La costurera de la reina Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—Majestad. —Madame Moulinier se adelantó e hizo una reverencia—. Le traemos el vestido terminado para la cena de esta noche. La señora marquesa nos ha comunicado que vuestra majestad quería comprobar que estaba todo en orden.

La reina giró apenas el rostro y alzó una ceja.

—Me gusta comprobarlo todo por mí misma —respondió con un tono que oscilaba entre la impaciencia y el aburrimiento—. Bien, veámoslo.

Madame Moulinier llamó a las doncellas y, con ayuda de doña Leonor, desplegaron el vestido y lo sostuvieron en alto. Era una pieza preciosa: verde luminoso, casi nacarado, con mangas acabadas en volantes ligeros y delicados que Almudena había terminado de coser la tarde anterior.

—Acérquenlo —dijo la reina.

Las dos damas dejaron de hablar. Doña Leonor y la modista seguían sosteniendo el vestido delante de la reina, que al fin se giró para examinarlo.

Su mirada pasó por la pieza con rapidez, pero se detuvo en las mangas. Frunció un poco el ceño, acercando los dedos a uno de los volantes. Su expresión cambió apenas, pero fue suficiente para que las damas se pusieran tensas. Almudena apretó las manos detrás de la espalda.

—Los volantes… —dijo la reina.

Almudena sintió que se ahogaba. ¿Qué pasaba ahora? Doña Leonor habló, con la mirada baja.

—Si algo no es del agrado de vuestra majestad, estamos a tiempo de cambiarlo.

La modista le echó una mirada de hielo y se giró hacia la reina, dispuesta a modificar lo que hiciera falta.

—No he dicho que estén mal —afirmó la reina. Luego abrió los brazos—. Quiero verlo puesto en mí.

La camarera mayor y una dama se colocaron a ambos lados para vestirla con precisión. Beatriz ofreció su ayuda con una rapidez demasiado evidente.

—Majestad, si me permite, yo puedo ayudar.

—No hace falta —contestó la camarera mayor sin siquiera mirarla.

Beatriz se puso colorada y dio un paso atrás.

Tragó saliva tan fuerte que Almudena lo oyó.

En sus ojos encontró vergüenza por haber sido reprendida, pero también un hambre insaciable por ser vista.

Y temió hasta dónde estaría dispuesta a llegar para conseguir su objetivo.

Almudena volvió a concentrarse en lo que estaba haciendo, no era el momento ni el lugar para cometer un fallo.

Doña Florentina, la camarera, indicó a una de las damas de compañía que ajustase el corpiño cuando el vestido estuvo colocado. La modista se aseguró de que la caída de la falda era la correcta. La reina se miró en el espejo, dio medio giro y miró de nuevo las mangas.

—Son delicados, menos pesados de lo habitual. No me gustan los volantes que caen demasiado. —Miró a la camarera mayor—. Estos parecen flotar.

La camarera mayor asintió con una sonrisa medida.

—La modista ha supervisado todo con extrema diligencia, majestad.

—Por supuesto, majestad —dijo madame Moulinier, que inclinó la cabeza con un orgullo frío.

La reina pasó un dedo por el borde de uno de los pliegues.

—Lo que me llama la atención es la ligereza. ¿Quién ha cosido estas mangas?

El aire se congeló. Madame Moulinier reaccionó con rapidez y respondió:

—Majestad, el taller en conjunto. Todas han colaborado.

No era cierto, pero era lo que se decía siempre en la corte. La reina no necesitaba nombres. María Luisa de Parma pareció satisfecha con la respuesta: nunca distinguía a costureras ni a ayudantes, solo trataba con la élite. Dio otro giro.

—¿Qué le parece, doña Florentina?

La camarera mayor se adelantó.

—Es un trabajo exquisito, majestad. Llamaréis la atención esta noche.

La reina soltó una risita que sonó extrañamente infantil en ese cuerpo robusto y esa cara autoritaria.

—Esa y no otra es mi intención.

Por un momento, a Almudena le dio la impresión de que la reina la miraba a través del espejo y sintió que se sonrojaba. Ella no mudó la expresión, pero habló de nuevo a su camarera.

—Que no se cambie nada, está bien así.

La modista, doña Leonor y las jóvenes costureras hicieron una profunda reverencia. Doña Florentina las despidió.

—Enhorabuena —les dijo al conducirlas al pasillo—. No es habitual que la reina haga un halago.

Beatriz no dijo ni una palabra. Se había sentido humillada, y eso provocaba su ira. Almudena, sin embargo, iba exultante. La reina no sabía que ella había cosido las mangas, pero había reparado en ellas. Había hecho un buen trabajo y Su Majestad se lo había reconocido.

—¿Qué tal ha ido? —preguntó Juan, que volvía a estar en la puerta esa semana.

—Muy bien —respondió doña Leonor—, las mangas que cosió Almudena le han encantado.

Ramón, que también estaba allí, soltó un suave silbido.

—Así que, además de hermosa, tienes un bonito futuro por delante. Me alegro por ti, niña.

Juan la miró con sus bonitos ojos unos segundos más de lo normal. No como Ramón, que coqueteaba con gracia y siempre la halagaba, sino de una forma más calmada, más profunda. Por un momento, le recordó a Tomás. Bajó la mirada, cohibida.

Beatriz pasó como una exhalación entre los guardias y entró en el guardarropa sin decir nada.

—¿Pero a esta que le pasa? —preguntó Ramón.

Almudena se encogió de hombros.

—No lleva bien no ser la mejor.

Doña Leonor miró a la joven.

—Es normal que un halago de Su Majestad te quite el sueño, Almudena, pero que no se te suba a la cabeza. Hay que seguir trabajando.

Ella asintió, se despidió de los guardias y entró detrás de su maestra.

—¿Y esos colores, Juan? Parece que tienes fiebre —oyó que preguntaba Ramón antes de que se cerrara la puerta.