La costurera de la reina Capítulo 16
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Capítulo 16

—Pero ¿qué está pasando? He oído rumores muy extraños.

Almudena había llegado con tiempo a palacio y se entretuvo hablando con Ramón y con Juan, los guardias que solían asignar al guardarropa.

Aunque rotaban, y había otros cuya cara reconocía y la saludaban al pasar, con estos dos había hecho buenas migas.

Ramón era divertido. Juan raras veces metía baza en la conversación, pero una sonrisa suya, Almudena no sabía por qué, tenía la capacidad de alegrarle el día.

Esa mañana aprovechó para conseguir información.

Llegaban noticias preocupantes de Francia y nadie mejor que un guardia para decirle lo que era verdad y lo que no.

Ramón miró a los lados.

—No sé cuánto deberíamos contarte, niña, porque la información llega a cuentagotas por los canales diplomáticos, pero el tema es gordo.

—El pueblo llegó hasta la prisión de la Bastilla —intervino Juan, que se cambió el fusil de hombro con fastidio—, consiguió desarmar a la guarnición y liberó a los presos al grito de «Libertad».

Un pesado silencio se extendió entre los tres. A Almudena esa palabra le sonó muy grande, tal vez demasiado para ella.

—Eso no parece una simple protesta —dijo, impactada.

—No lo es. Pero ya llevan meses con descontentos entre el pueblo. Acusan a María Antonieta de derrochar el dinero en fiestas, vestidos y pelucas mientras ellos se mueren de hambre —dijo Ramón.

—¿Y es cierto?

Juan se encogió de hombros, pero algo en sus ojos le dijo a Almudena que tenía una opinión personal que tal vez no fuese bien recibida. Entonces llegó doña Leonor.

—Pero ¿qué haces aquí de cháchara? —Ahogó un bostezo con discreción.

—Hablamos de lo que ha pasado en el país vecino —le dijo Almudena en voz baja.

—¡Oh! —Doña Leonor se inclinó un poco hacia delante—. Es cierto. Y, por lo que tengo entendido, hace algún tiempo que a las modistas francesas que están en Madrid se les ha pedido que se posicionen contra el pueblo francés y a favor de la monarquía.

Almudena asintió.

—Algunas están volviendo a Francia.

—¿Y madame Moulinier va a tener problemas? —preguntó Juan.

Doña Leonor sacudió la cabeza.

—Ella trabaja para la reina, creo que su posición está muy clara.

—Es posible que todo esto sea solo un levantamiento y el ejército francés lo sofoque pronto —dijo Ramón.

Juan torció un poco la boca.

—Tengo la sensación de que no va a ser tan fácil.

Don Carlos, el jefe del guardarropa, abrió la puerta y asomó la cabeza.

—Se les oye desde dentro —dijo con expresión neutra—. Venga, entren ya y dejen de hablar de temas que no nos conciernen. Mucha Asamblea Nacional y muchos derechos ciudadanos, pero seguro que para final de año las cosas han vuelto al orden natural elegido por Dios.

Pero las cosas no mejoraron en los meses siguientes.

La Asamblea Nacional abolió el feudalismo y los derechos de la nobleza y el clero.

Durante todo el verano y conforme avanzaba el otoño, cada vez más nobles abandonaron París, hartos de abucheos y de las medidas tomadas en su contra.

Y aunque en la corte española parecía que aquello no era preocupante, por los pasillos se oían rumores, se intercambiaban noticias y se expresaba inquietud por si aquel descontento popular cruzaba los Pirineos y amenazaba el orden monárquico que imperaba no solo en España, sino en toda Europa.

En las calles de Madrid, no obstante, la vida continuaba, excepto para muchas modistas francesas, que decidieron cerrar sus negocios, hacer el equipaje y regresar a Francia.

En la corte se decía que el rey y sus ministros habían ordenado vigilar la frontera y frenar la entrada de noticias y papeles franceses.

Fuera verdad o exageración, lo cierto era que el pueblo apenas sabía lo que ocurría en el país vecino.

Y así llegó noviembre, en un estado de alerta y expectación, pero sin que el día a día de Almudena, ni de nadie que ella conociera, hubiera cambiado lo más mínimo.

—Buenos días, niña.

Como cada mañana que le tocaba apostarse en la puerta del guardarropa, Ramón hizo una reverencia exagerada a Almudena y esta le respondió con otra.

—Buenos días, Ramón, ¿cómo está hoy?

El guardia había ido rompiendo las defensas de Almudena poco a poco.

Su alegría y sus chanzas hacían que sus días fueran más divertidos.

Aunque a ella le gustaban más la sonrisa tímida de Juan y sus expresivos ojos claros, este nunca le había dicho nada que le hiciera pensar que la veía de manera distinta al resto de las costureras, modistas y zurcidoras que pasaban por allí a diario.

Ramón, sin embargo… Almudena se descubrió pensando más de una vez cómo sería responder a su coqueteo y dejarse cortejar por el guardia.

En ocasiones se sentía sola, a pesar de que su padre la esperaba todas las tardes para cenar, y que Teresa, Manuela y Luz quedaban con ella todos los domingos después de misa.

Pero cada vez que se imaginaba siguiéndole el juego, un aguijonazo de incertidumbre se alojaba en su pecho.

Aunque el dolor por Tomás se había apagado, la desconfianza seguía ahí, como una cicatriz que no terminaba de desaparecer.

Ramón hinchó un poco el pecho y le guiñó un ojo.

—Hoy que puedo contemplar toda esta belleza, mejor que ayer.

—Ayer estuvimos en las caballerizas —dijo Juan, con un deje de diversión en su voz profunda.

Almudena soltó una carcajada.

—No sé si sentirme halagada o insultada.

—Halagada, niña, halagada.

Justo en ese momento apareció Beatriz con su pelo rubio recogido en un pulcro moño en la nuca, basquiña azul marino con bordados y manto un poco más recio que días atrás.

El otoño estaba llegando a su fin y el frío se dejaba sentir ya en la capital del imperio.

El aire fresco de la mañana había coloreado sus mejillas de forma encantadora y Almudena percibió la admiración en los ojos de Ramón.

Juan, sin embargo, no mostró más que una educada sonrisa, más bien indiferente.

Era la primera persona que conocía que parecía inmune a la belleza de la costurera.

Beatriz miró a Almudena de arriba abajo.

—¿Qué haces aquí parada? Hoy tenemos mucho trabajo, don Carlos dijo que debíamos acabar las batas de Su Majestad antes del mediodía.

Saludó con un gesto de cabeza a los guardias y entró en cuanto Juan le abrió la puerta del guardarropa. Ramón dijo en voz baja:

—Hay que ver, todo lo que tiene de guapa lo tiene de seca.

Aguantando la risa, Almudena se apresuró también.

Saludó al jefe del guardarropa, que a esas horas controlaba al personal que acudía a sus puestos de trabajo y organizaba los pedidos del día.

—Buenos días, Almudena —dijo don Carlos—. Hoy es posible que llegue un encargo especial, espero que venga bien de energía.

—¡Siempre! —respondió la joven—. ¿Han llegado ya los nuevos encajes?

Don Carlos sacudió la cabeza.

—Se pidieron a Lyon y la frontera está muy parada. Habrá que buscar un proveedor español o reutilizar algunas piezas. Pero ya torearemos ese toro, ¡venga, a trabajar! —dijo dando una palmada.

Almudena accedió al cuarto principal y de ahí al de costureras.

Al pasar por delante de la puerta de las zurcidoras asomó la cabeza para dar los buenos días.

Al fin y al cabo, por mucho jaleo que hubiera siempre allí, se conocían todas y formaban un engranaje que funcionaba a la perfección.

Y, como su padre le había inculcado, ser educada era importante.

El sol de primera hora de la mañana entraba por la ventana y caldeaba un poco el cuarto de costura. Se quitó el manto.

—No deberías tontear con el guardia, ¿no crees? —dijo Beatriz con frialdad—. Es muy poco apropiado.

Almudena se giró y la miró en silencio. Hacía tiempo que había dejado de intentar congraciarse con ella y, aunque procuraba ser cordial para no perjudicar el ambiente de trabajo, ya no permitía que se tomase ninguna confianza.

—Y tú no deberías meterte en los asuntos de los demás, Beatriz.

La joven apretó los labios.

—Solo me preocupo por tu reputación, nada más —dijo—. Me alegro mucho de que hayas superado ya la puñalada de Tomás.

La mención a Tomás hirió a Almudena. No por la referencia al muchacho, sino porque sabía que Beatriz lo había dicho con intención de hacerle daño. Así que hizo de tripas corazón y contestó algo que en realidad no sentía.

—Mi reputación es intachable. Pero gracias por preocuparte; me siento preparada para avanzar, sí.

Doña Leonor entró en la sala con su cesta colgando del brazo.

—Buenos días, oficialas. ¿Todo listo?

—Todo listo —dijeron las dos a una, como si no hubiera pasado nada.

Paula Pandeavenas estaba enferma. Llevaba todo el verano y el otoño con ataques de fiebre que la obligaban a guardar cama durante días y no parecía que aquello fuese a remitir.

Esto suponía que el peso del trabajo recayera sobre las tres costureras.

Y ese trabajo no hacía más que aumentar.

A los vestidos y los encargos de la reina se sumaban los vestidos de las infantas.

Para María Amalia seguían ya las indicaciones y los cortes de don Pedro, el sastre, pero para María Luisa, que solo tenía siete años, y para María Isabel, que había nacido el mes anterior, eran las propias doña Paula y doña Leonor quienes hacían el diseño y cortaban la tela.

A Almudena le encantaba esa tarea porque conllevaba más libertad creativa, pero también aumentaba la carga de trabajo.

Los círculos oscuros bajo los ojos de doña Leonor eran cada vez más profundos y más amplios. Ella tenía un taller que sacar adelante, y, con Águeda dedicada a cuidar de su creciente familia, Rita sola no daba abasto.

—No puede seguir así, doña Leonor —le dijo esa mañana Almudena cuando volvió de pedir a Josefa, una de las zurcidoras con mano más fina, que las ayudara con un encaje—. Al final va a enfermar también usted.