta, hay que asegurarse de que está todo en orden. Ya saben que en El Pardo cuentan con menos manos, así que no hay lugar a la improvisación.
Doña Paula tuvo en ese momento un ataque de tos que la dobló por la mitad. Don Pedro se acercó con rapidez a su lado.
—Siéntese, Paula, por favor. ¡Que alguien traiga un vaso de agua!
La costurera real se recuperó con rapidez, pero miró a doña Leonor con pena:
—No puedo acudir al vestidor de Su Majestad en estas condiciones. Me encuentro bien, pero un inoportuno ataque de tos puede incomodar a la reina. Confío en ti.
Doña Leonor asintió e hizo un gesto a Almudena y a Beatriz, que cogieron sus utensilios y la siguieron por los pasillos detrás de madame Moulinier hasta el vestidor de la reina.
Almudena no había vuelto desde que, meses antes, fueron a aquella prueba con la reina, y el lujo de esa zona de palacio le causó la misma impresión.
A su lado, Beatriz lo observaba todo con los ojos bien abiertos.
Estaba tan impactada como ella, pero lo disimulaba mejor.
Cuando traspasaron todas las puertas y entraron en la estancia, la camarera mayor se encontraba allí, como siempre.
Las saludó con una inclinación de cabeza y las hizo pasar.
La reina estaba sentada en una butaca, y la infanta, con dos de sus damas de compañía, esperaba de pie frente al espejo.
Se giró hacia ellas y les dirigió una sonrisa deslumbrante.
Desde el mismo momento en que las miradas de María Amalia y Almudena se cruzaron se creó entre ellas una corriente de simpatía, si eso era posible entre personas de procedencias y edades tan distintas.
—Majestad —saludaron las cuatro.