La costurera de la reina Capítulo 15
25%

Capítulo 15

Los días pasaban en rápida sucesión. Los guardias de la puerta ya conocían a las chicas por su nombre y estas se detenían unos minutos a hablar con ellos antes de comenzar la jornada.

Iban rotando, pero Ramón, el que habló con ella el primer día, era el más amable.

Solía estar acompañado de Juan, el joven moreno de ojos claros, pero él era más callado, más discreto, aunque tenía una sonrisa preciosa que sacaba a pasear cada vez que veía a Almudena aparecer al fondo del pasillo.

Pronto quedó claro que Ramón estaba coqueteando con Almudena.

Tal vez no un cortejo serio, pero sí que mostraba interés.

La piropeaba siempre que la veía y sus dulces ojos castaños la seguían hasta que desaparecía tras las puertas del guardarropa.

Ella se mostraba educada, pero nunca le dio pie a nada más: no era que su corazón siguiera roto por Tomás, pero su desconfianza en los hombres no había mermado.

Además, quería centrarse en el trabajo. A pocos meses de cumplir diecinueve años, todavía era joven para dar un paso tan importante.

Pero no podía negar que era agradable sentir que alguien se fijaba en ella, que le daba los buenos días o que le alegraba la mañana con un chiste.

Y lo que al principio era excepcional, acudir a palacio a trabajar en el guardarropa, acabó por ser la norma: la nueva reina gastaba cantidades desmesuradas en ropa y tenía a varias modistas a su servicio.

Las preocupantes noticias que llegaban de Francia refiriendo descontento entre la población, levantamientos populares y críticas a la monarquía no habían frenado a María Luisa de Parma a la hora de seguir ampliando su vestuario.

Esto hacía que el trabajo para doña Paula fuese en aumento.

Pronto no fue suficiente con que doña Leonor acudiera varios días a la semana a palacio o que doña Paula contara con otras costureras para ayudarla.

Necesitaba una mano derecha, una costurera siempre a su disposición, aunque echasen mano de externas en momentos puntuales.

Doña Leonor aceptó la oferta, y desde ese momento Beatriz y Almudena acudían a diario a palacio sin pasar antes por el taller de su maestra, que seguía funcionando gracias a sus oficialas y a costa de que doña Leonor no tuviera apenas tiempo para dormir.

Entonces doña Paula se puso enferma y tuvo que ausentarse varias semanas.

Y fue justo cuando a la reina se le ocurrió la idea de renovar uno de sus vestidos de ceremonia y convertirlo en uno de tarde.

Madame Moulinier y don Pedro se pusieron a la tarea de planificar la modificación y las costureras dejaron de lado todo lo que no era urgente y se volcaron con eso.

—Almudena —la llamó doña Leonor, sin levantar la voz—, no podemos terminar toda esta ropa blanca. Además, estos arreglos son más propios de las zurcidoras, ¿se lo puedes llevar tú?

La joven cogió un montón de camisas de lino y se dirigió al cuarto de las zurcidoras.

Era un espacio austero, pero bien iluminado, en el que varias mujeres pasaban el día zurciendo medias, arreglando descosidos y reparando blondas y encajes.

Trabajaban sentadas en sillas de madera formando un círculo.

María del Carmen, la jefa de las zurcidoras, levantó la cabeza de la media de seda que estaba remendando.

—Tú dirás, Almudena.

—Me manda doña Leonor para dejaros estas camisas.

La mujer, que ya pasaba de los cincuenta y tenía una cara redonda y agradable, señaló una mesa en el rincón.

—Déjalo ahí, nos pondremos en cuanto acabemos con esto.

Cuando Almudena se marchaba, se cruzó con una joven doncella que llevaba un camisón de su señora para zurcir.

Aquella sala tenía siempre mucho trajín, pues las zurcidoras atendían a todas las damas nobles de confianza de la reina, no solo a la familia real.

Tal vez por eso el ambiente era más distendido y, a veces, podía escuchar risas y canciones salir de entre esas paredes, mientras que en el cuarto de costura era todo silencio y solemnidad.

Almudena se pasó la tarde ajustando unos volantes a las nuevas mangas del vestido. Beatriz se dedicó a los brocados de la falda.

A la mañana siguiente, cuando entró en la sala de costura, algo llamó su atención.

—Esto está mal —dijo en voz alta.

Beatriz la miró.

—Pues tú te dedicaste a las mangas. Si hiciste algo mal, a mí no me mires.

Doña Leonor, que llegaba justo en ese momento, lo oyó.

—¿Qué ocurre?

—Almudena, que ha fallado con las mangas.

Almudena se acercó a la mesa y tocó la tela.

—No he fallado. Esto ayer estaba bien.

Doña Leonor se acercó también. Los volantes estilo pagoda de una de las mangas estaban perfectos, pero en la otra se veían las costuras y la tela estaba fruncida de una manera muy poco elegante.

—Trabajamos muchas horas, es normal tener fallos —dijo doña Leonor, conciliadora.

—No, esto no es ningún fallo —respondió Almudena, con voz seca. Estaba segura de que ella no había cosido ese volante—. Yo jamás he dado unas puntadas tan burdas, ni siquiera cuando estaba empezando.

Beatriz se acercó también.

—Sí que son burdas. Espero que no lo vea madame Moulinier.

Como si la hubiera invocado, la modista entró en la sala.

— Oui? ¿Me llamaban?

Beatriz sonrió con malicia, pero, antes de que abriera la boca, doña Leonor se le adelantó.

—No es nada, madame. Seguiremos trabajando y para media mañana, si don Pedro trae el cuerpo, podremos coser las mangas.

Tapó el desaguisado con su propio cuerpo y acompañó a la modista fuera. Cuando volvió a entrar, miró a las dos jóvenes. Beatriz sonreía con expresión inocente y Almudena tenía las cejas tan fruncidas que formaban una uve sobre su nariz. Sus ojos echaban fuego.

—Bien, no quiero hablar más del tema. Almudena, arregla eso.

—Sé que has sido tú —murmuró la joven al pasar al lado de Beatriz.

—Hemos llegado a la vez —dijo la otra, sin inmutarse.

Y por fin llegó el día que, aun sin admitirlo, ambas estaban esperando.

—Su Majestad estrenará el vestido esta noche y antes quiere ver el resultado final por sí misma —dijo madame Moulinier.

La modista solía ser un poco seca en el trato. Altiva. En ocasiones, rozaba incluso la obsesión por la perfección, pero se le escapó una sonrisa ante las caras de susto y emoción de las costureras más jóvenes.

—Vamos, mes chéries , un honor como este no ocurre todos los días. Leonor, por favor, traiga todo el material.

—Por supuesto, madame.

Salieron del guardarropa en comitiva, con dos doncellas que llevaban el vestido envuelto en un lienzo blanco, como si se tratara de un cadáver.

El camino hasta las estancias de la reina no era largo.

Siguieron el pasillo de servicio y entraron en la zona mixta.

Se notaba que por allí también circulaba la nobleza: los suelos estaban cubiertos de gruesas alfombras que absorbían el ruido de los pasos reduciéndolo a un simple murmullo y las paredes estaban llenas de cuadros.

La modista iba la primera, erguida como una estaca.

Doña Leonor iba detrás, después las doncellas que llevaban el vestido y, por último, Almudena y Beatriz.

Se miraron de reojo, y Almudena echó de menos por un momento tener allí una amiga, alguien con quien compartir los nervios por estar a punto de ver en persona a la reina, que entendiera el nudo que sentía en el estómago.

Pero no tenía a nadie, a nadie salvo a sí misma.

Y se prometió que cuando saliera, si no acababa demasiado tarde, iría a casa de Teresa para contarle que había conocido a la reina.

Cuando llegaron a la puerta, la modista habló con el ujier, que les franqueó el paso a una antesala. La siguiente puerta se abrió y la camarera mayor les hizo un gesto.

—Majestad, la modista y las costureras ya están aquí.

—Que pasen —se oyó que decía una voz femenina.

Madame Moulinier entró en el vestidor como si estuviera acostumbrada.

—Recordad —susurró doña Leonor—: la reina tiene un humor voluble. Respetad las formas y dejadme hablar a mí.

Almudena intentó caminar con la espalda recta, pero los nervios le atenazaban la garganta.

Sabía que allí dentro dominaban otras reglas y no estaba segura de si las entendería todas.

Era la primera vez que pisaba el vestidor de Su Majestad.

La estancia estaba iluminada por la luz templada de la tarde, que se filtraba a través de las cortinas traslúcidas que cubrían las ventanas. El aire olía a lavanda y lirios.

La camarera mayor, la marquesa viuda de Bélgida, estaba junto a una mesa auxiliar supervisando una bandeja con joyas y cintas. Dos damas de compañía, una muy joven, otra de mirada experimentada, conversaban en voz baja. Y entonces la vio.

La reina María Luisa estaba de pie frente al espejo ovalado, con una bata ligera color marfil y el cabello oscuro recogido en un moño alto, sujeto con peinetas de nácar. Dos tirabuzones perfectamente trabajados enmarcaban su rostro.

Almudena se quedó inmóvil un instante, sin acordarse de pestañear.

La reina no era como aparecía en los retratos.

Era más imponente, y también daba más miedo.

Tenía el rostro alargado, los pómulos marcados y una nariz prominente que le otorgaba un aire decidido.

Los labios, finos como un trazo de tinta, parecían meterse dentro de su boca.

Los ojos oscurísimos, vivaces y penetrantes, contrastaban con la palidez elegante de su piel.

Aunque ninguna joya adornaba su cuello, su porte resultaba más ostentoso que cualquier adorno.

Nadie podría decir que era bella, aunque se afirmaba que lo había sido en su juventud.

Tampoco daba la impresión de ser una mujer amable, y desde luego no era amada por su pueblo, aunque, si había que hacer caso de los rumores, el rey sí la amaba, y también cierto oficial de la guardia de corps llamado Godoy, que cada vez tenía más ascendencia sobre los nuevos monarcas.

Y lo que sí parecía, sin ninguna duda, era autoritaria.

Las miró a través del espejo, apenas registrando su presencia.