Capítulo 14
Almudena regresó a casa y fue directa a su cuarto. Sacó la cajita y se dio unos minutos para observar los detalles de la madera mientras su corazón iba recuperando poco a poco el ritmo normal.
Después la abrió y sacó la carta, que volvió a leer con atención pese a que se la sabía de memoria.
Y de nuevo se preguntó lo mismo: ¿Quién era la Isabel a la que iba dirigida la carta?
¿Quién la Mariana que la firmaba? ¿De dónde había huido la primera y por qué? Muchas preguntas y ninguna respuesta.
Entonces cogió la libreta. Como de costumbre, los símbolos le dieron la bienvenida sin revelar su significado.
Almudena no los repasaba tan a menudo como la carta, pero los conocía y sabía que lo que había visto bordado en aquel pañuelo aparecía ahí.
¡Sí! Los dibujos dos y tres. Unas ondas como si fueran agua y un pequeño sol.
Igual que en el pañuelo que la joven dama había dejado caer y que luego recogió la mujer misteriosa.
Toscos, un poco burdos, como si hubieran sido bordados a toda prisa, sin ningún cuidado, pero reconocibles.
Aquello no llevaba a ninguna parte: no tenía sentido seguir dándole vueltas.
Así que se levantó, cogió la cajita y salió a la sala, donde su padre bebía de un vaso de vino mirando por la ventana, sentado en su silla, envuelto en una manta.
El olor del puchero que había dejado cocinando sobre la brasa se extendía por la estancia.
Almudena se sentó frente a su padre, que dejó el vino y la miró. No hizo preguntas cuando vio la caja, pero ella notó la rigidez de sus hombros. La mirada firme de la joven dejaba claro que no iba a contentarse tan fácilmente como la vez pasada.
—¿Quién era Isabel, padre?
Domingo suspiró.
—Ya te dije hace años que no lo sabía.
—¿Y Mariana?
Él miró por la ventana en lo que pareció un intento de escapar de su atención.
—Lo desconozco. Lo siento, hija.
Almudena suspiró. Sabía que callaba algo, pero no podía acusarle de mentir.
—Sé que hay algo que no me está contando, pero no entiendo el motivo. ¿Qué tiene esto que ver con madre?
Su padre volvió los ojos hacia ella y Almudena vio el dolor en ellos.
—No puedo decirte lo que ignoro. Sabes de tu madre lo necesario: te quería, nos quería, y nuestra vida sería mucho mejor si ella continuara a nuestro lado. Pero se nos fue, y ahora tenemos que vivir con su ausencia.
Domingo estaba inquieto. Almudena lo notaba en su manera de tragar saliva, en las manos temblorosas al servirse más vino, en cómo encogía un poco los hombros hacia delante, como si necesitara protegerse. Y a Almudena le dolía ser la causante de este dolor, pero no quería que eso la detuviese.
—Quiero que mire con atención estos símbolos, padre. ¿Qué significan?
Al ver la libreta, Domingo se tensó aún más. Intentó disimular y parpadeó varias veces.
—Nunca los había visto, Almudena.
Ella respiró hondo para bajar el nudo de angustia que se había instalado en la boca de su estómago.
—Recuerdo ver a madre con esta libreta. Y si yo la vi, usted también.
Su padre la miró a la cara durante un largo rato, en silencio. Luego habló despacio, como escogiendo las palabras con cuidado.
—Vi la libreta, pero no su contenido. Sabes que tu madre era… era muy reservada con algunas cosas.
—Por favor —suplicó Almudena—. Mírelos con atención, tal vez recuerde algo.
Domingo los miró por encima, como si quisiera acabar con eso de una vez. Después negó con la cabeza.
—Lo siento.
—Madre guardaba esto en su caja y hoy he tenido en mis manos un pañuelo bordado con algunos de estos símbolos.
Entonces Domingo se levantó de un salto. Ella también se levantó, asustada. Su padre la cogió por los hombros.
—¿Cuándo? ¿Cómo ha sido? ¿Quién te lo ha dado?
—Tranquilícese, padre. Nadie me lo ha dado, se le cayó a una joven noble en la calle y fui a devolvérselo. Pero negó que fuera suyo y estaba aterrorizada, como si su mundo fuera a acabarse si su madre se enteraba de que era su pañuelo.
—¿Y qué has hecho? —preguntó Domingo sin apartar los ojos, muy abiertos, de los de su hija.
Ella hizo un gesto con la cabeza, un poco incómoda.
—Lo he dejado donde estaba. Y no solo eso…
Almudena se retorció para liberar la presión de las manos de su padre, pero no lo consiguió. ¿Qué le pasaba? Él seguía mirándola, a la espera.
—Un poco más tarde vi a una tapada que lo recogía.
—¿Ella te vio? —preguntó alarmado.
Almudena negó con la cabeza.
—No. Pero es obvio que esto le altera, padre, así que tal vez debería contarme lo que ocurre.
Domingo la soltó y comenzó a caminar por la habitación.
Almudena nunca lo había visto tan fuera de sí.
Estaba enfadado. No, enfadado no. Asustado.
¿Qué estaba pasando? Entonces se detuvo y respiró hondo varias veces, hasta que se calmó.
Se volvió a sentar y giró la cabeza hacia la ventana.
Tardó tanto en contestar que Almudena supo que estaba pensando con cuidado la respuesta.
Cuando Domingo volvió a mirarla, sus ojos eran tranquilizadores, aunque también parecían tristes.
—Son cosas que no puedo contarte, porque tampoco sé mucho al respecto. Y además, supondría ponerte en peligro. Es mejor dejarlo así, pero ten cuidado. No te metas en lo que no te concierne y todo irá bien.
Almudena apoyó la frente en la mano, frustrada. Su padre era un cabezota cuando se empeñaba en algo.
—¿Y no cree que podré tener más cuidado si entiendo de qué estamos hablando?
El negó con la cabeza.
—Desde luego que no. Muchas veces la ignorancia es la mejor opción. —Levantó la nariz y olisqueó—. Deberíamos comer ya, ¿no crees? Ese puchero de garbanzos huele que alimenta.
Almudena comprendió que la conversación había terminado. Podía enfadarse, podía patalear o ponerse de morros, pero no sacaría nada más de su padre. Sacudió la cabeza.
—Bien —dijo, y no volvió a hablar del tema.
Supo que no podía contar con su padre, pero también que ahí había algo más, que su madre había estado metida en algún asunto y que, fuera lo que fuese, ella lo iba a descubrir.
Pero querer descubrir algo no es lo mismo que descubrirlo. Las cosas en palacio estaban muy revueltas con el cambio de monarcas y durante las semanas siguientes apenas tuvo tiempo de pensar en nada que no fuera trabajar y dormir para recuperar fuerzas.
El vestidor de la reina María Luisa quedó magnífico.
Era más grande, disponía de más salas y de multitud de armarios que se fueron llenando a buen ritmo gracias al ansia de Su Majestad por seguir la moda y tener un vestido apropiado para cada ocasión.
Modistas francesas acudían a diario, muchas discutían con don Pedro, y después doña Paula, doña Leonor y ellas tenían que dar forma a esas ideas, a esos patrones y telas cortadas hasta convertirlas en el vestido que la reina requería.
El nuevo guardarropa estaba en el ala sur, cerca de sus dependencias y, por descontado, de su tocador.
La primera vez que Almudena entró en su nuevo espacio de trabajo le pareció que todo era más grande, más luminoso y más solemne.
Dos guardias custodiaban la puerta. Vestían con el uniforme de la guardia de infantería, blanco y azul.
El pelo, empolvado y recogido en una coleta baja, asomaba bajo el tricornio con la escarapela roja.
Llevaban sables cortos al cinto y fusiles con bayoneta al hombro.
En el guardarropa había telas que costaban una fortuna, mantos valiosísimos bordados en oro, vestidos por los que la gente mataría, y ahora eran patrimonio de la Corona.
Todo ese pequeño mundo pertenecía a María Luisa de Parma y servía para proyectar la imagen de poder y riqueza sin límites que correspondía a la Corona española.
Uno de los guardias vio la cesta que Almudena llevaba al brazo y sonrió. Era joven y bien parecido, de piel morena y ojos verdes.
—¿Costurera? —preguntó.
—Así es —respondió ella—. Ayudante de Leonor Ribera.
El otro guardia, más entrado en años, pero tampoco viejo, la miró de arriba abajo con admiración.
—Pasa, niña, tu maestra y tu compañera, la rubia, ya están dentro.
La primera sala era el despacho del encargado del guardarropa, Carlos de la Ruta. Cuando este la vio, la saludó con una leve inclinación de cabeza, aunque luego volvió a bajar la mirada al pliego que estaba revisando.
—Un nuevo envío de seda de Lyon —le dijo a Almudena—. Adelante, pasa. La sala de costureras está al fondo.
Al entrar en la sala común, la luz casi la deslumbró.
Dos balconadas se abrían en la pared lateral, y varias puertas se distribuían por el resto de las paredes.
En el centro había una enorme mesa forrada con tafetán color marfil que madame Moulinier estaba cubriendo en ese momento de encajes, cintas y galones.
Doña Paula observaba un corpiño colocado en un maniquí de madera, con don Pedro, el sastre, al lado.
Sin apenas apartar la vista del maniquí, saludó a Almudena.
—Llegas justo a tiempo. Hay que revisar el vestido de ceremonia antes del mediodía.
Almudena intentó que no se notara su turbación.
Al fin y al cabo, era la primera vez que ponía un pie allí y aquello no se parecía en nada al guardarropa anterior.
Por una puerta entreabierta vio a las zurcidoras rodeadas de prendas que arreglar.
Más allá, el cuarto de costureras, hacia el que la joven sabía que debía dirigirse.
Sin embargo, antes echó un vistazo a su alrededor.
Unos jóvenes metían unas cajas en uno de los armarios del almacén contiguo por indicación de la modista.
Allí se guardaban los vestidos de diario y prendas de más uso.
Otra puerta comunicaba con la sala de pruebas, donde se hacían ajustes o se probaban prendas sobre doncellas de hechuras similares a las de la reina María Luisa.
Al fondo, una puerta cerrada con llave protegía los vestidos de gala, mantos ceremoniales y telas más lujosas.
Había mucha actividad allí, aunque imperaba el silencio.
Almudena se dirigió al cuarto de costura en cuanto vio que doña Paula la miraba de reojo con una sonrisilla pintada en la cara.
Dentro estaban ya doña Leonor y Beatriz, que la miró de arriba abajo.
—Llegas tarde —le espetó su compañera.
—Aún no son las siete y media —respondió doña Leonor—. Nosotras acabamos de llegar. Venga, prepárate; voy a necesitar tus manos. Doña Paula ha pedido que cambiemos el forro de esta falda antes de que llegue la camarera.
Pasaron unas horas enfrascadas en su tarea hasta que doña Leonor levantó la cabeza, satisfecha.
—Terminado.
Justo en ese momento se oyó una pequeña campana en la sala principal y todos se pusieron en pie.
Las costureras no se movieron de su sitio, excepto doña Paula, que salió a la sala principal para recibir, junto a don Pedro y madame Moulinier, a la camarera mayor de la reina, la marquesa viuda de Bélgida.
—¿Tienen preparado el traje de la fiesta de la semana que viene?
La modista se adelantó.
—Por supuesto, a falta de los últimos retoques. Si pasa a la sala de pruebas, enseguida lo terminamos.
La marquesa siguió a madame Moulinier. Con ella entraron un par de damas y una doncella de pruebas, don Pedro y doña Paula, que pidió a doña Leonor y a las dos chicas que acudieran con material de costura.
La sala de pruebas estaba decorada de manera sencilla, pero resultaba acogedora.
Había butacas, aparadores y un pequeño pedestal frente a un espejo, donde se colocó la doncella.
Allí, bajo la dirección de don Pedro, doña Paula y doña Leonor fueron colocando las partes del vestido sobre el cuerpo de la modelo, ajustando lo necesario hasta que, ante los ojos de Almudena y Beatriz, apareció un precioso vestido a la francesa morado con brocados plateados, con una falda que cogía un enorme volumen gracias al tontillo, cola larga y un cuerpo muy ajustado que don Pedro había trabajado con ballenas más rígidas que de costumbre.
La doncella se miraba en el espejo como si no creyera que la gran dama que veía reflejada fuese ella misma.
La camarera mayor de la reina, mientras tanto, observaba con ojos de halcón.
Almudena sintió que ya había visto esa cara antes, aunque no supo decir dónde.
Pese a trabajar en palacio, no tenía acceso a los nobles, a no ser que fueran ellos los que acudieran a las dependencias en las que estaba ella, como era el caso.
—¿Cómo se encuentra su hermana, ilustrísima? —dijo una de las damas, en un intento por diluir el silencioso ambiente de la sala.
La mujer contestó sin apartar los ojos de la doncella y el vestido, pero un ligero rictus de tensión asomó en su cara.
—La pobre aún no se recupera. Al fin y al cabo, solo han pasado un par de semanas desde que mi sobrina Mercedes murió. Nadie lo esperaba.
—Y a punto de casarse, además —añadió la segunda dama con cara de pena.
La marquesa asintió y sus ojos brillaron como si estuviera a punto de dejar caer una lágrima.
—Una tragedia. Solo podemos alegrarnos de que esté ya en presencia de Dios y rezar por su alma —dijo con un suspiro.
El silencio pareció adueñarse de nuevo del ambiente. Lo rompió doña Leonor cuando le pidió a Beatriz que le sujetara una manga para hacer un ajuste, y después de aquello el trabajo volvió a ser lo único que importaba.